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viernes, 3 de marzo de 2017

Mi añorado rincón de Andalucía

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO
Wadi-as, febr-marzo 2017

Gil Craviotto

¡Es extraordinario! Cuando yo me he sentido más español y andaluz es cuando me he encontrado fuera de Andalucía y España. Por eso me parece que los treinta años que viví en París y región parisina fueron, por la añoranza del terruño y la rememoración de pasado, los más andaluces de mi vida. ¿Se escandalizará el lector si le digo que ahora, instalado en Granada a muy pocos metros del río Genil, mis añoranzas se remontan hasta París y las inmediaciones del Sena? Ya he dicho en más de una ocasión que soy un tipo raro, con muchas manías y gustos extravagantes y estas añoranzas, que ahora me vienen a la mente, no hacen más que confirmarlo. Recuerdo que en mi juventud, cuando empecé con mis manías, entre ellas la de las escrituras, mi padre lamentaba ante sus amigos la desgracia de que el niño, el único niño de la familia, le había salido escritor. Ellos siempre lo consolaban con el mismo argu-mento: “Peor es que te hubiera salido maricón”. No dejaba de ser un consuelo, pero...

¿Qué es lo que yo añoraba del terruño andaluz cuando me encontraba lejos? La verdad es que es muy difícil definir lo que yo añoraba. En realidad no era algo concreta y definible, sino un conjunto de cosas, imágenes, sonidos, personas, animales... Muchas veces me he parado a pensar en el tema y siempre saco en conclusión que no sé muy bien qué es lo que añoraba. Paso revista a los tópicos de la llamada Andalucía profunda y eterna –toros, flamenco, procesiones, fútboles...-- y la verdad es que por ninguna de estas especialidades del genio andaluz siento la menor atracción. Jamás he ido a una corrida de toros, el flamenco me resbala y las procesiones me producen la inmediata huída hacia el campo; respecto a fútboles y sucedáneos mi indiferencia es total. Entonces, ¿qué es lo que me hacía añorar mi pequeño terruño andaluz? Tengo que hacer memoria para responder a esta pregunta y, haciendo memoria veo que mi añoranza se nutría de insignificancias. Un día, al atardecer, veía hacia la zona de Mantes la Jolie y el Havre unas nubes rojizas que me recordaban los atardeces de Granada en los meses de otoño. Y entonces sin darme cuenta añoraba Granada y casi me entraban ganas de llorar recordando su ausencia. Otro día, al volver una esquina, veía en un jardín privado un cerezo florecido que inmediatamente me llevaba a los almendros floridos de mi pueblo –todo un regalo de la naturaleza cada mes de febrero- que, al instante, me retrocedía a la infancia. Y entonces era la añoranza de mi pueblo la que me venía a la mente. Otro día eran unos ojos, unas manos o un gesto que me recordaban otros ojos, otras manos, otros gestos dejados allá lejos, a muchos kilómetros de distancia. Otro más y era una canción, un sabor, un olor, acaso una voz o una flor, lo que, sin que me diera cuenta, me llevaba a mi pequeño rincón de Andalucía, tan querido y tan lejano. Ya lo he dicho: eran insignificancias, pequeñeces. Sin embargo, todas estas insignificancias juntas, formaban un ramillete de querencias y nostalgias que, invariablemente, siempre me llevaban a mi rincón de Andalucía. Ahora, de nuevo en ese añorado rincón, sentado frente al ordenador y contemplando los árboles del jardín de enfrente, yo me pregunto: ¿merece la pena recodartodo esto? Seguro que no. 

1 comentario:

  1. Ni siquiera nosotros podemos expulsarnos de los recuerdos, que por otro lado unen nuestro presente a las personas y cosas que hemos querido. Merece la pena recordar. Yo también recuerdo que cuando estaba lejos de esta tierra me sentía más andaluz que ahora ¿los motivos?, dejémoslo simplemente en que estoy aquí, y las cosas para desearlas han de estar lejos. Por eso, como Juan Panadero, me gusta decir: "que nadie se engañe, aunque andaluz, soy copla, soy viento de cualquier parte."

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