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jueves, 22 de octubre de 2015

Carolina Molina, por Francisco Gil Craviotto

Carolina Molina
La escritora Carolina Molina (Madrid, 1963) cuenta en su página web que, cuando vino por primera vez a Granada, ya conocía el nombre de sus  principales calles y plazas: Zacatín, Elvira, Alcaicería, Bibarrambla, Mesones, etc. Las conocía a través de las lecturas que habían llenado su infan cia y adolescencia. Unas lecturas que, en su caso, van del romancero medieval a García Lorca, pasando por los románticos y todos los viajeros que han hecho parada y fonda en nuestra ciudad. Después, ya adulta y escritora, de las cinco novelas que hasta ahora tiene publicadas, cuatro se las ha dedicado a Granada “La luna sobre la Sabika”, “Guardianes de la Alhambra” , “Sueños del Albaicín” y “Noches de Bib-Rambla” y una a su Madrid natal.

Este amor de Carolina a Granada es algo que, desde que conozco su obra literaria, me viene martilleando la mente. Cierto que tiene precedentes, pero no por eso deja de ser menos impactante. Los casos más llamativos para mí son los de Merimé y Manuel de Falla. Don Próspero, sin conocer aún nada de España, sólo la conocía por las referencias de los hermanos Hugo, sobre todo Abel que fue paje de José I, situó en Granada el primero de los relatos que integran su libro primerizo “El teatro de Clara Gazul”: una deliciosa historia de amor entre un inquisidor y una gitana -indudable precedente de Carmen-, que termina con el triunfo del amor sobre el fanatismo inquisitorial. No podía ser de otra manera en un romántico. Falla -todo el mundo lo sabe- creó su obra musical “Noches en los jardines de España”, pensando especialmente en los jardines de Granada, que sólo conocía por las referencias de María Lejárraga y Martínez Sierra. Cuando al fin la conoció decidió quedarse a vivir para siempre en Granada. Aquí hubiese permanecido hasta el día de su muerte si las atrocidades de la guerra y los crímenes fascistas no lo hubieran animado a hacer la maleta y largarse.

Carolina es otro caso de amor parecido. Nacemos donde el azar dispone, pero después amamos la tierra que nosotros elegimos. Ella ha elegido Granada para escenario de sus novelas y lo más curioso es que, como en los casos precedentes, antes de conocerla ya la tenía elegida. Otra curiosidad es que esa Granada que ella llama “mi referencia y refugio”, no se parece en nada o en casi nada a la Granada actual. Era más bella, más exótica y arbórea que la actual, cada día más anodina y ramplona. Federico García Lorca, que la vivió y pateó antes de que promotores y munícipes entraran a saco en ella, la definió así: “Granada tiene dos ríos, ochenta campanarios, cuatro mil acequias, cincuenta fuentes, mil y un surtidores y cien mil habitantes”. Esta Granada, que ya no existe más que en los libros y en la mente de algún viejo centenario, es la que ha enamorado a Carolina. Por ella y para ella ha echado a volar su imaginación y su pluma. Novelas históricas, pues, pero también novelas de lo cotidiano, de lo que fue y ya no es; unas veces con la mirada puesta en el lejano medievo; otras, como es el caso de “Los guardianes”, en los románticos. La primera de estas novelas, “La luna sobre la Sabika”, publicada en primera edición en Madrid hace cuestión de siete u ocho años, ha sido reeditada en segunda edición por la muy granadina editorial Zumaya de Mari Luz Escribano. Fue presentada hace ya unos meses en Granada. Entre ambas ediciones hay dos diferencias que, antes de entrar en otros pormenores, conviene señalar: en esta última edición Carolina Molina ha añadido un epílogo que nos cuenta el final de los amores entre Hamid y Maryem, protagonistas de la novela, que, en la edición anterior, todo lector debía imaginar y concluir a su gusto y antojo. A esta novedad la autora ha añadido otra: la reducción al mínimo de algo más de trescientas notas a pie de página, que más estorbaban que aclaraban. Con ellas la escritora trataba de dar fe histórica de cada episodio novelado, algo imprescindible en un ensayo o una tesis doctoral, pero completamente superfluo en un relato o una novela, donde el lector tan sólo pide que, lo que se le cuente, sea verosímil y, en algunos casos, -surrealismo o realismo mágico- ni siquiera eso. Era también qué duda cabe una evidente señal de primitivismo novelesco y falta de entrenamiento que, afortunadamente, en la nueva edición ha desaparecido. Es indudable que la novela ha ganado. Lo mismo que, con la nueva portada, también ha ganado en presentación y calidad editorial.

Hora es de entrar en la novela. “La luna sobre la Sabika” está localizada en la Granada del siglo XIII -entonces, Garnata-, y sus protagonistas son Hamid, un joven cocinero del cadí -todo un prodigio en el uso de especias y creación de platos y manjares- y una concubina del mismo, la bella e inteligente Maryem. Ambos son jóvenes y se aman. Amores clandestinos, por supuesto. Junto a ellos pululan por la novela otros muchos personajes de diversa condición y laya que dan diversidad y amenidad al relato: el ya mencionado cadí, un médico judío cuyas intervenciones rozan lo inverosímil, un caballero cristiano que en la parte final de la novela alcanza cierto protagonismo, el padre y la esposa de Hamid, el viejo y sufrido filósofo de la Asociación sin Nombre, esclavos, negociantes, criados, eunucos, etc. etc. Todo un cosmos de creación y recreación que aquí es imposible enumerar. El lector asiste maravillado a todos los acontecimientos de la época: bodas, banquetes, entierros, juicios, batallas, persecuciones, venta de niños...Y, para que nada falte, incluso hay un temblor de tierra que deja en la calle a una buena parte de los presos de las mazmorras. Pero es indudable que el núcleo principal de la obra son los amores de Hamid y Maryem. Amores clandestinos y llenos de peligros, esenciales para la trama de la novela, que dejamos al lector el placer de descubrir y gozar. Son éstas las páginas más cuidadas de la obra y, a través de ellas, vamos conociendo la psicología de los protagonistas, sobre todo la de Maryem, una feminista “avant la lettre”, que, huelga añadirlo, encarna los ideales de libertad y tolerancia de la autora.

El estilo completa los atractivos del libro. Carolina escribe en un español claro y  diáfano que hace la novela asequible a todo tipo de lector.

jueves, 1 de octubre de 2015

La libertad de jurar la Bandera


El Ejército lleva años fomentando y facilitando que cualquier español pueda jurar ante la Bandera su compromiso con la defensa de España.

En esa línea, el Regimiento de Transmisiones Estratégicas 22 de Prado del Rey, vecino de RTVE, en el que yo estuve catorce años de mi vida profesional después de hacer el curso de “Microondas y guerra electrónica” en el año 1977, cuando solo una alambrada nos separaba de TVE, el pasado día 26 de septiembre cursó a sus vecinos, invitación, que no es la primera, para que el personal que lo desee pueda participar en el acto de juramento o promesa de la Bandera que se celebrará en el acuartelamiento el próximo día 31 de octubre.

Algo tan sencillo, tan normal en Francia, Italia, Reino Unido y no digamos en los EEUU, donde, igual que aquí, se hace de manera voluntaria, y que en España responde al mandato constitucional, artículo 30.1: ‹‹los españoles tienen el derecho y el deber de defender a España››, ha tenido una reacción incalificable. Los sindicatos Comisiones Obreras y UGT han puesto el grito en el cielo recurriendo a un lenguaje inaceptable para la libertad y el patriotismo:
‹‹El patriotismo es el último refugio de los canallas››, dice Comisiones Obreras y
‹‹¿También nos invitan a rezar?›› se pregunta UGT.

No las voy a comentar, solo decirle que a mí, siendo yo quien soy, me han dolido. Juzguen ustedes.

El acto de invitar es tan libre como el acto de renunciar a la invitación, pero al acto de ofender no tiene otra respuesta democrática y civilizada que la de enseñar y educar.

Empecemos por ahí. Estoy de acuerdo en que nadie es quién para exigir patriotismo a nadie, aunque siempre pensé que un diputado de España debería ser un patriota. Está claro que estaba equivocado. De lo que no tengo la menor duda es del derecho de libertad que tenemos para asistir a cualquier acto democrático. El jurar o prometer ante la Bandera es uno de ellos.

¿Qué quieren decir recurriendo a la frasecita de Samuel Jhonson :‹‹El patriotismo es el último refugio de los canallas››? ¿La entienden ellos?, creo que no. Yo que ahora me siento patriota (quiero decir que siento la necesidad de decir que soy español y de defender esta idea) estoy dispuesto a poner mis cartas boca arriba junto a quien defienda esa frase tan oportuna cuando se dijo en las trincheras de la Francia invadida, como desafortunada aquí. El Coronel Dax, en “Senderos de gloria”, se la dice a su jefe cuando lo envía a una misión perdida de antemano que, a pesar de todo, cumple.

Eso es lo que le pediría yo a los sindicatos, que cumplan su misión de luchar por el empleo digno, y que respeten las decisiones individuales de los trabajadores. Como se lo diría a Trueba, también les diría que, en los días que vivimos, no les den alas a los malos, a los que se saltan la ley, a esos que apoyados en su delirio acosan y adoctrinan a su propio pueblo.

En nuestra línea de apartidismo, por lo instutucional del acto, creo que sería oportuno organizar una Jura de Bandera para los socios de La Casa de la Alpujarra. Voluntaria por supuesto

lunes, 14 de septiembre de 2015

El brujo de la Pandera

Hace ya más años de los que quisiera, por gracia de Su Majestad, disfruté de un período de mi vida profesional en la sierra de la Pandera, situada entre Valdepeñas de Jaén y el pantano de Quebrajano, en una zona desconocida fuera de la provincia, llena de encanto, y que da cobijo a una de las más curiosas manifestaciones arqueológicas de nuestra prehistoria peninsular: se trata de dólmenes, pinturas e inscripciones rupestres, que una mañana descubrimos por sorpresa en una cueva del Barranco de las Tinajas, y que viví con la emoción (saltos, gritos y abrazos incluidos) de un recién licenciado, muy expresivo que compartía oficina conmigo, al que le habían hablado de éstas en una universidad situada a menos de cuarenta kilómetros, pero que nadie de esa cátedra había visto jamás. Nunca he disfrutado tanto de algo que desconozco, y que por tanto me cuesta entender, como aquel día en que Julio Gámez nos habló de la Edad del Cobre, 2000 años a. de C.

En el Centro de Transmisiones éramos pocos, nunca pasamos de cuarenta. Recuerdo, como si fuese ayer, una fría mañana de principios de marzo que nos llegaron doce nuevos reclutas. Desde la ventana de mi confortable despacho los vi bajar del camión helados de frío, mareados por la pista y asustados por las bromas de los veteranos; no sé porqué me fijé en uno pequeño, muy moreno, que ignorando las órdenes del Sargento Castro, distraído y alejado del grupo, oteaba el mar de nubes que, como una alfombra de algodón, cubría Jaén. Por la tarde les recibí a todos, -era mi costumbre con los nuevos-; cuando entró el despistado de la mañana, se sentó frente a mí y me dijo su nombre sin siquiera haberme mirado. Miraba por la ventana y yo pensé que pasaba olímpicamente de mí; le dije que se acercase a ella y disfrutara del paisaje. Estaba fascinado con la nieve que había visto por primera vez, con los chupones de hielo que colgaban del voladizo de cocheras, con el sol intenso y el viento que hacía temblar en el tejado los farolillos de hojalata. Me dijo que no sabía hacer nada, que nunca había trabajado, que apenas sabía leer.

A la vista del currículo que Juanjo nos presentaba decidimos destinarlo al cuidado de los perros. Al día siguiente, en la primera comida, me informaron que Juanjo había desaparecido, y buscando su rastro, como habíamos visto hacer a los Cheroquis en “Bailando con lobos”, vimos unas pisadas que atravesaban el helipuerto y se dirigían al refugio forestal del Quebrajano. Iba a enviar una patrulla en su busca cuando, desde la ventana del comedor, alguien vio a lo lejos dos manchas negras que se movían sobre la nieve en medio de una difusa niebla; los vimos acercarse, reímos a coro cuando Juanjo resbaló en el hielo del “collaillo” y alguien gritó -¡es un brujo!-, cuando observamos que Napoleón parecía ayudarle a levantarse. Napoleón era un perro negro, enorme, agresivo, que a mí me perseguía cuando se escapaba y que más de una vez me enseñó los dientes y me subió angustiado a lo alto de un Land Rover, al que me ataba con las propias cuerdas de mi miedo, como un San Isidro presto para la romería, con un ¡grruuu…! amenazador, casi inaudible que me dejaba sin sangre en los bolsillos.

Juanjo subió eufórico, muy charlatán, al contrario que el día anterior, quería hablar conmigo, y con la confianza que inspira todo un día de montaña bajo el mismo techo me contó su vida y milagros. Se había marchado por dos motivos: el primero, porque no quería ponerse la vacuna, que nunca en su vida había ido al médico ni pensaba ir, -y menos con ese gallego que no mira de frente-; la segunda y más importante que le habían dicho que Napoleón me tenía manía y como yo le había caído bien, como encargado de los perros tenía que solucionarlo. No pude menos que agradecérselo y decirle que me gustaban esas iniciativas. Me habló de su madre, viuda desde que él lo recordaba; que había nacido en un cortijo, pero que llevaban tres años viviendo en Jaén porque su madre encontró trabajo de limpiadora en “vaciacostales”. Me contó que de pequeño, cuando comenzaba a andar, se cayó desde un balate muy alto a un zarzal que había debajo, de donde lo sacó un señor de larga barba rodeado de una fuerte luz que iluminó toda la zarza, que le curó las heridas y cuando lo puso en la tierra le dijo que desde ese día tendría poderes para ayudar a la gente. Añadió que cuando yo quisiera me traería a Napoleón que seguro que se haría amigo mío. Después de dos horas de desconcertante conversación le acompañé a la cocina para que comiera algo y corrí en busca de un compañero para compartir la historia. Historia que, como uno de mis vicios de siempre, anoté en mi cuaderno esa misma tarde.
Con el paso de los días y algunos partidillos de fútbol nos hicimos verdaderos amigos, me ofreció un crecepelo que fabricaba a base de aceite de oliva, cortezas de pino y no sé que más; en su presencia acaricié a Napoleón que movió el rabo y ya nunca más me enseñó los dientes; incluso me los llevé conmigo días después que, por avería, tuve que recorrer los diez kilómetros de la línea de alta, y a ambos les conocí un poco mejor.

Hoy he recordado a Juanjo leyendo en el “País Semanal” la teoría de un neurólogo americano sobre las visiones que pueden acarrear los estados de epilepsia o un simple golpe, trayendo a la mente un repentino deslumbramiento. Juanjo reúne algunas características con las que el neurólogo define estas personalidades: es sencillo, bonachón, con una particular realidad de las cosas, sin sentido del humor ni del ridículo, emotivo, crédulo, con tendencia a darle un sentido cósmico o divino a las cosas, pero con una personalidad que inspira confianza.

Como pudo pasarle a San Pablo cuando se cayó del burro, al caer en la zarza Juanjo, pudo atizarse un golpe en la sien izquierda, dónde se originan estos fenómenos, y de ahí su sublime visión. Es posible, pero en el tiempo que continué con Juanjo, con su simpleza, lo vi convertirse en el gurú de la Pandera: curaba resfriados; con una imposición de manos retiraba a los compañeros del tabaco; hacía mezcla de hierbas para todos los males y en cuestiones de huesos y dolores localizados tenía “manos de santo”. El médico estaba desesperado, nadie le hacía caso, la competencia le había arrebatado todos los clientes; era un gallego introvertido que se estaba volviendo taciturno, incluso esquivo. Una tarde en un partidillo de fútbol, campo en el que también Juanjo superaba al joven doctor, sufrí un amago de esguince, con hinchazón espontánea y Juanjo me cogió el tobillo apretado entre sus manos, cálidas, muy calientes a pesar del frío y del hielo que nos rodeaba, durante una eternidad de dos o tres minutos y al soltarme me dijo, como si de Lázaro me tratase, ¡anda!, en esto que, corriendo desde la banda izquierda y en flagrante fuera de juego, se acercaba el médico diciéndome que no me moviese. Allí me vi yo entre la ciencia y la brujería, entre la razón y la fe, sin querer tomar partido, pero sabiendo que irremediablemente defraudaría a uno de los dos. Pudo costarme la hoguera, -pero en aquellos días “Torquemada” era yo- y mi inconsciencia u osadía, o tal vez la fe, me llevó por mi pié hasta mi habitación -un nuevo gol del brujo al doctor- y al día siguiente no tenía absolutamente nada. Juanjo ni se acordó de mí, pero el médico se cruzó conmigo por el pasillo y cuando me vio andando más chulo que un ocho, a mis buenos días respondió con un gruñido en galego, mientras clavaba la mirada en la pared opuesta, sin siquiera regalarme el rabillo del ojo. Me hizo sentir mal por haber despreciado su ciencia.
De esto hace muchos años y desde entonces no he visto a Juanjo, pero he de confesar que me apetecería echar un rato con él, como me gustaría echarlo con Julio Gámez, con Cazalilla, con Ramón o con mi amigo Joaquín, otro gallego al que hecho de menos, y tantos otros que sin remedio he ido olvidando. Me gustaría que Juanjo me contara cosas de su mundo que sorprendan mi racionalidad, pero no voy a visitarlo porque desearía verlo como antes, con esas cualidades que describe el neurólogo y no como un comerciante de la desesperación. Sé por compañeros de aquellos días que Juanjo recibe a todo el que quiere en su vivienda de “Los Caballos”, junto al cruce de Úbeda, a la salida de Jaén. Sé que a él acude la gente llena de esperanza y otros agarrados a un “que remedio”, o un “por si acaso”.

A veces me pregunto qué hubiera perdido yo con echarme el crecepelo, del que, más que mi agnosticismo, me disuadió un cocinero que también soltaba pelillos al viento, al que le pusieron el “lucerito del alba” y no porque se levantara el primero sino porque su cabeza, embadurnada por aquella aceitosa pócima, brillaba más que los farolillos de hielo del tejado en una soleada mañana de comienzos de la primavera y olía a pino salvaje del quebrajano.

La censura por Francisco Gil Craviotto



Censura y dictadura siempre fueron de la mano. En España, que hemos padecido  dos dictaduras –la de Primo
 de Rivera y la de Franco-, sabemos muy bien lo que es la censura y los efectos –siempre negativos- que ha tenido para la cultura del país. Lo que mucha gente ignora es la variada serie de artimañas de que se valieron algunos españoles para evadir la censura o, mejor aún, ponerla en ridículo. Sería interesante reunir todos estos casos en un libro. Tendría la risa y la sonrisa aseguradas. Recuerdo una conferencia del director de cine Luís García Berlanga en la Biblioteca Española de París, precisamente sobre sus nefastas relaciones con la censura de Franco, que fue una constante carcajada.

Mientras llega ese futuro libro –animo a los jóvenes investigadores a llevarlo a cabo- le voy a ofrecer al lector de estas líneas el relato de una  de las “mordidas” más sonadas y humorísticas que sufrió la censura del general Primo de Rivera. Ocurrió en abril de 1929, cuando la estrella de Primo de Rivera ya empezaba a apagarse, y nunca sabremos quién fue el autor –o autora- de tal dentellada, pero lo que sí está claro es que el periódico que lo sufrió, -“La Nación”-, subvencionado por el partido de Primo de Rivera y portavoz del general, hizo totalmente el ridículo. El poema llegó a la redacción del periódico como una colaboración espontánea –todos los periódicos reciben cientos de cartas de este tipo-, de una niña de quince años, María Luz de Valdecilla, admiradora del general, que, después de oír uno de los patrióticos discursos de Primo de Rivera, inspirada al instante, había escrito el soneto que adjuntaba. El periódico lo publicó, con una nota previa llena de elogios a la niña poetisa que tanto prometía. Sólo cuando las carcajadas de todo Madrid llegaron a la redacción del periódico se dieron cuenta de que el soneto era una trampa: se trataba de un acróstico que, si se leía en vertical, repetía lo que toda España venía diciendo del general: “Primo es borracho”. Aquí tiene el lector el poema, precedido de la nota introductoria del periódico “La Nación”:
 Una adhesión simpática.-Entre las adhesiones recogimos ésta, digna de ser destacada. Trátase de una señorita de quince años, que en carta muy sentida, recordando que hace poco oyó un hermoso discurso del Presidente, rebosante de patriotismo y de bondad, dice que quiere expresar sus sentimientos en un soneto que acompaña y es como sigue:

¡Paladín de la Patria redimida!
¡Recio soldado que pelea y canta!
¡Ira de Dios, que cuando azota es santa!
¡Místico rayo que al matar es vida!
Otra es España a tu virtud rendida:
Ella es feliz bajo tu noble planta.
Sólo el hampón que en odio se amamanta,
Blasfema bajo tu frente esclarecida.
Otro es el mundo ante la España nueva:
Rencores viejos de la edad medieva
Rompió tu lanza que a los viles trunca.
Ahora está en paz tu grey bajo el amado
Chorro de luz de tu inmortal cayado.
¡Oh, pastor santo! ¡No nos dejes nunca!

María Luz de Valdecilla.-
“La Nación”, 15-IV-1929.

Huelga añadir que ninguno de los esbirros del general Primo de Rivera logró dar con la niña María Luz de Valdecilla, que seguramente jamás existió, ni con el verdadero autor del acróstico. De lo que no cabe duda es que debió ser un gran poeta, seguramente con bastantes años de experiencia en el arte de hacer versos, pues sólo un gran poeta logra imitar tan a la perfección el estilo grandilocuente y huero, lleno de ditirambos al dictador, de la poesía oficial del
momento.

Años después, durante la siguiente dictadura, la del general Franco, corrió la voz de otro caso parecido. Según este rumor la revista humorística “La Codorniz” publicó un boletín meterológico que decía así:

Fresco, procedente de Galicia, se apoderó de España. Tendencia a permanecer.

No era necesario ser un experto en climatología para darse cuenta del mensaje oculto de tal boletín. En ninguno de los números sueltos que en aquellos años compré de la revista tuve la suerte de dar con tal boletín y ahora dudo mucho que aquel rumor fuese verdad. La razón es obvia: el director de la revista, Álvaro de la Iglesia, sabía muy bien los temas tabú que jamás se podían tocar la persona del dictador, la Iglesia, Falange,  etc.- y, si se hubiera atrevido a sobrepasar los límites, la revista habría sido cerrada al instante, cosa que no ocurrió. De todas formas, como chiste para contarlo en la barra de un bar, tuvo gran popularidad.

Frente a esos pequeños triunfos, aquí y allá logrados, qué cantidad de obras debieron perderse y cuántas otras nacieron mutiladas. Entre las obras que jamás se publicaron me vienen a la mente la novelística completa de Agustín Gómez Arcos, publicada después en francés y hoy asequible al lector español gracias a traducciones de gran calidad. Entre las obras que se publicaron, pero mutiladas, recuerdo “La Llanura” del dramaturgo José Martín Recuerda, por
fortuna en los años ochenta publicada en su integridad. Pero otros autores no tuvieron la suerte de Agustín  Gómez Arcos y Martín Recuerda y sus obras se perdieron o quedaron mutiladas para siempre. Ocurre que, esos autores que chocaron con la censura, eran los más innovadores, los más osados y de mayor calidad literaria. Precisamente los que hubieran hecho posible que ese llamado
“medio siglo de plata de la Literatura Española” hubiese sido un siglo completo. Todo se lo llevó la Guerra Civil y la censura, cuya única finalidad era mantener intangible la ensangrentada figura del dictador.


Publicado en el "Faro" de Ceuta el 6 de sep de 2015


domingo, 6 de septiembre de 2015

Un curandero de antaño por Francisco Gil Craviotto

 No podemos conocer el futuro –nadie sabe cómo será la vida dentro de doscientos o quinientos años-, pero sí nos es fácil conocer el pasado. Para eso nada tan sencillo cómo echar un vistazo a los periódicos de nuestros antepasados. Hoy se me ha ocurrido investigar el periódico “La Gazetilla curiosa” del P. La Chica Benavides, cuya existencia va del lunes, 9 de abril de 1764, al 19 de junio 1765. Poco más de un año, pero en aquella época la vida de las personas y periódicos era mucho más breve que en la actualidad.


En este semanario, además de la particularidad de que sólo contaba con un único redactor –el mencionado fraile trinitario-, lo que explica que en cuanto éste murió despareció el periódico, llama poderosamente la atención, junto al aire de deliciosa ingenuidad que llena todos sus números, la publicidad de la época. Había anuncios de pérdidas y hallazgos –era extraordinaria la facilidad con la que la gente de entonces perdía las cosas más necesarias y personales-, ventas, trabajo –sobre todo mozos y mozas que buscaban amo-, y otros tan insólitos que hoy se hace difícil encontrarle encuadre y clasificación. Juzgue por sí mismo el lector el siguiente anuncio publicado en el número XV de dicho periódico:

Ha llegado a esta ciudad el célebre químico don Joseph Guerrero. Cirujano Oculista y Dentista, el que trae unos polvos para confortar la cabeza: cura la boca de toda debilidad, haciendo se coma por entreambos lados; limpia, blanquea, trasplanta y quita los dientes sobredientes, raíces y nacederas que molestan la boca, sustituyendo los dientes, aunque postizos firmes y estables, sin el menor dolor. Trae el verdadero Polvo de la Coralina para reafirmar y emblanquecer los dientes. Colirio para los ojos; Bálsamo para el reumatismo; un específico con que borra las cicatrices. El polvo Etherino de nueva idea. Remedio para el pelo y las canas, y que renazca no siendo en avanzada edad, destruyendo sin dolor callos de raíz, verrugas, uñeros, padrastros, las manchas de la cara, como no sean de nación. Vive en la placeta de San Gil.

Lo primero que nos llama la atención y al mismo tiempo nos desconcierta en este anuncio es la profesión del anunciante. Tiene tantas que al final no sabemos lo que es. En la primera línea se presenta como químico, oculista y dentista, tres profesiones hoy día bien diferentes, pero entonces, por lo visto, podían ir juntas y casi soldadas. Poco después vemos que también es reumatólogo y un renglón más abajo nos ofrece sus  grandes remedios para que renazca el pelo –salvo en las personas de avanzada edad-, y sus soluciones para destruir manchas de la cara –salvo las de nacimiento- y para borrar las cicatrices, lo que nos hace pensar que también es dermatólogo. Pero en el último renglón aparecen otras habilidades de este hombre extraordinario: elimina callos, padrastros y uñeros, lo que nos confirma que, a todas las anteriores profesiones, hay que añadir la de podólogo o callista. Demasiadas profesiones para que una sola persona pueda ejercerlas de una manera aceptable. Lo segundo que nos llama la atención en este anuncio son los remedios para conseguir tantas curaciones y maravillas. Además de su habilidad para sacar dientes y raigones sin dolor –vamos a aceptar que todo esto sea verdad-, y los dos polvos novedosos -el “polvo de la coralina” y el “polvo etherino”-, el famoso curandero cuenta con “polvos para confortar la cabeza”, sin que nos sea dado saber en qué consistía ese confortamiento, “colirio para los ojos”, “bálsamo para el reumatismo”, “un específico que borra las cicatrices” y “un remedio para el pelo”, que, como ya hemos visto, lo mismo hace que renazca –salvo en las personas de avanzada edad- que elimina las canas. ¿Quién, después de leer tal cúmulo de maravillas, podía permanecer indiferente? La clientela debía ser numerosa.

De todos los grandes remedios de que hace alarde este hombre extraordinario los que más me han llamado la atención son los dos renombrados polvos ya mencionados, “el polvo de la coralina”y el “polvo etherino”. He consultado con personas de ciencias y me han dicho que el polvo de la coralina, posiblemente, era polvo obtenido a partir del alga coralina que todavía se emplea en medicina como eliminador de lombrices y otros parásitos del intestino, y el polvo etherino quizás fuese polvo obtenido a partir del éter. Habría que preguntarse si la industria farmacéutica de entonces estaba en condiciones de producir tal polvo. De todos los otros polvos, colirios y bálsamos, mencionados en el anuncio, no se nos ofrece la menor reseña sobre su composición. Tampoco del crece pelo y eliminador de canas. En resumen, unos medicamentos muy numerosos pero modestos, sobre todo si los comparamos con los asombrosos resultados que nos promete el anunciante.

El anuncio del periódico, sin pretenderlo, nos retrata a la perfección la figura del curandero en el siglo XVIII y, de soslayo, el estado de la medicina en la misma época. Otros anuncios, sobre el precio de las sanguijuelas, estos últimos en publicaciones del XIX, así como la información sobre misas, novenas y procesiones para alejar determinadas epidemias, - el cólera, por ejemplo-, vienen a completar la situación de la medicina en aquellos siglos. No vamos a entrar en esos vericuetos.

No quiero terminar estas líneas sin formularle una pregunta al lector -o lectora- de este artículo: si usted hubiese vivido en el siglo XVIII y hubiese sabido de la existencia del químico, oculista y dentista, don Joseph Guerrero, ¿se habría puesto en sus manos? ¿Habría probado sus famosos polvos, bálsamos y remedios?

Publicado en el "Faro de Ceuta" el 6 sep. 2015

martes, 1 de septiembre de 2015

El toro de la vergüenza por Francisco Gil Craviotto




Todos los años, por estas fechas, surge la polémica en torno al tristemente famoso espectáculo conocido con el nombre de “Torneo del Toro de la Vega”, que cada verano tiene lugar en Tordesillas, pueblo de la provincia de Valladolid de unos nueve mil habitantes, hoy conocido en todo el mundo debido precisamente a la mencionada salvajada.

Recuerdo que conocí la existencia de tal atrocidad hace unos veinte años o acaso un poco más. Fue a través de la tele francesa y el reportaje se llamaba España y los animales o algo así. La introducción fueron las corridas de toros, con las plazas llenas de un público fanatizado y vociferante, que había pagado una entrada para ver la muerte de seis animales convertida en espectáculo de masas; después, en la segunda parte, vino el recorrido por las fiestas populares de ciertos pueblos. Allí vimos toros con los cuernos convertidos en antorchas, animales lanzados desde la torre de la iglesia parroquial, cerdos sacrificados en plena calle, en medio de la expectación general, y, como postre, el toro de la Vega: un hermoso toro negro muerto a lanzadas por los mozos del pueblo, convertidos en matarifes. ¿Tendré palabras para expresar la vergüenza que como español tuve que soportar? Todavía no sé, cuando se toca el tema, que me indigna más: el espectáculo de sangre y lanzadas sobre el cuerpo del animal acorralado por los caballos y las lanzas o los sofismas de los exégetas de la barbarie que pretenden hacernos creer que la barbarie es cultura y arte.

El argumento estrella de los exégetas de la salvajada es el de la tradición. Dicen que lancear a un toro hasta matarlo a lanzadas es una tradición que viene de la Edad Media y, en consecuencia, hay que mantenerla y fomentarla. Olvidan sin embargo que toda tradición, que se basa en el dolor de un ser, por muy arraigada que esté, debe ser desterrada. Es indudable que las hogueras inquisitoriales mantenían una gran tradición y que esa tradición venía de la Edad Media, y hoy están suprimidas; la misma tradición mantenían las ejecuciones de reos en plazas públicas y hoy también están suprimidas. No deja de tener su poquito de ironía el hecho de que estos grandes defensores de la Edad Media y la tradición, cuando llega la noche, ninguno enciende el candil y, cuando tienen que viajar, tampoco toman el coche de caballos, el carro de mulas o la diligencia. La Edad Media, con todas sus delicias, la dejan reservada a los actos de exaltación del salvajismo y la barbarie que Tordesillas lleva dentro.
Es verdad que en otros países, hoy considerados extremadamente civilizados, en el pasado existieron prácticas parecidas. Ahora mismo me vienen a la memoria ciertas páginas de Octave Mirbeau en las que nos cuenta las cacerías del ciervo en los aledaños del Sena, zona Este de París. Una auténtica atrocidad, que la gente iba a presenciar con la misma insensible frivolidad con que en la España actual van a presenciar el lanceado del toro de la Vega o los cuernos prendidos de gasolina de cualquier pueblo de nuestro país. El espectáculo consistía en perseguir con gran estruendo de trompetas y jaurías de perros, unos cazadores a pié y otros a caballo, a los ciervos de un bosque próximo al Sena, todos los años el mismo. Acosados por la jauría de perros y el tronar de las trompetas los ciervos corrían y corrían hasta que se encontraban con el río. Entonces se lanzaban al agua, donde, lanza en ristre, ya había otros cazadores esperándoles en varias barcas. Esta segunda parte del espectáculo era la que la gente, apostada a ambos lados de los malecones, unos con la merienda en el bolso y otros sin ella, iba a ver y presenciaba con gran deleite. Mirbeau nos lo cuenta así.
Traduzco: Es el delirio. Empujones, gritos, voces furiosas de los hombres animando a los perros. Y los jinetes que llegan de todas partes. Los cascos de los caballos resuenan en el empedrado. Algunos caballos se cuelan entre los coches. Se agitan pañuelos, sombreros. Una matanza, un saqueo, la entrada a saco en una ciudad conquistada. Todas las voces, ruidos, gritos, gestos, tienen un carácter salvaje, de exaltación homicida. Veo muy bien lo que ocurre. De tiempo en tiempo, sobre la superficie blanca, columbro al ciervo que desaparece oculto por el agua. Y veo a su alrededor los hocicos feroces de los perros que se adentran en el agua. Y veo un picador, que ha tomado una barca del río, que conduce un barquero vestido de rojo. Lanza en ristre llegan al ciervo...

Todos los años el río se teñía de rojo. Una auténtica salvajada, denunciada entre otros, por Mirbeau. Pero esta salvajada, reliquia de la barbarie medieval, ya no existe. Llegó hasta el XIX: ni el siglo XX ni el XXI han conocido tal cacería. Esa es la diferencia con la salvajada española de Tordesillas: ésta persiste y, por si fuera poco, los catetos del pueblo se enorgullecen de ser los más bestias y sanguinarios.

Frente al argumento de la tradición, que tanto airean los manipuladores de Tordesillas, yo esgrimo el de la vergüenza. La vergüenza de que en el extranjero, cuando se habla de maltrato animal, siempre salga a relucir la palabra España; la vergüenza de que, por estas cosas y otras como éstas, fuera se nos considere poco menos que salvajes. Frente a la voluntad de un grupo de catetos, más o menos manipulados por el caciquismo local, debe imponerse la ley y los principios universales de humanidad y respeto a los animales. Dejar las cosas como están hace que, tanto el gobierno regional de Castilla-León como el de España, se conviertan en cómplices.

         Este artículo se ha publicado en la revista Wadi-as el 29 de agosto de 2015

martes, 4 de agosto de 2015

Por la libertad del pueblo




Por Francisco Gil Craviotto

Publicado en Wdi-as. primera semana agosto 2015



Fernando Alcalde Rodríguez y Juan José Ayala Carbonero son dos historiadores granadinos que, desde hace ya algunos años, vienen investigando la gran tragedia de la guerra civil española, así como la cruel represión que le siguió. Fruto de esas investigaciones es el libro “Por la libertad del Pueblo. Itinerarios por los restos del frente sur de la provincia de Granada”, recientemente editado bajo los auspicios de la Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica que promueve la Junta de Andalucía. Imaginamos que a este libro deben seguir otros, ya que en la portada, con grandes letras blancas sobre fondo rojo, es posible leer: Volumen 1: “de Castell de Ferro a Lújar”. Ya en el interior del libro se confirma este deseo de continuar la investigación sobre la guerra civil y la feroz represión de la posguerra en otros puntos de la geografía granadina.
 La zona elegida tiene una importancia esencial en el panorama de la guerra civil en la provincia de Granada. Tras la caída de Málaga y Motril en febrero de 1937, ambas ciudades tomadas por el ejército italiano, la República logró contener el avance de los fascistas en Castell de Ferro y preservar así la caída de Almería hasta el final de la guerra. El “no pasarán de Madrid” también se cumplió, aunque más modestamente, en Castell de Ferro.
 Antes de entrar en materia los dos investigadores han dedicado un capítulo introductor para poner al lector al corriente de la situación en que se encontraba la zona en los años treinta, cuando llega la República. Fernando Alcalde y Juan José Ayala la califican de pésima. Motril y los pueblos de su entorno malviven entre la abulia y la desesperación: paro endémico debido al monocultivo de la caña de azúcar, salarios insuficientes, caciquismo, emigración... La llegada de la República en 1931 no mejoró sustancialmente la situación, ya que los puestos clave de la vida social y económica de la zona continuaron en manos de las mismas personas de la época monárquica; por otra parte, las  tímidas mejoras sociales que se iniciaron en los dos primeros años del nuevo régimen, en cuanto llegó el bienio negro, fueron paralizadas o suprimidas.
Hasta julio de 1936 la situación de Motril y su comarca no fue mejor ni peor que la de los veranos anteriores, pero el 18 de julio tiene lugar el golpe de Estado de los militares enemigos de la República que, fracasado en unas zonas de España y triunfante en otras, degeneró en guerra civil. El 20 de julio Granada capital pasa a manos de los rebeldes y el 22 los fascistas de Motril, ayudados por la Guardia Civil, logran hacerse con el control de la ciudad. Las fuerzas pro republicanas, a las que se han unido voluntarios de los pueblos vecinos, contraatacan y reconquistan el poder el día 25. Desde esta fecha hasta el 10 de febrero del año siguiente en que Málaga y Motril caen en manos de los italianos, toda la zona queda en poder de la República. Fueron seis meses caóticos, de bombardeos casi diarios,- los temidos Junkers alemanes que llegaban de Armilla-, en los que faltó de todo y, como no había cartillas de racionamiento, en las colas de las pocas tiendas que se atrevían a abrir, prevaleció la ley del más fuerte. El saldo final fue noventa muertos que, al final de la guerra, la propaganda fascista convirtió en noventa mártires.
 A finales de enero de 1937 los rebeldes, apoyados por nueve batallones italianos al mando del general Mario Roatta, penetran por Antequera y Loja en Málaga, que cae el 7 de febrero. Miles de personas, huyen por la carretera de la costa en dirección a Almería. Son sobre todo mujeres, niños y ancianos -los hombres en edad militar están en el frente-, que, ante el temor de la represión fascista, abandonan su hogar y emprenden la desbandada. Ese es precisamente el nombre con el que hoy se conoce aquel sangriento éxodo de Málaga a Almería. La mayoría morirá por el camino ametrallados por la aviación alemana -siempre los tristemente famosos Junkers de la Legión Cóndor-, y los barcos italianos apostados en el mar. Franco ha invitado a las potencias fascistas de Europa, - Italia y Alemania-, a matar españoles y, lo que al principio era guerra civil, se ha convertido en guerra de invasión. Después de Málaga cae Motril, atacado a la vez por varios frentes, pero la República logra frenar el avance fascista en los cerros de Castell de Ferro. Almería se salva y queda del lado de la legalidad republicana. Así continuará la situación durante los casi dos años que aún quedan de guerra.
A partir de este momento nuestros dos historiadores dedican su atención al estudio de este retazo de la provincia de Granada todavía en manos de la República: línea del frente, trincheras, parapetos, puestos de mando, armas, abastecimientos, etc., etc., Hay abundantes fotos, -unas de la época y otras actuales-, y mapas explicativos de todos los pormenores bélicos de la zona. La parte final del libro está dedicada a la represión que siguió a la guerra. Terrible, bárbara, despiadada, como lo fue en toda España. Juicios sumarísimos, fusilamientos, ejecuciones a garrote vil, latrocinios, venganzas, etc. Como en todas partes. Los fascistas de Granada no fueron mejores ni peores que sus colegas de las otras provincias.
Una vez más se plantea el problema de la oportunidad de sacar a relucir este pasado. Los nietos y amigos de los verdugos de ayer insisten una y otra vez en la necesidad del olvido. Recordar
estas atrocidades, cometidas por sus queridos ancestros - dicen- es abrir viejas heridas ya cicatrizadas. Los demás pensamos que cada pueblo tiene derecho a conocer su pasado, por muy negro y lamentable que sea. Precisamente, conociéndolo es la mejor manera de que jamás vuelva a repetirse.


lunes, 29 de junio de 2015

ESTAMPA DE ESTÍO

Por Francisco Gil Craviotto.


En mi época de encierro (entiéndase en mis años de internado en un colegio de frailes) los meses de verano eran los únicos de libertad de mi vida de entonces. Aquella soñada libertad casi coincidía con el inicio del verano y se alargaba un poquitín más allá del comienzo del otoño: 22 de junio en el primer caso y 2 de octubre en el segundo que, si caía en domingo, pasaba al 3 del mismo mes. Eran tres meses, bien despachados, en los que uno podía comer toda la cantidad de comida que le pidiera el estómago, levantarse y acostarse a la hora que mejor le pareciera, ir por aquí o por allá, sin más límite que el cansancio de las piernas, hablar sin necesidad de levantar la mano para pedir permiso y, por si todo esto fuera poco, no había clase, -nada de matemáticas, con aquellos problemas tan enrevesados, ni física y química, ni latín, ni historia, ni religión-, ni obligación de ir a misa más que los domingos y días festivos. Una delicia de vida. Mi pueblo volvía a ser el paraíso que siempre fue para mí. Un paraíso abrasado de sol, desarbolado y falto de agua, pero libre, inmensamente libre y feliz. Se acabaron, además de las misas, los rosarios, viacrucis, oraciones de la mañana, del medio día y de la noche. También las confesiones de los sábados, el “Cara al Sol”, dos veces todos los días, los temidos ejercicios espirituales -toda una semana sin poder hablar, algo verdaderamente “contra natura“-, los desfiles cantando “Montañas nevadas, banderas al viento” y todas las zarandajas de frailes y fascistas, suponiendo que unos y otros no fueran los mismos. Reemplazando todo esa parafernalia de curas y frailes tenía los paseos por los alrededores del pueblo, la búsqueda y hallazgo de nidos en compañía de mi amigo Sebastián, la cría y adiestramiento de pájaros -tórtolas, mirlos, gorriones-, las inolvidables cenas bajo el emparrado del huerto, viendo cómo la luna, roja y redonda, aparecía tras la Sierra de Gádor; las largas veladas de la noche, oyendo un coro lejano que repetía las mismas canciones de siempre:
Yo tiré un limón por alto
y en tu puerta se paró.
Hasta los limones saben
que nos queremos los dos.
…Que vengo del moro,
que del moro vengo…
Eran noches cálidas y apacibles, con el cielo tachonado de estrellas y el aire tibio, cargado de aromas silvestres, que bajaban de los cerros que rodean al pueblo, y perfumes de jazmines y nardos que venían de los huertos próximos. Las gentes sacaban sillas a la calle y, en tanto que los adultos hablaban de sus cosas -las cosechas, el estraperlo, las cartillas de racionamiento, la última moza que se había ido con el novio-, los niños disfrutábamos de los cuentos de las abuelas. Mi abuela -la única que conocí- no era muy dada a los cuentos, pero esta deficiencia la cubría con creces mi tía Olalla que, como suele decirse, sabía más cuentos que Calleja. Era, además de excelente cuenta-cuentos, la única persona a la que hasta ahora le he oído una definición aceptable de lo que fue la Cruzada de Franco.
-Hijo, mío, -me decía-, Cruzada viene de cruz y quiere decir que todos tenemos que llevar esa cruz.
-¿Qué cruz?
-La cruz de soportarlos.
Definición exacta que aún no ha perdido vigencia. Sin embargo, al oírla, mi padre se ponía frenético. No porque no diera por buena la definición de mi tía, sino por temor a las consecuencias que pudiera traer.
-Esta mujer nos va a meter en un lío.- decía.
Mi madre trataba de calmarlo.
-Pero, ¿no ves que aquí no la oye nadie?
Así era: allí no la oía nadie, pues los niños y nadie eran la misma cosa. Mi tía -justo es reconocerlo-, fue la primera persona que, a pesar de mis pocos años, me ayudó a poner en entredicho todas las alabanzas y ditirambos que a favor del Régimen oía en la escuela y después volvería a oír a mis frailes del internado. Todavía me parece estar viéndola cuando, después de llegar con mi cartera a la bandolera, me preguntaba:
-¿Qué has hecho hoy en la escuela, hijo?
-El maestro nos ha hablado del Caudillo.
-¿Qué ha dicho el maestro?
-Que es un hombre muy valiente.
-Sí, repetía, es un hombre muy valiente.
Se quedaba un instante callada, parecía que estaba de acuerdo con la enseñanza del maestro o acaso que se había quedado dormida, pero al final, sin poder contenerse, se erguía en su asiento y, muy adusta, añadía:
-Claro que con dos pistolas al cinto y la guardia mora detrás, yo también sería muy valiente.
Había bastado esta sola frase de mi tía para que, al instante, en mi mente todos los ditirambos del maestro se vinieran abajo. Ella fue mi primera conciencia crítica. Pero todo esto había sido unos años antes. En la época en que yo volvía del colegio mi tía estaba tan vieja que ya ni contaba cuentos. Uno de aquellos veranos se nos fue para siempre.

 El verano era también el desfile de frutas y sabores. Mi llegada al pueblo casi coincidía con las primeras brevas y cerezas. Poco después llegaban los albaricoques, las sandías, las peras, las ciruelas, los higos, los chumbos, los melocotones… El vareo y monda de la almendra era la señal inequívoca de que las vacaciones estaban llegando a su fin. Pero había otro signo todavía más perentorio y urgente: los membrillos. Los primeros membrillos siempre coincidían con el viaje de regreso al colegio. Otra vez las clases, otra vez las misas y rosarios, otra vez el “Cara al Sol”, brazo en alto, antes de entrar en clase. Aquellas vacaciones que parecían interminables, se habían ido como un soplo. Ahora, en la última curva del camino, contemplado todo desde la lejanía de los años, me parece que ha sido toda mi vida la que se ha ido como un soplo.  

Publicado en el "Faro de Ceuta" el domingo día 28 de junio de 2015

Francisco en un banco de ciudad





martes, 23 de junio de 2015

Azorín

de FRANCISCO GIL CRAVIOTTO


José Martínez Ruiz, (Monovar, Alicante, 8, junio, 1873; Madrid, 2 de marzo, 1967), más conocido por el seudónimo de Azorín, el escritor de estilo más pulcro de toda la Generación del 98, tiene muchos aspectos negativos en su vida. El más lamentable de todos indudablemente fue su servil coqueteo con la dictadura franquista. Llegó a tales extremos que incluso, nos cuenta Francisco Umbral, se presentó en el periódico “Arriba” haciendo, brazo en alto, el saludo fascista. Los jóvenes falangistas que escribían en el periódico, entre risitas y parabienes, tuvieron que decirle al maestro que no hacía falta que se rebajase hasta ese extremo. Tal adhesión inquebrantable –como se decía entonces-, tuvo sus recompensas y Azorín, después de los santones oficiales -Pemán, Giménez Caballero, Agustín de Foxá...-, fue el escritor más premiado y mimado por el régimen.

Sin embargo, a pesar de todo, me gusta leer o releer de vez en cuando los libros de Azorín. La razón es obvia: su estilo, la calidad y elegancia de su prosa, su impecable uso de la lengua. Es, sin la menor duda, el gran estilista de la Generación del 98.

De los varios libros que tengo de Azorín hoy he tomado el titulado “El paisaje de España visto por los españoles”. Se trata de un libro de 197 páginas, editado en Madrid el año 1923 por Rafael Caro Raggio. El ejemplar que yo poseo, comprado hace ya muchos años en una librería de viejo, corresponde a la primera edición de la obra, la ya mencionada de 1923. Una pequeña joya. Consta de catorce capítulos, cada uno dedicado a una región o ciudad, y un apéndice, homenaje a tres grandes escritores: Giner, Galdós y Baroja. Desde el punto de vista literario quizás el capítulo más logrado sea el de Castilla. Todo un alarde de maestría.

Castilla... ¡qué profunda, sincera emoción experimentamos al escribir esta palabra! (...) A Castilla, nuestra Castilla, la ha hecho la literatura.

Sin embargo hoy vamos a dedicar nuestra atención a otra región: Andalucía. No la trata el maestro de una manera global, como hace con otras regiones de España, la ya mencionada Castilla, Aragón o Cataluña, por ejemplo, sino que ha centrado su atención en tres ciudades: Córdoba, Sevilla y Granada. Justo las tres que más suenan cuando se habla fuera de España de Andalucía.

La primera de las ciudades andaluzas que Azorín trae a la palestra es Córdoba. Lo hace a través de la pluma de don Juan Valera, (1824-1905), escritor al que no siempre Azorín ha tratado muy bien. Lo reconoce.

Tenemos que hacer un acto de contrición. Durante mucho tiempo hemos insistido en la ligereza, la socarronería y la frivolidad con que don Juan Valera ha solido tratar las novedades de la estética y la filosofía.

Firmada la paz, –paz “postmortem”, no lo olvidemos-, vienen los piropos al maestro de la generación anterior. Para el Valera muerto la generosidad de Azorín desborda todo límite: Córdoba es el peregrino ingenio de Valera. ¡Qué elegancia, qué pureza, qué caudosilidad en el maravilloso estilo de este supremo artista! Sin afectación, naturalmente, con llaneza, Valera es el más español prosista de todos los tiempos.

¿No se habrá pasado un poco, don José, como se pasó años atrás a la hora de criticar a Valera? Me parece que sí. Después viene una cita de varias páginas –exactamente cuatro-, en las que Valera nos habla de la mujer cordobesa. Casi todo cuanto dice de las féminas cordobesas valdría para la mujer de cualquiera de las otras siete provincias andaluces. Interrumpe Azorín la cita para dar de nuevo la palabra a Valera, que ahora nos habla de los patios cordobeses. Esta vez la cita es más breve: sólo dopáginas. Una última cita, en la que Valera nos habla de las comidas y dulces cordobeses, y al final Azorín toma la palabra:

¿Qué preferimos: Sevilla o Córdoba? Las dos ciudades, las dos campiñas. En Córdoba quisiéramos, para morar, la casa blanca con el patizuelo blanco y un ciprés en medio. El zócalo de la pared del patio sería de intenso azul. Desde la azotea veríamos la lejana serranía hosca.

La siguiente ciudad es Sevilla. El escritor al que ahora invita Azorín a mostrarnos el paisaje de Sevilla es Fernando Fortún, (Madrid, 1890-1914), escritor muy poco conocido debido a que murió muy joven. El fragmento que recoge Azorín está tomado del libro “Reliquias”, publicado en edición no venal en 1914 como homenaje póstumo al poeta. Posiblemente Fernando Fortún habría sido un gran escritor si hubiese vivido más años, pero el fragmento elegido por Azorín no sobrepasa el tópico de la Sevilla costumbrista. Para compensarnos de las torpezas de este poeta incipiente, muerto cuando más prometía, Azorín también menciona, aunque sin aportar la cita, a otros autores que escribieron páginas memorables de Sevilla: Herrera, Cervantes, Vélez de Guevara, Estébanez Calderón, el Duque de Rivas, Bécquer, Heredia... Para que nada falte también él dedica unas páginas de encomio y admiración a la hermosa ciudad andaluza.

Quisiéramos vivir en una vieja casa de la la ciudad incomparable: una casa con un sobrado
lleno de trastos viejos –que nos entretendríamos en revolver-, con estancias pavimentadas de azulejos brillantes –sonoras y claras estancias-, con pasillitos al cabo de los cuales hay una puertecilla de cuarterones, con un patio en el que se yerguen cipreses y reptan por los muros jazmines. En la callejuela, solitaria, sólo se oyen de raro en raro los pasos de un transeúnte o
el grito largo de un vendedor.

Granada es la última de las tres ciudades andaluzas que evoca Azorín en su libro. Lo hace desde la lejanía de veinte años atrás y en su rememoración se mezcla la añoranza y el paso del tiempo:

Granada estaba como apartada de todo el mundo, como en un rincón, como en un remanso
del tiempo pretérito.(...) La vida moderna habrá puesto ya muchas cosas nuevas sobre las viejas. Hace veinte años en la ciudad había una profunda paz. Se gozaba del silencio. En el silencio, desde Puerta Real, contemplábamos allá en lo alto de la montaña la blanca nieve. En el silencio visitábamos el Generalife y oímos susurrar el agua entre los mirtos. En el silencio, abarcábamos, desde la Torre de la Vela, el vasto y soberbio panorama de la vega. En el silencio, asomados a una galería del camarín de Lindaraja, veíamos, en lo hondo, las frondas tupidas que bordean el Darro.

Unas líneas después Azorín da la palabra a Emilio Castelar (Cádiz, 1832; Madrid, 1999) y ya es Castelar el que nos habla de Granada hasta casi el final del capítulo. Cierro el libro al tiempo que una desagradable sensación de injusticia me invade el corazón. Azorín ha sido injusto con Andalucía: de las ocho provincias que integran la región se ha dejado nada menos que cinco en el tintero. ¿Cómo puede ser que no dedique ni una línea a Jaén, de cuyo paisaje Antonio Machado ya había escrito poemas inolvidables? ¿Y qué decir del paisaje de Huelva, sobre todo Moguer, tan líricamente evocado por Juan Ramón? ¿Y la Almería de Villaespesa? Pero aún hay más: en las tres ciudades seleccionadas tampoco ha elegido a los mejores autores. De Sevilla ha dejado Gustavo Adolfo Bécquer páginas de más calidad que las que Azorín nos ofrece de Fernando Fortún y algo parecido ocurre en Granada con Castelar y Federico García Lorca. Sí, en 1923 ya había publicado Federico páginas admirables sobre Granada. Necesariamente tenemos que cerrar el libro con un suspenso para Azorín. Su visión de Andalucía deja mucho que desear.



Publicado en el “Faro de Ceuta” el domingo dia 21 de junio de 2015