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viernes, 15 de junio de 2018

LA LEYENDA ALPUJARREÑA DE LA CRUZ DE LA ESMERALDA

GERMÁN ACOSTA ESTÉVEZ

Acabo de llegar del pueblo en la Alsina y me he bajado en el apeadero del Zaidín, allí donde, en sus años álgidos de terror, ETA sembró de metralla el despertar de Granada. He puesto rumbo caprichosamente al Alcázar del Genil, para después detenerme ante la singularidad de ese antiguo morabito que hoy se encuentra rebautizado y se conoce con el nombre de ermita de San Sebastián: aún parece como si allí resonara, entre el ruido de las aguas del Genil,  el trasiego y ceremoniosidad de la entrega de las llaves de la ciudad por parte del “Zagoibi” a sus Católicas Majestades; más adelante,  se dibujan en mi mente las feraces huertas de Gomminabataubín en las que la paz se ve alterada al instante por el arrastre sin piedad de ese cadáver desmembrado, cuya cabeza pende de la puerta del Rastro clavada en una pica. El último reyezuelo de Al-Andalus ha caído, víctima de su propia medicina.
Y me ha venido de repente a la memoria el nombre de Juan de Ariza, ese motrileño que de la mano de su paisano, el ínclito Javier de Burgos, paseara las calles de la capital del reino y desparramara por sus mentideros literarios todo su talento y tocando todos los palos: periodista, dramaturgo, poeta, novelista, relator de cuentos… Precisamente, esta última faceta de él es lo que más me ha llamado siempre la atención: en esa red social del Romanticismo español que fue el Semanario Pintoresco Español, Ariza tuvo el atrevimiento de publicar entre 1848 y 1850, la primera colección de cuentos españoles bajo el título de Cuentos de vieja, y que contiene cuatro relatos: "Perico sin miedo", "El caballo de siete colores", "La princesa del bien podrá ser" y "El caballito discreto". Ariza los contará a su manera, dándoles forma literaria.
Pero hoy, con los fastos y preparativos del 450 aniversario de la Guerra de Las Alpujarras, me apetece más mostrar el relato de este autor conocido como La Cruz de la Esmeralda: cuento fantástico y legendario, de tradición popular, publicado también en el Semanario Pintoresco Español el 27 de mayo de 1849. Compuesto por dos capítulos y centrado en los años 1569 y 1570 durante la sublevación de los moriscos en La Alpujarra, y cuyos aspectos clave se encuadran dentro del ideal romántico de la época: el exotismo de lo morisco, la honra, el duelo, la muerte como fin irremediable, la aparición sobrenatural como origen de la leyenda…

1569

“No es necesario poseer grandes conocimientos históricos para recordar que el 2 de enero de 1492 se rindió la ciudad de Granada, último emporio y baluarte del poder árabe en España, a los gloriosos reyes Católicos doña Isabel y don Fernando; y que los moros, reducidos a la dominación cristiana, tascaron el freno impacientes y aprovecharon cuantas ocasiones se les presentaron sus pesadas cadenas de sacudir y promover graves disturbios. Las tentativas de insurrección de los árabes y moriscos cedieron siempre en grave daño de sus mismos promovedores, que perdieron en cada una de ellas buen número de las garantías estipuladas al entregarse la ciudad, y acabaron por quedar reducidos a la más humilde condición. Trece años después de la conquista murió la reina de Castilla doña Isabel; nueve años después que la reina, murió el rey de Aragón, don Fernando; y como desde muchos años antes estaba turbada la razón de la legítima heredera de ambos reinos, denominada Juana la Loca, empuñó las riendas del gobierno su hijo primogénito, don Carlos I de España y V de Alemania. Durante los treinta y ocho años del reinado del hijo de Felipe el Hermoso, hicieron varias tentativas los moriscos de Andalucía para reconstituir su perdido Reino de Granada, tentativas que se estrellaron en la fortuna y el poder del armipotente emperador. Retirado a Yuste este monarca, empuñó el cetro su hijo único Felipe II, príncipe cauto y poco belicoso, que en vez de buscar los laureles como su ilustre predecesor, confió a los capitanes de su padre el cuidado de hacer respetar en ambos mundos las armas españolas, y se consagró especialmente a robustecer el poder real, aliándolo con el religioso, para que la unidad política y de las creencias se ayudasen: contribuyendo la primera a cerrar las puertas de España a la reforma que tan crudamente combatía a la segunda, y la segunda a extinguir los últimos restos del feudalismo de los municipios y los grandes, sombra que aterraba a la primera. Los moriscos de Andalucía debieron sentir los efectos de esta política alianza, como súbditos poco sumisos y como sectarios del Corán; y después de haber promovido, durante los trece primeros años del reinado de don Felipe, más o menos serios disturbios, acabaron por presentarse en declarada rebelión. Ni astucia ni arrojo escasearon para hacerse dueños de Granada; y no habiéndolo conseguido, merced a la gran vigilancia de las autoridades reales, se retiraron al país montañoso, llevando el fuego de la guerra a las Alpujarras, Almijara, Rio de Almanzora, Sierra Nevada y los fértiles y profundos valles escondidos entre estas fragosas montañas. A extinguir el repentino incendio acudieron de toda la península las banderas de las ciudades y algunos tercios aguerridos; pero a pesar de los esfuerzos de los marqueses de Mondéjar, los Vélez y otros ilustres capitanes, la desesperación y el terreno multiplicaban de tal modo las fuerzas de los moriscos de Granada, que, con próspera o adversa fortuna, pero siempre caprichosa e incierta, iban prolongando la guerra, mucho más que convenía a los planes y gran poder del monarca, a quien hostilizaban. Cansado Felipe II de tan prolongada contienda, y queriendo ponerla término a la posible brevedad, mandó reunir un poderoso ejército, y tomando una extraña determinación, poco conforme a su carácter y política, lo puso bajo las órdenes de su hermano don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V. Esta elección debió parecer a todas luces incomprensible y desacertada: lo segundo porque el joven príncipe había pasado sus primeros años dedicado a serios estudios; pues Luis Quijada, por orden del emperador, lo destinaba al sacerdocio: y viniendo después a la corte, a pesar de su gran corazón y ánimo marcial, no había presenciado, ni mucho menos tomado parte en ningún reencuentro ni batalla; y lo primero porque habiendo meditado y vacilado mucho Felipe II antes de decidirse a declarar a don Juan de Austria su real origen, como temiendo que el águila imperial quisiera remontarse alto, le proporcionara una ocasión de unir a lo ilustre del nacimiento el esplendor de la victoria. No es fácil hoy adivinar las causas, y debieron existir muy graves, que hicieron obrar al monarca del modo que hemos referido, y dejando la cuestión histórica entremos en la tradición popular.
Entre los varios capitanes que servían bajo las inmediatas órdenes de los marqueses de los Vélez y de Mondéjar, se distinguía particularmente el hidalgo Diego Velázquez, brioso capitán de caballos, que había medido su tizona con las moriscas cimitarras de los más valientes guerrilleros, y a quien los moriscos miraban con un invencible terror ; contaba el capitán Velázquez a la sazón treinta y seis años, y, soldado desde la infancia, se había hallado en el sitio de Metz, última y desgraciada expedición guerrera del emperador Carlos V, y en la batalla de San Quintín , primero y glorioso hecho de armas del hijo del emperador. Su estatura casi gigantesca; su tez morena y a más tostada por el sol de los campamentos; sus facciones duras y singularmente varoniles; su voz bronca y sus imperiosos ademanes, estaban en perfecta armonía con su gran ánimo marcial: y los moriscos, como los cristianos, le concedían las altas prendas de guerrero.

A las cuatro y media de la tarde del 24 de diciembre de 1569 se encontraba Diego Velázquez a corta distancia de Órgiva, acompañado de cien guerreros que lo secundaban de ordinario en sus peligrosas correrías. Ocupaban una alquería que les servía de alojamiento, guareciéndolos de la ventisca y menuda nieve que iba tendiendo su blanco manto sobre las praderas y colinas. Los compañeros de Velázquez reposaban cómodamente sobre la paja, se calentaban al hogar, jugaban a los dados y bebían; pero el capitán, preocupado con alguna idea muy importante, se paseaba apresuradamente, asomándose de vez en cuando a la puerta de la alquería, como si esperara impaciente la llegada de alguna persona. Cerraron las sombras de la noche; la impaciencia del capitán crecía por momentos, y no pudiendo entretenerla con asomarse a la puerta, porque le era imposible descubrir ni el más corto trecho de camino continuo sus rápidos paseos, derribando al paso las cántaras de los que bebían y las cajas de los que jugaban; pisando a los que estaban acostados, y empujando a los que se calentaban al hogar. De improviso se abrió la puerta y un morisco, envuelto en un albornoz negro, sembrado de menudos copos de nieve, se adelantó hasta el capitán que, a su vista, había interrumpido el paseo. Velázquez lo cogió de un brazo, y después de haberlo llevado al rincón más apartado de la cuadra, le preguntó en voz apenas perceptible:
— ¿Qué noticias me traes?
— Las mejores, repuso el morisco en el mismo tono misterioso.
— Separaos.
— Una partida de moriscos rebeldes, al mando de Aben Aboo y algunos otros guerrilleros, se encuentra a una legua corta de aquí.
— ¿Cuántos son en número?, preguntó el capitán, radiantes los ojos de alegría.
— Doscientos, repuso el morisco, temiendo que el número desanimara al capitán.
— ¡Voto a Santiago que estás haciendo un buen negocio!
Esta exclamación manifestó al morisco que se había equivocado, creyendo a Velázquez capaz de intimidarse por el número, y repuso, con la satisfacción de un usurero que ve asegurado un buen negocio cuando perdido lo creía:
— Hemos estipulado que me daréis por cada cabeza de morisco diez ducados.
— Así es la verdad: y siendo doscientos los moriscos te corresponderán dos mil ducados, si todos perecen al filo de nuestras espadas, respondió el capitán Velázquez.
— Tomad bien vuestras disposiciones, pues no me gustaría perder, por culpa vuestra, ni un solo ducado.
— Así lo haré. Pero ya que me has recordado una de las condiciones de nuestro contrato, la favorable para ti, no estará demás que yo te recuerde la onerosa. Si me engañas y erramos el golpe, pagarás con la cabeza tu torpeza o mala intención.
— Nada más justo, capitán. De un lado ponéis dos mil ducados, del otro pongo mi cabeza; no puede ser más igual la partida. Pero si queréis que no se malogre no perdamos un solo instante.
— Señores, gritó el capitán dirigiéndose a sus soldados: dejad el vino, tirad esos malditos dados, apartaos del fuego, estirad esos miembros entumecidos, y empuñad las armas.
Los soldados de Diego Velázquez estaban muy acostumbrados a obedecer las órdenes de su intrépido jefe para que hicieran repetírselas. Los jugadores se levantaron, dejando en suspenso las partidas: los bebedores apuraron de un solo trago sus anchas cántaras: los más frioleros se apartaron de la chimenea, como si temieran quemarse: y los que dormían profundamente se despertaron como si sonara la trompeta del juicio final; y a uno solo, que no consiguió disipar los densos vapores del sueño, lo cogió Velázquez por un pie y sacó arrastrando fuera de la puerta de la alquería, sin hacer caso de sus aves.
Puestos en orden los soldados, y después de haberles encargado que marcharan en el más Vigoroso silencio, se colocó Diego Velázquez a la cabeza de su gente, llevando a su izquierda al morisco, garante y guía de aquella arriesgada expedición. Caminaron más de dos horas, despreciando intrépidamente el frío y la humedad de la noche; pasaron por un estrecho y frágil puente el rio Guadalfeo, que arrastraba sus turbias corrientes en ronco y compasado son: dejaron a un lado el Lanjarón, pintoresco lugar, oculto entre sus perfumados bosques de limoneros y naranjos, y avanzaron resueltamente, internándose en las asperezas de la feraz sierra de Lujar. A medida que se internaban, caminaban con más cautela; y tanto importaba a los cristianos no ser oídos, que el ruido sordo y prolongado de sus pasos más parecía el de una serpiente que se arrastra, que el de una hueste que camina.
Acababa de trepar la hueste una agria cuesta, y se preparaba a descender hasta una profunda cañada, cuando el morisco dijo al capitán.
—Manda hacer alto a tus soldados, si quieres conocer por ti mismo la posición de los rebeldes.
Velázquez cumplió inmediatamente la indicación del guía, y adelantándose con él, vio una inmensa hoguera que ardía a la puerta de una gran alquería, situada en la pendiente de la montaña, y oyó distantemente las voces de muchos moriscos, que con la mayor seguridad gritaban, cantaban y reían. Las pupilas de Diego Velázquez se dilataron y brillaron, como las del tigre al ver su presa; dividió su gente en pelotones, marcándoles los distintos caminos que debían seguir para llegar a la alquería; y media hora después, caía, espada en mano, sobre los alegres moriscos, que no esperaban encontrar la muerte por término de su festín.
Aunque sorprendidos y aterrados, Aben-Aboo y sus compañeros procuraron vender sus vidas al más alto precio posible, y se trabó una brava pelea, que tiñó de sangre la alquería y se prolongó largo tiempo. La intrepidez de los moriscos cedió sin embargo al valor de los soldados de Velázquez; Aben-Aboo, con algunos pocos, se retiró en el mejor orden; y los moriscos que no sucumbieron al filo de los aceros toledanos, se desbandaron por las breñas, esperando hallar su salvación entre las sombras de la noche y lo espeso de la maleza. Diego Velázquez y sus soldados habían jurado no dejar un morisco con vida; y tan decididos estaban a cumplir este juramento que, sin temer las emboscadas ni detenerse ante las tinieblas de la noche, se lanzaron tras los fugitivos, acosándolos como perros que siguen el rastro a la caza. En esta lucha de hombre a hombre, cupo en suerte al capitán Velázquez un morisco de alta estatura, vigorosos miembros, cuarenta y cinco años de edad, y que se había batido con el mayor encarnizamiento. El capitán lo persiguió largo trecho, y, cuando esperaba rendirlo, se le perdió entre la espesura, como si se hubiera abierto la tierra para albergarlo en sus entrañas. Un hombre menos temerario que el valeroso capitán hubiera temido una emboscada, y retrocedido hasta los suyos; pero Velázquez se había prometido a sí mismo acabar con aquel rebelde, y era incapaz de no cumplir esta palabra. Prosiguió internándose en la sierra, y de repente descubrió una casita solitaria, perdida en un bosque de encinas; y que debía estar habitada, porque una columna de humo se desprendía del encendido hogar. Pensó Velázquez que aquella casita podía encerrar alguna presa capaz de recompensarle dignamente la pérdida del morisco que perseguía, pero antes que pisara el dintel, cayó sobre su bien templado yelmo una pesada cimitarra. Vaciló un momento el capitán, de sorpresa y dolor a un tiempo; pero reponiéndose al punto cerró con su fiero antagonista a mandobles y cuchilladas; viendo con asombro que su contrario era el mismo con quien había lidiado antes y perdido entre la maleza. Diego Velázquez se regocijaba de haber encontrado su presa, y el morisco combatía cada vez con mayor encarnizamiento, cerrando la entrada de la casita misteriosa. Este encarnizado combate era sumamente desigual, sino por el valor y la fuerza de los antagonistas, por lo desigual de las defensas; pues Diego Velázquez combatía completamente armado, y el morisco solo oponía a los rudos golpes del cristiano su tosco vestido de lana; que empezó a teñir en su sangre, vertiéndola en tanta abundancia, que cayó en tierra bajo el umbral que defendía.
Defensa tan desesperada y sangrienta, hecha por un enemigo que había huido momentos antes, confirmó al capitán la idea de que la casita misteriosa encerraba un rico tesoro; forzó la puerta, sin hacer caso de los rugidos del morisco, que se revolcaba en su sangre, y se encontró en un aposento, alumbrado por una lámpara y adornado con cierta riqueza y buen gusto. Una morisca de diez y seis años no cumplidos, y más hermosa que las huríes que pueblan el perfumado Edén, lanzó un grito al ver al cristiano; y cubriéndose el rostro, corrió a ocultarse horrorizada. Diego Velázquez la siguió, cogió las delicadas manos entre las suyas, que las oprimían como un gran tornillo de acero; la estrechó una vez y otra vez entre sus brazos, y empezó una lucha terrible entre la doncella casta y pura, que quería defender su honor, y el guerrero indómito, que se irritaba más y más con la obstinada resistencia. Moraima era débil, Velázquez fuerte, la victoria no era dudosa. Sucumbió al cabo la doncella, y el capitán la dejó casi desmayada, pasó sobre el cuerpo ensangrentado del morisco, y se fue en busca de los suyos.
Vuelta Moraima de su letargo, comprendió todo el infortunio que acababa de sucederle; pero al mismo tiempo recordó que su padre había combatido en la puerta de la casita, y salió en su busca: lo halló, pero lo encontró moribundo. Olvidando su inmenso dolor, vendó las heridas del morisco, y, a fuerza de amor y cuidado, consiguió volverlo a la vida. Cumplido este deber sagrado, se entregó a pobre morisca al recuerdo de su desgracia; siendo tanta su melancolía, que enfermó gravemente. Su padre quiso consolarla, pagarle los afanes que acababa de pasar por él; pero sí Moraima consiguió curar al morisco las heridas del cuerpo, el morisco no pudo curar a su hija las heridas del alma, y Moraima murió de vergüenza.

II.

1570.

La espada, el nombre o la fortuna del bastardo de Carlos V, D. Juan de Austria, héroe un año después de Lepanto, había terminado felizmente las penosas y largas campañas a que dio lugar la rebelión de los moriscos; y solamente en lo más apartado y áspero de las Alpujarras destellaba de vez en cuando alguna centella de la vencida rebelión. El prudente Felipe II tenía demasiado talento y experiencia para no comprender que una chispa mal apagada puede reproducir el incendio; y, lejos de dar poca importancia a los subyugados rebeldes, los tuvo en memoria; mandando a sus capitanes generales de Andalucía, especialmente al de Granada, que no los perdiera de vista, y que estableciera presidios, muy particularmente en las fortalezas enclavadas en las montañas que se extienden desde el fértil valle de Lecrín hasta muy cerca de Almería. Estaban muy acostumbrados los capitanes de don Felipe a obedecer sus mandamientos para que dejaran de cumplir uno tan expreso como importante: y, además de proveer los fuertes de soldados, artillería y municiones de boca y guerra, nombraron para gobernar los presidios, jefes conocedores del terreno, curtidos en la guerra, experimentados en duros trances, y que gozaran gran prestigio cutre los soldados por su intrepidez personal. El gobierno de la extensa y áspera comarca de Órgiva y la custodia de su fortaleza eran cargos que requerían tanta actividad como valor, y el capitán general de Granada puso los ojos en el capitán de caballos Diego Velázquez, a quien había tenido mucho tiempo bajo sus órdenes durante la pasada guerra, y cuyo carácter entero conocía en toda su verdad. Recibió el capitán Velázquez con júbilo y reconocimiento el difícil cargo confiado a su vigilancia y valentía; y recordando con deleite las varias hazañas que había acabado, y el terror que supo infundir a los rebeldes, juró mantener en paz la comarca y sentar la mano tan de recio a los moriscos mal avenidos con el reposo, que, según su expresión, « no volvería a nacer vello en la piel sobre la cual sentara una vez su guantelete.» Diego Velázquez era hombre que cumplía fielmente su palabra, y si vivieran los moriscos que estuvieron bajo su dominio, atestiguarían que la cumplió el cristiano alcaide de Órgiva. Instigado por su rencor hacia la secta mahometana, y por temperamento infatigable, corría en todas direcciones su comarca; y lo mismo de día que de noche, con huracán, granizo o lluvia, se presentaba en los extremos más distantes con tan prodigiosa rapidez, que el vulgo comenzó a creer, que por buenas o malas artes se multiplicaba a su antojo.
Tres meses habían transcurrido desde que llegó Diego Velázquez a la fortaleza de Órgiva, sin que el menor amago de rebelión viniera a turbar la comarca; pero el celoso capitán no se descuidaba por ello, antes creía ver en la calma un presagio de tempestad. Llegó el 24 de diciembre, día cuya noche consagran los cristianos a celebrar el nacimiento del hombre Dios, y creyendo Diego Velázquez que los moriscos podrían aprovecharse del general descuido y júbilo para dar un golpe de mano, en vez de entregarse a los placeres , montó a caballo, y sin escudero ni escolta dejó al anochecer la villa. Ni lo empinado de las cuestas, ni lo fragoso del terreno, retardaban la veloz marcha del fogoso tordo cordobés, que montaba el activo alcaide; y desde las cumbres de los montes, descubría Diego un panorama tan imponente y pintoresco, que cautivaba su atención. Se alzaba a su espalda como un gigante de alabastro, la aromosa Sierra Nevada, envuelta en su manto de nieve, y decorada, como una gran catedral gótica, por sus dos esbeltas atalayas que la sirven de torres, los picos de Veleta y Muley Hacen. Mucho más humilde, y manchada apenas dé nieve, se extendía a la diestra del capitán cristiano Sierra de Lújar, y a su falda se descubrían las blancas casas del Lanjarón, casi perdidas entre sus jardines de limoneros y naranjos. Entre estos jardines y la huerta de Órgiva, corría el cenagoso Guadalfeo; sucio y turbulento como una serpiente mal herida, que arrastra sus negras escamas sobre rocas, causando un desapacible rumor. A su frente descubría Velázquez los lugares de Capileira, Pitres, Pampaneira, Trevélez y otros, pequeños fantasmas envueltos en la neblina de la noche. La luna, próxima a su ocaso, iluminaba este cuadro majestuoso; y sus claras olas de luz ya se quebraban en los ángulos de las montañas, ya reflejaban sobre la nieve de las sierras, ya rielaban en las llanuras y los ríos, y ya se perdían en las profundísimas cañadas. El ambiente era tan apacible como el de una noche de primavera, y no dejaba sospechar siquiera la adusta presencia del invierno. Sin embargo , un ojo avizor y experimentado, como el de pastor o marinero, hubiera predicho la lluvia , al descubrir en occidente un grupo de nubes cenicientas, que se elevaba pausadamente, para robar los últimos rayos a la luna, muy próxima a tocar su ocaso. Estas anticipadas sombras no alarmaron al capitán, antes bien las deseaba más densas, para proseguir su larga ronda sin temor de ser descubierto.
El risueño aspecto de la noche se fue cambiando lentamente en melancólico; las colinas cambiaron sus tintas plateadas por otras cenicientas y tristes, las cañadas se ennegrecieron; el ambiente comenzó a humedecerse, y los arroyos y los ríos, perdidos entre pardas sombras, solo indicaban su presencia con el ronco ruido de sus pasos: pero el capitán Diego Velázquez no pensaba volverse a Órgiva; y seguía corriendo los lugares, muy satisfecho de no descubrir ningún síntoma de revuelta. A las once y media de la noche desapareció el amortiguado reflejo que despedía la velada luna, y de improviso las tinieblas rodearon al intrépido alcaide, hasta el punto de no permitirle ver a dos pasos de distancia; como si se acercaran los horizontes para chocarse y confundirse. La repentina oscuridad y una lluvia menuda y lenta que empezaba a caer, advirtieron al capitán lo conveniente que le sería volver sus pasos hacia la villa, si no quería correr el riesgo de perderse entre los espesos encinares, o de rodar y perder la vida en el fondo de algún torrente. Incomodado por la lluvia, y no queriendo perder tiempo, hirió los ijares de su poderoso caballo, y con toda la rapidez que la maleza permitía, tomó la vuelta del castillo. Habría caminado media hora, sin encontrar otros obstáculos que lo fragoso del terreno, cuando notó que su caballo había perdido la vereda, y por más que quiso reconocer las particularidades del sitio en que se hallaba, no le fue posible conseguirlo, a causa de la impenetrable oscuridad. Hombre de mermada paciencia era el alcaide, y ya iba a prorrumpir en juramentos, cuando oyó los pasos de un hombre que debía traer su mismo camino.
— ¿Quién llega?, preguntó el capitán, seguro de encontrar un guía.
— Un pobre paisano, le respondió una voz sumisa, aunque ronca: v un segundo después se encontraba a su lado, un hombre de elevada estatura, aunque encorvado, envuelto en un mal capote de monte.
— ¿A dónde vas? le preguntó Velázquez.
— A Órgiva: respondió el paisano humildemente.
                — Esta no es la senda.
— Es verdad; pero lo mismo que vuestra señoría, he tomado el campo a traviesa, para llegar más pronto a la villa.
— ¿Y cómo sabes que yo me dirijo a la villa?
— ¿A dónde, sino a Órgiva, puede dirigirse el señor alcaide?
— ¿Me has conocido, según veo?
— Toda la comarca conoce al señor capitán Diego Velázquez, que la mantiene en paz.
— Está bien. ¿Y tú quién eres?
— Yo señor, soy un pobre morisco, que obedezco a S. M. el rey católico.
— Pues supuesto que vas a Órgiva, ponte delante de mi caballo, y haremos juntos el camino.
El morisco no replicó, se puso delante del caballo y volvieron a caminar.
No habían andado cincuenta pasos, cuando el capitán Diego Velázquez dirigió la palabra a su guía, diciéndole:
—Para hacer más corto el camino, vendría bien que me entretuvieras con alguna conseja o cuento.
— Haré muy gustoso lo que su señoría me mande: respondió el morisco, con su acostumbrada humildad:
—Ya te escucho: añadió el alcaide.
   ¿Quiere vuestra señoría que le cuente alguna leyenda de mis antepasados los árabes?
—Te escucharé con atención: aunque no he tenido nunca gran cariño a tus ascendientes, no lo tengo mayor a tus hermanos, y creo que tampoco lo tendré a tus descendientes.
—A mis descendientes: murmuró el morisco tan bajo, que el capitán percibió el rumor de las palabras, sin poder entender la frase.
— ¿Qué dices? pregunto el alcaide.
—Que voy a empezar mi leyenda.
Hizo el morisco una breve pausa y prosiguió de esta manera:
—«Un palomo de noble casta, que había vivido mucho tiempo en el palomar de un soberano, se cansó de su vida ajilada, y uniéndose a una casta paloma, trasladó su nido al hueco de unas peñas, ocultas en lo más fragoso de una sierra. Entregado completamente al púdico amor de su apacible compañera, consiguió olvidar los dolores de su vida pasada, y, sin ambición ni esperanza, veía correr sus tranquilos días, tan risueños como el manantial cristalino que brotaba bajo las peñas. La suerte parecía empeñada en proteger al feliz palomo, y, para colmar sus delicias, le dio, por fruto de su amor, una palomita, que prometía ser tan hermosa como su madre. La suerte es de suyo inconstante y se cansó de proteger al pobre palomo; su esposa murió, poco tiempo después de ser madre, y el viudo palomo tuvo que ahogar sus dolientes suspiros para atender únicamente al alimento de su hija. Conforme iba creciendo esta se aumentaba su dulce encanto y su prodigiosa hermosura, siendo un retrato de su madre. Tenía, como ella, blancas plumas, más blancas y brillantes que la nieve de la altiva Sierra Nevada: tenía, como ella, pico rosado, más rosado que el coral puro y trasparente: tenía, como ella, ardientes ojos; más ardientes que los de los caballos del desierto y las águilas de las sierras: tenía, como ella, blando arrullo; tan dulce y blando que parecía a la vez una música y un suspiro. El pobre palomo estaba loco de contento, contemplando tanta hermosura, tanta gracia y tanto candor. Hubiera querido ocultar su nido a las miradas de las aves y de los nombres; encontrar un mundo muy pequeño y desconocido para encerrarse en él con el tesoro de su amor. Difícil seria reducir a peso todos los quilates de aquel amor paternal, único, inmenso, reconcentrado: amor que anudaba todos los amores; que se alimentaba con el fuego de todas las pasiones, fundidas en una pasión pura y santa. Felices horas pasó el palomo cuidando de su hermosa hija, en su rústico y apartado nido: pero las horas fueron breves, v la tranquilidad del nido no fue más larga que las horas: bandadas de aves de rapiña aparecieron en los horizontes; los pájaros de la comarca huyeron, pero no lograron con la fuga dejar de caer entre las garras de los buitres y los milanos. El palomo corrió afanoso a cernerse sobre su nido, no para salvar su propia vida, que estimaba en poco, sino para resguardar a su hija, oponiendo su pecho a las garras de las conquistadoras aves. Un buitre, más negro que esta noche, siguió el vuelo del pobre palomo, y cuando este quiso cerrarle el paso, para que no llegara al nido, le escondió su pico en el pecho, dejándolo en tierra moribundo. En tanto que el herido palomo forcejaba por levantarse...
—Llegó el buitre al nido y mató a la blanca paloma: interrumpió el capitán Velázquez, queriendo manifestar que había adivinado el fin del cuento.
—La mató y no la mató: repuso el morisco con voz entrecortada y ronca.
—No te comprendo.
—La deshonró.
— ¿Conque los buitres pueden deshonrar a las palomas?
—Sí. La paloma murió de vergüenza un mes después.
—No sabía yo que las palomas morían de vergüenza.
—Sí, señor alcaide: las palomas mueren de vergüenza.
— ¡Pobres palomas! ¿Pero qué sucedió al palomo? ¿Murió también de sus heridas?
—No, señor capitán Velázquez. El palomo vivió, sin duda para que cumpliera su destino.
—Sepamos su destino
—Era noble. Primero debía verter amargo llanto sobre el sepulcro de su hija.
— ¿Y después?
—Después debía vengarla.
— ¿De modo que continúa la historia?
—Continúa: repuso el morisco, poniéndose al lado del alcaide, y bajando la voz, como si los sucesos que iba a referir exigieran el mayor secreto.
—Sepamos: insistió el alcaide.
—Pasado algún tiempo, el palomo fue dueño de la vida del buitre.
— ¿Y se la quitó?
—Diego Velázquez, acabas de dictar tu sentencia: gritó el morisco enderezándose y atravesando con su gumía ambos costados del alcaide.
— ¿Quién eres?, murmuró el capitán, cayendo al suelo moribundo.
—El padre de la niña Moraima, a quien deshonraste hoy hace un año.
—Castigo de Dios: murmuró el alcaide, y cerró los ojos para siempre.
El morisco contempló a su víctima por espacio de algunos minutos, y luego que adquirió la certeza de que estaba muerto, desapareció entre las breñas lanzando una siniestra carcajada, que hicieron más horrible, al repetirla, los sonoros ecos de las sierras.
Cuando abrieron las puertas de Órgiva, al amanecer del 25 de diciembre, el caballo de Diego Velázquez entró en la villa sin jineta, lo que produjo grave alarma. Salieron en busca del alcaide varios destacamentos de soldados, y después que hubieron recorrido la mayor parte de la comarca, lo encontraron entre dos rocas, atravesado el corazón con la rica gumía del morisco. En el puño de esta gumía brillaba una hermosa esmeralda, de extraordinaria magnitud, que enamoró a todos los soldados, mucho mejor que lo hubiera hecho la más hermosa sarracena. Disputársela preludia, pero el jefe cortó la querella diciéndoles:
—Señores, fuera una impiedad considerar como botín el arma alevosa que ha traspasado el corazón de nuestro alcaide, el esforzado capitán Diego Velázquez, que aquí vemos. A uso más piadoso es necesario destinarla, y propongo lo que vais a oír. La riqueza de esa gumía consiste particularmente en la esmeralda que adorna su mango; ahora bien, arranquemos esta esmeralda de su sitio, vendámosla a algún judío, y con su importe levantaremos sobre estas rocas una cruz de piedra, que perpetué la memoria de Diego Velázquez.  Y ya que no podamos depositar aquí su cuerpo, porque sería poco piadoso privarlo de lugar sagrado, pondremos, debajo de la cruz, la gumía que le ha dado muerte, teñida en su sangre corno está, para que no vuelva a manejarla mano de moro ni cristiano.
Los soldados se conformaron con el parecer de su jefe: trasladaron inmediatamente el cuerpo del difunto alcaide a la villa; vendieron la hermosa esmeralda; con su importe levantaron la cruz, bajo la cual depositaron la gumía.
 Cuenta la tradición, que, durante más de veinte años, todas las noches venía un hombre a sentarse al pie de la cruz, no se sabe si a orar o maldecir, porque el visitante era el morisco. Pasado este tiempo, nadie se acercaba diariamente a la cruz piedra; pero en la noche del 24 de diciembre de cada año se acercaban, por distintos caminos, dos esqueletos a la cruz, y trababan porfiada lucha, lucha que se repite en nuestros días, siendo los combatientes los esqueletos de Diego Velázquez y el morisco.
      La cruz es conocida en la comarca con el alegórico nombre de LA CRUZ DE LA ESMERALDA”.                                                                                                                                                                  
                                                                                 JUAN DE ARIZA                                                                                      
Este ha sido el relato sobre el último reyezuelo andalusí, Diego López, más conocido como Aben Aboo, natural y vecino de Mecina Bombarón, primo de Aben Humeya y sobrino de de Hernando el Zaguer, alguacil de Cádiar quien, en la noche del 20 de octubre de 1569 junto con Diego Alguacil, dio muerte a Aben Humeya, tirando cada uno de un lado del cordel que le habían colocado en la garganta. ​
 Elegido para ocupar el lugar de su primo, tomó el título de Muley Abd Allah Aben Aboo, rey de los andaluces, y que logrará mantener aproximadamente durante año y medio la rebelión. Este “patán” conquista Órgiva, logra sublevar Galera y consigue una victoria sonada en Huéscar, así como también ataca al duque de Sessa en Órgiva el 21 de Febrero de 1570 después de que hubiera salido de Granada con el cuerpo del ejército. Ante tal circunstancia, el duque idea una treta con tintes de guerra sicológica: hacerle llegar al nuevo cabecilla de la rebelión un escrito en lengua árabe en el que se hablaba de la falsedad de los Jofores que, en 1568, auguraban una victoria incontestable para las huestes moriscas.
Los enfrentamientos  con las tropas de don Luis de Requesens en Órgiva, Pitres y Trevélez o con las de don Lope de Figueroa en Ugíjar, Cádiar y Jubiles, el ajusticiamiento cruel y minucioso de los moriscos mayores de 20 años y la aplicación de cautiverio a mujeres y niños, van a ir minando la ya debilitada moral de los sublevados y preludian un final nada halagüeño. Aben Aboo huye a las inmediaciones de Bérchules, donde uno de los monfíes locales, Gonzalo el Xeniz, le da muerte y entrega a este caudillo a mediados de marzo de 1571: en una cueva de Mecina Bombarón un fuerte golpe de arcabuz acaba por dar con los huesos de Aben Aboo en el suelo, donde es rematado para después arrojar, desde “la peña del reyecillo”, su cuerpo inerte al barranco. Según Luis del Mármol Carvajal: “En la cueva de Mecina Bombarón se tomaron doscientas y sesenta personas y se ahogaron de humo otras doscientas y veinte. En otra cueva cerca de Berchul se ahogaron sesenta personas, y entre ellas la mujer y las dos hijas de Aben Aboo; y estando él dentro, se salió por un agujero secreto con sólo dos hombres que le pudieron seguir”.
Recogido su cadáver, se cuenta que el mismo fue llenado de sal y de paja, y muy pronto trasladado a la ciudad de Granada, donde ya mencionamos al principio la exhibición y escarnio al que fue sometido: “La cabeza pusieron encima de la puerta de la ciudad que dicen del Rastro, colgada de una escarpia a la parte de dentro, y encima una jaula con un palo, y un título en ella que decía: Esta es la cabeza del traidor de Abenabó. Nadie la quite so pena de muerte”.
Otros relatos sobre la leyenda apuntan a que tuvo una muerte incruenta, ya que se dice que fue colgado por los testículos en un moral del que estuvo suspendido hasta que, inerte, cayó al suelo al desprenderse sus disecadas partes nobles, si bien esta versión parece más bien encaminada a la difusión de un castigo de alcance ideológico o sicológico y pergeñado por los vencedores.
Tal vez sus últimos suspiros se fuesen envueltos con el rumor del agua por las acequias de careo.
 





viernes, 27 de abril de 2018

Cortijeros de La Contraviesa: una visión costumbrista de finales del XIX

Germán Acosta Estévez


Como muestra, un par de botones:
De La Contraviesa hablaba Antonio Moreno en 1567 en los siguientes términos:”…hay una loma en lo más alto que es traviesa de toda la comarca, a donde las veces que los moros vienen a hacer daño en esta costa y entran en La Alpujarra, es por allí su camino…”
Y así se les informaba a los párrocos que podían recalar en aquellos lares allá por 1807:
“Paralela a la Nevada, y separada de ella por el rio de Cádiar, que al juntarse con el de Trevélez muda su nombre en el de rio grande, por la rambla de Repení, y por el rio de Yator corre la sierra de La Contraviesa, que parece se formó de propósito para el cultivo de la vid pues a excepción de algunos cortos trechos donde está coronada por la caliza, no se manifiesta en toda ella otra roca que la pizarra arcillosa. Por su extremo occidental se encadena con la sierra de Luxar; por el oriental lame sus faldas el rio de Adra que la separa de las sierras de Gádor y Alhamilla. No lejos de estos dos puntos se elevan el cerro de Salchicha y el Cerrajón de Murtas. La uniformidad y nivel que guarda entre los dos cerros la cuerda principal, contrasta de un modo muy gracioso con su figura cónica, y da a la Contraviesa un aspecto particular [...] Por el lado del norte es rápida la pendiente de esta sierra, y por lo mismo poco profundos generalmente los barrancos que la cortan; pero por el del mediodía se prolongan sus lomas hasta meterse algunas dentro del mar, y son muy considerables y más húmedos los barrancos que las separan. En la inmediación de estos se hallan casi todos los pueblos (Albuñol, Sorvilán con sus anexos Polopos y Alfornón, Rubite, Fregenite, Olías, Adra, Guaínos, La Alquería, Murtas, Turón, Jorairátar, Cojáyar, Mecina Tedel, Torvizcón, Alcázar y Los Bargises, los cortijos del Trebolar y otros). Además tienen parte en la Contraviesa Cádiar, Cástaras, Timar y Lobras, pueblos de Sierra nevada que labran en la Sierra, y cuya subsistencia pende principalmente del cultivo de la vid, siendo muy pocos los que tienen algún regadío (Adra y Albuñol) o saben apreciar bastante al almendro (Turón, Cojáyar, Murtas y Adra) y la higuera, y no muy apto el terreno para siembras de granos.

                            Foto: M. Estévez
Por su feracidad para la vid es esta sierrezuela una de las más útiles que tiene Andalucía. Su población, que es ya considerable, deberá haberse multiplicado mucho quando esté plantada de vides y almendros toda su parte inculta, época feliz que coincidirá con aquella en que se prefiera el Ximénez á qualquier otro vidueño, al menos para los vinos que no deban convertirse en aguardiente, y en que el comercio exterior asegure a los dos licores una exportación ventajosa. (Por no tener ninguna y no permitirse llevarlos al mercado de Granada, se han vendido en este año los vinos de la Contraviesa al miserable precio de dos y tres reates. No se hallaba en el pasado (1805) quien quisiera recoger la cosecha de otro quedándose él con la mitad). El genio de los naturales para el cultivo de la vid no puede ser más decidido. Para ellos es casi indiferente que el terreno sea un llano, una pendiente suave o que se acerque mucho a la vertical; que sea de roca viva, o de escombros movedizos. En esta parte de ningún modo ceden a los malagueños, pero les falta su instrucción y sobre todo su puerto.
La obrada, (Una obrada son mil cepas. Se plantan estas en la Contraviesa a la distancia de siete pies) de viña da en Torvizcón de quarenta a cincuenta arrobas de mosto. En Adra da ochenta arrobas, aunque hay alguna en que se ha llegado a coger hasta ciento y cincuenta. El vino de Adra da el tercio de su peso de aguardiente común, y casi el quinto del que llaman perla: el de Torvizcón es algo menos rico en espíritu.     
En la Contraviesa y otras partes a las variedades que cultivan por gusto o casualidad, para comer o conservarlas hechas pasas (no para vinos), y que suelen poner aparte en un sitio llamado por los malagueños botica. En  todas o casi  todas las provincias de España se cultiva algún vidueño con el  nombre de Jaén o Jaén blanco, y  en muchas partes, como en la Alpujarra, La Contraviesa,  […] es el único o él  principal de que hacen vino. Pero no es en todas una misma variedad la que conocen con dicha  denominación. El Jaén de Granada, Motril, Las Alpujarras, La Contraviesa y Baza difiere  del de Sanlúcar por su hoja más grande y verde […]
En la Alpujarra y Contraviesa no tiene crédito el Ximénez para hacer aguardientes, y suponen todos que el Jaén le lleva mucha ventaja. Se aprecia sobre todas para vino en Torvizcón, Alfornón y otros pueblos de la Contraviesa. Pero como en esta Sierra se cultiva la vid principalmente para hacer aguardiente y se cree que el Ximénez da muy poco, miran ya a esta planta con mucho menos interés que al Jaén. Así el imperio del Ximénez que comienza muy cerca de la raya de Portugal, o más a poniente todavía, acaba casi en la loma de Jolúcar sin haber decaído na-da de su excelencia ni perdido ninguno de sus caracteres. En Adra solo se coge de vino Ximénez unas 400 arrobas, cuyo valor es siempre respecto del común como diez a uno En Turón son rarísimas las cepas de este vidueño. En Dalias y Somontín apenas hay ya una de él [...]
A esta variedad creo que deba referirse el Vigiriego que he visto en varios pueblos de La Alpujarra y acaso también el que cultivan con el mismo
nombre en Torvizcón y otros pueblos de la Contraviesa”.

La Contraviesa, esa hermana menor, menos espigada y resultona, en la que los pretendientes y rondadores de mozas apenas se fijan. No miran en su interior para descubrir la diversidad que conforma la singularidad de la comarca alpujarreña. Quizás los buscadores de imágenes y estampas inmortales deberían acercarse una tarde otoñal cualquiera para ver la riqueza y el contraste de colores que les ofrece su paleta con los pámpanos de las vides, las hojas de almendros, higueras, álamos o serbales, el azafrán florido en los ribazos y caminos; y, frente a ella, la inmensidad azul del Mediterráneo que la acaricia con su brisa y  la acicala con el salitre. Que prueben unos jureles escalaos asados en las ascuas de los sarmientos; que se sienten con los naturales en el templo de la bodega y departan con sus gentes de sus cosas, para valorar lo que es el duro trabajo y la sabiduría que da esta tierra.

Pues bien, a finales de agosto de 1899, un tal Juan Rivas remitía desde Albuñol un escrito sobre los moradores de La Contraviesa, bajo el título de Tipos de la Costa Alpujarreña. El cortijero. Se trata de una visión con tintes romántico-costumbristas, a la que hemos añadido ciertos comentarios entre paréntesis que hemos creído pertinentes, pero que nos proporciona datos e informaciones válidos para el conocimiento de estas gentes y su vida cotidiana a finales del XIX, y por eso lo transcribimos de forma íntegra:
“Los cortijeros de los lugares costeros alpujarreños, o sean los que habitan los términos municipales de los pueblos comprendidos desde la vertiente meridional de La Contraviesa hasta el Mediterráneo, descienden de los gallegos, leoneses, castellanos y extremeños, que vinieron a repoblar el país, cuando la expulsión de los moriscos. (Olvida o desconoce nuestro ínclito paisano que la mayoría de los repobladores, más en esta zona, procedían de otras tierras andaluzas, el propio Reino de Granada e incluso de localidades de la costa granadina, o de la misma Alpujarra llegaron más adelante colonos a estas tierras de señorío).

Por atavismo, poseen, mezcladas, las cualidades de los habitantes de esos reinos, sus defectos y condiciones de carácter, sus instintos e inclinaciones.
A pesar de su indiscutible abolengo, y sin saber por qué, trascienden a moriscos, y hasta hace poco tiempo, no han abandonado el amplio  Zaragüel, la anchísima faja y pañuelo de la cabeza, trasunto del turbante.(Difícil de imaginar a aquellas gentes realizar sus tareas cotidianas con zarigüelles, marlotas y almalafas ; más crible resulta lo del pañuelo, pues hasta hace poco se ha seguido usando en algunas labores como la parva, a veces sujeto con una cobertura mayor para sus cabezas como es un sombrero de alas amplias al que ellos denominan rempuja.

Su acento no es andalúz; es más bién el término medio del de la pronunciación castellana y extremeña. Hacen perfecta distinción entre la /Z/ y la /S/, entre la /B/ y la /V/ consonantes. Pero por otro misterio, inexplicable  en descendientes de León y Castilla convierten nuestra h en verdadera hanza árabe, diciendo siempre jacha, jigo, jorno, jachuela, joz, jocino, etc. (No vamos a negar que en algunos lugares exite una perfecta distinción entre S/Z, pero en la mayoría de los núcleos de población aislados de esta zona se da la confusión y, por tanto, el ceceo es manifiesto. Resulta difícil asimilar que este fenómeno lingüístico haya evolucionado a la inversa desde finales del XIX hasta nuestros días. Posiblemente fuera viernes cuando yo asistí a clase sobre las variedades diatópicas, diastráticas y diafásicas del lenguaje y no entendiese bien: tendré que tomar lecciones de nuevo de Dialectología o habrá que revisar el mapa de isoglosas de La Alpujarra para no contradecir al señor Rivas).
Hasta la manera de edificar sus habitaciones, agrupadas, y rodearlas de ciertas plantas, copian a los moros, de tal manera que una cortijada, es retrato fiel de una kabila del Rif. Casas de un solo piso, de piedra y barro, con terrados de launa, ventanas muy pequeñas, que sólo merecen el nombre de ventanillos, y puertas bajas, rodeadas de cactus e higueras.

En dos generaciones se forma una cortijada, que toma el nombre del fundador, como sucedió con Ben-Isidel, Ben-Iscar, Frajana y otras del territorio amacirga de allende.
Los Cózares, Los Ortices, Los Cayetanos, Perálvarez, Los Rivas, Los Antones, y otros muchos fueron cortijos construidos primero por uno que llevaba esos apellidos, siendo el fundador, el patriarca, el padre de la futura cortijada. Luego los hijos, después los nietos, cual colonia de golondrinas, fueron agrupando sus nidos alrededor del abuelo, al azar, en primitivo desorden, con la misma arquitectura, con idénticos materiales, y con las obligadas chumbas e higueras. Pero conservando siempre­­ ­– como venerado recuerdo- el nombre del Rómulo, de quien brotó la cortijada.

Las puertas de esas moradas se abren hacia el Oriente o al Medidía, nunca al Norte u Occidente. La casa se compone, primero de la cocina, donde se asientan el amplio hogar, los basares y cantareras, y que no recibe otra luz que la de la puerta de entrada. Luego la alcoba, o cuarto de dormir, como ellos llaman, porque en él se acuestan, confundidos, casi todos los individuos de la familia; y después, en último término, el cuarto despensa, que así lo apellidan, y que no es otra cosa que la verdadera colmena del cortijero, oculta a toda mirada profana. Allí conserva el grano, la harina, jamones, el tocino, los higos, el aceite, las ropas, las arcas y hasta los aperos de labranza, en regular uso, y las herramientas de labor, todo confundido y revuelto. Esa cámara es el Sancta Sanctorum del cortijero, y aunque es por naturaleza hospitalario, , os recibirá bien en su casa, os obsequiará con lo que tenga, os lo enseñará todo, menos ese misterioso asilo del producto de su trabajo y ahorros, que constituye para él un sagrado tesoro. Y si alguno intenta, indiscreto, traspasar sus umbrales, riñe con él y le niega su amistad y confianza.
A parte de esa distribución doméstica, el cortijero se limita a construir, al exterior, un tinado o zahúrda para el cerdo y un cobertizo, sin pretensiones, para la borrica, su compañera inseparable, y sin la cual no hay diez en toda la comarca que pueda vivir. Bien es verdad que todo parecen, menos burras; y si habían de cotizarse en algún mercado o feria, puede que el más apasionado por tan paciente animal, no se atreviera a ofrecer por la mejor, arriba de cinco pesetas.
El corral es generosamente desconocido entre los cortijeros, aunque haya honrosas excepciones. Las gallinas andan libres, y en comunidad, en el día por los ejidos de la cortijada, y llegada la noche, duermen, en compañía del gato, subidas en la rama, en forma de horquilla, que es el gallinero admitido por la moda, al lado del rescoldo de la chimenea, en invierno, o en las chumbas, en el verano.
Son en extremo aficionados a la música, y no hay cortijo donde no veáis una guitarra, o por lo menos un guitarrillo, aunque sea con dos cuerdas, un violín, unos platillos, unas castañuelas, o unas carrañacas. Gustan mucho de las parrandas, bailes y fiestas, y celebran sus bodas a la morisca, con acompañamiento, corrida de pólvora, y concierto instrumental; y cuando son pudientes, arrojan trigo en abundancia sobre el cortejo nupcial.
Su sobriedad es proverbial. Por la mañana, las migas de harina de maíz –el alcuzcuz cristiano, como ellos nombran- con la engañifa de ajos, rábanos, cebollas, o pescado seco, cuando repican recio; al medio día un puñado de higos secos, con algún cuscurro de pan moreno; y a la noche la olla, o el potaje. Ninguno bebe vino. (Digo yo que sería por ese estoicismo derivado de su situación de miseria tras el ataque del dichoso hemíptero a las vides, porque, si de algo gustan estas gentes, es de echar unos vasillos en la bodega con su gente o cualquier comprador que se tercie o se presente por el cortijo de improviso). Y cuando antes de destruir la filoxera estos viñedos, que eran el encanto y la única riqueza de esta infeliz comarca, todos ellos recogían en abundancia el néctar delicioso que producían las nunca bastante lloradas cepas, jamás se veía un borracho entre estas morigeradas gentes. Hoy ya pecan algo; pero no es la causa del pecado el licor que nos legó nuestro segundo padre Noé, sino el mortífero y nauseabundo amílico, que como la muerte ha invadido, desde el palacio del poderoso, hasta la cabaña del pobre.

Es honrado, probo y trabajador incansable; en su economía, llega hasta a ser en algunas ocasiones tacaño, sobre todo para él y los suyos, pero no para sus amigos y huéspedes.
Su sutileza y socarronería, rayan a gran altura y es un ladino de cuerpo entero. Es dificilísimo, si no imposible, engañarle, porque como es desconfiado en demasía, siempre está prevenido -y preparado a todo evento,- cuando departe con cualquiera.
Para probar esta afirmación- y entre otros muchos que pudiera exponer- contaré sólo un caso. En una ocasión vino a este Pueblo (Albuñol) uno de la cortijada de los Olivencias, a tomar parecer de un letrado. Este le dijo, que le manifestara el objeto de la consulta, y el cortijero- muy grave, formal y serio le contó el caso de esta manera: Ha de saber usted, D. José, que le he variado un mojón a mi vecino José Peralta, que es lindero en una finca de mi propiedad, que antes venía recto y en línea, con `tos´ los demás, pero  que ya no me `jace´ clase, ni me guarda cuenta el que siguiera en aquella dirección, porque, al cambiarlo me deja dentro de mi `jacienda ´dos almendrillos; y lo cual que los puso mi padre y por más que le vendió la finca a mi contrario, les he `cobrao´ cariño; y dice el tal que me va a sentar una querella por la `muanza´ del mojón. 
-¿Y no es nada más que eso?- preguntó el letrado.
-Nada más.
-Pues tienes perdida la cuestión.
El cortijero, riendo a mandíbula batiente, replicó: -Pues no la tengo perdida, Don José.
-¿Y cómo no?- objetó el abogado.
-Toma que toma,- dijo el cortijero,-porque mi contrario no es él, que soy yo.
El muy ladino, temiendo que por afecciones políticas o amistad personal pudiera el abogado emitirle un dictamen contrario a derecho y tendiese a favorecer a su antagonista, fingió ser él mismo el autor de la variante del mojón, para coger en un renuncio al consultado.
¡Es el colmo de la malicia y suspicacia!
Como son tan laboriosos, (en esto no hay discusión que valga) pasan la semana entera trabajando, y el domingo lo dedican por entero a bajar al pueblo a despachar sus negocios. En ese día tiemblan los abogados, notarios, jueces municipales y caciques y alcaldes, porque los cortijeros, sin reparar en la hora, llaman a todas las puertas, penetran en todas las oficinas y dependencias, y con paciente perseverancia y cachazuda tenacidad no abandonan la plaza hasta que por su fuerza se parlamenta con ellos y se contesta- de bueno o mal talante- a sus congruentes o incongruentes preguntas. En algunos casos- si no en todos- son más pesados que una maza de Fraga.
Pero todo se les puede perdonar en gracia de su honradez, fidelidad y otras muchas buenas prendas de que están dotados.

Son celosos cumplidores de su palabra. Formales en sus tratos y respetuosos al principio de autoridad. El caciquismo, por más que otra cosa se crea, no influye nada en su resuelto e independiente ánimo para la libre emisión del voto. Van a las urnas, es verdad, casi sin conciencia de si conviene o no votar a éste u otro candidato, pero lo hacen, sin venderse y únicamente por afecto o simpatía a D. Fulano o D. Zutano, que solicitan su sufragio. (Resulta llamativa la candidez del autor sobre este asunto, pues en una situación tal, estos labriegos dependen más que nunca para su subsistencia de los fondos liberados para la construcción de la carretera Tablate-Albuñol, y eso pasaba por la sumisión. Y para recordárselo de una forma u otra, allí estaban los acólitos, secuaces y cagarraches del cacique local o comarcal, quienes se iban a encargar de recomendarle al cortijero y convecinos el candidato, cunero o encasillado, que tenía que ser elegido. De violencia, manipulaciones y pucherazos electorales los cortijeros y vecinos de Sorvilán o de otros pueblos de la zona podrían haber escrito un libro al respecto).
Desde que la filoxera destruyó las viñas están pasando por las horcas caudinas, luchando con el resultado negativo que ofrecen las vides americanas, con la sequía, la poca fertilidad de esta tierra y la falta de trabajo, los más de ellos se aburrieron y cansaron de tan desigual batalla y emigraron a extraños países. Los que quedan siguen en la brecha, pero con mengua de sus estómagos y pasando mil penalidades. Hay muchos que no prueban el pan meses enteros, alimentándose de algunas legumbres, hinojos (este sí que merecería ser denominado plato alpujarreño) y otras hierbas cocidas y aderezadas con muy poco aceite y acostándose al anochecer por no tener con qué alimentar el candil ni con qué calentar el hogar. En el vestir sufren también las consecuencias de su escasez, y gracias que la benignidad del clima les permite ir siempre con poca ropa y mal trajeados.

No obstante, esa carencia de medios materiales, que en otras partes induce al hombre- impulsado por el hambre- a la comisión de delitos penados por la ley, la criminalidad es, por fortuna, tan escasa, que en este Partido Judicial no llegan a ciento las causas que conoce el Juzgado de Instrucción. (Tampoco esta zona es la Arcadia de Sannazaro con su locus amoenus, en el que todo discurriera tranquilo: problemas de lindes, discusiones insustanciales, apropiación de lo ajeno, la misma falta de instrucción, derivan a veces en brotes de violencia y crímenes que salpican las páginas de la prensa provincial y nacional. Quizás este porcentaje del que habla Juan Rivas se nos antoja maquillado y con afeites, al no tener en consideración que ya Albuñol no cuenta con la Audiencia de lo Criminal, y los delitos más espinosos no se juzgan en sus salas).
Si no estuvieran agobiados por múltiples cargas, podrían irse rehabilitando, aunque de manera lenta y trabajosa. Pero como no hay ni remota esperanza de  que venga ese alivio, los pobres cortijeros seguirán siendo- como todos los demás- el pellejo de aceite de los Ministros de Hacienda, hasta que apurada la última gota de aquel líquido y cargados de gases deletéreos, estallen con horrible estampido, arrasando cuanto se oponga a su omnipotente fuerza expansiva”.
Tal vez va siendo hora de mirar a esta gallarda moza alpujarreña con otros ojos. Porque la hermana pequeña ya ha crecido y ahora hasta tiene su aquel; ella es una mujer con dos amantes prendidos de su talle: el mar y la sierra, que andan locos por sus huesos, aunque ninguno quiere que el otro le ronde sus calles. Ladrones del amor, que por tinaos, esquinas, terraos y azoteas la requiebran: ¡y esa novia pela la pava con los dos! Y a los dos los enamora, con sus hechuras, perdidamente los enamora.
Uno, marengo ladino, con su jábega, me la invita entre las olas con guajiras y milongas para declararle su amor delirante y me la vuelve medio loca...Carraspea ahora el otro, serreño  trovero desafiante, para echar a su oponente, mientras que a ella la embauca con repentinas quintillas de arrope y meloja....Y se pelean los dos, por amor; por su novia estos dos canallas se me pelean: que son la sierra y el mar dos hombres que a Contraviesa cortejan...
La está arullando la mar y a la sierra le da celos: en cualquier omento uno de ellos va a saltar sobre el otro. ¡Ay!, que son de amores estos duelos. Pero Contraviesa los quiere a los dos: cosas de la vida, pues la niña está que bebe los vientos por sus dos galanes.