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viernes, 7 de noviembre de 2014

¡COMO BAJE…! o La temible advertencia de "El Melón de Dalías".


Del dicho:

El lenguaje dispone de recursos para cada situación, nuestra lengua es próvida en ellos. Son frases o dichos que usamos sin analizarlos. Este que traigo a colación es ciertamente poco conocido, surgió en nuestra Alpujarrra y partió de un hecho concreto. Yo lo aprendí en la ya mi brumosa infancia. Que no fuera registrado en publicaciones especializadas es otra cuestión que no le resta, según considero, cierto interés.
Todos hemos participado con interés creciente en alguna conversación Un simple intercambio de pareceres puede derivar en discusión acalorada, pasar a trifulca y terminar en batalla campal; afortunadamente, esto ocurre raras veces. Para que resulte una situación desagradable no hay que llegar a tales extremos. Lo normal es que alguien trate de poner orden: primero con frases persuasivas del tipo Por favor, ¿pueden hablar un poco más bajo? Si no da resultado, se pasa al “plan B”, imperativo: No hablen tan alto, o Aquí no se puede discutir. No ha mucho que se hizo popular aquella regia observación: ¿Por qué no te callas? En último caso, se recurre a expresiones contundentes, alzando la voz, el gesto airado: ¡A callar!, ¡Silencio! ¡No quiero oír ni una mosca! Seguidas de advertencias y amenazas más o menos explícitas.
La frase Como baje entra dentro del repertorio, suele o solía decirse para mandar al orden, aunque no con mucha convicción, medio en broma. Alguna vez se la oí decir a mi padre cuando los críos armábamos cierto alboroto Lo normal es que a los niños se les amoneste con frases más directas: Estaos quietos de una vez. Te la estás ganando, ¡A que me quito la zapatilla!… Y el crío, normalmente, ni caso. Por eso, aquel enigmático e incomprensible Como baje requería una explicación. Y mi padre me la dio cumplidamente.

Al hecho:

La versión que conozco, aunque puede haber otra, ocurrió durante los días de feria en un mesón del pueblo de Cádiar, mediado el siglo pasado o quizá un poco antes. Para situarnos mejor en el escenario, digamos algo sobre las ferias y los mesones alpujarreños. Unas y otros tan importantes en la vida de los paisanos que nos precedieron.
Las ferias alpujarreñas eran, sin lugar a dudas, el acontecimiento comercial y festivo más importante del año. Marcaban el inicio del año agrícola, como la apertura del curso lo es para la vida escolar. Estratégicamente situadas en los pueblos de Órgiva, Cádiar, Ugíjar; los cuales disponían de solares y praderas para el ganado así como mesones para los feriantes. A ellas acudían vecinos y cortijeros de los pueblos vecinos para vender sus ganados y abastecerse de lo necesario para todo un año. Y también a disfrutar de los variopintos espectáculos que desde siempre acompañaban a estos eventos.
En esos días de primeros de octubre, el pueblo era un hervidero de gentes de toda calaña y condición; y algunos personajes curiosos como el protagonista de este suceso. Posiblemente un feriante, aunque no consta su profesión ni qué le llevó a la feria.
Los mesones, durante la feria, hacían su agosto, o mejor dicho, su octubre. De mesones, posadas y ventas estaba toda la Alpujarra poblada. Los caminos de herradura necesitaban lugares para descansar, reponer fuerzas o pasar la noche. Conservamos el testimonio de los ilustres viajeros que surcaron nuestra tierra. Normalmente, las gentes principales se hospedaban en casa de un procer del lugar para el que era un honor ofrecerle su casa. Pero no siempre. Por ejemplo, Pedro Antonio de Alarcón, en la segunda mitad del siglo pasado, se hospedó en el Mesón del Francés cuando recaló en Órgiva. Allí pasó una noche y nos dejó una descripción subjetiva y romántica, llena de interés. Otros fueron menos expresivos, como Gerald Brenan, cuando pensó pernoctar en Cádiar con unos amigos ingleses, pero, tras echar un vistazo a la alcoba, decidieron continuar la ruta hasta su destino, Yegen. Claro, los amigos de don Gerardo eran todos lords o por lo menos gentlemen.
Hay que comprender a aquellos esclarecidos hijos de la Gran Bretaña. Un mesón no tenía tiempo de atender a personas distinguidas. Su clientela estaba formada mayoritariamente de arrieros, quincalleros, tratantes de ganado…, hombres rudos y avezados, más preocupados por sus bestias y mercaderías que por su regalo personal. Dormían en el suelo y se apañaban con un plato de cuchara: puchero, lentejas, cocina gitana, o unos arenques salados, pan y un cuartillo de vino. A veces se hospedaba un viajero de postín, incluso una dama de alto copete, siempre de paso; también algún huésped estable, pero era la excepción.
Un mesón constaba de un amplio aposento, el zaguán, al que se accedía por un portalón: el suelo toscamente empedrado, unas banquetas de anea sin respaldo, y al fondo las cuadras con hileras de pesebres a cada lado. El zaguán-descargadero disponía de un fogón para los crudos días de invierno, una puerta daba a la pequeña cocina y otra a un modesto comedor y sala de estar. Unas escaleras llevaban a la planta superior formada por algunos, pocos, dormitorios; el resto lo ocupaban cuartos de usos varios –“de desahogo” se decía en nuestra tierra- y las cámaras.
Pues bien, en un mesón como el anteriormente apuntado ocurrió esta historia. Estaba el zaguán a rebosar de gente. Y surgió una discusión cuyo motivo no hace al caso ni nos interesa. Lo que sabemos es que gente pendenciera, de mal vino y pobremente alimentados, armaron una trifulca con la consiguiente preocupación de la mesonera, incapaz de poner orden y cortar a tiempo. Prestos a tirar de faca, los acalorados feriantes no hacían caso a la dueña, que primero con comedidas palabras, luego a voz en grito y finalmente con suplicas, trataba en vano de poner orden.
Fue entonces cuando se oyó, como un trueno que bajara rodando por las escaleras, una voz profunda, grave, imponiéndose a la algarabía reinante: ¡¡COMO BAJE!!
Se hizo el silencio. No podía ser. Alguien se asomó a la puerta, creyendo que, efectivamente, fue un trueno y entendieron mal. Pero no amenazaba tormenta. Ante la duda, alguien inició tímidamente la disputa. Otra vez estalló, ahora con más claridad, la amenazante advertencia: ¡¡COMO BAJE!!
Ya no había duda alguna. La voz procedía del piso superior. Pero era una voz sobrehumana, de ultratumba. Una voz que les erizó el pelo y enmudeció a todos, incluida la mesonera.
Nadie quiso hacer averiguaciones y aquella noche reinó la paz en el mesón, una paz tensa pero paz al fin.

Llegado a este punto del relato, yo estaba tan impresionado, o casi, como los habitantes del mesón. Pero pude articular:
- ¿Y bajó, padre?
-No bajó, hijo, no bajó.
-¿Y por qué no bajó? -insistí yo, como hubiera hecho cualquier niño en mi caso.
-Porque ya no hubo más altercados en los restantes días de feria. Y además –esto se supo después- porque la terrible advertencia procedía de un señor de Dalías, orondo y recio como su voz, al que le faltaban las dos piernas.

El suceso fue la comidilla del pueblo. Y desde entonces muchos echaban mano al como baje de aquel alpujarreño que llamaban “El Melón de Dalías”, para referirse a una advertencia que, a pesar de lo enérgica, sabemos que no se llevará a término, mera palabrería, quedando en un intento, en un conato, en un farol, en nada.
Algún sagaz lector sacaría consecuencias de este dicho. Por ejemplo: cuántas veces nos dejamos amedrentar por las apariencias. Muchos miedos dejan de serlo cuando los desvela el conocimiento.

Nota: Si el infante don Juan Manuel, allá por el siglo XIV, hubiera recogido en su Conde Lucanor este suceso, concluiría con un pareado aleccionador puesto en boca del ayo Patronio. Y un escritor moralista de la Ilustración hubiera terminado este artículo con unos versos a lo Iriarte y Samaniego. Pero como no soy escritor, ni moralista, ni ilustrado y menos aún de la Edad Media ni del siglo XVIII, lo dejo tal cual. Corren malos tiempos para la lírica. Y para las consejas.

Paco Alcázar