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jueves, 10 de marzo de 2016

A la mujer alpujarreña


Con todo nuestro amor
Poesia popular surgida expontáneamente en el grupo de whatsapp de La Casa de la Alpujarra con motivo del del 8 de marzo día de la mujer.

Si bonitos son los claveles,
más bonitas son las rosas,
las cosas de las mujeres,
todas resultan preciosas.
A. Lorenzo Blanco

Como España así lo adora
tengo que felicitar
a la mujer trabajadora,
porque exista la igualdad,
poque ya va siendo ora
Juan Morón

Es para mi la mujer
la flor de mas regocijo.
Ante todo da placer.
Tambien nos da nuestros hijos.
Nunca se puede ofender
Juan Morón

Una mujer es bandera
de un continente profundo,
la más dulce enredadera,
la religión de este mundo,
y la mejor compañera.
Germán

Como Morón desafía
a esos hombres que maltratan,
yo de castigo pondría
lo que lleva entre las patas,
a ras se lo cortaria
Juan Morón

La alpujarreña es condesa,
y sus quereres son sabios;
candil y luz de pavesa
que amante besa los labios
del mar de la Contraviesa.
Germán

Casa, familia,bancal,
la alpujarreña sabe "tela"de eso.
El Alpujarreño no ha sido cabal,
suponiendo que era eso
su cometido principal.
Manolo

Si buscas un hombre formal
que admira a sus mujeres
las protege de todo mal;
creo que tú no lo eres
el alpujarreño es siempre cabal
Antonio

¡Guapa!... piropean todos
al paso de tu figura,
reteniendo la clausura
por insatisfechos modos
que llevan a la locura.
Pepe Alvarez

Que bonito aquel que sueña
todo lleno de alegria,
la mujer alpujarreña,
la mujer de Andalucia,
la mujer guapa y risueña
Juan Morón

Se compara a la mujer
con la flor más hermosa o bonita
Y no puedo darles la razon
me resulta casi hiriente
la belleza de la flor se marchita
la de la mujer, dura siempre.
Mesa Esperidón

Quiero a todos agradecer,
con palabras de corazón,
los alagos a la mujer,
pues merecido galardón
tiene ganado ese ser.
Mari

Doy gracias de corazón
a tanto hombre alpujarreño,
por tanta felicitación;
y no dejéis el empeño,
solo en dicha celebración
Teresa

Sólo siento la pena
que hombre alpujarreño
sólo tenga faena
Y no célebre día ni año,
aunque la bodega tenga llena
Mari Arenas

miércoles, 9 de marzo de 2016

Un soldado llamado Miguel de Cervantes



Los reyes inauguraron el pasado día 4 en la Biblioteca Nacional la exposición “Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016) ››, con la que se abren los actos conmemorativos del 400 aniversario de su muerte. La exposición se estructura en tres ejes: ‹‹Un hombre llamado Miguel de Cervantes, Una imagen llamada Miguel de Cervantes y Un mito llamado Miguel de Cervantes”.

Desde mi punto de vista se han olvidado de una faceta importantisima que yo , siguiendo la anterior línea habría titulado: “Un soldado llamado Miguel de Cervantes”, y a guisa de explicación habría puesto, “Un soldado de Infantería, la mejor del mundo”.

Nuestros soldados eran grandes de España fuera el que fuera su origen. Entonces formaban en los Tercios de Flandes, nobles, segundones de casas nobles, caballeros, arrapiezos o rufianes. Todos soldados. Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Francisco de Aldana. La nobleza era ser soldado por la fe católica y la lealtad al rey. No fue soldado Shakespeare, ni Corneille o Goethe como muy bien nos recuerdan Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en su magnífico libro Tercios de España. La Infantería legendaria.

“Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”.
Mucho han cambiado las cosas. Ahora, los soldados son declarados “non gratos” o, cuando menos, cuesta reconocer el oficio de Cervantes, soldado, gloria de las letras, una vida de armas y letras. Ahora se trata del homenaje a un hombre, el más insigne escritor español, don Miguel de Cervantes, un soldado de Lepanto.

Lepanto: ¡Victoria! Resonaba sobre el ancho mar. Don Juan de Austria, el vencedor. Allí estaba el poeta -siempre hay un soldado poeta- , que reclama su puesto a la hora del combate. No es una broma o un juego, es la vida con muchas probabilidades de perderla, casi todas. Aquel soldado herido escribió la mejor crónica de la batalla: “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. Profeta. “Si me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella acción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella… que las heridas que el soldado muestra en el rostro y en el pecho estrellas son que guían a los demás al cielo de la gloria”. Don Juan clava a su “Cristo de las Batallas” en lo alto del estanterol. El soldado fija en él la mirada antes de mirar su espada. Empieza la batalla ¡se crea un mito! Es la vida diaria, la de un soldado en campaña.

A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.

Miguel de Cervantes, combatiendo en Lepanto desde la arrumbada, camino de la proa de la galera enemiga, recibe tres disparos de arcabuz, dos en el pecho y uno en la mano izquierda. Se convierte en soldado aventajado.

Novarino, Túnez, La Goleta, Corfú. De guarnición en Sicilia, Cerdeña y Nápoles regresa a España. Quiere la patente de capitán y levantar una compañía. Meritos tiene y su espíritu brilla entre sus heridas. Una tormenta dispersa las naves y Cervantes es hecho prisionero y conducido a Argel. Adalid de los miles de cristianos allí presos, logra escapar y en Orán de nuevo es hecho prisionero. Vuelta a escapar, organiza una sublevación de cautivos y las traiciones le llevan de nuevo preso hasta que fue rescatado por dos trinitarios. A su llegada a España en 1580 al soldado Cervantes se le asigna la que sería su última misión: agente secreto a Orán. Contaba treinta tres años.

Fue la vida de Cervantes la de un soldado. La misma vida que ahora, siempre agitada y olvidada por todos. Después de darla, si esta te queda, se convierte en la búsqueda de empleo para sobrevivir. Nada ha cambiado después de 400 años.
Este es el soldado Miguel de Cervantes, condición que ahora ocultan cuando es la base de sus páginas de gloria, de su literatura de valores castrenses por encima de todo, de amor a unos principios, a una religión y a una patria. Por mucho que indaguemos, leamos y discutamos, no me queda la menor duda de que don Miguel de Cervantes era, y esa es su grandeza, uno de los miles de españoles que a lo largo de la historia muestran su talla en el difícil arte de la vida. Cervantes lo dejó escrito y fue, como la mayoría de ellos, un humilde soldado de los que a menudo combaten con y por la vida, aunque encuentren la muerte por el camino.

Hace tiempo me hice eco de este perfil que un legionario tiene en las redes sociales: “Director, escritor, cantante, poeta, pintor, actor, compositor, escultor y ni aún así triunfo… Así que legionario”. Lo mismo me confesó un paisano al final de sus días, estaba un tanto deprimido, ya no era el director de la banda de musica del pueblo, la salud no le iba bien, con la familia tampoco; le pregunté como estaba y me contestó: “ de lo único que me siento orgulloso es de haber sido legionario”. Me impactó. Es la vida. Todos somos en ella soldados y poetas.

Cervantes sigue entre nosotros, solo hay que abrir los ojos y mirar hacia el lugar adecuado.

miércoles, 24 de febrero de 2016

El Papa y la filósofa por Gil Craviotto


La gran noticia de estos días pasados ha sido el descubrimiento de unas cartas, más o menos secretas, que en vida se cruzaron entre el papa Juan Pablo II y una filósofa polaco-norteamericana, Anna Teresa Tymieniecka, que, si creemos los comentarios de la prensa española, “llegaron más allá de la amistad”. Ninguno de los periódicos consultados nos precisa dónde está el límite entre la amistad y ese “más allá” que todos dejan sin concretar, pero con un punto de perversa sospecha que el final de la información –el Papa jamás rompió el celibato-, no logra del todo eliminar. En el supuesto que así hubiera sido, ¿se les habría ocurrido llamar a testigos? Es evidente que, por mucho que intenten ahondar los investigadores en el caso, como en toda historia de amor, siempre quedará un halo de intimidad y secreto al que nadie logrará acceder.

Por lo que cuentan los periódicos parece que esta amistad, que el Papa calificó después como “un gran regalo de Dios”, surgió a raíz de una carta que la filósofa escribió al entonces cardenal Karol Wojtyla pidiéndole consejo sobre un libro de tema filosófico que por aquellas fechas pensaba publicar. A esta carta siguieron otras y otras, cada vez más íntimas y personales, y la correspondencia continuó cuando el cardenal ascendió a Papa. Incluso la filósofa se atrevió, en la época en que Karol Wojtyla aún era cardenal, a invitarlo a que pasara un día en su casita de campo en la campiña de Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos. La prensa nos ha ofrecido una foto del futuro papa en pantalón corto y camiseta acompañado de la filósofa, ambos de excursión en un paraje idílico. También ella le hizo varias visitas al Vaticano.

Hay muchos puntos que llaman la atención en esta historia. El primero de todos es que a finales del siglo XX, con lo que ha llovido desde que el mundo es mundo hasta esas fechas, se le ocurra a una filósofa, por muy católica que sea, consultar la opinión de un cardenal antes de publicar un libro. Con su gesto Anna-Teresa Tymieniecka vuelve la filosofía a su antigua posición de criada de la teología, que era lo que pedía la Iglesia a todo lo largo de la Edad Media. A partir del Renacimiento filosofía y teología se separaron y ahora nos cuesta mucho trabajo imaginar a cualquier filósofo de nuestra época, antes de publicar un libro, pidiendo consejo a un cardenal. ¿Imagina el lector a Jean Paul Sartre o Michel Onfray pidiendo consejo al cardenal de París?

Otro punto que llama la atención es la insistencia de los periódicos españoles en el tema de que el Papa jamás rompió su celibato. Cabe preguntarse: ¿Sería muy grave si lo hubiese roto? La verdad es que ni habría sido el primero ni tal ruptura hubiese tenido la menor importancia. Alejandro VI rompió el celibato infinidad de veces y eso no se impidió ejercer su función de papa. El único afectado en el caso de Juan Pablo II y la filósofa, habría sido el sufrido marido de ésta. Pero ocurre que en esta historia de amor espiritual y secreto el esposo de la filósofa aparece un tanto olvidado en su secundario papel de convidado de piedra. Sólo sabemos que, cuando ella conoció al cardenal, ya era madre de tres hijos. Imaginamos que, si el romance de amor hubiese seguido adelante, el marido habría pedido el divorcio y ahí habría quedado todo. No ocurrió así y, lo que parecía un romance de amor carnal, se limitó a un idilio de amor espiritual y platónico del que el marido nada tenía que objetar. Sabido es que los cuernos espirituales ni pesan ni oprimen la frente.

La historia de la filósofa polaca me ha traído a la mente el nombre y la historia de otra filósofa: Hipatia de Alejandría, última representante del neoplatonismo, que murió asaltada por una turba de fanáticos cristianos azuzados por san Cirilo. El también filósofo Bertrand Russell, en su monumental “Historia de la Filosofía”, nos cuenta así la muerte de Hipatia: San Cirilo era hombre de celo fanático. Usaba su posición de patriarca para incitar matanzas contra la colonia judía, muy numerosa en Alejandría. Es principalmente conocido por el linchamiento de Hipatia, dama distinguida, que en una época de fanatismo, mostró su adhesión a la filosofía neoplatónica. (...) Fue tirada de su carro, despojada de sus ropas, arrastrada a la iglesia y matada inhumanamente por Pedro el Lector y una horda de fanáticos salvajes y despiadados. (...) Después de esto, Alejandría ya no fue turbada por los filósofos.

Quince siglos separan a una filósofa de la otra. Una representa la independencia de la filosofía frente al poder la Iglesia, la otra el total sometimiento y dependencia. ¿Tendré necesidad de explicarle al lector que, a pesar de los quince siglos que separan a ambas mujeres, la filósofa de Alejandría me parece mucho más moderna y actual que la polaca?


Este artículo publicó el pasado domingo en el "Faro de Ceuta".

miércoles, 17 de febrero de 2016

La Magdalena de Proust por Francisco Gil Craviotto

He bajado al pozo. El pozo de los recuerdos lejanos. Allí me he encontrado a mí mismo, con una veintena de años, paseando por los alrededores de una iglesia. Noventa o cien pasos calle arriba; noventa o cien pasos calle abajo. Sabía que, en cuanto terminara la misa, minuto antes o después, tenía que aparecer. También sabía que no iba a poder hablar una sola palabra con ella, pero quería verla; ver, aunque sólo fuese de soslayo y a unos metros de distancia, ese cuerpo que yo tanto había amado y había perdido para siempre. Consulta al reloj. Otros noventa o cien pasos hacia arriba, otros noventa o cien pasos para abajo. Así durante más de un siglo. Al fin, tras una especie de lejano rumor, empezó a salir gente. Eran sobre todo hombres. También parejas, señoras y caballeros endomingados que a veces se paraban en las inmediaciones del templo, saludándose unos y otros y formando pequeños corrillos. Después vino el torbellino: niños, viejos, parejas, chicas apetecibles, beatas... Yo sabía que en ese torbellino tenía que estar ella. Y así fue. Venía con su tía, uno de los enemigos más poderosos que yo jamás he tenido -me tildaba de come curas y volteriano-, ambas cubiertas con el velo -inequívoco símbolo de sumisión y acatamiento-, a buen paso y, por las apariencias, sin ánimo de hacer parada en ninguno de los corrillos que se habían ido formando. Decidí avanzar, sereno y pausado, en dirección contraria, de manera que, al cruzarnos, aunque fuese como un relámpago, tuviese un instante para mirar aquel rostro y acaso, con un poco de suerte, rozarme con ella. Y así fue. Ni un gesto ni una palabra, sólo una mirada a la que su tía respondió con una especie respingo de cabeza y ella mirando en dirección opuesta. Pero, al tiempo que pasaba, noté que una mano se paraba en la mía y que algo muy tenue rozaba mis dedos. Creo que ha sido una de las sorpresas más grandes y felices de mi vida. Así con fuerza aquella insignificancia, continué sin inmutarme mi camino y, sólo cuando estuve a prudente distancia, subí y abrí la mano. Era un papelito, un insignificante papelito cortado con premura de las páginas de un periódico, y en él tan sólo había escritas estas seis palabras: “Viernes, a las 7, puerta iglesia.” Era muy poco, pero suficiente. Aquellas seis palabras me hacían el hombre más feliz de la Tierra.

Sólo eran cinco días, pero tardaron en pasar como si hubiesen sido cinco siglos. Cuando al final llegó aquel viernes de felicidad aún no eran las siete menos cuarto y ya estaba yo en la puerta de la iglesia. Llovía. Otra vez noventa o cien pasos para arriba, noventa o cien pasos para abajo, pero esta vez cubierto con un paraguas. A las siete de la tarde en diciembre es completamente de noche. Con la lluvia y los paraguas era muy difícil saber quien se cruzaba conmigo, sólo los andares denotaban si era una mujer joven o vieja. Sucesivas consultas al reloj. Noventa o cien pasos para arriba, noventa o cien pasos para abajo. Así una y mil veces. Al fin un paraguas se paró junto al mío y una voz me susurró muy quedo:

-- Sígueme.

La seguí. Entró en la iglesia y yo, después de dudarlo un momento, -¿será posible que me haya citado para esto?- entré también. El templo estaba en penumbra y vacío. Sólo cuestión de cinco o seis viejas se arremolinaban junto al confesionario. Otras dos rezaban en uno de los altares de la derecha. Ella permanecía de rodillas en uno de los bancos de la entrada; yo seguía de pie junto a la cancela. Noté que, más que rezar, lo que hacía era observar el ambiente del templo; al cabo de unos minutos, vi que se levantaba, cogía el paraguas y se dirigía a una segunda puerta de la iglesia, que daba a otra calle. Yo la seguí a una prudente distancia. Tomó acera adelante y, al llegar a cierto portal, cerró el paraguas y entró en la casa. Yo hice exactamente igual. Justo en el momento de cerrar el paraguas oí en la oscuridad su voz que me preguntaba.

--¿Has visto si nos seguía alguien?
-- Nadie.
--¿Seguro?
-- Completamente seguro.

Sólo entonces se atrevió a llegar hasta mí. Empezamos a abrazarnos y besarnos -te quiero, te quiero, te quiero- y, en tanto nos devorábamos, nuestras manos se convirtieron en ansiosos tentáculos que recorrían las más recónditas intimidades.

--Todo lo que tú quieras, menos lo que sabes que es imposible.
--¿Cómo has conseguido que te dejen salir sola?
-- Porque voy a confesar.
--¿A confesar?
-- Sí, a confesar.
--¿Cuánto tiempo tenemos?
--Un cuarto de hora o veinte minutos; quizás un poco más, pero ya hemos consumido los primeros cinco minutos.
--Nos quedan poco más de diez.
--No pienses en el tiempo y disfruta lo poco que tenemos.
--¿Por qué has elegido este portal?
--No lo he elegido: es el primero que he encontrado abierto y sin portera.
--Dime en el oído que me quieres.
--Te quiero.
--Dímelo otra vez.
--Te quiero, te quiero.

Seguían las manos su recorrido de placer. No había intimidad que se quedara sin caricia. A la alegría de disfrutar de la hermosura de aquel cuerpo, se unía mi victoria contra la intolerancia y el fanatismo de su familia.

--No traes bragas.
--Es así como a ti te gusta, ¿no?
--Sí, así es.
--Por eso me las he quitado.
--Estás húmeda. Tienes aquí un manantial.
--De tanto como te quiero. Me vuelves loca.
--¿Haces estas cosas con tu novio?
--Sabes perfectamente que no.
--¿Lo intenta?
-- Claro que lo intenta.
--¿Y cuándo te cases?
--Eso está por ver.
--¿Cuándo viene el general?
--Teniente. Sabes perfectamente que sólo es teniente.
--Pero yo lo asciendo a general.
-- Siempre con tu ironía
--Bien. ¿Cuándo viene el teniente?
--No lo sé. Cuando tenga permiso. Cuanto más tarde, mucho mejor, porque en cuanto venga, lo nuestro se acaba.
--¿Tanto lo quieres?
--No, a quien quiero es a ti y la única manera de evitar que te mate es que lo nuestro acabe.
--¿Y si nunca se entera?
--Para que no se entere lo mejor es que se acabe.
--¿Quién te buscó ese novio? ¿Tu madre o tu tía?
--No, el padre Bienvenido.
--Mejor aún. Y tú tan obediente.
--No me dejan otra opción. Tú no sabes el infierno que estoy viviendo.

Los faros de un coche, que en ese momento pasaban por la calle, iluminaron dos lágrimas que le resbalaban mejillas abajo.

--Te voy a pedir un favor.
--¿Qué favor?
--Que cambies de tema. Disfruta este momento y no pienses en nada más. No me amargues los cinco o seis minutos que todavía nos quedan.
--Favor concedido.
--Te quiero.

Estábamos ya llegando al séptimo cielo del paraíso cuando, al tiempo que se encendía la luz, oímos que por las escaleras bajaba gente.

--Viene alguien.
--Es en los pisos últimos. Nos da tiempo a largarnos sin prisas.

Pero al cabo de unos instantes comprendimos que era una vecina que iba al piso de otra vecina. Incluso oímos el timbre de la puerta. Volvió a apagarse la luz y nosotros seguimos amándonos.

--Saca el pañuelo. En el suelo no debe caer una gota.
--Lo tengo en una mano.
--No, prefiero que me lo pases a mí. No quiero pensar si me mancharas. Si en mi casa notaran algo, yo creo que me mataban.
--Nunca sería tanto.
--Sí, estoy segura que me mataban. Pero no me importa después de haber estado en tus brazos.
--Te quiero.
--Piensa que este cuerpo siempre será tuyo, que te quiero con toda mi alma, que...

Leves quejidos sucedieron a las voces. Al fin, reclinada en mi hombro, me preguntó:

--¿Has sido feliz?
--Mucho. ¿Y tú?
--Muchísimo.
--¿Repetimos?
--No puede ser.
--¿Por qué?
--Tengo que ir a confesar.
--¿No puedes dejarlo para otro día?
--No. Pueden venir a comprobar si es verdad que he salido a confesar.

Se bajó la falda, me abroché el pantalón y, protegidos con nuestros respectivos paraguas, salimos a la calle. Seguía lloviendo, pero con menos intensidad. Cuando llegamos a la iglesia, de las cuatro o cinco viejas que merodeaban en torno al confesionario, no quedaba más que una y, justo en ese preciso momento, se acercaba al confesionario. Ella se instaló en un banco próximo, se prendió con varias horquillas el velo y luego, con el rostro oculto entre ambas manos, empezó a hacer examen de conciencia o algo que se le parecía. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo no tenía pañuelo. Llegué a ella en el preciso momento en que se levantaba para acercarse al confesionario.

--¡El pañuelo!

Me miró pasmada al tiempo que lo sacaba del bolsillo del abrigo y me lo ponía en la mano.

--No quiero pensar la que te habrían armado si lo llega a encontrar tu madre.

Suspiró asustada:

--Me matan.
--¡Oye! De lo nuestro al cabrón ese, ni una palabra.
--Descuida.

Salí de la iglesia pensando en que hasta el viernes siguiente, si todo iba bien, no volvería a visitar el paraíso. También con la zozobra de que un día volviese el general y nuestra felicidad se fuese al carajo. Justo en el momento en que yo salía, por la otra puerta de la cancela, me pareció ver una sombra o pájaro de mal agüero que entraba en la iglesia. Fuera había dejado de llover y una luna creciente y pálida se deslizaba entre dos masas de nubes.

Había sido una chiquita del embarcadero de Hardricourt la que me había traído todos estos recuerdos. La había columbrado en la lejanía y, fue verla y tener que acelerar el paso, no fuese a desaparecer antes de que yo llegara. De lejos se parecía enormemente a ella. Pero no, en modo alguno era ella; una mujer como ella es, por esencia, irrepetible.

Ahora pienso que, si una simple magdalena derramada en una taza de café, le permitió a Proust encontrar un tiempo aparentemente perdido, nada de particular tiene que esta náyade del Sena, de pantalón corto y blusa ceñida, con su sola presencia, me haya traído a la mente este mar de recuerdos. ¡Dichosa ella que ha tenido la suerte de nacer, crecer y vivir en un mundo libre y civilizado, sin trabas ni fanatismos, y es dueña absoluta de su vida y su cuerpo!

jueves, 4 de febrero de 2016

¿Quién le ha dicho a Carmena que Calvo Sotelo era franquista?


Una de las primeras medidas del Ayuntamiento Madrid ha sido la de cambiar el nombre franquista de treinta calles de la capital. No soy un erudito de la historia, simplemente he leído algunos libros que por aficción a nuestro pasado han caido en mis manos. He de añadir que antes de avivar el enfrentamiento de las dos españas estoy por eso tan ñoño de la reconciliación. Admito que se pueden realizar algunos cambios en aquellos personajes que por sus hechos se significaron de una forma especialmente violenta y sólo justificable desde la optica del odio y la guerra. Ahora, en febrero de 2016, lo que me ha sorprendido es ver que en el moderno y progresista Ayuntamiento de Madrid, consideran a José Calvo Sotelo un franquista.
Calvo Sotelo es claramente un político de derechas, pero lo era antes que franco fuese conocido y le asesinaron días antes de que Franco cruzara el estrecho, cuando éste era un militar preocupado por su carrera que nadaba entre dos aguas, tanto que, en esos días, concretamente el 23 de junio, unos veinte días antes del asesinato, escribe al Presidente del Gobierno con calculada ambigüedad, ofreciendose para calmar «el grave estado de inquietud» del ejército, que crecía día a día debido a malentendidos y desencuentros con el gobierno.
Calvo Sotelo murió asesinado el 13 de julio de 1936, antes del alzamiento, por lo tanto no pudo ser Franquista.

 Así relata el historiador Juan Eslava Galán, en “Una historia de España que no va a gustar a nadie”, lo sucedido alquel fatíco mes de junio del 36:

“En la calle de Augusto Figueroa, el teniente de la Guardia de Asalto José Castillo se despide de su mujer, Consuelo Morales, y sale de su domicilio para dirigirse al cuartel de Pontejos, junto a la Puerta del Sol, donde instruye a las jóvenes milicias socialistas. Cuando Castillo alcanza la esquina de la calle de Fuencarral alguien dice a su espalda: «¡Ese es...!» El pistolero falangista Alfonso Gómez Cobián dispara sobre el teniente su pistola ametralladora. Herido de muerte, Castillo se agarra al transeúnte Fernando Cruz y lo arrastra en su caída. Mientras Cruz busca a tientas las gafas que ha perdido escucha murmurar a Castillo: «¡Mi mujer! ¡Llevadme con mi mujer!» En un taxi trasladan a Castillo al equipo quirúrgico de la calle de la Ternera, donde certifican su muerte. Una de las balas se le ha alojado en el corazón.
La capilla ardiente del teniente se instala en la Dirección General de Seguridad. Al pie de féretro, la joven viuda llora desconsoladamente. No hacía ni dos meses que se habían casado.A escasos metros, en el cuarto de banderas del cuartel de Pontejos, algunos compañeros y correligionarios del finado se conjuran para asesinar a algún significado derechista esa misma noche. A las órdenes de Fernando Condes, capitán de la Guardia que viste de paisano, sacan del garaje la camioneta número 17. El guardia Orencio Bayo la conduce a través de las calles animadas de paseantes. La víctima designada es el líder monárquico Goicoechea, pero no lo encuentran en su casa. Entonces se dirigen al domicilio del líder derechista Gil-Robles. También está ausente.
Cuando transitan por la calle de Velázquez, uno de los guardias recuerda que allí cerca vive Calvo Sotelo. Aparcan la camioneta junto a la acera, en el número 89. En el portal, una pareja de policías monta guardia. En, el cuarto piso viven Calvo Sotelo, su mujer, Enriqueta Grondona, sus hijos, dos chicos y dos chicas de edades comprendidas entre los nueve y los catorce años, la institutriz francesa Renée Pelus, la cocinera, la doncella y un mandadero. Después de escuchar la retransmisión radiofónica de La Bohéme, Calvo Sotelo y su esposa se han retirado a su alcoba. El capitán Condes se identifica ante los guardias del portal.
—Sin novedad en el servicio, mi capitán —saluda el guardia más viejo. Condes y sus acompañantes, los guardias José del Rey, Victoriano Cuenca y otros dos de uniforme, suben al piso del político. Condes pulsa el timbre. La doncella abre la puerta.
—¿El diputado Calvo Sotelo?
—El señor está durmiendo.
—Pues despiértele. Venimos a hacer un registro de parte de la Dirección
General de Seguridad.
Las criadas lo despiertan. Calvo Sotelo se pone un batín negro sobre el pijama y sale al recibidor. El capitán Condes le muestra el carnet que lo acredita como capitán de la Guardia Civil.
—¿Un registro a estas horas? —se extraña el político—. En fin, permítanme que prevenga a mi mujer para que no se alarme. Calvo Sotelo se asoma al balcón del comedor y pregunta a los guardias de la calle si realmente es la policía la que está a su puerta. Los guardias se lo confirman. Ve, además, la camioneta de la Guardia de Asalto. Los guardias registran someramente el piso.
—Tiene que acompañarnos a la Dirección General de Seguridad —le advierte Condes.
—Eso ya no —se resiste Calvo Sotelo—. Ningún ciudadano puede ser detenido sin una orden de la autoridad competente; pero yo, además, gozo de inmunidad parlamentaria como diputado. Para detenerme es necesario que un juez pida un suplicatorio a las Cortes y que éstas lo concedan. Calvo Sotelo intenta utilizar el teléfono, pero un guardia arranca el cable de un tirón. Se terminaron las contemplaciones. Calvo Sotelo comprende. Se deja conducir al dormitorio y se pone ropa de calle. A todo trance quiere alejar a aquella gente de su familia.
Escoltado por los guardias, el diputado sale a la calle. Antes de subir a la camioneta dice adiós con la mano a su esposa, que presencia la escena desde un balcón. Después se sienta donde le indican, en el tercer banco del vehículo, entre dos guardias. Condes se acomoda junto al conductor y le ordena:
—¡A la Dirección General de Seguridad!
En el cruce de la calle de Ayala, el pistolero Victoriano Cuenca, que se ha situado detrás de Calvo Sotelo, empuña su pistola Astra del 9 largo y le descerraja un tiro en la nuca. Cae Calvo Sotelo hacia la derecha. El pistolero se inclina sobre él y le dispara una segunda bala.
—¿Eso ha sido un tiro? —inquiere el conductor.
Los otros guardan silencio.
—Ahora, al cementerio del Este —ordena Condes.
En el camposanto, los asesinos entregan el cadáver a dos vigilantes del cementerio.
—Lo hemos encontrado en la calle.
Mientras tanto, la familia del secuestrado está telefoneando a amigos y correligionarios para denunciar la detención del líder. En la Dirección General de Seguridad niegan haber enviado a un piquete de guardias para detenerlo. Pasan todavía unas horas antes de que se esclarezca lo ocurrido. Finalmente se divulga la noticia: han asesinado a Calvo Sotelo.
—Este atentado significa la guerra —comenta desolado Martínez Barrio.”

Paul Preston, en su libro “El holocausto español” comenta lo siguiente referido a este episodio:

“Tras el asesinato de Faraudo, la petición de las represalias se había acallado, pero cuando mataron a Castillo, varios guardias de asalto del cuartel de Pontejos, ubicado justo detrás de la Dirección General de Seguridad, se mostraron decididos a vengar a su compañero. Los acompañó quien fuera amigo íntimo tanto de Faraudo como de Castillo, el capitán Francisco Condés García, uno de los pocos socialistas que había en el cuerpo de la Guardia Civil. Calvo Sotelo fue detenido en su domicilio. A pesar de que la intención de Condés era llevar al líder monárquico a la Dirección General de Seguridad, poco después de que subiera a la camioneta, uno de los guardias de asalto le disparó. Llevaron su cuerpo al cementerio municipal, donde no sería descubierto hasta la mañana siguiente. La muerte causó gran consternación entre los dirigentes republicanos y socialistas, y las autoridades emprendieron inmediatamente una investigación a fondo. Para la derecha, sin embargo, fue la oportunidad de poner en marcha los preparativos para el tanto tiempo acariciado golpe de Estado.”

lunes, 1 de febrero de 2016

Exorcistas por Francisco Gil Craviotto



José Antonio Fortea, sacerdote exorcista, anunciaba el pasado día 16 de enero, en una interesante entrevista del periódico El País, que su profesión tiene los días contados. Lo decía, según precisa el periódico, con un gesto apesadumbrado.

Una profesión más que desaparece. No es la única que echa el cierre por falta de clientela. ¿Quién se acuerda ahora de la profesión de verdugo, zahorí, cañista, mecanógrafa, talabartero o reparador de paraguas? Pregunte usted a cualquier joven qué es un zahorí o un talabartero y verá cómo la respuesta siempre es la misma: no tengo la menor idea. La vida moderna ha colocado fuera de lugar estas profesiones y otras muchas.

Todo hace pensar que psiquiatras, psicólogos y otras profesiones vecinas van a tomar el relevo de los exorcistas, pero sin darle al tema el carácter sobrenatural que, desde la Edad Media, la Iglesia había sabido imprimirle. Y ahí es precisamente donde está el quid de la cuestión: lo que para la ciencia sólo son trastornos del sistema psíquico y nervioso de una persona, -esquizofrenia, epilepsias, etc.-, para la Iglesia puede ser una posesión diabólica. En este caso no vale ninguno de los remedios de la ciencia y la única solución para tal padecimiento es llamar cuanto antes al exorcista. Pero ahora, con el laicismo imperante de nuestra época, la gente prefiere ponerse en manos del psiquiatra y, los pocos que se deciden por el exorcista, si después de varias sesiones, el diablo se hace el remolón y no hay manera de echarlo fuera, la familia de la víctima incluso puede denunciar al exorcista por los daños producidos para nada en la psiquis del poseso. Y es que con los diablos ocurre igual que con los okupas: unos se van a la primera insinuación y otros se hacen los fuertes y ni con diez parejas de guardias civiles hay manera de echarlos fuera. Ya ocurrió en marzo del 2014 -ahora hace casi un año-, cuando un diablejo insolente se hizo el fuerte en el cuerpo de una niña de Valladolid y la familia denunció después al cura, don Jesús Hernández Sahagún, porque, después de más de diez sesiones de exorcismos, la niña estaba cada día peor y habían tenido que llevarla al psiquiatra. Suerte que jueces y fiscales, siempre comprensivos ante este tipo de asuntos, dieron carpetazo a la denuncia. Ahora se halla en el cajón de los premeditados olvidos. Son precisamente estas reticencias del público lo que, según el cura Fortea, va a dar al traste con la profesión. Pase usted toda la vida echando diablos fuera para que al final, porque uno se hizo el bravo, le pongan una denuncia.

Uno de los puntos que más me ha llamado la atención en esta entrevista es la respuesta que el cura Fortea da a la pregunta de cómo podemos estar seguros de que una persona tiene un diablo dentro del cuerpo. Son los indicios siguientes: hablar una lengua desconocida o entenderla si es otro el que la habla, echar espuma por la boca y tener unas fuerzas superiores a lo normal. Lo de la lengua me ha alarmado bastante, porque a veces, sin darme cuenta, se me escapa un latinajo o un galicismo. Hasta ahora no sabía que fuese tan peligroso. En lo sucesivo, en lugar de “curriculum vitae”, diré “datos biográficos” y, cuando vaya a un recital de poesía y alguien me pregunte qué me ha parecido, en lugar de salir con el “dejà vu”, simplemente diré, “los tópicos de siempre”. No me gustaría que cualquier día llamen a la puerta y me encuentre con un exorcista que viene a hacer su trabajo en mi persona. También, en cuanto lo vea, le voy a dar un aviso a mi amigo Manuel Arredondo, que es muy dado a las citas latinas, siempre en un latín impecable, no sea que el día menos pensado se encuentre con el exorcista en su puerta.

Hay sin embargo algo en esta entrevista de El País que me ha llamado extraordinariamente la atención, no por lo que dice, sino por lo que calla. Me refiero a la entrada del diablo en el cuerpo de la víctima. ¿Cómo y cuándo lo hace? Ni una palabra sobre el tema. Esto nos lleva a un enorme problema: es imposible tomar las debidas precauciones. Hace unos años leí en un periódico, no recuerdo cuál, que en Estados Unidos había surgido una medicina milagro que terminaba rápidamente con la obesidad. Pero, ay, todos los que la tomaron se encontraron después con la sorpresa de que tenían dentro una solitaria. La tenia era el milagro que les había hecho adelgazar. Algo así se me ocurre pensar que debe ser el sistema parasitario del diablo. Usted se come, por ejemplo, una parrillada de gambas y en una de ellas va el huevo de una diabla, pues imagino que los diablos, al igual que los gallos, no pueden poner huevos. En el estómago eclosiona el huevo y poco a poco el diablo se va haciendo adulto. Es algo parecido a una tenía, pero de efectos mucho más perversos y persistentes. Usted empieza a hablar varias lenguas de las que antes no tenía ni la menor idea y sus fuerzas muy pronto se hacen descomunales. Está claro que es un poseso. Sólo cabe una solución: llamar al exorcista. El problema se agudiza si usted es agnóstico, librepensador o ateo y no cree en ángeles ni diablos. En ese caso no le queda más que apencar con su suerte y pedirle a su diablejo que no se exceda pues, aunque usted no crea que existe, él va a seguir incordiándole. ¡Ah! No olvide darle las gracias por haberle enseñado una lengua extranjera. Cuanto más rara, mayor debe ser el agradecimiento. En cierta medida, al precio que hoy están las academias de idiomas, tener dentro un diablejo experto en lenguas, no deja de ser una bicoca.


Artículo publicado en "El Faro de Ceuta" ayer domingo

domingo, 24 de enero de 2016

Michel Tournier de Gil Craviotto

Michel Tournier, sin la menor duda uno de los escritores más importantes de Francia en la segunda mitad del siglo XX, se marchó de este mundo el pasado día 18 de enero. El deceso tuvo lugar en Choisel, valle de la Chevreuse, departamento de los Yvelines, en donde el escritor, huyendo del mundanal ruido, había decidido pasar la última etapa de su vida. Tenía 91 años y, galardonado en 1970 con el Goncourt y propuesto varias veces para el premio Nobel, sin obtenerlo jamás, deja una obra de extraordinaria calidad literaria, aunque muy poco extensa –sólo nueve novelas-, y no demasiado conocida en España. 

Michel Tournier vino al mundo en París el día 19 de diciembre de 1924, en el seno de una familia bien acomodada y muy vinculada a la cultura germana, lo que le permitió realizar frecuentes  viajes a Alemania y conocer desde dentro la ascensión y evolución del nazismo. Su estancia en Alemania en los años que siguieron a la segunda Guerra Mundial, exactamente de 1945 a 1949, estudiando filosofía en la universidad de Tübingen, (ciudad universitaria a 40 kilómetros de Stugart), completaron su formación germanófila, a la que ya había precedido su formación francesa en la Sorbona. Clave en su etapa de formación fue su amistad con Gilles Deleuze, filósofo cuyo pensamiento habría de influir años después en toda la obra de Tournier. Cuando, después de sus estudios filosóficos en Tübingen volvió a Francia, se dedicó a la radio y televisión y a la traducción de autores alemanes al francés para la editorial Plon. Entre otros, tradujo la mayor parte de las obras de Erich María Remarque. Otra de sus pasiones fue la fotografía. 

Fue en 1967 cuando Michel Tournier saltó a la fama con su primera novela, Vendredi ou les limbes du Pacifique, (“Viernes o los limbos del Pacífico”) publicada por Gallimard y basada en el mito del Robinson, cuyo éxito fue inmediato -Gran premio du la novela de la Academia francesa- y le abrió las puertas del mundo literario. Poco después hizo una versión juvenil de la misma obra, Vendredi ou la vie sauvage. (“Viernes o la vida salvaje”), que obtuvo un extraordinario éxito de ventas.

Pero su consagración definitiva como escritor le llegó tres años después con su obra maestra Le Roi des aulnes (“El rey de los alisos”), que le valió el premio Goncourt de 1970, por unanimidad del jurado, y la entrada en la Academia Goncourt. El título lo tomó de un poema de Goethe y la obra cuenta la historia de Abel Tiffauges, un francés preso en Alemania en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial. En toda la obra, cuya acción transcurre en la parte más oriental de Alemania, Michel Tournier nos muestra sus extraordinarios conocimientos de la cultura alemana, sus mitos, costumbres, geografía, folclore, etc., todo expresado en un francés impecable. La crítica de la época calificó el libro de “escritura en la que se conjugan realismo y magia”. En Les Météores, (« Los Meteoros »), su tercera novela, vuelve al tema de los mitos, en este caso el de Castor y Polux, a través de dos hermanos gemelos, y en Gaspard, Melchior et Balthazar (1980), al mito de los Reyes Magos añade un toque de misticismo.

Hacia finales del siglo XX la estrella de Michel Tournier comienza a eclipsarse. Sus últimos libros ya no tienen ni la fuerza y el interés de las primeras publicaciones. Recluido en su rincón de los Yvelines y alejado del mundillo literario de París, poco a poco, va dejando de estar en candelero en la vida cultural francesa. Las entrevistas que de vez en cuando concede a algún periódico o revista literaria, con algunas declaraciones y opiniones dignas de los sectores más reaccionarios, lejos de hacerle regresar a la actualidad perdida, sólo crean polémica. De todas ellas ninguna tan criticada como la que en 1989 vertió en el semanario americano Newsweek. Traduzco:

Los abortistas son los hijos y nietos de los monstruos de Auschwitz. Yo desearía restablecer la pena de muerte para esa gente.

 Ni siquiera excluye los tres casos que incluso los más decididos enemigos del aborto suelen aceptar: violación, feto con deformaciones, peligro de la vida de la madre. Cuando aún no se habían apagado las protestas de las feministas sobre estas declaraciones, llegaron otras sobre el Holocausto que provocaron las iras de toda la comunidad judía. Fueron estas afirmaciones y otras parecidas las que, además de vincularlo a los sectores más carcas y conservadores de la vida francesa, acabaron por arrinconarlo hasta casi convertirlo en un muerto-vivo. Tras su fallecimiento deja una obra muy valiosa, aunque no muy extensa, y una popularidad que en los últimos años ha ido decreciendo. Seguro que, con el paso del tiempo, los críticos olvidarán sus desastrosas salidas de tono y sólo prevalecerá la calidad de su obra literaria.


Este artículo se publicará en "El Faro de Ceuta" el domingo 24 de enero de 2016

martes, 29 de diciembre de 2015

El embrujo de Shanghai

“Ahora esta ciudad y los días que nacen en ella tienen una luz transitoria y un aire encalmado: dirías que el huracán de la vida pasa lejos de aquí, lejos de tu cama, y que te ha olvidado. Pero no es verdad. Porque inevitablemente y quieras que no, y con más saña y de forma más duradera que la enfermedad que ahora te aqueja, el mundo te contagiará su fiebre y su quimera y tendrás que aprender a vivir con ellas”.
Juan Marsé. El embrujo de Shanghai.

Encuentro un libro olvidado, no sé por qué, durante mucho tiempo en mi biblioteca. Un libro que tenía muchas ganas de leer, al que se le han adelantado otros por una colocación descuidada; un libro con película que no quise ver hasta después de haber leído el libro. “El embrujo de Shanghai”, de Juan Marsé.
Y ahora está en mis manos y yo decidido. Veo, también olvidada, la silla de playa entre los rosales, que no entienden de fechas, repletos de yemas. Es Navidad, y tengo ganas de olvidarme un poco de lo que sucede, y tengo tiempo de leer todas las mañanas bajo la parra recién podada y este suave sol de diciembre que se cree de octubre.

Abro el libro por fin, y me encuentro, nada más levantar la tapa, con su frase introductoria, una cita de Luis García Montero:

“La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. Yo siento con frecuencia la nostalgia del futuro, quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta cuando todo merodeaba por delante y el futuro aún estaba en su sitio.”

 Entonces presiento que el libro será una maravilla. Y me acerco a los rosales con mi gorra parisina, atraído por Marsé y comienzo a leer embrujado ya por Shanghai, embrujado por el futuro que pudo ser. Aquel futuro que, entonces, estaba donde debía estar.

Olor de Santidad


Hace unos días se presentó en Granada un libro colectivo titulado “Dolor tan fiero”, integrado por 27 relatos en homenaje a Teresa de Ávila, cuyo centenario –el sexto de su nacimiento, si no he contado mal-, se celebra en el presente año. El prólogo y la recopilación de los relatos son obra de la escritora Ana Morilla Palacios y la edición, muy cuidada, la ha realizado Port-Royal. El libro se aproxima a las doscientas páginas y el título, como ya habrá adivinado el lector, hace alusión al famoso poema de la santa que en la parte final dice así:

Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero
que muero porque no muero.


Uno de esos veinte y siete relatos, ya aludidos, es mi cuento titulado “Teresica”, que ocupa ocho páginas del libro; exactamente de la 81 a la 88. En él cuento la vida y andanzas de una tal Teresica, eximia beata de Alcor de los Caballeros, mi pueblo, que, en la época en que yo era niño, ella ya había pasado el medio siglo. Es, comentando el final de la protagonista, cuando digo textualmente que “murió en olor de santidad”. Alguien, muy ducho en temas de santos y olores, me
ha reprochado la expresión, añadiendo, de pasada, que debería haber escrito en loor de santidad. Sin el menor deseo de entrar en polémica, pero también sin rehuirla, si hubiera necesidad, me va a permitir el lector que aporte las razones por las que he preferido el sustantivo olor a loor y por qué insisto en mi elección.

La razón principal es histórica. Fue en los inicios de la Edad Media cuando la Iglesia comenzó a predicar el odio al agua y al jabón. El gran filósofo Bertrand Russell, (premio Nobel de Literatura de 1950), en su libro “Por qué no soy cristiano”, nos habla de la leyenda, muy extendida en aquella época, de un santo, cenobita del desierto, que malvivía en una cueva a cuya vera manaba una fuente. Él sólo utilizaba el agua para beber, pero un día, agobiado por el calor de las arenas caldeadas por el sol, se atrevió a lavarse y refrescar un poco sus abrasadas carnes. Al momento la fuente dejó de manar. Sólo después de un sincero arrepentimiento y grandes oraciones y sacrificios logró que la fuente volviera a manar. Esto, según la leyenda, le hizo comprender que había utilizado el agua para un fin que no era el que Dios había previsto cuando la creó. Desde entonces jamás se le ocurrió utilizar el agua para otra cosa que no fuese beber. La leyenda, como muy bien explica a continuación el filósofo, no puede ser más expresiva de la posición de la Iglesia respecto al agua. El  mismo escritor, en otro libro, su monumental “Historia de la Filosofía”, página 424, nos dice lo siguiente sobre el mismo tema:

La limpieza les daba horror. Los piojos fueron llamados “perlas de Dios” y eran signo de santidad. Los santos y las santas se jactaban de no haber usado nunca el agua, excepto cuando tenían que cruzar el río.

Todo esto –sigo parafraseando a Bertrand Russell-, explica que santos y santas, tanto en vida como a la hora de su fallecimiento, siempre estuviesen acompañados del inconfundible halo de “perfume” que es fácil adivinar y que, con el tiempo, empezaron a llamar “olor de santidad”. Como ocurría que, cuanto más santos eran, más perfume exhalaban, muy pronto cundió la expresión “vivió y murió en olor de santidad”. Parece evidente que, lo mismo que ahora, cuando oímos decir “olor a nardos” u “olor a jazmines”, todo el mundo comprende al instante en qué consiste dicho perfume, entonces el olor de santidad también tenía su estímulo de comprensión de olor enemistado con el agua y el jabón. Fue precisamente ese ancestral odio al agua el que hizo que, poco después de la conquista de Granada, Isabel la Católica diera orden de cerrar todos los baños públicos de la ciudad. Eran una incitación a la molicie y el pecado. Cuando en el siglo XVIII, debido sobre todo a la influencia francesa, vino de nuevo el gusto por el agua y el jabón, la Iglesia, aunque recibiera tal uso con muchas reticencias, cambió la expresión “olor de santidad” por “loor de santidad”. Es evidente que toda loa supone un elogio, una subida al pedestal de los honores y la gloria. La Iglesia tiene todo su derecho en encumbrar a sus santos, beatos y potestades, pero el escritor, por muy secundario y marginal que sea, también tiene derecho a emplear la expresión que considere más adecuada para verter al papel lo que su mente desea expresar. Es simplemente eso lo que he hecho al inclinarme por olor en lugar de loor. Ocurre además que mi expresión coincide con un pasado medieval de mugre y santos piojos que ahora, en nuestro siglo de playas repletas y con el hábito de al menos una ducha al día, más de uno se avergüenza en recodar.

Artículo publicado en el "Faro de Ceuta" el día 27 diciembre de 2015