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miércoles, 21 de marzo de 2018

AL SUR DE SIERRA NEVADA

La Alpujarra


Precisa definición de los límites de La Alpujarra.
por
 Francisco Alcázar.



Esta Revista, que con tanto acierto como ilusión mantienen viva algunos paisanos, nos invita a opinar sobre los límites de la Alpujarra. Se supone que todos tenemos una idea de dónde comienza o dónde termina nuestra comarca; bueno, más o menos. Cuando hay que concretar surge la duda. De ahí la pertinencia de la pregunta.

Lo que sí sabemos es que todo en esta vida tiene un límite; hasta la provincia de Badajoz decía Jardiel Poncela. Albert Einstein llegó a la conclusión de que sólo existen dos realidades infinitas, sin límites: el Universo y la estupidez humana, y parece que sólo aplicaba sin reservas esta opinión a la última. (Supongo que no todo lo que se le atribuye al genial científico será suyo, en cuyo caso no hubiera tenido tiempo de formular la Teoría de la Relatividad).
Pero volvamos a lo nuestro. De la lectura de algunos tratados, se llega a la conclusión de que la palabra Alpujarra es un topónimo de origen árabe, con variadas interpretaciones, o tal vez ibérico. O sea, que no se llega a ninguna conclusión. Todo conjeturas. Tampoco están claramente marcados sus límites que, por la propia definición del vocablo comarca, no se precisan.
En mi infancia participé en un trabajo escolar sobre la Alpujarra, mapa incluido, para un concurso que patrocinaba el casino del pueblo, Cádiar. No sé qué libros y atlas consultamos. Entonces no podíamos sospechar que estaba cercana la avasalladora irrupción del homo internéticus. De aquel trabajo primerizo recuerdo dos cosas. Primera, que la costa alpujarreña se extendía desde el Cabo Sacratif, a la salida de Torrenueva (Motril), hasta Punta Entinas, pasada la urbanización de Almerimar (El Ejido). Y segunda, que no hubo ganadores: se repartió el premio entre las tres escuelas de niños para intentar contentar a los maestros.
Al final de la época musulmana la Alpujarra se dividía en tahás, cuyo número e incluso denominación difiere según el autor que se consulte. De un mapa elaborado por P. Cressier tomo esta relación: Órgiva, Poqueira, Ferreira, Jubiles, Ugíjar, Andarax, Lúchar, Marchena y Alboloduy en la falda de Sierra Nevada; Suhayl, Cehel, Berja, Dalías y Almejíjar con salida al mar Mediterráneo; en total 14. Posteriormente, año 1833, como consecuencia de la reorganización territorial del Reino de España en provincias, la Alpujarra quedó repartida en dos zonas, la granadina y la almeriense.
Esta tierra abrupta, de llamativos contrastes, poblada de vericuetos y rincones acogedores, se extiende rectangularmente de Levante a Poniente. Dos accidentes naturales la dibujan: las cumbres de Sierra Nevada al norte y la costa del Mediterráneo al sur. Los flancos extremos muestran un perfil menos definido, ambos con un itinerario similar. El occidental baja de la Sierra por Lanjarón (puente de Tablate), continúa por el río Ízbor hasta su encuentro con el Gualdafeo en la presa de Rules. Aquí gira levemente a la izquierda, corona la Sierra de Lujar buscando los municipios de Lújar y Gualchos para terminar en Castell de Ferro. El oriental baja de la Sierra por Alboloduy, continúa por el río Nacimiento hasta su encuentro con el Andarax, cerca de Alhabia y Terque, Pasa por Alhama y asciende la sierra de Gádor buscando los municipios de Enix, Vícar y Puebla de Vícar. Finaliza en Roquetas de Mar.
La única línea oficialmente sancionada es la que marca las provincias de Granada y Almería. El único límite claramente definido que hay en la Alpujarra no la delimita sino que la divide. ¡Vaya por Dios! Una línea que parte arbitrariamente en dos la Alpujarra y que entorpece más que aclara la comprensión de nuestra comarca. No dudo de la buena intención y sensatas razones que llevaron a los políticos de la época isabelina, entre ellos el motrileño Javier de Burgos, a organizar el Reino de España en provincias con partidos judiciales, pero creo que fue una mala decisión para la comarca.
Citaré un ejemplo de los muchos que podrían reseñarse y que prolongarían en exceso este escrito. Si consultamos las noticias que se refieren a la Alpujarra en el periódico Ideal, veremos la diferencia entre leer la edición de Granada o la de Almería. Cada una habla de “su” Alpujarra: a la otra se le da escaso desarrollo, o directamente se la ignora. Y me refiero a una publicación muy popular que compran nuestros paisanos por tradición, que leen personas de diferentes credos, encontradas ideas o distintas profesiones.
No es hora de lamentaciones. Es mejor llevarlo con paciencia y resignación. Y evitar en lo posible tomar la parte por el todo. Cuando no haya más remedio, diremos a qué parte de la Alpujarra nos referimos, la granadina o la almeriense. Iniciativas como La Casa de la Alpujarra y los Festivales de Música Tradicional de La Alpujarra (y otras que el lector avisado conozca) ayudan a paliar el problema.
Gerald Brenan, y con esto finalizo y dejo en paz al lector, publicó un libro sobre la Alpujarra que se hizo muy popular. Un título sugestivo, acorde al contenido de la obra: Al sur de Granada. El peligro radica en que muchos lectores, de manera inconsciente, relacionan Granada y Alpujarra, quedando Almería en el olvido. Ligeramente modificado, este rótulo describe de forma escueta la situación y límites de la Alpujarra, de toda la Alpujarra. Una definición fácil de retener y asombrosamente precisa: Al sur de Sierra Nevada.
-¿Pues sabe lo que le digo? Que para llegar a esa conclusión no se necesitaban unas alforjas repletas de las anteriores divagaciones, citas de autores famosos y anécdotas personales que a nadie interesan.
-Lleva usted toda la razón, mi querido y sufrido paisano. Pero… qué quiere que le diga: le ponen a uno el palito de la Alpujarra y a ver el guapo que le impide dar el salto. Cuanto más lejos tienes la Alpujarra, tanto más cerca, más dentro la sientes.


miércoles, 11 de marzo de 2015

El pillatrapos


Paco Alcázar



Es posible que la mayoría de los que lean este artículo no sepan de qué va, aunque sean alpujarreños como yo. Habría que descartar a los jóvenes y buscar entre los mayores algún despistado, algún raro cazador de palabras en desuso o apegado al terruño. “¡Qué barbaridad! Hay gente pa tó” como dicen que dijo el Guerra, (el torero, no el político), cuando, en una conversación informal, le preguntó al filósofo Ortega y Gasset a qué se dedicaba y éste le contesto: Soy catedrático de Metafísica. ¡Toma ya! (Corren numerosas versiones que cambian protagonistas y hechos. Vaya usted a saber).

Pillatrapos, querido paisano, es la palabra que usamos algunos para designar el popular utensilio casero con el que sujetamos, o sea, pillamos, la ropa colgada de una cuerda o alambre. Lo que todo el mundo entiende, incluida la Real Academia de la Lengua, por pinza de la ropa. Pinza es el genérico de un variado grupo de objetos que tienen en común servir para sujetar un objeto a la manera de como lo hacemos con los dedos índice y pulgar, con los que guarda cierto parecido. Y nada más. En el quirófano se usan las pinzas y en el aseo personal cuando nos depilamos, son pinzas pero no pillatrapos.

Creo que debería haber un nombre para cada tipo de pinzas. Una palabra a ser posible de fácil comprensión, directa, expresiva, que vaya al grano de lo que quiere decir y no se ande por las ramas. Pillatrapos, o pillatrapo, que en esto no están todos acordes, cumple con solvencia las anteriores notas, todas pertinentes. Aunque sirva para “pillar” otras cosas, lo usamos normalmente para los trapos. No los coge, los ase, los agarra, sino los pilla en una acción simple y directa, antes de darse cuenta, el trapo queda preso, pillado. Hay en el verbo pillar un plus de sorpresa e inmediatez, de algo inevitable. “Te pillé” decimos de alguien cuando lo cogemos “in franganti” sin escapatoria posible. Así queda el trapo: ya sea una pretenciosa camisa, un sutil camisón, una deslumbrante sábana, unos baqueteados calzoncillos (creo que ahora los llaman slip), la sufrida jarapa o un insignificante calcetín… todos atrapados, o sea, pillados.

Otra cualidad del utilísimo artilugio es su facilidad de manejo. Nos lo venden en la tienda sin engorrosas instrucciones de uso, tampoco trae anejas contraindicaciones y advertencias. Dos piezas de madera con alguna ranura para encajar un pequeño muelle: eso es todo. Un mecanismo tan sencillo que no suele averiarse. Rara vez, muy rara vez, y porque lo hemos forzado, pueden desencajarse sus dos piezas. Con un poco de maña, en unos segundos las hemos vuelto a ensamblar poniendo el muelle en su sitio. No tiene fecha de caducidad. Nunca supe de un muelle que perdiera su fuerza, ni siquiera de que oxidara en condiciones adversas, aguantando a la intemperie las inclemencias del tiempo en todas las estaciones.

Hay objetos que fueron diseñados para durar años, lustros, décadas… y el pillatrapos es, sin duda, uno de ellos. No conozco a su inventor y bien que lo siento. En toda mi vida, ya bastante crecida, he visto muchas innovaciones de consideración. Pues bien, es prácticamente imposible mejorarlo. Últimamente los supermercados y tiendas de todo a cien ofrecen algunos que sustituyen la madera dignamente sobria y lisa por débiles piezas de plástico multicolor. Los pillatrapos modernos, al cabo de un par de años si no antes, se decoloran o se parten a la menor presión. Una pena. Estos pillatrapos de pega son la vergüenza de la familia, el descrédito de unos leales servidores. Hasta el muelle parece que se oxida con más facilidad. Son de quita y pon, de sociedad de consumo. También salen otros al mercado, todo ellos de hojalatería, con lacitos y mariposas pintadas, mas propios para sujetar el pelo que para colgar la ropa. A estos últimos se les podría aplicar el nombre neutral de pinzas, incluso de pinzas de la ropa, pero pillatrapos no. Un respeto al pillatrapos de madera, el de toda la vida.

Naturalmente, como el avisado lector habrá considerado ya, el pillatrapo sirve también para otros menesteres. Por ejemplo, en la cocina lo vemos cerrando los envases de comida no perecedera: macarrones, arroz, lentejas… Una pinza higiénica y fiable. También en trabajos manuales hay quienes, utilizando como materia prima sus piezas de madera, consiguen útiles y bellos objetos. Todo depende de que el artesano le eche imaginación al trabajo. Llegado el caso, podemos disponer al momento de una cuña excelente para nivelar las patas de una mesa o ajustar el astil del mancaje. (Este párrafo resultaría excesivamente largo. Invito al lector a que lo complete de su propia cosecha).

Quisiera ahora centrarme en la palabra en sí, pues el objeto, llamémosle de una u otra manera, es de sobra conocido así como su versatilidad. Me interesa más la voz pillatrapos; me parece más práctica y bonita que pinzas de la ropa. Una palabra en vez de cuatro. No abundan las palabras compuestas en nuestra lengua que gusta más de la derivación, propia de las lenguas romances o derivadas del latín, pero tampoco escasean. Sin salirnos del ámbito doméstico al que pertenece la palabra en cuestión, tenemos abrelatas, sacacorchos, sacapuntas, (sacamantecas se mueve en otro campo semántico), guardapolvos, cascanueces, portalámparas, posavasos, quitamanchas, friegasuelos, lavavajillas, salvamanteles, cuentagotas…Todas con idéntica estructura: verbo (3ª persona del presente de indicativo) más sustantivo (generalmente en plural, aunque a veces se usa el singular: cubrecama).

¿Por qué no usar la palabra pillatrapos entre sus compañeras de fatiga que, al contrario que ella, gozan de perfecta salud y aceptación? Retomo lo que apunté al principio: pillatrapos es una palabra poco o nada conocida según mi limitada experiencia; tampoco en el ámbito alpujarreño. Sólo sé que en mi pueblo, Cádiar, antes la usábamos con toda naturalidad. Jugábamos con los pillatrapos cuando la infancia suplía, a veces con ventaja y a fuerza de imaginación, los innúmeros artilugios de ahora. Los recuerdo guardados en una bolsa de trapo o, mejor aún, colgados del tendedero como si de pequeños insectívoros se tratara; una representación en miniatura de aquellos cables del tendido eléctrico, ornados con ruidosos vencejos, golondrinas e, incluso, gorriones.

Sobre su supervivencia (de la palabra, no del objeto) albergo serias dudas. Lo más probable es que desaparezca en un par generaciones. Tal vez no le quede ni el consuelo de dormitar en algún repertorio de voces en desuso, que algún paciente lexicólogo haya tenido a bien incorporar. La RAE ha acogido, generosa ella, la voz culamen en la 23ª edición; pillatrapos, no; pillatrapos es voz de paletos. La RAE es así, muy moderna e universal.

-Pero, hombre de Dios. ¡Cómo se le ocurre perder el tiempo, y hacérnoslo perder a los demás, hablando de pillatrapos, o pinzas de la ropa, o como se diga, que me ya está liando a mí también, cuando hay asuntos que nos preocupan a todos? Por ejemplo: la crisis económica, la destrucción de la naturaleza… ¿Cómo se atreve a hablar de los pillatrapos habiendo tanta injusticia en el mundo?

-Usted dispense. Será porque estoy jubilado y chocheo. Me siento incapaz de disertar sobre esos grandes problemas sociales. Otros lo harán mejor que un pobre servidor. ¡Digo! La crisis de esto o de lo otro, la ecología… Casi prefiero la filosofía de don José. Aunque me quede en ayunas.

-Bueno, bueno... Nunca pensé que pudiera haber una “metafísica del pillatrapos”.

-No se extrañe, buena mujer. Una vez leí este titular de prensa: “Hay que impulsar la cultura del transporte y renovar la filosofía de la carga y descarga”. Y le aseguro que no lo firmaba José Ortega y Gasset.

-En fin, los hay que no tienen arreglo.

martes, 18 de febrero de 2014

¡MOROS EN LA COSTA!



Del dicho.
Quién no ha oído o dicho alguna vez: “Cuidado; que hay moros en la costa”. Una frase que expresa desconfianza por si nos oyen. Una actitud de elemental prudencia nos lleva a pronunciarla en muchas ocasiones de nuestra vida. Si estamos con un amigo en la calle parados, en franca conversación sobre los innumerables asuntos que solamente a nosotros nos atañen o que pueden ofender a terceros; miramos de reojo, y si vemos que se aproxima alguien del que estamos hablando, no precisamente bien, entonces advertimos. “Cuidado, que hay moros en la costa”. En un local público, donde según costumbre muy española hablamos a voces, no está de más que miremos a nuestro alrededor y aconsejemos: “Cuidado, que hay moros en la costa”. No es prudente hablar con descuido sin antes cerciorarnos de que no nos oyen ni nos pueden oír nuestros adversarios en ideas o los de la competencia. También cuando queremos dar una sorpresa agradable o gastar una broma y no queremos que se entere el destinatario. En todos los casos la popular frase viene a cuento.
Es evidente que trasciende su literalidad. No hablamos para nada de moros ni de ninguna costa. Este es precisamente el valor de los dichos; que han quedado gramaticalizados y ya no designan el suceso que le dio vida. Ahora sirven para describir situaciones u orientar conductas.
En la segunda parte de este artículo intentaremos buscar el origen y las circunstancias que lo hicieron posible.



Al hecho.
La relación entre ambas orillas del Mediterráneo, la africana y la europea, ha sido intensa durante la vieja historia de los pueblos asentados en sus playas y territorios cercanos. Moros o bereberes (de Berbería) formaron el grueso del ejército que pasó el Estrecho de Gibraltar al mando de árabes (de Arabia).
Con la cultura islámica enseñoreándose de ambas orillas en los siglos medievales, continuó el intercambio económico y cultural. Pero fue tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos cuando surgió el popular dicho. Trasladada la “frontera interior” con el mundo musulmán a la costa, había que defenderse del enemigo que venía del mar. El problema se agudizó desde el momento en que Boabdil embarcó con su séquito en el puerto de Adra, aquel otoño de 1493; se hizo dramático durante el periodo morisco, prácticamente todo el XVI, y se prolongaron las incursiones de piratas en el XVII y aun el XVIII.
Durante más de un siglo la costa quedó poblada de baluartes defensivos: erigiendo castillos y restaurando torres vigías, las almenaras, desde donde se avisaban entre sí y con el interior por medio de humo o fuego. El grito de ¡Moros en la costa! saltaba de torre en torre y corría como la pólvora por barrancos y lomas hasta llegar a los más lejanos rincones de la comarca. Aún hoy se pueden contemplar los restos de aquella lucha secular: la costa alpujarreña fue una de las más castigadas. Desde el cabo Sacratif hasta Punta Entinas, considerados comúnmente como los límites costeros de la comarca, pueden rastrearse recintos fortificados o alcazabas: Castell de Ferro, Castillo de Baños, La Rábita, Adra, Guardias (Guardas) Viejas… y atalayas: La Mamola (o de Cautor), Melicena, Punta Negra (o del Puntalón), La Rábita, Huarea, Guainos…
La bibliografía es cuantiosa, pormenorizada. Citemos un caso entre cientos. En 1565, a las puertas de la rebelión morisca, Órgiva sufrió una incursión de piratas: saquearon el pueblo, se llevaron cautivos a 20 cristianos viejos, y 54 moriscos, paisanos del lugar, aprovecharon la ocasión para marchar con sus pertenencias allende el mar. Está documentado que, en muchos casos, los cristianos nuevos, o sea los moriscos, hacían de quinta columna pasando información al enemigo. De ahí el recelo entre habitantes de un mismo pueblo y el temor al moro, tomada esta palabra en sentido amplio. Y no sólo en la costa, sino también en el interior: Albuñol, Dalías, Lucainena… pasaron por idéntico o peor trance. “¡Cuidado! Que hay moros en la costa” fue el grito angustiado que se oyó, o susurró, en cualquier lugar. Hasta las paredes podían escuchar. Para nuestros antepasados alpujarreños, los de usted y los míos, la frase tuvo un sentido rigurosamente literal, con todo el dramatismo de aquellos tiempos inseguros.
Adra, por su puerto y situación estratégica, fue la población más castigada. En 1620 sufrió un saqueo devastador de los turcos. No quedó una casa libre, ni en el mismo recinto amurallado. De ahí que algún soldado con destino en el castillo prefiriera tener a su familia en la vecina Berja, lugar algo más seguro aunque no del todo.

Es posible que más de uno me censure el uso de la palabra “moro”. Aceptado la reconvención, permítaseme recordar al menos que “moro” designaba en su origen al habitante de la Mauretania Tingitana y la Mauretania Caesariense (norte de los actuales Marruecos y Argelia respectivamente), provincias del Imperio Romano, igual que “bético” al natural de la Bética, otra provincia romana; unas en África y otra en Hispania; a ambas orillas del Mare Nostrum Occidental. “Moro” procede de “mauro” (plural mauri), habitante de las Mauritanias andes dichas (paso de “au” a “o” en los idiomas romances; como “tauro”-“toro”). En terminología algo más culta, se habla de maurofilia y maurofobia, o de maurófilos y maurófobos. Y en esas andamos.
Así pues, había moros con anterioridad a las culturas cristiana y musulmana. Difícil lo van a tener los que quieran suprimir la popular (“polémica” dirían algunos) palabra que cuenta con unos dos mil años de vida, la cual anda a sus anchas por la literatura, la historia, el habla popular…
Procuraré eludirla, queridos paisanos. Aunque, qué quieren que les diga, me resulta un tanto violento pedir en el bar “un pincho magrebí”. Por supuesto, halal y que no sea de animal inmundo.
-Pues pida uno de tortilla española.
-Es que… a lo mejor… eso de “tortilla española” tampoco está bien dicho. ¿Usted no cree más adecuado “tortilla estatal”? Yo lo decía mayormente por no molestar. Y si es por escrito también me asaltan las dudas: ¿pincho o pintxo?, ¿española o espagnola?
-Mejor que se quede en casa, y allí, en la intimidad del hogar, se prepare lo que le apetezca. Eso sí: sea discreto, cierre las ventanas y hable quedo. Nunca se sabe. ¡Cuidado! Que puede haber moros en la costa.

                                                                                                 Francisco Alcázar


Nota: A este artículo, si es acogido aceptablemente por los amables lectores de la Casa de la Alpujarra, podría seguirle alguno más de parecidas características. Dichos que tuvieron su origen en nuestra tierra. O de fuera, pero tan bien aclimatados al terruño que merecen nuestra atención. El saber popular plasmado en sentencias es un camino, entre otros, de acercarnos a la realidad de un pueblo, en este caso de nuestra comarca.