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martes, 14 de febrero de 2017

Pregón de José Luís Vargas leído en la fiesta de San Blas en Cádiar

Señor alcalde, señor párroco, señoras y señores mayordomos, queridos paisanos, amigos todos.

Supongo que al darse las circunstancias en mí persona de haber nacido en Cádiar y ser otorrinolaringólogo, siendo san Blas el patrón de los enfermos de la garganta, y de los ORL, os hizo que pensarais en mí para dar el pregón.

Es para mí un honor y os agradezco vuestra oferta.

Quiero dedicarle este pregón a mis seres queridos que faltan, y especialmente a mi padre, gran devoto de San Blas, y a mi hermana Encarnita, que el próximo tres de abril hará 50 años que murió.

Hay un dicho que me gusta, que dice, “Para saber quién eres debes saber de dónde vienes”.

Por esto cada vez que me preguntan de dónde soy, respondo con todo orgullo que soy de Cádiar. Si noto que no saben dónde está, les explico la ubicación, “un pueblo que está en el centro de la Alpujarra”.

Nuestro pueblo cuenta con una larga historia, tenemos la suerte de haber nacido en una comarca donde la tradición, la leyenda y la realidad nos permiten disponer de cientos de ejemplos para imitar, junto con unos valores dignos de elogiar y de poner en práctica.

Me formé como enfermero y como otorrino en el Hospital Clínico San Cecilio. En una ocasión una compañera comentó en plan despectivo que el Dr. Vargas se formó en la Universidad de Cádiar.

Efectivamente empecé a estudiar en Cádiar, en la cartilla de escolaridad que aún conservo. El curso 69-70 cursé cuarto de educación primaria y fue entonces cuando, gracias a don Eduardo López Ortiz, que en paz descansé, que le dijo a mí madre que me veía capacitado para estudiar el bachillerato.

Gracias al esfuerzo de mis padres que me abrieron el camino del estudio, pasé de estudiar enseñanza primaria a estudiar bachiller libre.

En aquellos años los maestros Don Antonio Rodríguez Díaz y Don Eduardo López Ortiz, nos daban clases particulares durante el curso. En junio en el instituto de Churriana de la Vega, en dos días nos examinábamos de todas las asignaturas. Así cursé 1º, 2º y 3º de bachiller.

Vaya por adelantado mi agradecimiento y reconocimiento por la labor tan importante que realizaron por tener esa visión de futuro para encauzar a los jóvenes en el estudio, como herramienta para mejorar la sociedad.

El día ocho de la feria del año 1973, en la Alsina de las siete de la mañana, mi padre me llevó al colegio menor Fernando Castellón de Orgiva, allí fue donde termine de estudiar el bachiller.

De allí a Granada. Primero estudié Enfermería y trabajé de enfermero hasta el día 22 de abril de 1996, al finalizar la jornada laboral a las ocho de la mañana, firmé la excedencia de enfermero y el contrato de residente de primer año.


En un verano, en el río me encontré con José Morón Antequera “el de la mula”, nos saludamos y me dice: “Me he enterado que estás de médico y que operas”. Le contesté que sí, que había estudiado medicina y había hecho la especialidad de otorrino. A renglón seguido me dice: “¿Y te acuerdas cuando tú y yo estuvimos en Buenos Aires de parva?”. Le contesté: “Efectivamente, si me acuerdo, no se me ha olvidado”.

¿Cómo se me va a olvidar?: él y yo solos en una parva, en el cortijo de Buenos Aires, después de trillar y amontonar la parva, cuando íbamos a aventar pusimos en marcha la máquina de aventar que tenía un motor -menos mal- y pasados cinco minutos se paró y no funcionó más. Con lo cual, mientras uno iba echando a la máquina de aventar, el otro iba dándole a la manivela. Y así hasta el final.

Efectivamente ahora estoy de médico, pero antes cuando venía al pueblo en periodo de vacaciones había que trabajar. En aquella época no había muchas agencias de viajes, para organizar las vacaciones.

Había que regar, que mancajar, ir de parva, coger la almendra, la aceituna y además como decía el eslogan del taller de los hermanos Olvera, “Sea breve aquí se trabaja”.

Eran años de mucho trabajo, de madrugar y trasnochar, el trabajo del campo era de sol a sol, ese era el convenio que estaba vigente en la casa de Antonio Vargas.

Mi compañera no se equivocó y además no me ofendió. Me formé como persona en Cádiar, en la Universidad de Cádiar, de donde manan unos principios fundamentales, como son la honestidad, la educación, el respeto, el esfuerzo, el sacrificio, la honradez y el valor de la palabra dada.

Un lugar duro, si, pero esta dureza ha conformado la fortaleza de nuestro carácter. Ya que el destino de un pueblo depende fundamentalmente del carácter de sus gentes.

Por todos estos motivos, en honor a esta Universidad de Cádiar, he mantenido el cortijo como lugar docente para mis tres hijos.

Y me siento orgulloso de ser de donde soy, de Cádiar, y de donde procedo, de una familia de Mecina Bombarón, de la plaza Vieja de Mecina y de una familia de Cádiar, y de quien soy, efectivamente soy Vargas Fernández, hijo de Antonio Vargas y de Encarna “la mecinera”.

Son muchos los recuerdos del día de san Blas: se inicia con la subida desde la ermita de San Blas a la iglesia, el día de los Reyes, las novenas, con un grupo de músicos en la iglesia, tocando y cantando el himno de San Blas, musicalizado por el maestro Sánchez, la afluencia de mucha gente a las novenas, después del trabajo en el campo, el juego de los niños a la liebre en la plaza de la iglesia, la última novena con la presencia de todos los recién nacidos y la procesión de la Candelaria.

La noche del día dos y todo el día de San Blas tocando el campanillo llamándolo a su ermita.

La misa en honor a san Blas, los mayordomos vendiendo los estadales en la puerta de la iglesia, la procesión, el castillo de fuegos artificiales, y el final de la fiesta con el baile.

Durante los años que estudie medicina, trabajaba de enfermero en la sala de otorrino del Hospital Clínico San Cecilio y en el año 1995 no hubo examen MIR, examen que se realizaba habitualmente en el mes de octubre.

Cuando salió publicada la convocatoria del examen, casualidad, la fecha asignada fue, día tres de febrero de 1996, día de san Blas. Y yo que quería ser otorrino, me dije: “Esta es la mía, san Blas patrón de los enfermos de la garganta, de los otorrinos y de mi pueblo, me echará una mano”. Y así fue. Gracias a Dios, a san Blas y al saber acumulado por las muchas horas de estudio, logré un buen número del MIR, para poder escoger otorrino y además en el mismo servicio en el que trabajaba como enfermero.

Cuando acabe la especialidad, a excepción de unos meses que trabajé en al hospital de Baza, el resto de mi carrera profesional la he desarrollado en el Hospital Clínico San Cecilio, donde tengo la plaza como FEA de ORL, hasta el traslado al nuevo hospital, que, espero que se llame Nuevo Hospital Clínico san Cecilio.

Gracias al trabajo de investigación del profesor, investigador, historiador y escritor de Cádiar, Francisco García Valdearenas, sabemos que el origen del patronato de san Blas en Cádiar se remonta a principios del siglo XVII, siendo designado por sorteo entre los vecinos. Corría el año 1600 y una epidemia de peste asoló a Cádiar, pereciendo las dos terceras partes de su vecindario; al no tener patrón los vecinos lo echaron a suertes, entre muchos santos, saliendo elegidos Santa Ana y San Blas.

En noviembre de 1763 el vecindario, a través de una votación, confirmó el patronazgo de San Blas y el día 11 de diciembre de 1763 fue confirmado canónicamente por el señor Arzobispo de Granada, don Pedro Antonio Barrea, como patrón tutelar, según consta en el documento titulado: Aprobación de Voto y promesa de tener y guardar por tutelares y patronos (Archivo Histórico Diocesano de Granada. Legajo 123-F. Año 1763).

Blas nació como noble y después de ser educado en la fe cristiana se hizo médico en Sebaste, Armenia, actual Sivas, Turquía. Fue nombrado obispo de Sebaste por aclamación popular, tras la muerte de su predecesor. Un tiempo después se retiró al monte Argeus donde vivió de manera austera rodeado de bestias salvajes. Él era visitado por multitud de gente enferma para que curara sus dolencias.

En el 315, Agrícola, gobernador de Capadocia y Armenia Menor, fue enviado por el emperador romano Licinio con la orden de eliminar a todos los cristianos arrojándolos a las bestias salvajes. San Blas fue capturado y llevado al gobernador el cual intentó que apostatara. Durante su cautiverio fue sometido a tortura, golpeado y le despellejaron con un rastrillo de hierro. En el año 316 fue decapitado junto a siete mujeres que lo ayudaron en su martirio. Sus restos fueron dispersados por los alrededores de la cuidad.

La leyenda dice que mientras era llevado a la muerte las calles se llenaron de feligreses para verle. Abriéndose camino, una mujer se acercó con su hijo que llevaba clavada una espina de pescado en la garganta y san Blas se la extrajo.

Fue venerado como el patrón de aquellos que sufren problemas de la garganta en el Este desde el siglo VI. El culto se extendió gracias a la cristiandad desde el siglo VIII. La primera referencia de la vida del santo esta datada en el siglo IX, lo que hace que su vida sea un misterio, la mayoría de los datos se le conocen por su leyenda.

Numerosos milagros fueron atribuidos a él ya que sus seguidores le rezaban a él cuándo tenían dolencias de garganta.

El mismo Aecio, médico griego, recomendaba a sus pacientes rezar a San Blas como tratamiento por un dolor de garganta, y que tomando el enfermo por la garganta le dijeran estas palabras: “Blas mártir y siervo de Cristo manda que o suba o bajes” y que repitiesen estas palabras mientras le tocaban la garganta.

Durante las cruzadas sus supuestos restos fueron llevados a distintas ciudades como Ragusa, ahora conocida como Dubrovnik o Tarento, que reivindican poseer las reliquias del santo y muestran especial devoción por él.

En Dubrovnik (Croacia) la festividad es emblemática y casi milenaria pues se remonta como mínimo al año 1190, y se incorporó en el año 2009 a la lista del patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

En Paraguay, San Blas es el patrón nacional, probablemente por la protección que los españoles atribuyeron al santo en una batalla con los nativos en el fuerte de Corpus Christi, el 3 de febrero de 1539.

En Alemania se encuentra entre los 14 santos auxiliadores que son venerados como protectores frente a diferentes enfermedades.

En España he contado unos 57 municipios que celebran a San Blas.

Desde antiguo se considera a san Blas el patrón de los laringólogos, aunque la fecha de la definitiva asunción de la especialidad de otorrinolaringología según el profesor Ciges, es en 1883, al unir las disciplinas de otología, laringología y rinología, siendo mas reciente la aprobación de los estatutos de la Sociedad Española de Otorrinolaringología, el 28 de noviembre de 1946.

Al ser san Blas patrón de lo laringólogos, se asume como patrón de la especialidad y es celebrada su festividad, por muchos servicios y sociedades de otorrinolaringólogos en toda España.

No solo es el patrón de los ORL sino también los escardadores de la lana (esquiladores), de los ganaderos en Rusia, de los cantantes, así como de los vendedores ambulantes y de los subastadores. En la tradición popular los trovadores le cantaban en su día, para asegurarse el bienestar de la garganta durante el año.

Debido a la fecha de su celebración, día 3 de febrero, cuando caía en día laborable los pavicos, que estamos fuera, no podíamos venir. Al cambiar la fecha al fin de semana, para celebrar la festividad del santo, en Cádiar, estamos en la tradición, ya que, no existe un consenso en cuanto a la fecha de celebración de su festividad, según el martirologio romano del siglo IX indica que es el 15 de febrero, pero según la (hagiografía griega) iglesia ortodoxa es el 11 y actualmente la iglesia católica lo celebra el 3 de febrero, y nosotros lo celebramos hoy día 4.

Cada vez que las obligaciones laborales no nos lo impiden, la familia Vargas Maldonado venimos a San Blas, a pedirle y agradecerle, a disfrutar de la fiesta, a tocar el campanillo, a continuar con la tradición de nuestros antepasados,ya que tenemos la responsabilidad de vivir con integridad y honestidad para honrar el sacrificio de quiénes nos han traído hasta aquí.

Nuestras tradiciones no debemos perderlas, debemos sentirnos orgullosos de ellas, somos responsables de que se mantengan y perduren y si son susceptibles de mejora, mejorarlas, pero no obviarlas ni olvidarlas.

Como otorrino le pido a San Blas que me ayude en toda mi actividad profesional, le pido por mi familia, por mí, le pido por todos los paisanos, los que viven aquí, así como para los que viven fuera de Cádiar.

Le pido para qué al contrario de la tradición, para la fecha de celebración de su festividad, si se dé el consenso entre los distintos partidos políticos y colectivos sociales y aúnen todas sus fuerzas para conseguir el máximo desarrollo y el máximo bienestar para las gentes que habiten, este nuestro pueblo.

Os animo a participar de la fiesta, a vivirla, a disfrutar del encuentro con los viejos amigos, con la familia.

Os propongo un brindis en nuestra famosa fuente del vino, por todos los cadiarenses, los ausentes y los presentes y por todos los amigos que nos acompañan.

Muchas gracias por todo lo que Cádiar me ha dado y muchas gracias por vuestra atención.

Vuestro paisano y servidor José Luis Vargas.

Viva Cádiar y viva San Blas.

viernes, 7 de noviembre de 2014

¡COMO BAJE…! o La temible advertencia de "El Melón de Dalías".


Del dicho:

El lenguaje dispone de recursos para cada situación, nuestra lengua es próvida en ellos. Son frases o dichos que usamos sin analizarlos. Este que traigo a colación es ciertamente poco conocido, surgió en nuestra Alpujarrra y partió de un hecho concreto. Yo lo aprendí en la ya mi brumosa infancia. Que no fuera registrado en publicaciones especializadas es otra cuestión que no le resta, según considero, cierto interés.
Todos hemos participado con interés creciente en alguna conversación Un simple intercambio de pareceres puede derivar en discusión acalorada, pasar a trifulca y terminar en batalla campal; afortunadamente, esto ocurre raras veces. Para que resulte una situación desagradable no hay que llegar a tales extremos. Lo normal es que alguien trate de poner orden: primero con frases persuasivas del tipo Por favor, ¿pueden hablar un poco más bajo? Si no da resultado, se pasa al “plan B”, imperativo: No hablen tan alto, o Aquí no se puede discutir. No ha mucho que se hizo popular aquella regia observación: ¿Por qué no te callas? En último caso, se recurre a expresiones contundentes, alzando la voz, el gesto airado: ¡A callar!, ¡Silencio! ¡No quiero oír ni una mosca! Seguidas de advertencias y amenazas más o menos explícitas.
La frase Como baje entra dentro del repertorio, suele o solía decirse para mandar al orden, aunque no con mucha convicción, medio en broma. Alguna vez se la oí decir a mi padre cuando los críos armábamos cierto alboroto Lo normal es que a los niños se les amoneste con frases más directas: Estaos quietos de una vez. Te la estás ganando, ¡A que me quito la zapatilla!… Y el crío, normalmente, ni caso. Por eso, aquel enigmático e incomprensible Como baje requería una explicación. Y mi padre me la dio cumplidamente.

Al hecho:

La versión que conozco, aunque puede haber otra, ocurrió durante los días de feria en un mesón del pueblo de Cádiar, mediado el siglo pasado o quizá un poco antes. Para situarnos mejor en el escenario, digamos algo sobre las ferias y los mesones alpujarreños. Unas y otros tan importantes en la vida de los paisanos que nos precedieron.
Las ferias alpujarreñas eran, sin lugar a dudas, el acontecimiento comercial y festivo más importante del año. Marcaban el inicio del año agrícola, como la apertura del curso lo es para la vida escolar. Estratégicamente situadas en los pueblos de Órgiva, Cádiar, Ugíjar; los cuales disponían de solares y praderas para el ganado así como mesones para los feriantes. A ellas acudían vecinos y cortijeros de los pueblos vecinos para vender sus ganados y abastecerse de lo necesario para todo un año. Y también a disfrutar de los variopintos espectáculos que desde siempre acompañaban a estos eventos.
En esos días de primeros de octubre, el pueblo era un hervidero de gentes de toda calaña y condición; y algunos personajes curiosos como el protagonista de este suceso. Posiblemente un feriante, aunque no consta su profesión ni qué le llevó a la feria.
Los mesones, durante la feria, hacían su agosto, o mejor dicho, su octubre. De mesones, posadas y ventas estaba toda la Alpujarra poblada. Los caminos de herradura necesitaban lugares para descansar, reponer fuerzas o pasar la noche. Conservamos el testimonio de los ilustres viajeros que surcaron nuestra tierra. Normalmente, las gentes principales se hospedaban en casa de un procer del lugar para el que era un honor ofrecerle su casa. Pero no siempre. Por ejemplo, Pedro Antonio de Alarcón, en la segunda mitad del siglo pasado, se hospedó en el Mesón del Francés cuando recaló en Órgiva. Allí pasó una noche y nos dejó una descripción subjetiva y romántica, llena de interés. Otros fueron menos expresivos, como Gerald Brenan, cuando pensó pernoctar en Cádiar con unos amigos ingleses, pero, tras echar un vistazo a la alcoba, decidieron continuar la ruta hasta su destino, Yegen. Claro, los amigos de don Gerardo eran todos lords o por lo menos gentlemen.
Hay que comprender a aquellos esclarecidos hijos de la Gran Bretaña. Un mesón no tenía tiempo de atender a personas distinguidas. Su clientela estaba formada mayoritariamente de arrieros, quincalleros, tratantes de ganado…, hombres rudos y avezados, más preocupados por sus bestias y mercaderías que por su regalo personal. Dormían en el suelo y se apañaban con un plato de cuchara: puchero, lentejas, cocina gitana, o unos arenques salados, pan y un cuartillo de vino. A veces se hospedaba un viajero de postín, incluso una dama de alto copete, siempre de paso; también algún huésped estable, pero era la excepción.
Un mesón constaba de un amplio aposento, el zaguán, al que se accedía por un portalón: el suelo toscamente empedrado, unas banquetas de anea sin respaldo, y al fondo las cuadras con hileras de pesebres a cada lado. El zaguán-descargadero disponía de un fogón para los crudos días de invierno, una puerta daba a la pequeña cocina y otra a un modesto comedor y sala de estar. Unas escaleras llevaban a la planta superior formada por algunos, pocos, dormitorios; el resto lo ocupaban cuartos de usos varios –“de desahogo” se decía en nuestra tierra- y las cámaras.
Pues bien, en un mesón como el anteriormente apuntado ocurrió esta historia. Estaba el zaguán a rebosar de gente. Y surgió una discusión cuyo motivo no hace al caso ni nos interesa. Lo que sabemos es que gente pendenciera, de mal vino y pobremente alimentados, armaron una trifulca con la consiguiente preocupación de la mesonera, incapaz de poner orden y cortar a tiempo. Prestos a tirar de faca, los acalorados feriantes no hacían caso a la dueña, que primero con comedidas palabras, luego a voz en grito y finalmente con suplicas, trataba en vano de poner orden.
Fue entonces cuando se oyó, como un trueno que bajara rodando por las escaleras, una voz profunda, grave, imponiéndose a la algarabía reinante: ¡¡COMO BAJE!!
Se hizo el silencio. No podía ser. Alguien se asomó a la puerta, creyendo que, efectivamente, fue un trueno y entendieron mal. Pero no amenazaba tormenta. Ante la duda, alguien inició tímidamente la disputa. Otra vez estalló, ahora con más claridad, la amenazante advertencia: ¡¡COMO BAJE!!
Ya no había duda alguna. La voz procedía del piso superior. Pero era una voz sobrehumana, de ultratumba. Una voz que les erizó el pelo y enmudeció a todos, incluida la mesonera.
Nadie quiso hacer averiguaciones y aquella noche reinó la paz en el mesón, una paz tensa pero paz al fin.

Llegado a este punto del relato, yo estaba tan impresionado, o casi, como los habitantes del mesón. Pero pude articular:
- ¿Y bajó, padre?
-No bajó, hijo, no bajó.
-¿Y por qué no bajó? -insistí yo, como hubiera hecho cualquier niño en mi caso.
-Porque ya no hubo más altercados en los restantes días de feria. Y además –esto se supo después- porque la terrible advertencia procedía de un señor de Dalías, orondo y recio como su voz, al que le faltaban las dos piernas.

El suceso fue la comidilla del pueblo. Y desde entonces muchos echaban mano al como baje de aquel alpujarreño que llamaban “El Melón de Dalías”, para referirse a una advertencia que, a pesar de lo enérgica, sabemos que no se llevará a término, mera palabrería, quedando en un intento, en un conato, en un farol, en nada.
Algún sagaz lector sacaría consecuencias de este dicho. Por ejemplo: cuántas veces nos dejamos amedrentar por las apariencias. Muchos miedos dejan de serlo cuando los desvela el conocimiento.

Nota: Si el infante don Juan Manuel, allá por el siglo XIV, hubiera recogido en su Conde Lucanor este suceso, concluiría con un pareado aleccionador puesto en boca del ayo Patronio. Y un escritor moralista de la Ilustración hubiera terminado este artículo con unos versos a lo Iriarte y Samaniego. Pero como no soy escritor, ni moralista, ni ilustrado y menos aún de la Edad Media ni del siglo XVIII, lo dejo tal cual. Corren malos tiempos para la lírica. Y para las consejas.

Paco Alcázar

viernes, 8 de noviembre de 2013

La Alpujarra también tiene que ser patrimonio mundial por esto…

Se llama Domingo y, además de contar con un molino tradicional que sigue funcionando, investiga en el patrimonio de transmisión oral de la Alpujarra; enseña a los más pequeños las canciones de la zona y él mismo las canta.

Ver  más:


http://www.radiogranada.es/2013/11/06/la-alpujarra-tambien-tiene-que-ser-patrimonio-mundial-por-esto/

viernes, 11 de octubre de 2013

CÁDIAR: UNA NUEVA FERIA PARA LA ALPUJARRA.

Germán Acosta Estévez


A Loli Rojas Cruz, Mariana Fernández Tarifa y Mª Rosario Almendros Juárez.


No soplan buenos vientos para la Alpujarra a finales del siglo XIX. A la invasión de la filoxera, que deja arruinada la principal fuente de riqueza de la comarca, hay que sumarle una serie de calamidades como los temporales de lluvia y nieve que se alternan con años de acusada sequía y agudizan la falta de trabajo, enfermedades como el cólera, o los daños causados por el terremoto de 1884, por no hablar de la falta de sensibilidad del Gobierno y las actuaciones arbitrarias de los caciques locales ante la magnitud del problema. Todo lo expuesto sume a la población alpujarreña en un estado de pesimismo creciente y se plantea la emigración allende los mares como su única salida. Como muestra, el extracto de los versos del polifacético Juan Romero de la Torre, maestro de Cádiar en 1897:

“…¡Cuántas grandes cortijadas
testigo de lo que fueron,
porque sus viñas perdieron
hallase en ruinas y cerradas!

Cádiar, Murtas y Turón
pueblos de grande riqueza
están que causan tristeza,
lástima, pena, aflicción.

Lo mismo se halla Albondón
Gualchos, Polopos, Rubite,
Torvizcón y Fregenite,
Sorvlián y Alfornón…”

Por estas fechas existen en la Alpujarra tres ferias de ganado: en Ugíjar y Órgiva desde comienzos del siglo XVII y en Albuñol desde ya bien entrada la segunda mitad del XIX. Cádiar, con su reciente título de Villa, obtenido en 1882, busca en la celebración de una feria un evento acorde a su nuevo rango, principalmente fomentada por las autoridades locales y, sobre todo, por los mayores contribuyentes, poseedores de gran parte de los comercios de la localidad y cuyos ingresos se habían resentido de forma notable por los acontecimientos antes descritos. Se trataba, pues, de reconducir la situación y detener la sangría migratoria que se estaba produciendo para generar así una dinámica de estabilidad en el municipio.
Dada la escasez de documentación existente en los trámites para la celebración de la Feria, creemos que fueron llevados a cabo de forma personal por el alcalde y algún que otro miembro destacado de la comunidad; el mismo sigilo y rapidez se produce en la autorización, difusión y celebración de la primera Feria de Ganado de Cádiar. Con un escueto comunicado en la prensa y con tan sólo unos días de anticipo, El Defensor de Granada en su edición del 28 de septiembre de 1897 recoge lo siguiente:
“Las gestiones practicadas por el Ayuntamiento de Cádiar con el fin de conseguir autorización para celebrar todos los años Feria Real de ganados han dado resultado satisfactorio y en virtud de aquella, á contar de este año, se verificará en los días 4,5 y 6 de octubre la referida feria, que será sin duda una de las más importantes y concurridas de la Alpujarra por la posición central que ocupa Cádiar en la región y el desarrollo que adquieren día en día las transacciones comerciales y el tráfico entre los pueblos limítrofes y cercanos…” 

 
No cabe duda que los primeros años de Feria suscitaron la ilusión del vecindario y las autoridades tenían depositadas grandes expectativas en ella, tanto por la posición estratégica que ocupa Cádiar en la Alpujarra, como por las condiciones del lugar para organizar tal evento,“…su espaciosa riada junto á la villa en la que hay aguas y pastos abundantes para los ganados, sus económicos y cómodos hospedajes, la seguridad personal para los feriantes y la proximidad de pueblos de relativa importancia”, así como la fecha idónea para su desarrollo. Precisamente este último aspecto va a propiciar la queja de Órgiva y de Ugíjar en 1899 ante el Gobernador Civil, al que solicitan el traslado de fechas de la Feria de Cádiar, bien al mes de septiembre, o bien más allá del 15 de octubre, porque se sentían agraviados y perjudicados. En el pueblo, como era de esperar, no sentó muy bien esta iniciativa que se atribuía a los caciques de las otras villas citadas, al tiempo que se proclamaba que Cádiar no tenían la culpa de su ubicación en la comarca, y que ”no impone derechos que mermen la utilidad ó beneficio de aquellos que cambien, venden ó compran…” Por eso se rogó al Gobernador que no cediera a las presiones y que diese a estos municipios una lección ejemplar, como parece que sucedió, tal y como se deduce del siguiente comunicado: “y parece que providencialmente ha venido la mencionada sentencia á cortar los vuelos de los consentidos y orgullosos adversarios de esta renombrada feria”. Por ello, tras el análisis de las pertinentes informaciones requeridas por el Gobernador, fue Órgiva la que se vio obligada por ley a celebrar su feria desde el 29 de septiembre al 1 de octubre a partir de 1899. Pero, mientras esta última villa tomó diversas iniciativas para potenciar sus festejos, Ugíjar permaneció impasible y finalmente tuvo que retrasar también su Feria unos días.
De exitosos cabe calificar estos primeros años de andadura de la Feria, pues la gran afluencia de público de otras localidades propició en la mayoría de las ocasiones que se realizasen numerosas transacciones de ganado, especialmente el vacuno que obtenía buena cotización, fomentando de paso el desarrollo del comercio local y comarcal: “Es constante la entrada de viajeros de todos tipos que vienen á realizar sus compraventas, y de Jubiles ,Bérchules, Mecina Bombarón, y Trevélez llegan multitud de ganaderos y pastores con sus reses de todas clases, entre los que sobresale el ganado vacuno, distinguiéndose los hermosos becerros cebados de Trevélez(…)Calles llenas de viandantes que se detenían el los mil puestecillos y tenderetes instalados en las aceras; los comercios, abarrotados de mercancías se han visto muy favorecidos por el público”. Aumentaron los ingresos del ayuntamiento hasta el punto de construir este un teatro en 1902, y le dio estabilidad al proyecto: “…la feria de Cádiar en tres años ha resultado una verdadera viña para la antigua corte de Aben Abó.” Aunque también hubo años como 1913 en el que se generó poco negocio, pues la climatología adversa acabó con la cosecha antes de tiempo y no se disponía de demasiado dinero para gastar, por lo que las operaciones comerciales fueron escasas.
La Feria de ganado, como ya se dijo, estaba instalada junto al río. Allí se solían disponer los ventorros o bodegones, especie de casetas rudimentarias donde se refugiaban los asistentes en las horas centrales del día para refrescarse y también donde se cerraban la mayoría de los tratos frente a un chato de vino o un jarro de aguardiente de la Contraviesa. A veces se desplazaban hasta allí las autoridades para inaugurar la Feria, tras lo que se ofrecía un lunch o almuerzo y la Banda de Música local amenizaba el acto con un concierto. El ganado, por su parte, permanecía estabulado mediante una cerca provisional colocada a tal efecto durante los días establecidos para la compraventa (entre tres y cuatro, si bien los festejos tenían una duración más amplia), y bajo vigilancia.
No faltaron inconvenientes para el desarrollo de la fiesta, pues en 1928 la lluvia persistente durante los dos primeros días hizo plantearse la suspensión a las autoridades, si bien luego levantó el tiempo y hubo que montar las instalaciones a toda prisa. Tampoco las continuas prohibiciones y controles por parte de los Gobernadores Civiles de manifestaciones religiosas durante el bienio progresista de la Segunda República afectaron al discurrir de la procesión del Cristo de la Salud. Menos suerte, como sabemos, hubo en 1936 con el estallido de la Guerra Civil al producirse la quema del templo y la destrucción de imágenes entre el 16 y el 20 de agosto de ese año.
Por lo general, el trascurso de la Feria no deparaba incidentes dignos de mención, pero la de 1900 fue una salvedad, pues se produjeron dos peleas con resultados no deseables: “…se encontraban la madrugada del referido día bebiendo aguardiente y comiendo buñuelos,…discutían asuntos de escaso interés, pero trastornados los sentidos por el alcohol, se insultaron y entablaron riña…R.P. y su hijo acometieron con faca á F.R, dándole puñaladas que le ocasionaron la muerte en el acto”. La Guardia civil detuvo finalmente a los agresores, vecinos ambos de Cádiar, al igual que la víctima, en Narila. Y es que, como decían los antiguos: “al vino y al aguardiente de la tierra hay que darles mucha conversación y tratarlos con respeto, pues entran sin que se dé uno cuenta y luego te revuelcan”. Como broche de Feria del mencionado año tuvo lugar otro altercado. “En Cádiar, el último día de feria se suscitó una riña entre Francisco Castillo y José García Millán, vecinos de Bérchules: estos dos tenían antiguos resentimientos…El resultado de la reyerta fue el salir el García con una herida en el labio inferior á consecuencia de un mordisco…”
De los datos que disponemos, se deduce que los programas de fiestas estaban elaborados para dar satisfacción a un público de todas las edades y capas sociales: veladas musicales, conciertos, corridas de cintas, cucañas, vistas cinematográficas, circo ecuestre, funciones cómico-dramáticas, diversos tipos de fuegos artificiales, carreras de sacos, de burros, funciones religiosas, reparto de pan a los pobres, corridas de toros, iluminaciones o elevación de globos y fantoches, estos últimos muy presentes en todas las fiestas de la provincia de Granada hasta mediados de los 70. En 1929 aparecen algunas novedades como concurso de ganados, distintos sistemas de columpios y, coincidiendo con la verbena, Kermés, una fiesta popular al aire libre con bailes, rifas, concursos, etc, con fines benéficos. De esta amplia lista, por su singularidad, merece la pena que nos detengamos primero en las iluminaciones, que en los primeros años de feria, siempre estaban hechas “a la veneciana”, es decir, con farolillos de papel de distintos colores con un quinqué de petróleo o aceite en su interior y se disponía en la portada del templo, procurando que fuese lo más artístico posible y que permitiese disfrutar de los actos celebrados allí. Ni que decir tiene el impacto provocado y las posibilidades que abrió para este apartado la llegada de la luz eléctrica a Cádiar el 5 de julio de 1909: “Con gran contento del vecindario de Cádiar, se ha inaugurado el alumbrado eléctrico en este pueblo, cuyo fluido es facilitado por la fábrica de luz eléctrica, establecido en el término de Nechite,…” Esto permitió la extensión del adorno lumínico a los puntos centrales de la localidad, “Y como nota de distinción y buen gusto, la hermosa iluminación eléctrica de la calle Real, y más aún de las plazas de la Iglesia y la Constitución…" para más tarde instalarse en otras calles y plazas de la población.
También son dignas de reseñar las funciones teatrales así como los bailes. En las primeras, solían representarse piezas menores, sobre todo del llamado “género chico”, una obra lírica, costumbrista y muy del agrado de las gentes humildes. En principio, las veladas de teatro tenían lugar en la plaza de la Iglesia, pero a partir de 1902 se desarrollan en un local más apropiado: “…con una compañía del género chico, dirigida por los aventajados hermanos Martínez, en la que figura la primera tiple, señorita Valiente y el maestro concertador D. Juan Redondo; dicha compañía ha sido la designada para estrenar el nuevo teatro que acaba de edificarse, debutando la compañía con una obra de D. Juan Romero de la Torre”. Es evidente que el baile es una marca distintiva de cualquier fiesta y este estaba protagonizado por la banda de música de Cádiar, al frente de la cual, en esta etapa, estaba el maestro D. Justo Castro Pinteño y en los años 20, D. Francisco Sánchez Ruiz. Frente a estos bailes públicos y abiertos a todos los vecinos, marcando las diferencias de clase, se celebraban otros privados o de sociedad, normalmente en casa del algún miembro destacado del municipio: “Por la noche del día 7 se celebró un baile (en) casa del rico propietario D. Eduardo Manzano, al que asistió lo más escogido de Cádiar. Todos los concurrentes fueron obsequiados con pastas y licores en abundancia, retirándose a altas horas de la madrugada…”. Con la inauguración del “Centro Agrícola Católico” en plena Feria de 1925, este notable grupo local desplazará a sus salones sus reuniones y fiestas privadas.
Otra de las apuestas más fuerte de la corporación municipal para hacer más atractiva la Feria fue la celebración de espectáculos taurinos. Ya en 1898 tiene lugar la primera corrida, aunque para que esta se celebrase el alcalde tuvo que solucionar antes otro entuerto, ya que al solicitar autorización al Gobernador Civil para celebrar dos corridas de novillos, “Le ha contestado el Sr. Díaz Valdés que no autorizará tal clase de espectáculos, siempre que los municipios que lo soliciten adeuden cantidades á los maestros de escuela, como ocurre con el de Cádiar”. Precisamente se acusó al enseñante citado arriba de haber denunciado el impago a los maestros ante el Gobernador Civil, lo que propició que se le acosase verbalmente, llegando incluso dos individuos a acorralarle, a fin de darle un escarmiento: ante tales hechos, Juan Romero de la Torre se vio obligado a emitir un comunicado en el diario La Publicidad para defenderse de las acusaciones y negar cualquier intervención suya en el referido contencioso. Aunque la mayoría de los años se contaba con cuadrillas de segunda fila, en estos primeros se contrató varias veces a Lagartijillo Chico, un jovencísimo y voluntarioso novillero granadino con cierta proyección en esas fechas, lo que derivó en una gran afluencia de personas venidas de muchos rincones de la Alpujarra, con el consiguiente beneficio económico que ello comportaba. Lo realmente extraño es que desde 1908 hasta 1936 no aparezca anunciado ningún evento taurino en los programas de fiestas conservados que hemos podido consultar.
El último día de Feria estaba marcado por la fiesta religiosa y procesión del Sto. Cristo de la Salud cuyo inicio era en torno a la seis de la tarde, aunque algún año como en 1928 su salida se produjo al anochecer. De su discurrir ya nos lo reflejó perfectamente Francisco García Valdearenas a través de la revista de la Asociación Cultural “La Casa de Cádiar” en 2008. Ahora bien, podemos agregar algunas pinceladas sueltas: la jornada empezaba en ocasiones bien temprano con el toque de diana a las tres de la madrugada, a las cinco se cantaba el Rosario de la Aurora, para entorno a las diez, celebrar misa en la iglesia o, en alguna ocasión, en la ermita de San Blas.
En definitiva, Cádiar se abre al siglo XX con una nueva Feria para la Alpujarra que por su singularidad ha pasado a ser patrimonio cultural y orgullo de todos los cadiarenses.


FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
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