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domingo, 15 de febrero de 2015

Los almendros

Francisco Gil Craviotto
   
     Hace ya varios días que han comenzado a florecer los almendros. Febrero es el mes de los almendros y el almendro el rey de los secanos. Ni la vid, ni la higuera, ni el olivo ocupan su puesto ni tienen su belleza.
      El almendro es el amigo inseparable de este paisaje seco, adusto, salpicado de cerros imponentes, barranqueras y lomas interminables. ¡Qué hermoso en medio de los tajos el ramaje leve del almendro! Pequeño -a veces insignificante-, sin la ostentación de esos árboles enormes -el nogal, el tilo, el roble- es todo un símbolo de nuestra tierra. Nadie como él para recordar a ese hombre, humilde y austero, que lo plantó.
      En las faldas de los cerros, en las grietas de los tajos, en las pequeñas  llanadas que quedan entre loma y loma, al borde de los riachuelos y barrancos, en alcores y altozanos, con su tronco negro y sus hojillas leves, allí, irremisiblemente, está el almendro, humilde señor de los secanos, inseparable compañero del tomillo y la retama.
      Lo he visto en invierno sin una hoja, negro como un fantasma en la noche, me ha inundado el corazón de gozo cuando, antes de que apareciera la primavera con su más precoz florecilla en la más insignificante hierba del campo, estaba él, erguido en lo alto de su tajo, inundando de flores el paisaje.
      -Si este año no hay hielos en primavera tendremos una buena cosecha, -decían confiados los campesinos-. Y lo miraban como se mira a un niño pequeño, como si fuera de cristal, de aire o de humo y se pudiera deshacer. Hacía sol. Abejas y otros insectos pululaban en torno. Iban naciendo poco a poco las hojas nuevas, siempre de un verde tan fresco y brilloso que daba encanto verlas y tocarlas; al tiempo que, bajo el almendro, toda la tierra se iba cubriendo de blanco. Era una lluvia de pétalos que, hasta que caía el último, la brisa de la tarde movía a su antojo. Las allozas, con su leve pelusilla, crecían insensiblemente. También las tardes se hacían cada día más largas y soleadas.
      -Como no se asolen, vamos a tener una buena cosecha, -decían ahora los campesinos-. Y seguían mirando al almendro con la misma ternura con que se mira a un niño.
      Y la alloza, día a día, noche a noche, con esa maravillosa naturalidad y precisión con que la naturaleza hace las cosas, si antes alguna nevada no la helaba, si alguna solanera no la quemaba -era débil como todo lo hermoso-, se convertía en almendra. En almendra dulce, apetecible y deleitosa, que, con la caricia del sol, se iba abriendo, separándose más y más de la capota, hasta que un día:
      -Ya va a siendo tiempo de empezar a varear.
      -Sí, en cuanto pase San Roque.
      San Roque, con las fiestas del pueblo vecino -hoy sepultado bajo las aguas de un pantano-, era la fecha tope, el 'Rubicón' para decidir se a iniciar la faena.
      ¡Días azules de la lejana infancia! ¡Qué jolgorio de muchachas, de risas, de coplas y acertijos, bajo los almendros vareados y los mondaderos de los porches cortijeros! Eran siempre los finales de verano.  El sol no quemaba tanto como antes y, al final de la tarde, empezaba a ser tibio y consolador. Cuando ya se había terminado la faena había bailes en los cortijos y, a la tenue luz de los candiles, ellas lucían sus vestidos nuevos y a veces se dejaban amar. Eran los días que salían más novios.
      Después, otra vez los almendros sin hojas, ateridos por el frío del invierno, pero entre su ramaje seco, de nuevo brillaba, prometedor, el botón que sería flor en febrero y fruto en agosto.
      ¿Seguirá todo como antes? Cada año las mismas coplas al final de la monda, la misma ilusión de las mozas, la misma tierra eterna, madre incansable, que nutre plantas y hombres. Sobre ella, una vez más, florecen los almendros.

Publicado hoy en el "Faro de Ceuta"

jueves, 12 de febrero de 2015

María República, de Gómez Arcos

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO

María República, de Gómez Arcos.

Gómez Arcos sitúa su novela en España, hacia finales de los años cincuenta del pasado siglo.



      Entre las diversas novelas que el escritor almeriense Agustín Gómez Arcos (Enix, Almería, 1933; París, 1996) nos ha dejado, ocupa un lugar importante “María República”, publicada en francés en 1976 por la editorial Stock de París y traducida al español, treinta y ocho años después por Adoración Elvira Rodríguez para la editorial Cabaret Voltaire de Barcelona que la publicó en 2014. La edición que yo tengo y voy a comentar es la francesa de la editorial Seuil de 1983. Antes de entrar en la novela llama la atención la dedicatoria: “A la tercera República española, que nacerá un día incluso si tiene que nacer del fuego”.
      María República es la historia de una puta y un convento de monjas, contada por un escritor que, dada su condición de homosexual y ateo, no debió visitar demasiado ni a las putas ni a las monjas. Pero estas deficiencias en el conocimiento de los conventos, las suple muy bien nuestro autor echando mano a los grandes hallazgos literarios del pasado siglo: surrealismo, realismo mágico y esperpento. A estos elementos habría que añadir un abundante reguero de ironía, especialmente volteriana, presente en muchas páginas del libro. El resultado de tal amalgama es una obra iconoclasta, demoledora, subversiva, atea e imposible de clasificar. También una auténtica delicia para los gustadores de una literatura “engagé” y fuera de los caminos trillados. Pero estas virtudes literarias no nos permiten omitir un defecto que también aparece en otras obras de Agustín Gómez Arcos: a veces, lleva la situación tan al límite, que roza lo inverosímil. Valga de ejemplo, en este caso cuando, después de decirnos que la madre superiora del convento vive rodeada del más exquisito lujo, y, poco después, añade que a su reverencia no le queda ni un solo diente y en la cocina del convento tienen que prepararle todos los días comidas que no necesiten masticación. En seguida surge en el lector la pregunta: ¿Cómo a una señora con tantos medios a su alcance, no se le ha ocurrido ir al dentista y que le implanten una dentadura postiza? La explicación es que nuestro autor necesitaba rizar el rizo del esperpento y, para eso, la vieja iba mejor desdentada que con dientes. No es el único caso que encontrará el lector en el libro.
      Gómez Arcos sitúa su novela en España, hacia finales de los años cincuenta del pasado siglo. Corresponde a la cúspide del llamado nacionalcatolicismo, en el que tanto el régimen franquista como la Iglesia, siempre en íntima connivencia, hicieron todo cuanto estuvo en sus manos para aplastar todas las libertades que en sus breves cinco años de existencia había instaurado la Segunda República en España. Agustín Gómez Arcos conocía todos los entresijos de la época porque fue una de las víctimas de la represión de aquel régimen nefando, nacido de un golpe de Estado que derivó en guerra civil y, por último, en cruel dictadura. Precisamente, si la mayor parte de la obra literaria de Gómez Arcos está en lengua francesa, se debe a que, en 1966, hostigado por el régimen, especialmente por el ministro Fraga Iribarne, tuvo que marcharse de España y, tras unos  meses en Londres, se instaló en París.
      La novela arranca con la entrada de María en el convento un día de agosto de uno de aquellos años de triunfalismo, clerecía y hambre. No se nos dice la fecha, pero el escritor sí precisa que es a raíz de la ley franquista que prohíbe el ejercicio de la prostitución en España, cuando María, ante las dificultades para ejercer su profesión, decidió cambiar la cama por el convento. Llama poderosamente la atención en estas primeras páginas de la novela el sistema de presentación de los personajes que llegan en coche al convento: el chófer, anónimo, doña Eloísa, burguesa, don Modesto, cura, y María, puta. Ha bastado la indicación de la profesión o condición social de cada personaje para que el lector quede informado de quiénes son los que llegan. Poco después conoceremos a otros personajes –la novicia Rosa y la superiora del convento-, y a dos animales que también tienen su importancia en el drama que se nos anuncia: el canario enjaulado que canta y el gato persa que vaga por los sillones de la reverenda madre superiora del convento, antigua duquesa metida a monja. ¿No simbolizará el primero la ausencia de libertad y el segundo el lujo y la molicie? Es páginas adelante cuando vamos conociendo el convento por dentro y también todas sus lacras y mezquindades. A María le han encomendado la tarea menos grata de todo el convento: la limpieza de todos los excusados y bacinas de la casa. Sólo hay una excepción: las habitaciones que ocupa la reverendísima madre superiora, que corren a cargo de la novicia Rosa. Pero la tisis que padece Rosa un día se agrava –morirá algunas páginas después- y María tiene que limpiar también las habitaciones de la duquesa-monja. Fue así como María descubrió que la reverendísima madre superiora estaba tomando las mismas pastillas rojas que a ella le había recetado el médico para la sífilis. Dicho con otras palabras: las dos eran sifilíticas. Sin embargo, había una gran diferencia entre ambas sífilis: la de María era fruto del pecado y la de la madre superiora procedía de sus deberes de esposa, la triste herencia que, antes de morir, le había dejado el señor duque.
      Enredado a todo esto el lector va conociendo el pasado de María República: la detención de sus padres a raíz de la victoria de los fascistas, el fusilamiento de ambos por rojos y come curas en octubre de 1939, su infancia de hambre y piojos, su intento de salvar a su hermano Modesto, entonces un bebé, que al fin terminó en manos de su tía Eloísa que, como buena beata, lo entregó a la Iglesia y ahora es un joven sacerdote, su violación por el alguacil pregonero municipal cuando apenas tenía doce años y, para que nada falte, su bautismo forzado en la iglesia del pueblo. El autor se lo recuerda así a María. Traduzco:
     Un día el alcalde ordenará que te arrastren cogida por el cuello hasta la iglesia donde, en presencia del secretario del ayuntamiento y de otros diez testigos fascistas y católicos, el cura te bautiza María Gómez Arcos. Tú, que por la voluntad revolucionaria de tus padres, aún te llamabas ayer María República Gómez Arcos. En la tumba de tu cabeza, donde dos incendiarios de iglesias reposan, ahora entierras un nuevo cadáver: República.
      Es en este momento, al contemplar el bautizo forzado de María República, convertida por la voluntad del alcalde, del cura y diez testigos fascistas en María a secas, pero con los mismos apellidos del escritor, cuando comprendemos en toda su magnitud el asombroso calado de la obra que, sobrepasando los límites de la simple novela, se convierte a los ojos del lector en relato de vida y muerte contemplado por los ojos atónitos de un niño que quedaría marcado para siempre. También es ahora, al avanzar en la lectura, cuando conocemos un poco mejor el pasado de la reverenda duquesa madre superiora, y empezamos a tener conciencia del drama que se avecina. La noble señora, aunque no sabe qué mujer fue la que le trasmitió a su esposo la sífilis, que a su vez él le contagió a ella la noche de bodas, tiene el sentimiento que fue una puta y esta simple sospecha hace que, desde ese día, sienta hacia ellas un exacerbado odio imposible de contener. Ahora tiene a su alcance a una puta, roja para mayor inquina, y sobre ella van a caer todos los dardos de su refinada y santa venganza. Pero María, tras veinte años de ejercicio de la prostitución, llega curtida en el odio. Su especialidad había sido precisamente trasmitir la sífilis que ella padecía y no quiso curar a todos los jerarcas del régimen que pasaban por el prostíbulo y hacían escala en su cama.
      El horror que nos va describiendo Agustín Gómez Arcos, en el que no faltan los fusilamientos al comienzo de la mañana, no le impide a nuestro autor, aquí y allá, dejarnos un grano  de humor. Tal es el caso, por ejemplo, cuando María, al rememorar su pasado en el burdel, recuerda a cierta colega, amante de un canónigo de la catedral. La buena mujer se quedó en cinta y tuvo la suerte de parir la noche del 24 de diciembre. Esta coincidencia la llevó a pensar que su hijo era una nueva encarnación de Jesús. Pero es en el uso y acaso abuso de la ironía donde el escritor almeriense nos deja sus mejores páginas. Las dos confesiones de María, indispensables para iniciar su vida de novicia, son obras maestras del género. El retrato de los personajes es también todo un modelo de literatura esperpéntica. Valga de ejemplo éste de la madre superiora del convento. Traduzco:
      La madre superiora, iceberg reumático, espera rígida delante del altar, la boca aún sucia de champán y fresas, con una aureola de moscas y microbios, recogidos en el pasadizo secreto que lleva de sus habitaciones a la capilla, dédalo jalonado de antiguas tumbas de monjas aristocráticas. 
      Al final, el drama que ya se veía venir, tiene lugar, pero no vamos a contar aquí lo que sucede. Es algo que el futuro lector debe descubrir por sí mismo. Lo único que sí voy a adelantar es que, antes de poner el punto final, Agustín Gómez Arcos tuvo tiempo de dar libertad al personaje más pequeño y simbólico de toda la novela: el canario que, después de abandonar la jaula, toma vuelo por encima de los tejados del convento. Todo un símbolo, sobre todo si tenemos en cuenta la época en la que transcurre la novela.

domingo, 8 de febrero de 2015

El LACC cumple seis meses por Francisco Gil Craviotto

Fue a finales del pasado mes de junio cuando doña Telesfora Ruiz, la poderosa “ministra” de la Inmovilidad de Granada, inauguró a bombo y platillo el LACC(línea de alto cabreo ciudadano)(1). Exactamente, si no recuerdo mal, el 29 de junio. En estos días se cumplen, pues, los seis meses de tan transcendental acontecimiento.
Vengo siguiendo desde la mencionada fecha la abundante literatura que el LACC está produciendo y, la verdad es que, hasta ahora, no he visto ni un solo comentario a favor. La pluma más crítica es, sin la menor duda, la de Gregorio Morales, pero ni es el único en arremeter contra el imponderable LACC ni sus argumentaciones han sido hasta ahora refutadas. Los comentarios que vengo oyendo en la calle tampoco son mejores.
En honor a la verdad quiero sacar a relucir algunos aspectos positivos de la hazaña de doña Telesfora, la fiel cumplidora del rutilante programa del alcalde Torres Hurtado. Lo mejor de todo, lo que más llama la atención de cualquier observador imparcial, es el magnífico servicio que esta ilustre y denodada señora está haciendo en pro de la salud de los granadinos. Al no contar, a la hora de ir a cualquier parte, con un servicio de autobuses en condiciones, a los granadinos no nos queda mas solución que andar; y andar, como no cesan de repetir todos los médicos, mejora nuestra salud, agiliza nuestros músculos y estiliza nuestra silueta. Al paseo normal, acera arriba o acera abajo, hay que añadir el paso ligero, -a veces se convierte en carrerilla-, a que nos obligan todos los cruces de calles con los semáforos reducidos a tiempos mínimos, extraordinariamente eficaz para activar nervios y músculos en estos días de frío y escarcha. Ayer, en el paso de peatones del Puente Blanco, oí a un niño que le gritaba a una vieja: “¡Corre, abuela, que viene el LAC!”. Era de ver cómo corría la señora, incluso daba saltitos. Un gracioso, que contemplaba el espectáculo desde el lado opuesto, comentó con humor: “Esa ya no tiene necesidad de ir al gimnasio.” Claro que no: le bastaba con cruzar tres o cuatro pasos de peatones para obtener los mismos beneficios. Un significativo ahorro que debemos valorar todos los granadinos. Por lo que a mí respecta lo puedo asegurar con el mayor orgullo y veracidad: antes de Francisco Gil Craviotto la instalación del LACC pesaba sesenta y seis kilos y ahora, después de seis meses de paseos y carrerillas en los pasos de peatones, sólo llego a sesenta y cuatro. ¡Dos kilos de peso menos gracias a doña Telesfora y el LACC! Todo mi agradecimiento para ambos. Esto de pesarme al menos una vez al mes y anotar lo que dé la balanza fue el consejo de un médico francés amigo mío. ¡Quién me iba a decir entonces que, andando el tiempo, su consejo me iba a servir para testificar a favor del LACC!
¿Y qué me dice el lector del aspecto pedagógico de los pocos autobuses que la denodada dama nos ha dejado en activo? Esas impresionantes letras que aparecen en el frontispicio de todos los autobuses rojos no han sido elegidas por capricho o azar, sino que corresponden a una sabia lección de geografía. Ponga atención el lector: La N quiere decir Norte; la S corresponde al Sur; la E, al Este y la O, al Oeste. ¿Se da cabal cuenta el sufrido lector de la razón por la que los pocos autobuses que han quedado en servicio han perdido aquellos anticuados números y ahora todos llevan letras? Para que, al tiempo que hacemos trasbordos y más trasbordos, aprendamos los puntos cardinales. Meritoria labor, claro que sí. Antes de que doña Telesfora tomara la sartén por el mango nadie sabía, por ejemplo, que Huétor Vega y Cájar están al Este de Granada y Maracena y Pinos Puente al Oeste; ahora todo el mundo lo sabe. Toda una sabia lección que debemos agradecer. Una vez más se cumple el adagio de nuestros antepasados: “Mens sana in corpore sano”. Cuerpo sano porque, gracias a doña Telesfora, todos los granadinos nos hemos convertido en grandes andariegos y mente sana porque ya sabemos los cuatro puntos cardinales.
Pero no termina ahí la aportación pedagógica de doña Telesfora. Hay más, mucho más. Me refiero sobre todo a una aportación matemática que también nos deja conmovidos. Como nadie, salvo el alcalde y la mencionada señora, sabe la cantidad exacta en que se ha montado la broma de los autobuses, el LACC y sus derivados (viajes a Alemania, acomodación de calzadas y aceras, formación de nuevos conductores, etc.,), se convierten en problema de alto nivel matemático, que sólo los grandes expertos en trigonometría y ciencias exactas acaso lograrán resolver. Todo un desafío a la inteligencia de los sesudos matemáticos de nuestra ciudad. ¿Habrá alguno que logre despejar la incógnita y consiga averiguar en cuántos millones se ha montado la aventura de los autobuses de Granada?
He dejado para el final el argumento más meritorio a favor del LACC: la asombrosa creación de puestos de trabajo. Me refiero a Alemania, naturalmente. Es indudable que los equis autobuses que nos han llegado a Granada no han caído del cielo. Ha habido una fábrica -Mercedes- Benz, en este caso-, que los ha construido, los ha vendido (¿Habrá necesidad de añadir “a un precio de amigo”?) y los ha transportado hasta Granada. Todo eso crea empleo, mueve capitales y ayuda a que poderosas multinacionales sigan activas y la industria alemana cada día en más auge. ¿Habrá algún mentecato que salga con la cantinela de que en España también se fabrican autobuses? A todos los que así piensan les respondo con un argumento que no tiene vuelta de hoja: el patriotismo de doña Telesfora salta límites y fronteras y nos hace a todos los granadinos ciudadanos del planeta Tierra. Esta vez ha hecho parada y fonda en Alemania; otra lo puede hacer en China, Japón o Costa de Marfil. ¿Se puede pedir más?
Meditando en todo lo anterior he llegado a la conclusión de que los granadinos estamos en deuda con doña Telesfora y, deseoso de desfacer el entuerto, ayer, que me sentí un poco inspirado, inicié este poema en su honor. Helo aquí:

Nunca fuera pueblo alguno
tan peatonal y servido,
como lo fuera Granada
cuando Telesfora vino.
Desde el Zaidín a la Chana,
desde Bib-Rambla al Cerrillo,
a pie, en bici o patín,
siempre andando el camino.

Ya sólo me falta añadirle cuestión de veinte o treinta estrofas más y enviárselo a doña Telesfora como regalo de Reyes. ¿Cree el lector que le gustará?

(1)Aunque la mayoría de los comentaristas que tratan el tema escriben LA LACC, femenino, yo he pasado al mas culino por una cuestión puramente fonética: para evitar la repetición del sonido L. Es pero que ni doña Telesfora ni las feministas se sientan ofendidas.

Artículo publicado en "Wadias Información" el pasado día 7.
El autor es Socio de Honor de "La Casa de La alpujarra". 

martes, 3 de febrero de 2015

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