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miércoles, 25 de mayo de 2016

Aquel Corpus de los cincuenta por Francisco Gil Craviotto

Llega un año más el Corpus, la fiesta mayor de Granada. Mucho me gustaría, en un día tan señalado, poder regalar a mis lectores un magnífico y sazonado artículo. Un artículo lleno de ditirambos y citas que fuese la delicia de oficinistas, tecnócratas y amas de casa; pero bien comprendo que me va a ser completamente imposible. La razón es obvia: no puedo hablar del Corpus porque casi no lo he vivido, lo mismo que tampoco podría hablar del fútbol, por ejemplo, porque jamás he presenciado un solo partido (no cuento, evidentemente, los que vegeté a la trágala en mi desdichada época de internado), ni puedo hablar de boxeo o los toros por la misma razón. Mi infancia no transcurrió en Granada y el Corpus de aquellos lejanos años, que sin duda hubiese sido el que me habría dejado mayores recuerdos, ahora tan sólo es, sin la menor nostalgia, una indefinible ausencia. Cuando ya, a comienzos de la mocedad, todavía en la pupila el verdor de los trigales de mi pueblo, comenzó mi vida en Granada y, con el correr de los meses, aparecieron las fiestas, el Corpus me dio la sensación de una repetición del día de San Marcos de mi aldea, pero elevado a la enésima potencia. Más gente, más ruido, más calor y bullicio.

Si hago un poco de memoria, las imágenes que me vienen a la mente son las de unas calles cubiertas con tela de saco y alfombradas de juncia y mastranzo, abarrotadas de gente que espera o acaba de ver la procesión. Otra imagen que tampoco se me va de la cabeza es la de unas catetas, gordas y sudorosas, que caminan descalzas, con gesto dolorido y los zapatos en la mano. Seguramente iban en busca del coche “pirata” o del tranvía –entonces Granada estaba unida  a su periferia por una importante red de tranvías que la mediocridad de los políticos de entonces se cargó poco después-, que las llevaría a su pueblo. Las instantáneas que conservo del ferial –en aquella época, en el Parque del Violón, ahora convertido en aparcamiento subterráneeo-, tampoco son demasiado halagüeñas. Si voy seleccionando los recuerdos a través de los sentidos, el olfato me trae olor a frituras, tufillo de sudor y una insoportable mezcolanza de regüeldo y vomitera; el oído estridencias de altavoces, gritos y pregones de feriantes; la vista, luces que se encienden y se apagan, disonancias de colorines y caras desconocidas que pasan sin cesar, gente, tumulto; y, por último, el tacto, me trae codazos, empujones, sensación de incomodidad y estorbo.

Para mí sólo había dos aspectos aprovechables del Corpus: las “carocas” y la revista. Las primeras por lo que tenían de sátira social, aunque con la censura del régimen, nunca llegaban muy lejos; la segunda, porque era la única manera de ver mujeres semidesnudas y esto sólo ocurría una vez al año. Todo lo demás –ferial, toros, fútboles, etc. etc.-, me resbalaba o, para ser más exactos, me repugnaba. ¿Tendré que añadir que soy un bicho bastante raro? ¿Será necesario insistir en que me salgo de lo normal, en que –como ya me han dicho en más de una ocasión-, no sé disfrutar de lo bueno y, lo que es peor, tampoco sé hacer el paripé de que lo estoy pasando bomba? Me parece que no. Sigo con el hilo del relato. Yo ahora no sé si sólo resistí un Corpus o si mi heroísmo llegó a dos. Sin atreverme a poner la mano en el fuego, me inclino más por la primera hipótesis. Para el caso es igual. Lo cierto es que, para cuando llegó el tercer Corpus –tal vez ocurrió en el segundo-, ya tenía yo mi tabla de salvación. Mejor aún: mis tablas de salvación, pues siempre fueron varias. Se llamaban –y se siguen llamando- Alhambra, Generalife, Albaicín, Jesús del Valle, Cahorros, Fuente de la Bicha y más allá... Había descubierto que en esos días estos lugares quedan en el olvido total y, en consecuencia, se convierten en retazos de paraíso. ¡Qué paz, qué sosiego, qué limpidez de aguas y hermosura de alamedas! De la mayoría de ellas, dicho sea de paso, ya no queda ni la tierra donde se asentaban. Primero iba solo, sin más compañía que mis pensamientos, pero después encontré compañera. Desde entonces, a la belleza del paraje, en una época en la que incluso besarse estaba prohibido por decreto, se unía la delicia de tener al lado otro cuerpo y disfrutarlo en la soledad del campo.

Algún tiempo después comencé a escribir en el periódico “Patria”, pero esto no cambió en nada mi situación. Si yo tenía que cubrir alguna información, siempre me las arreglaba para que fuese marginal a la fiesta, exenta de alharacas y ruidos: comentario de un libro, visita a un pintor, músico o escultor, etc. Los demás, encantados de que dejase para ellos toros, fútboles, boxeos, tiro al pichón -¿me hubiesen publicado una sola línea de lo que yo opinaba, por ejemplo, del tiro al pichón?-, y otras “lindezas” parecidas. Recuerdo que a uno de mis compañeros, José Félix Quesada, se le había metido entre ceja y ceja que yo debía ir a los fútboles. ¡Pobre! Ya está muerto. ¡Cómo debí decepcionarle cada vez que me negué a tomar la entrada que me regalaba! Hasta que por fin comprendió que era una cuestión de principio: yo no podía perder dos horas de mi vida, que no sabía si sería larga o corta, viendo a unos tipos, vestidos con pantalón corto, corriendo detrás de una pelota. Mucho menos viendo como un ser humano –al menos por tal pasa-, vestido con traje de luces, se ensaña con un toro, que nada le ha hecho.

Unos años más y me marché a Francia. Desde allí, naturalmente, era imposible estar al tanto del Corpus. Ni siquiera es fiesta. Un día como otro cualquiera. Las pocas veces que mis vacaciones coincidieron con esas fechas, procuré pasarlas en la playa. No obstante, en uno de estos viajes, un día supe que el ferial lo habían llevado lejos, muy lejos –un gran alivio para los habitantes de la zona-, porque el bullicio, el ruido y las músicas locas, habían alcanzado tal intensidad, que no había vecino que las soportara. Ahora, un par de décadas después, ya están ideando los políticos un nuevo y quizás definitivo traslado.

Este año, con el Corpus a las puertas, aún no tengo decidido dónde pasaré ese día. De lo único que estoy seguro, segurísimo, es de que, si estoy en Granada, no voy a ir a ver la procesión, no visitaré el ferial, nadie me verá en los fútboles y mucho menos en los toros y que ese día no voy a estrenar ningunos zapatos. Sí, es verdad, soy un bicho raro, lo acepto. Pero, mientras no me demuestren lo contrario, creo que estoy en mi derecho.

domingo, 8 de mayo de 2016

El Papa enamorado por Francisco Gil Craviotto


La verdad es que no ganamos para sorpresas. La última nos viene del Palmar de  Troya, sede de la secta católica del mismo nombre: su máximo dirigente, el “papa” Gregorio XVIII, acaba de colgar tiara y sotana. Razón aportada por el desde ahora expapa: ha perdido la fe. Pero a esta razón, puramente religiosa, hay que añadir otra sentimental: el papa Gregorio ha encontrado su media naranja. La agraciada es una granadina, se llama Nieves Triviño y es natural de Monachil, pueblo de las estribaciones de Sierra Nevada, a muy pocos kilómetros de la capital, donde ejerce como “animadora sociocultural” del pueblo. La prensa ya ha adelantado que tendremos boda en agosto o septiembre. Toda una mina para las revistas del corazón. Seguro que más de una la calificará de la boda del siglo.

La secta del Palmar de Troya ya se hizo famosa hace algunos años por su peregrina decisión de elevar a los altares a las dos figuras cumbres del fascismo español, Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Ahora, cuando sus adeptos posiblemente esperaban la santificación de Pinochet y Videla, acaso también la de Hitler y Mussolini, se han encontrado de pronto con este inesperado jarro de agua fría: no es la incorporación de un nuevo santo a los sangrantes altares eclesiásticos lo que nos ofrece la secta, sino la irrevocable renuncia de su jefe indiscutible, el papa Gregorio XVIII, a supuesto supremo.

La decisión del expapa Gregorio, es tan insólita, que merece toda nuestra atención. No conocemos ningún caso parecido ni en la Iglesia de Roma ni en la novísima del Palmar de Troya. Amores papales claro que ha habido en la Iglesia de Roma, pero jamás produjeron el cese de ningún papa. El más prolífero en amoríos fue sin duda Alejandro VI, más conocido por el Papa Borgia, que durante toda su edificante y ejemplar vida fue repartiendo con la misma generosidad semen y santos venenos, pero jamás se le pasó por la cabeza renunciar a su cargo por ninguna mujer. En la literatura sí encontramos un caso parecido, aunque el protagonista no llega a la categoría de papa. Nos lo ofrece Merimée en una obrita, “El Teatro de Clara Gazul”, integrada por varios relatos cortos cuyas acciones transcurren en distintas ciudades de España. El primero de estos cuentos lo sitúa Merimée en Granada en los comienzos del siglo XVIII. Una gitana ha sido denunciada a la Inquisición por brujería y peligra ser quemada en solemne auto de fe. Pero ocurre que la gitana es de una belleza perturbadora y el inquisidor mayor de la ciudad cae locamente enamorado de ella. Una noche de insomnio y pecado el inquisidor cuelga la sotana, baja a las mazmorras inquisitoriales, libera a la gitana y ambos huyen a caballo desde Granada a Gibraltar, recién conquistada por los ingleses, donde la pareja encuentra refugio. El amor ha triunfado sobre el fanatismo –no podía ser de otra manera en un escritor romántico- y el inquisidor, gozoso y enamorado, ha sacrificado su puesto y dignidad social por una mujer. Pero, en el caso de Merimée, sólo se trata de un cuento. Un cuento que el autor ha enfocado como mejor le ha parecido, sin que nadie pueda asegurar cómo habría terminado esta historia si se hubiese dado en la realidad. En cambio, en el recién estrenado culebrón del papa Gregorio, se trata de personajes reales, tan reales que podemos visitarlos, hablar con ellos y verlos casi a diario en la tele, y el resultado es el mismo: el amor ha triunfado sobre el fanatismo. ¡Extraordinario y admirable triunfo de Cupido que, aunque lo pintan ciego, parece que a veces atina con sus flechas!

Pero hay otro aspecto en la declaración del expapa Gregorio que también merece meditación. Es el relativo a la fe. El papa dice que ha perdido la fe. Seguro que no es el primer caso de persona vinculada a una creencia religiosa que termina dándose cuenta que todo no es más que una sarta de mentiras, pero que, una vez en la cúspide, ese descubrimiento le aparte del sillón al que ha llegado, es rarísimo. En literatura conozco dos casos de curas que han perdido la fe, son decididamente ateos, pero siguen ejerciendo de curas hasta su muerte. El primer caso es “L ́Abbé Jules” de Octave Mirbeau y el segundo, “San Manuel Bueno y mártir” de Miguel de Unamuno. Dos novelas de extraordinaria calidad literaria. En ambos casos los curas han perdido la fe, pero siguen impertérritos en sus puestos hasta que la muerte se los lleva. El papa Gregorio es más consecuente con sus ideas y prefiere colgar sotana y tiara y apuntarse al paro. Seguro que ya hay más de uno deseoso de ocupar su puesto y, antes o después, los vecinos del Palmar de Troya, (también conocido por “el Vaticano español”), verán la fumata blanca, señal inequívoca de que la secta tiene un nuevo papa.

Mientras tanto el expapa Gregorio, ahora Ginés Jesús Hernández a secas, sin sotana ni tiara, pero con una hermosa mujer en la cama, habrá comenzado a disfrutar del amor y hasta es posible que, con un poco de suerte, haya encontrado un trabajo que le permita vivir feliz al lado de su compañera. Si hubo un rey de Francia que hizo famosa aquella memorable frase de “París bien vale una misa”, también, en contraposición, puede haber desde ahora otra mucho mejor: “Renuncio al papado por una mujer”. ¿Habrá mejor homenaje al amor?

martes, 3 de mayo de 2016

El Quijote y los niños de mi generación por Francisco Gil Craviotto




Los niños de mi generación –hablo de los niños de los años cuarenta- aprendimos a leer en el Quijote. Lo cual es tanto como decir que los niños de mi generación crecimos odiando el Quijote. Yo no sé en las otras escuelas, pero en la de mi pueblo, a este último grado de sabiduría lectora, se llegaba después de haber pasado tres cartillas elementales y un edificante libro de lecturas escolares. Sólo entonces enviaba el maestro un papelito a los padres diciendo que el niño ya estaba en condiciones de poder pasar a la Enciclopedia Dalmau, para las lecciones de memoria, y al Quijote elemental, para las lecturas.

La Enciclopedia Dalmau respondía al sueño de Diderot y sus amigos –incluir en un solo libro todo el saber de la humanidad-, pero reducido a nivel infantil y presidido por los criterios de los que detentaban el poder en la España de la época. Esto explica que cada dos por tres apareciese un poema a los gerifaltes del fascismo español: a Franco, a José Antonio Primo, a Mola, a Queipo de Llano... Nosotros no teníamos obligación de aprendernos de memoria más que el primero de los poemas que he enumerado: el poema a Franco, ditirámbicamente titulado: “A Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España”. Lo firmaba un tal M. Machado (años después supe que la M. era la abreviación de Manuel) y había que aprenderlo tan impecablemente bien que todavía puedo recitarlo sin titubear:

Caudillo de la nueva reconquista.
Señor de España, que a su fe renace.
Sabe vencer y sonreír y hace
campo de paz la tierra que conquista.


Era norma entre los chicos de la escuela –casi una tradición que iba pasando de unos a otros, en cuanto recibíamos la enciclopedia, (había que pedirla a Granada y tardaba casi un mes en llegar), ir a las páginas de geometría y buscar la palabra “cono”, para inmediatamente, sobre la pulcra y castísima n, estampar la tilde de la pecadora ñ. Con la transformación resultaba graciosísima la definición que seguía: “Cuerpo geométrico formado por una superficie curva y otra plana y circular...” Yo no hice nunca tal transformación, no por falta de ganas, sino por temor al infierno. Ir al infierno por una tilde me parecía demasiado castigo para tan poco placer. Huelga añadir que entonces yo era muy creyente.

Complemento de la enciclopedia era el Quijote. Se trataba de una edición infantil que sólo se diferenciaba de la de los adultos en que había sido suprimida  de ella toda alusión al sexo, por muy insignificante que fuese, así como todo atisbo de sátira o ironía contra la Iglesia. Episodios como el de Maritornes y el arriero o el de las dos buenas mozas que ayudaron en la venta a don Quijote a ser armado caballero andante, naturalmente, no figuraban en nuestro libro; mucho menos expresiones como “con la iglesia hemos dado, amigo Sancho” o el grito de “yo os conozco, fementida canalla”, que lanza don Quijote, en el capítulo VII de la primera parte, a los frailes de San Benito.

La lectura se efectuaba siempre por la mañana. Antes de que el maestro nos llamara a leer al lado de su mesa, a todos los otros les había dado trabajo: cuentas, palotes, página de caligrafía, etc. etc., pues en la escuela de mi pueblo convivían todas las edades y niveles; todas las edades y niveles que van, o pueden ir, de los seis a los doce o trece años. Los cuatro o cinco que habíamos llegado a esa cumbre de poder leer el Quijote formábamos círculo alrededor de la mesa del maestro. Esto venía de perlas a todo el resto de la escuela que nos aprovechaba como telón o parapeto para, mientras nosotros leíamos, hacer ellos de las suyas: pintar obscenidades en las pizarras de mano que cada uno tenía, cazar moscas (a las que, luego de sacarles las tripas, se les ponía un papelito en el culo y salían volando tan campantes), hacer apuestas o jugar a lo que se les ocurriese. Todo esto, unido al rumor de los que estudiaban la tabla, (dos por dos, cuatro; dos por tres seis...) formaba un guirigay que, a pesar de la poca distancia que nos separaba del maestro, nos obligaba a leer a gritos. No era raro que el maestro interrumpiese nuestra lectura para gritar desde su mesa: “Fulanito y Perenganito, de rodillas, en el pasillo”; otras veces se levantaba y comenzaba a repartir sopapos entre los más díscolos.

Nosotros leíamos lo que veíamos escrito, sin más obligación que la de pararnos en los puntos, hacer la entonación interrogativa o exclamativa cuando venía al caso y procurar que lo que pronunciábamos coincidiese con lo que estaba escrito en el libro. Pensar que aquello tuviese un sentido, que hubiese en aquellas páginas una historia, llena de humor y dolor y contada con un estilo impecable y una amarga ironía, era algo que a ninguno de nosotros jamás se nos pasó por la cabeza. Como por otra parte, la mayor parte de las palabras que leíamos no sabíamos lo que significaban, nuestro trabajo quedaba reducido a un ejercicio de simple mecánica de lengua y garganta que lo mismo lo habría realizado –acaso mejor- cualquier loro o cotorra que hubiese aprendido a leer. Si después de la lectura de aquel primer capítulo, tantas veces repetido, a alguien se le hubiera ocurrido decirme que “duelos y quebrantos” y “salpicón” eran dos platos de cocina, tan asequibles y hacederos como pudieran serlo nuestras migas y cocido, me hubiese quedado de piedra. Más aún cuando se trataba de expresiones que ninguno de nosotros jamás había oído antes, como aquel famoso grito que don Quijote lanza a los molinos de viento: “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas!”

Esta fatalidad de leer por obligación y sin comprender lo que leíamos, creaba en nosotros una antipatía hacia el libro y su autor que, al menos en mí, llegó hasta casi la edad adulta. Cuando el maestro nos dijo que Cervantes había sido herido en la batalla de Lepanto y quedó para siempre inútil del brazo izquierdo, nuestro pensamiento inmediato fue lamentar que la bala no le hubiese dado en la mano derecha. Tal era la antipatía que nos producía aquel libro de obligada e ininteligible lectura.

Fue rozando ya la edad adulta, estudiante a la sazón de los últimos cursos de bachillerato, cuando al fin me reconcilié con el Quijote y luego con el resto de la obra cervantina. Pasé, tras un bandazo de 360 grados, del más iracundo odio, a la admiración más enfatizada y sincera. Ahora me parece que no hay un solo libro mío en el que el atento lector no perciba la huella de la rumia nutricia de la obra de Cervantes. Lo cual no quiere decir que imite servilmente el estilo del indiscutible maestro o que escriba como si viviese a comienzos del siglo XVII. El alimento cervantino va, naturalmente, por dentro.


Este ha sido mi caso, pero ¿y los otros niños de mi generación que tuvieron que tragarse el Quijote como si fuera un purgante? ¿No habrán quedado para siempre vacunados contra el libro más hermoso y genial de nuestra literatura?


Este año 2016, con motivo del 400 aniversario de la muerte de Cervantes, su obra maestra vuelve a estar de moda. Lo cual es tanto como decir que Cervantes y el Quijote corren el peligro –sobre todo en los niños-, de producir el empacho. Si los maestros de ahora no saben dosificar y explicar de una manera sencilla y atrayente el contenido de la obra, es posible que, una vez más, se repita la historia y toda una generación de españolitos quede para siempre vacunada contra el libro más hermoso y genial de nuestra literatura. Sirvan, pues, las líneas que siguen de previsora advertencia en estas fechas de abril que preceden a la fiesta del libro.

sábado, 16 de abril de 2016

“OTRO CATORCE DE ABRIL” por Francisco Gil Craviotto








“Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros, la Primavera traía a nuestra República de la mano. La naturaleza y la historia parecían fundirse en una clara leyenda anticipada o en un romance infantil”. -Antonio Machado.

Todos los años el 14 de abril nos viene a la memoria el mismo tema: la malograda República, que vino tal día como hoy de 1931 y cinco años después se nos fue en un gran baño de sangre. Había llegado con la máxima legalidad –unas simples y anodinas elecciones municipales convertidas en plebiscito por el pueblo, y sin que se hubiese derramado una sola gota de sangre -, y se la llevaron unos generales felones, azuzados por la Iglesia, los banqueros y los grandes terratenientes. Mientras en una y otra zona moría la flor de la juventud española, en la parte dominada por los rebeldes, curas, obispos y cardenales, bendecían fusiles y cañones y paseaban bajo palio al dictador de las manos rojas. Tan rojas que jamás logró lavarse de tanta derramada.

Hoy, al echar la vista atrás, produce estupor contemplar todo lo que aquellos hombres realizaron en tan sólo cinco años -cinco años muy difíciles después del batacazo de la bolsa de Nueva York en 1929, el avance del fascismo en Italia y Alemania y caída de la peseta-, que, si les restamos los dos del bienio negro, quedan reducidos a tan sólo tres. Tres años de incesantes reformas: constitución de 1931, separación Iglesia y Estado, reforma agraria, reforma del ejército –España era el país de Europa que tenía más generales por metro cuadrado-, secularización de cementerios, casamiento civil, divorcio, lucha contra el analfabetismo, escuela laica, etc. etc. Quizás el gran pecado de la República fue querer recuperar en unos pocos años varios siglos de inercia.

En lo que concierne a la cultura su labor fue enorme. A más de la creación de numerosas escuelas –muchas más que todos los gobiernos que le habían precedido-, la República abrió bibliotecas, casas de recreo y cultura e incluso patrocinó un teatro ambulante, “La Barraca”, que, en manos de Federico García Lorca, llevaba a los más alejados pueblos de España las delicias de nuestro teatro clásico.

¿Por qué tanto afán pedagógico y culturalista? La razón es obvia y se venía repitiendo desde el siglo XVIII: casi todos los males de nuestro país tenían el mismo origen: la ignorancia y el analfabetismo. Hora era ya de superar aquellos años de oscurantismo en los que epidemias, sequías, hambrunas y otros males parecidos se intentaban atajar con procesiones, reliquias de santos, novenarios y quema de brujas.

A España, aunque tarde, le llegó su oportunidad en 1931. Se imponía crear una escuela moderna, que fuese capaz de acabar para siempre con el analfabetismo; para ello era indispensable separarla de curas y frailes. Si en los muchos siglos que la Iglesia había tenido la enseñanza en sus manos, no había logrado acabar con el analfabetismo (lo cual no quiere decir que acá o allá no hubiesen surgido dentro de ella casos dignos de elogio; baste, como ejemplo, Andrés Manjón), estaba claro que no era ese el camino. Como en Francia, también en nuestro país se impuso la escuela “gratuita, obligatoria y laica”, pero hubo en los receptores de la reforma una gran disparidad entre los dos países: mientras que la derecha del país vecino se limitó a denostar contra los maestros que retiraron el crucifijo, llamándolos “los maestros del diablo” y otras lindezas parecidas, aquí se les condenó a muerte. En cuanto se les presentó la primera ocasión –la felonía de varios militares contra la República-, allí estaba la flor y la nata de la beatería española azuzando a los pelotones de ejecución contra intelectuales y maestros. Eran los mismos fanáticos que siglos atrás encendían las hogueras inquisitoriales y gritaban “¡vivan las caenas!”. También los mismos que habían invitado a moros, “Legión Cóndor” alemana y “voluntarios” italianos a matar españoles; los mismos que, muy pronto, pasearían al dictador bajo palio. ¿Cuántos maestros fueron asesinados por estos “salvadores de patrias”, “cruzados del catolicismo” y asesinos enmascarados? Imposible es saberlo. Lo que sí puedo afirmar es que fueron los mejores, los maestros con más vocación y formación. Yo conocí en París a algunos de los pocos que lograron escapar.

Feneció la República después de una guerra que ella no provocó ni quiso. El tiempo y la muerte han unido en la paz de los cementerios a víctimas y verdugos. La Historia no vuelve hacia atrás y ahora nada indica que España vaya a tener mañana o pasado mañana una tercera república. Sin embargo, lo que a pesar de los cuarenta años de persecución franquista y otros muchos de olvido interesado, jamás debe morir es el espíritu que aquella República sembró: libertad, igualdad, tolerancia, progreso, cultura, laicismo… Ellos deben de ser nuestros más firmes anhelos frente a la barbarie y el fanatismo de los que, con la ayuda extranjera, lograron terminar con ella.

martes, 5 de abril de 2016

Arquitectura popular en la Alpujarra, por Francisco Gil Craviotto

Sorprende en los pueblos de la Alpujarra el blancor de sus casas y la originalidad de su arquitectura. Una arquitectura eminentemente popular, que jamás desentona con el entorno del paisaje. Tiene además el aliciente de que en ningún momento han intervenido arquitectos, aparejadores, promotores y demás calaña de especialistas ciudadanos que, sin la menor duda, la habrían adulterado y amanerado, como ya ha ocurrido en tantos pueblos y lugares de España. El aislamiento que, debido a sus malas comunicaciones, durante siglos ha padecido la Alpujarra ha obrado el milagro de que permanezca intacta esta arquitectura popular. Sólo el albañil, con su palustre, su regla y su plomo; el oficial y el peón, con sus palas y espuertas, y sin otros materiales de construcción que los que ofrece la zona –piedra, cal, lajas de pizarra, launa y las maderas de álamos y castaños-, han conseguido crear estos pueblos encalados y floridos que, salpicando de blanco el paisaje, se
extienden desde las playas del Mediterráneo hasta las inmediaciones de las cumbres de Sierra Nevada o Sierra de Gádor. En los pueblos costeros, en donde ha entrado el turismo bullanguero y alborotador, esta arquitectura tradicional ha dejado paso a la del arquitecto y el promotor. En estos pueblos playeros, al lado de lo poco que aún queda de la arquitectura tradicional, es posible darse
de bruces con las consabidas casas anodinas del ladrillo visto y el cemento, siempre de numerosos pisos y ventanas simétricas, que, diseñadas por arquitectos y delineantes, lo mismo podrían estar aquí que en Sao Paulo, Chicago, Sebastopol, o en cualquier otro rincón del planeta Tierra. Sin arte, sin alma y sin gracia son la nota discordante dentro de esta arquitectura del blancor y los balcones floridos. 

El viajero necesita adentrarse en los pueblos del interior, en lo que llamamos la Alpujarra profunda, para disfrutar del encanto de los pueblos auténticos. Caracteriza esta arquitectura, además del empleo de los materiales autóctonos ya señalados, un diseño especial de la casa, siempre de dimensiones aceptables –por lo general de dos plantas, con huerto y corral-, pero lo que más llama la atención del que llega por primera vez a estos pueblos, es la gran profusión de terrazas. En la Alpujarra los llaman terraos y van cubiertos de launa, (una arcilla gris impermeable al agua) que en la época de verano también hacen de secadero de tomates y pimientos. Esta sucesión de terrazas, que achata las casas, da a los pueblos alpujarreños cierto aire de pintura cubista –casas cubistas, antes de que existiera el cubismo- que la verticalidad de las chimeneas
–blancas y armoniosas chimeneas-, desmiente. Las ristras de pimientos rojos y verdes que en verano, aquí y allá, cuelgan en las chimeneas ponen su nota de color en medio de la interminable sinfonía de blancos y grises. Otra novedad de la arquitectura alpujarreña son los cobertizos que en estos pueblos llaman tinaos. Debieron nacer del hecho de que una persona tuviera a izquierda y derecha de la misma calle una propiedad. ¿Cómo no caer en la tentación de unir por arriba ambas propiedades? Ahora parece inconcebible tal apropiación del espacio público, pero, en los siglos pasados, era la voluntad del cacique lo que prevalecía. Cobertizos que unen un lado y otro de la calle los hay en todos estos pueblos y ahora forman parte del tipismo alpujarreño que tanto entusiasma al turista extranjero. El viajero, cansado tras de una larga caminata, puede descansar a la sombra de estos cobertizos mientras contempla el paisaje. 

Hay en todos estos pueblos alpujarreños un color que se impone sobre todos los demás: el blanco. Blanco de las fachadas, blanco de las chimeneas, blanco de los cobertizos y tapias de los huertos. Desde la lejanía los pueblos son blancas manchas que salpican la inmensidad de la Sierra. La profusión de flores y macetas que adornan ventanas y balcones pone su nota de color en medio de esta interminable sinfonía de blancos.

Las tres Ritas por Francisco Gil Craviotto

Rita Maestre ha sido multada con 4.230 euros por haber mostrado las tetas en el acto multitudinario que tuvo lugar el año 2011, en la capilla de la Complutense de Madrid. El hecho, además de pecado mortal, merecedor del infierno con todas sus penas y tormentos, constituye un delito de blasfemia penado por la ley.

Cuando yo era niño y adolescente no era Rita Maestre, que naturalmente no existía, la que con sus senos al aire hacía pecar a los hombres, sino otra Rita mucho más popular y provocadora: la entonces famosísima Rita Hayworth; y, según aseguraban curas y frailes, sólo ver su película “Gilda” suponía tener billete de primera clase para el infierno. Más aún: el simple hecho de oír la canción “Amado mío”, que canta Gilda en la parte central de la película, era pecado mortal que exigía una sincera y reparadora confesión. Así estaban las cosas cuando a mi amigo José García Ladrón de Guevara, ahora importante poeta y entonces estudiante con ganas de fiesta y jarana, se le ocurrió darle una broma al eximio don Balbino Santos y Olivera, a la sazón arzobispo plenipotenciario de Granada. Era la época de las cantantes en las cafeterías que entonces las llamaban vocalistas. En Granada el café Alameda, antaño sede de la tertulia “El Rinconcillo” de García Lorca y sus amigos, se había especializado en esta modalidad folclórica. Todas las noches se llenaba la sala de un público masculino, ávido no de oír coplas de la tonadillera, sino de ver sus piernas cada vez que al grito de “¡Aire, aire!” de la clientela, se daba media vuelta. Las más atrevidas dejaban ver hasta las bragas. Era norma de la casa que el público pudiera pedir la canción que más le gustara. Unos pedían “Ojos verdes”; otros, “Mari Cruz”; y otros, “Mi jaca galopa y corta el viento”. Ladrón de Guevara, después de haber ingerido varias copas, tuvo la ocurrencia de pedir “Amado mío”, la canción más pecadora de aquellos años, y firmar la petición con el nombre del arzobispo de Granada. La chica, que no era de la ciudad y no tenía la menor idea de quien firmaba aquella petición, tomó el micro y, muy ufana y decidida, anunció: “Y ahora, a petición del simpatiquísimo Balbino Santos y Olivera, voy a interpretar “Amado mío”. Y, muy en su papel de calentadora de hombres, comenzó con voz susurrante, a cantar:

Amado mío, te quiero tanto...

No había llegado a la mitad cuando ya estaban los grises repartiendo hostias y mandobles. Hubo varias detenciones pero jamás se pudo averiguar quién había sido el autor de la broma. Treinta años después fue el propio Guevara el que me contó que había sido él. 

Ahora no es delito ni pecado cantar “Amado mío”, pero todavía lo es que una mujer enseñe los senos. Los expertos en el tema dicen que el delito no es enseñar los senos, sino el lugar elegido para ejecutar tal exhibición: una capilla de la universidad Complutense de Madrid. Al leer la noticia me he preguntado: ¿Hubiese podido Rita Maestre cometer el mismo delito en una universidad extranjera? No sé en las demás universidades del mundo, pero al menos en la Sorbona de París, donde yo hice una licenciatura de letras, Rita Maestre jamás hubiera podido cometer tal delito. La razón es obvia: no existe ninguna capilla. Los alumnos van a la universidad a recibir conocimientos y los profesores a impartirlos. A nadie se le ocurre ir a la universidad a rezar. Para eso están las iglesias, mezquitas y sinagogas. En España no es así y Rita ha podido comprobarlo en su propia persona. Ya lo decía, Fraga Iribarne, el ministro de Franco que lanzaba la policía contra los estudiantes: “España es diferente”. Claro que sí.

Si fuésemos mal pensados acaso se nos habría pasado por la mente la idea de que quizás, al sacar a relucir la “hazaña” de Rita Maestre, - algo que ocurrió hace ya la friolera de cinco años-, alguien ha tratado de restar protagonismo y poner sordina a la historia de otra Rita, la veterana alcaldesa de Valencia, la insigne Rita Barberá, la mujer que desde hace unos días viene ocupando la primera plana de todos los periódicos. Ahora no se trata de exhibición de tetas ni de película erótica, sino del caso más insólito de mujer isla: toda rodeada de corruptos, pero ella ni los vio ni le afectó en nada tal corrupción. Todo un misterio del credo político de este país que exige un acto de fe parecido al que nos exigían cuando niños con aquello de “virgen antes del parto, en el parto y después del parto”. Se podría formular así: incorrupta antes de investigarla, durante la investigación y después de ella”. ¿Verdad que resulta hermoso para todo creyente?

Estas son las tres Ritas a las que me refería al comienzo de este artículo. ¿Con cuál de ellas se queda?

miércoles, 23 de marzo de 2016

Los españoles según Botkin


Hace dos días cayó en mis manos “Cartas sobre España” de Vasili Petróvich Botkin y, hoy, hasta se me han pegado las lentejas porque se me ha perdido el “santo” entre sus líneas. Botkin, viajó a España a mediados del XIX, tras visitar diversos países europeos; se detuvo en Granada y habló de nosotros en un libro recientemente traducido al español. En él deja reflejado el carácter de los españoles, un análisis actual y certero.

Dice en uno de sus parrafos: “la propia España ignora su destino, ignora a dónde conduce su camino, va sin objetivo determinado, sin ningún plan y en una completa ignorancia del día de mañana y queda todo sometido a esa despreocupación española que lo deja al destino de la casualidad... Así, en España se hacen y rehacen las costituciones y nadie cree en ellas, se redactan leyes y nadie se somete a ellas; se promulgan medidas y nadie les hace caso”.

Encima de mi mesa tengo “El Mundo” del día 20 de enero donde dice: Rajoy y Sánchez se reúnen; el segundo está convencido de que “con la ley solo no basta”, se refiere al problema de Cataluña. Lamentablemente es de lo mismo que habla Botkin; ninguna de sus páginas me ha resultado extraña, ni siquiera ajena.

 Será Andalucía, sobre todo en Granada donde se sienta feliz. En su libro alaba sobremanera a la mujer, el carácter anarquista del alma española; habla de las dificultades para hallar un concepto definido de unidad nacional, de “las dos Españas”, de las tertulias; se enamora de la pintura de Murillo, de los toros, del bandolerismo. Bostkin se adentra en el alma española y concluye: “España,¡qué refugio para la gente a quién le aburre Europa!”. Destaca la amabilidad, la valentía, el patriotismo, “el apego a la memoria de los héroes”; “ningún país es tan crítico y al mismo tiempo orgulloso de su nacionalidad”.

Así habla de su estancia en Granada: "cuando se ponía el sol, solía apoyarme contra la baranda del balcón y contemplaba el encantador panorama que se abría ante mis ojos, un panorama iluminado por el cálido sol del Sur. La cumbre nívea de Sierra Nevada brilla en el cielo azul como un hierro candente; un vapor rosado y ondulante se cierne, abajo, sobre la ciudad y el verde valle como un velo transparente.
A lo lejos, en la neblina azul clara se vislumbra la cordillera montañosa. El pico angular de Sierra Nevada, tras el cual desaparece el sol, como cubierto de oro brillante, deja a su alrededor sombras violáceas… Cielo y Tierra arden y se derriten en un inexplicable brillo radiante". "La Alhambra era la ciudadela de Granada. Construida sobre una alta colina, domina la ciudad. Aquí, rodeada por una alta muralla, están los restos del palacio de los soberanos moros.
La colina sobre la cual se erige la Alhambra, por una parte, precisamente hacia la ciudad, configura un pronunciado declive, y, por el otro lado, el orientado hacia Sierra Nevada, forma un barranco abrupto que la separa de la otra colina un poco más elevada, adyacente a Sierra Nevada, sobre la que fue construido el palacio de verano de los soberanos moros, el Generalife y sus jardines, que se consideraban entre los moros lo más majestuosos del mundo".

jueves, 17 de marzo de 2016

Una pelea entre curas

Don José García Morón, natural de Cadiar, un pueblo de La Alpujarra granadina –donde nació allá por los años 60 del siglo XIX—, era un sacerdote de gran elocuencia que llegó a Marbella en 1908 y permaneció como párroco de la ciudad casi un cuarto de siglo.

Poco antes que él, había llegado el médico don Félix Jiménez de Ledesma y se instaló en el número 3 de la calle Fortaleza con una sirvienta, Ana Martín, y un perro, “Vicario”. Según nos contó el que fuera cronista oficial de la ciudad, Fernando Alcalá, en su “Crónica de Marbella”, don Félix, que era vecino de su abuelo –el republicano de abolengo don Fernando Marín Vázquez—, cuando veía pasar al párroco, “llamaba a voces a su animal: ¡Vicario! ¡Vicario!, y el perro ladraba, lo que fastidiaba soberanamente al cura Morón”. Y es que don Félix, además de anticaciquil, era anticlerical, como nos enseña la historiadora Lucía Prieto en su artículo sobre “el médico de los pobres”.

Al “cura Morón” le gustaba asistir a los mítines políticos de los partidos católicos –carlistas e integristas—. Así, en 1910, el arcipreste de Marbella presidió la “nutrida comisión” que desde Marbella asistió al “mitin integrista de Málaga” del cual, el diario católico madrileño “El Siglo Futuro” –propiedad del líder nacional del Partido Integrista, don Juan de Olazábal—, el 14 de abril –todavía faltaban 21 años para mi nacimiento—, se hacía eco de la reseña publicada por su “queridísimo compañero” malagueño “La Defensa” –un diario antiliberal, fundado en 1909 que en Marbella, parece que leía la familia Roldán-Domínguez, al menos doña Manuela se había retratado en el patio de su casa del Puente Ronda con el periódico en la mano—.

El vicario, también organizó algún que otro de esos mítines, como el celebrado a finales del mes de julio de 1912 “contra la blasfemia”, en La Alameda de Marbella –en coordinación “con los elementos del periódico La Defensa”—, en el que participaron los siguientes políticos católicos: Enrique Huelin, presidente del Circulo Antiliberal y director del diario malagueño; un abogado de Marbella, Martínez Ruiz, y el jefe regional del Partido Integrista, don Ignacio Fernández de la Somera que disertó sobre “La blasfemia en la política”.

La República trajo el laicismo, articulado por la Constitución de 1931, y en Marbella se dejaron ver y oír más anticlericales. Entre otros, los socialistas Esteban Guerrero y Antonio Figueredo, dos concejales preocupados por la construcción de nuevas escuelas, como leemos en la “Enseñanza Liberal” del profesor Rodríguez Feijoo –para tal menester, el “Convento” era un buen lugar y lo sigue siendo—; el republicano, Juan Medina Ezquerro –yerno del mencionado más arriba, don Fernando Marín— que intentó se retirase la imagen de la Inmaculada Concepción de la fachada del Ayuntamiento para que se cumpliese con la Constitución “a raja tabla” o Juan Becerra, miembro del Comité de Acción Anticlerical –después militante del PCE— que hizo gran propaganda entre la “clase trabajadora”.

Pero la República trajo también un nuevo párroco a Marbella, el padre don José Vera Medialdea –como “el cura Morón”, había nacido en un pueblo de La Alpujarra granadina, Ugijar—. Cuando llegó en 1932, el joven cura tenía 34 años y enseguida organizó los grupos de Acción Católica, convirtiéndose en el director espiritual, sobre todo de los jóvenes y las mujeres, de esta asociación, principal apoyo del partido de Acción Popular.

Pero no serían los anticlericales de Marbella quienes la mañana del sábado 7 de septiembre de 1935 interrumpieran la Santa Misa que estaba celebrando el padre Vera en la iglesia parroquial de la Encarnación. Fue el jubilado “cura Morón” quien se presentó en el templo “y le arrebató violentamente el culto en medio de la estupefacción de los fieles”. Según la agencia “Febus” que difundió la insólita noticia del “Incidente entre dos sacerdotes en la iglesia de Marbella” a toda la prensa española, lo ocurrido era “consecuencia de una antigua querella existente entre los dos sacerdotes, que pertenecen a partidos distintos” y añadía que “el señor Vera pertenece al que controlan las damas católicas” –ya sabemos que don José García Morón era seguidor del Partido Integrista—. Por aquel entonces, el gobernador civil de Málaga era don Alberto Insúa, un republicano lerruxista que ese año había dado el pregón de la Semana Santa malagueña por la radio y que el anterior había estado, en el mes de la feria, obsequiado por el Sr. Laguno en el recién inaugurado “Hotel Miramar” e invitado por la familia Roldán-Lavigne, también visitó el “Cortijo de Miraflores” –desconozco si se le apareció la niña—, mediante telegrama, las mujeres de Acción Católica, recurrieron a él “dándole cuenta del hecho y expresando su protesta por lo ocurrido”.

Esta historia está tomada del blog “El Rincón Cultural” de Marbella, con la etiqueta de “Historias y leyendas del Viejo Pérez”, cuaya dirección en la red es:
http://elrinconcultural.blogspot.com.es/2013/03/una-pelea-entre-curas-por-culpa-de-la.html

Llegó a mí por un whasap de mi pariente José Antonio “Chimango” con el mantuve una breve conversación:

- Pariente, hay que profundizar en esta historia ¡Dos curas de la Alpujarra!
- El problema no es político, ni siquiera religioso, el origen está en algo tan terrenal como la rivalidad entre pavicos y pajizos. Ya sabe que nunca nos llevamos bien.
- ¿Y no tienes más información? Me gustaría publicarlo en el blog de La Alpujarra.
- Ese cura era pariente mío, tío de mi abuela, por eso, después, muchos años de mi familia hemos ido allí.
- Intentaremos ahondar en esta cuestión de sotanas.
- ok.

Ni que decir tiene que si un pavico que desde, muchos años, es el dueño de un gallinero y, lejos de su tierra, donde menos lo podía esperar, ya en el otoño de su apostolado, llega un pajizo joven y guapo y le arrebata todos sus fieles discipulos, es la mayor de las desgracias que podía esperar. Ya sabéis todos nuestros lectores que, antes, las fronteras las teníamos en el mismo huerto de la casa, cosa que por fin, cuando nos hemos mirado de frente, en La Casa de La Alpujarra, hemos descubiero nuntra identidad alpujarreña, superado casi todos los desencuentros anteriores, quedando como mucho una leve rivalidad en los campeonatos de “boli”.

jueves, 10 de marzo de 2016

A la mujer alpujarreña


Con todo nuestro amor
Poesia popular surgida expontáneamente en el grupo de whatsapp de La Casa de la Alpujarra con motivo del del 8 de marzo día de la mujer.

Si bonitos son los claveles,
más bonitas son las rosas,
las cosas de las mujeres,
todas resultan preciosas.
A. Lorenzo Blanco

Como España así lo adora
tengo que felicitar
a la mujer trabajadora,
porque exista la igualdad,
poque ya va siendo ora
Juan Morón

Es para mi la mujer
la flor de mas regocijo.
Ante todo da placer.
Tambien nos da nuestros hijos.
Nunca se puede ofender
Juan Morón

Una mujer es bandera
de un continente profundo,
la más dulce enredadera,
la religión de este mundo,
y la mejor compañera.
Germán

Como Morón desafía
a esos hombres que maltratan,
yo de castigo pondría
lo que lleva entre las patas,
a ras se lo cortaria
Juan Morón

La alpujarreña es condesa,
y sus quereres son sabios;
candil y luz de pavesa
que amante besa los labios
del mar de la Contraviesa.
Germán

Casa, familia,bancal,
la alpujarreña sabe "tela"de eso.
El Alpujarreño no ha sido cabal,
suponiendo que era eso
su cometido principal.
Manolo

Si buscas un hombre formal
que admira a sus mujeres
las protege de todo mal;
creo que tú no lo eres
el alpujarreño es siempre cabal
Antonio

¡Guapa!... piropean todos
al paso de tu figura,
reteniendo la clausura
por insatisfechos modos
que llevan a la locura.
Pepe Alvarez

Que bonito aquel que sueña
todo lleno de alegria,
la mujer alpujarreña,
la mujer de Andalucia,
la mujer guapa y risueña
Juan Morón

Se compara a la mujer
con la flor más hermosa o bonita
Y no puedo darles la razon
me resulta casi hiriente
la belleza de la flor se marchita
la de la mujer, dura siempre.
Mesa Esperidón

Quiero a todos agradecer,
con palabras de corazón,
los alagos a la mujer,
pues merecido galardón
tiene ganado ese ser.
Mari

Doy gracias de corazón
a tanto hombre alpujarreño,
por tanta felicitación;
y no dejéis el empeño,
solo en dicha celebración
Teresa

Sólo siento la pena
que hombre alpujarreño
sólo tenga faena
Y no célebre día ni año,
aunque la bodega tenga llena
Mari Arenas

miércoles, 9 de marzo de 2016

Un soldado llamado Miguel de Cervantes



Los reyes inauguraron el pasado día 4 en la Biblioteca Nacional la exposición “Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016) ››, con la que se abren los actos conmemorativos del 400 aniversario de su muerte. La exposición se estructura en tres ejes: ‹‹Un hombre llamado Miguel de Cervantes, Una imagen llamada Miguel de Cervantes y Un mito llamado Miguel de Cervantes”.

Desde mi punto de vista se han olvidado de una faceta importantisima que yo , siguiendo la anterior línea habría titulado: “Un soldado llamado Miguel de Cervantes”, y a guisa de explicación habría puesto, “Un soldado de Infantería, la mejor del mundo”.

Nuestros soldados eran grandes de España fuera el que fuera su origen. Entonces formaban en los Tercios de Flandes, nobles, segundones de casas nobles, caballeros, arrapiezos o rufianes. Todos soldados. Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Francisco de Aldana. La nobleza era ser soldado por la fe católica y la lealtad al rey. No fue soldado Shakespeare, ni Corneille o Goethe como muy bien nos recuerdan Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en su magnífico libro Tercios de España. La Infantería legendaria.

“Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”.
Mucho han cambiado las cosas. Ahora, los soldados son declarados “non gratos” o, cuando menos, cuesta reconocer el oficio de Cervantes, soldado, gloria de las letras, una vida de armas y letras. Ahora se trata del homenaje a un hombre, el más insigne escritor español, don Miguel de Cervantes, un soldado de Lepanto.

Lepanto: ¡Victoria! Resonaba sobre el ancho mar. Don Juan de Austria, el vencedor. Allí estaba el poeta -siempre hay un soldado poeta- , que reclama su puesto a la hora del combate. No es una broma o un juego, es la vida con muchas probabilidades de perderla, casi todas. Aquel soldado herido escribió la mejor crónica de la batalla: “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. Profeta. “Si me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella acción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella… que las heridas que el soldado muestra en el rostro y en el pecho estrellas son que guían a los demás al cielo de la gloria”. Don Juan clava a su “Cristo de las Batallas” en lo alto del estanterol. El soldado fija en él la mirada antes de mirar su espada. Empieza la batalla ¡se crea un mito! Es la vida diaria, la de un soldado en campaña.

A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.

Miguel de Cervantes, combatiendo en Lepanto desde la arrumbada, camino de la proa de la galera enemiga, recibe tres disparos de arcabuz, dos en el pecho y uno en la mano izquierda. Se convierte en soldado aventajado.

Novarino, Túnez, La Goleta, Corfú. De guarnición en Sicilia, Cerdeña y Nápoles regresa a España. Quiere la patente de capitán y levantar una compañía. Meritos tiene y su espíritu brilla entre sus heridas. Una tormenta dispersa las naves y Cervantes es hecho prisionero y conducido a Argel. Adalid de los miles de cristianos allí presos, logra escapar y en Orán de nuevo es hecho prisionero. Vuelta a escapar, organiza una sublevación de cautivos y las traiciones le llevan de nuevo preso hasta que fue rescatado por dos trinitarios. A su llegada a España en 1580 al soldado Cervantes se le asigna la que sería su última misión: agente secreto a Orán. Contaba treinta tres años.

Fue la vida de Cervantes la de un soldado. La misma vida que ahora, siempre agitada y olvidada por todos. Después de darla, si esta te queda, se convierte en la búsqueda de empleo para sobrevivir. Nada ha cambiado después de 400 años.
Este es el soldado Miguel de Cervantes, condición que ahora ocultan cuando es la base de sus páginas de gloria, de su literatura de valores castrenses por encima de todo, de amor a unos principios, a una religión y a una patria. Por mucho que indaguemos, leamos y discutamos, no me queda la menor duda de que don Miguel de Cervantes era, y esa es su grandeza, uno de los miles de españoles que a lo largo de la historia muestran su talla en el difícil arte de la vida. Cervantes lo dejó escrito y fue, como la mayoría de ellos, un humilde soldado de los que a menudo combaten con y por la vida, aunque encuentren la muerte por el camino.

Hace tiempo me hice eco de este perfil que un legionario tiene en las redes sociales: “Director, escritor, cantante, poeta, pintor, actor, compositor, escultor y ni aún así triunfo… Así que legionario”. Lo mismo me confesó un paisano al final de sus días, estaba un tanto deprimido, ya no era el director de la banda de musica del pueblo, la salud no le iba bien, con la familia tampoco; le pregunté como estaba y me contestó: “ de lo único que me siento orgulloso es de haber sido legionario”. Me impactó. Es la vida. Todos somos en ella soldados y poetas.

Cervantes sigue entre nosotros, solo hay que abrir los ojos y mirar hacia el lugar adecuado.