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miércoles, 24 de febrero de 2016

El Papa y la filósofa por Gil Craviotto


La gran noticia de estos días pasados ha sido el descubrimiento de unas cartas, más o menos secretas, que en vida se cruzaron entre el papa Juan Pablo II y una filósofa polaco-norteamericana, Anna Teresa Tymieniecka, que, si creemos los comentarios de la prensa española, “llegaron más allá de la amistad”. Ninguno de los periódicos consultados nos precisa dónde está el límite entre la amistad y ese “más allá” que todos dejan sin concretar, pero con un punto de perversa sospecha que el final de la información –el Papa jamás rompió el celibato-, no logra del todo eliminar. En el supuesto que así hubiera sido, ¿se les habría ocurrido llamar a testigos? Es evidente que, por mucho que intenten ahondar los investigadores en el caso, como en toda historia de amor, siempre quedará un halo de intimidad y secreto al que nadie logrará acceder.

Por lo que cuentan los periódicos parece que esta amistad, que el Papa calificó después como “un gran regalo de Dios”, surgió a raíz de una carta que la filósofa escribió al entonces cardenal Karol Wojtyla pidiéndole consejo sobre un libro de tema filosófico que por aquellas fechas pensaba publicar. A esta carta siguieron otras y otras, cada vez más íntimas y personales, y la correspondencia continuó cuando el cardenal ascendió a Papa. Incluso la filósofa se atrevió, en la época en que Karol Wojtyla aún era cardenal, a invitarlo a que pasara un día en su casita de campo en la campiña de Nueva Inglaterra, en los Estados Unidos. La prensa nos ha ofrecido una foto del futuro papa en pantalón corto y camiseta acompañado de la filósofa, ambos de excursión en un paraje idílico. También ella le hizo varias visitas al Vaticano.

Hay muchos puntos que llaman la atención en esta historia. El primero de todos es que a finales del siglo XX, con lo que ha llovido desde que el mundo es mundo hasta esas fechas, se le ocurra a una filósofa, por muy católica que sea, consultar la opinión de un cardenal antes de publicar un libro. Con su gesto Anna-Teresa Tymieniecka vuelve la filosofía a su antigua posición de criada de la teología, que era lo que pedía la Iglesia a todo lo largo de la Edad Media. A partir del Renacimiento filosofía y teología se separaron y ahora nos cuesta mucho trabajo imaginar a cualquier filósofo de nuestra época, antes de publicar un libro, pidiendo consejo a un cardenal. ¿Imagina el lector a Jean Paul Sartre o Michel Onfray pidiendo consejo al cardenal de París?

Otro punto que llama la atención es la insistencia de los periódicos españoles en el tema de que el Papa jamás rompió su celibato. Cabe preguntarse: ¿Sería muy grave si lo hubiese roto? La verdad es que ni habría sido el primero ni tal ruptura hubiese tenido la menor importancia. Alejandro VI rompió el celibato infinidad de veces y eso no se impidió ejercer su función de papa. El único afectado en el caso de Juan Pablo II y la filósofa, habría sido el sufrido marido de ésta. Pero ocurre que en esta historia de amor espiritual y secreto el esposo de la filósofa aparece un tanto olvidado en su secundario papel de convidado de piedra. Sólo sabemos que, cuando ella conoció al cardenal, ya era madre de tres hijos. Imaginamos que, si el romance de amor hubiese seguido adelante, el marido habría pedido el divorcio y ahí habría quedado todo. No ocurrió así y, lo que parecía un romance de amor carnal, se limitó a un idilio de amor espiritual y platónico del que el marido nada tenía que objetar. Sabido es que los cuernos espirituales ni pesan ni oprimen la frente.

La historia de la filósofa polaca me ha traído a la mente el nombre y la historia de otra filósofa: Hipatia de Alejandría, última representante del neoplatonismo, que murió asaltada por una turba de fanáticos cristianos azuzados por san Cirilo. El también filósofo Bertrand Russell, en su monumental “Historia de la Filosofía”, nos cuenta así la muerte de Hipatia: San Cirilo era hombre de celo fanático. Usaba su posición de patriarca para incitar matanzas contra la colonia judía, muy numerosa en Alejandría. Es principalmente conocido por el linchamiento de Hipatia, dama distinguida, que en una época de fanatismo, mostró su adhesión a la filosofía neoplatónica. (...) Fue tirada de su carro, despojada de sus ropas, arrastrada a la iglesia y matada inhumanamente por Pedro el Lector y una horda de fanáticos salvajes y despiadados. (...) Después de esto, Alejandría ya no fue turbada por los filósofos.

Quince siglos separan a una filósofa de la otra. Una representa la independencia de la filosofía frente al poder la Iglesia, la otra el total sometimiento y dependencia. ¿Tendré necesidad de explicarle al lector que, a pesar de los quince siglos que separan a ambas mujeres, la filósofa de Alejandría me parece mucho más moderna y actual que la polaca?


Este artículo publicó el pasado domingo en el "Faro de Ceuta".

miércoles, 17 de febrero de 2016

La Magdalena de Proust por Francisco Gil Craviotto

He bajado al pozo. El pozo de los recuerdos lejanos. Allí me he encontrado a mí mismo, con una veintena de años, paseando por los alrededores de una iglesia. Noventa o cien pasos calle arriba; noventa o cien pasos calle abajo. Sabía que, en cuanto terminara la misa, minuto antes o después, tenía que aparecer. También sabía que no iba a poder hablar una sola palabra con ella, pero quería verla; ver, aunque sólo fuese de soslayo y a unos metros de distancia, ese cuerpo que yo tanto había amado y había perdido para siempre. Consulta al reloj. Otros noventa o cien pasos hacia arriba, otros noventa o cien pasos para abajo. Así durante más de un siglo. Al fin, tras una especie de lejano rumor, empezó a salir gente. Eran sobre todo hombres. También parejas, señoras y caballeros endomingados que a veces se paraban en las inmediaciones del templo, saludándose unos y otros y formando pequeños corrillos. Después vino el torbellino: niños, viejos, parejas, chicas apetecibles, beatas... Yo sabía que en ese torbellino tenía que estar ella. Y así fue. Venía con su tía, uno de los enemigos más poderosos que yo jamás he tenido -me tildaba de come curas y volteriano-, ambas cubiertas con el velo -inequívoco símbolo de sumisión y acatamiento-, a buen paso y, por las apariencias, sin ánimo de hacer parada en ninguno de los corrillos que se habían ido formando. Decidí avanzar, sereno y pausado, en dirección contraria, de manera que, al cruzarnos, aunque fuese como un relámpago, tuviese un instante para mirar aquel rostro y acaso, con un poco de suerte, rozarme con ella. Y así fue. Ni un gesto ni una palabra, sólo una mirada a la que su tía respondió con una especie respingo de cabeza y ella mirando en dirección opuesta. Pero, al tiempo que pasaba, noté que una mano se paraba en la mía y que algo muy tenue rozaba mis dedos. Creo que ha sido una de las sorpresas más grandes y felices de mi vida. Así con fuerza aquella insignificancia, continué sin inmutarme mi camino y, sólo cuando estuve a prudente distancia, subí y abrí la mano. Era un papelito, un insignificante papelito cortado con premura de las páginas de un periódico, y en él tan sólo había escritas estas seis palabras: “Viernes, a las 7, puerta iglesia.” Era muy poco, pero suficiente. Aquellas seis palabras me hacían el hombre más feliz de la Tierra.

Sólo eran cinco días, pero tardaron en pasar como si hubiesen sido cinco siglos. Cuando al final llegó aquel viernes de felicidad aún no eran las siete menos cuarto y ya estaba yo en la puerta de la iglesia. Llovía. Otra vez noventa o cien pasos para arriba, noventa o cien pasos para abajo, pero esta vez cubierto con un paraguas. A las siete de la tarde en diciembre es completamente de noche. Con la lluvia y los paraguas era muy difícil saber quien se cruzaba conmigo, sólo los andares denotaban si era una mujer joven o vieja. Sucesivas consultas al reloj. Noventa o cien pasos para arriba, noventa o cien pasos para abajo. Así una y mil veces. Al fin un paraguas se paró junto al mío y una voz me susurró muy quedo:

-- Sígueme.

La seguí. Entró en la iglesia y yo, después de dudarlo un momento, -¿será posible que me haya citado para esto?- entré también. El templo estaba en penumbra y vacío. Sólo cuestión de cinco o seis viejas se arremolinaban junto al confesionario. Otras dos rezaban en uno de los altares de la derecha. Ella permanecía de rodillas en uno de los bancos de la entrada; yo seguía de pie junto a la cancela. Noté que, más que rezar, lo que hacía era observar el ambiente del templo; al cabo de unos minutos, vi que se levantaba, cogía el paraguas y se dirigía a una segunda puerta de la iglesia, que daba a otra calle. Yo la seguí a una prudente distancia. Tomó acera adelante y, al llegar a cierto portal, cerró el paraguas y entró en la casa. Yo hice exactamente igual. Justo en el momento de cerrar el paraguas oí en la oscuridad su voz que me preguntaba.

--¿Has visto si nos seguía alguien?
-- Nadie.
--¿Seguro?
-- Completamente seguro.

Sólo entonces se atrevió a llegar hasta mí. Empezamos a abrazarnos y besarnos -te quiero, te quiero, te quiero- y, en tanto nos devorábamos, nuestras manos se convirtieron en ansiosos tentáculos que recorrían las más recónditas intimidades.

--Todo lo que tú quieras, menos lo que sabes que es imposible.
--¿Cómo has conseguido que te dejen salir sola?
-- Porque voy a confesar.
--¿A confesar?
-- Sí, a confesar.
--¿Cuánto tiempo tenemos?
--Un cuarto de hora o veinte minutos; quizás un poco más, pero ya hemos consumido los primeros cinco minutos.
--Nos quedan poco más de diez.
--No pienses en el tiempo y disfruta lo poco que tenemos.
--¿Por qué has elegido este portal?
--No lo he elegido: es el primero que he encontrado abierto y sin portera.
--Dime en el oído que me quieres.
--Te quiero.
--Dímelo otra vez.
--Te quiero, te quiero.

Seguían las manos su recorrido de placer. No había intimidad que se quedara sin caricia. A la alegría de disfrutar de la hermosura de aquel cuerpo, se unía mi victoria contra la intolerancia y el fanatismo de su familia.

--No traes bragas.
--Es así como a ti te gusta, ¿no?
--Sí, así es.
--Por eso me las he quitado.
--Estás húmeda. Tienes aquí un manantial.
--De tanto como te quiero. Me vuelves loca.
--¿Haces estas cosas con tu novio?
--Sabes perfectamente que no.
--¿Lo intenta?
-- Claro que lo intenta.
--¿Y cuándo te cases?
--Eso está por ver.
--¿Cuándo viene el general?
--Teniente. Sabes perfectamente que sólo es teniente.
--Pero yo lo asciendo a general.
-- Siempre con tu ironía
--Bien. ¿Cuándo viene el teniente?
--No lo sé. Cuando tenga permiso. Cuanto más tarde, mucho mejor, porque en cuanto venga, lo nuestro se acaba.
--¿Tanto lo quieres?
--No, a quien quiero es a ti y la única manera de evitar que te mate es que lo nuestro acabe.
--¿Y si nunca se entera?
--Para que no se entere lo mejor es que se acabe.
--¿Quién te buscó ese novio? ¿Tu madre o tu tía?
--No, el padre Bienvenido.
--Mejor aún. Y tú tan obediente.
--No me dejan otra opción. Tú no sabes el infierno que estoy viviendo.

Los faros de un coche, que en ese momento pasaban por la calle, iluminaron dos lágrimas que le resbalaban mejillas abajo.

--Te voy a pedir un favor.
--¿Qué favor?
--Que cambies de tema. Disfruta este momento y no pienses en nada más. No me amargues los cinco o seis minutos que todavía nos quedan.
--Favor concedido.
--Te quiero.

Estábamos ya llegando al séptimo cielo del paraíso cuando, al tiempo que se encendía la luz, oímos que por las escaleras bajaba gente.

--Viene alguien.
--Es en los pisos últimos. Nos da tiempo a largarnos sin prisas.

Pero al cabo de unos instantes comprendimos que era una vecina que iba al piso de otra vecina. Incluso oímos el timbre de la puerta. Volvió a apagarse la luz y nosotros seguimos amándonos.

--Saca el pañuelo. En el suelo no debe caer una gota.
--Lo tengo en una mano.
--No, prefiero que me lo pases a mí. No quiero pensar si me mancharas. Si en mi casa notaran algo, yo creo que me mataban.
--Nunca sería tanto.
--Sí, estoy segura que me mataban. Pero no me importa después de haber estado en tus brazos.
--Te quiero.
--Piensa que este cuerpo siempre será tuyo, que te quiero con toda mi alma, que...

Leves quejidos sucedieron a las voces. Al fin, reclinada en mi hombro, me preguntó:

--¿Has sido feliz?
--Mucho. ¿Y tú?
--Muchísimo.
--¿Repetimos?
--No puede ser.
--¿Por qué?
--Tengo que ir a confesar.
--¿No puedes dejarlo para otro día?
--No. Pueden venir a comprobar si es verdad que he salido a confesar.

Se bajó la falda, me abroché el pantalón y, protegidos con nuestros respectivos paraguas, salimos a la calle. Seguía lloviendo, pero con menos intensidad. Cuando llegamos a la iglesia, de las cuatro o cinco viejas que merodeaban en torno al confesionario, no quedaba más que una y, justo en ese preciso momento, se acercaba al confesionario. Ella se instaló en un banco próximo, se prendió con varias horquillas el velo y luego, con el rostro oculto entre ambas manos, empezó a hacer examen de conciencia o algo que se le parecía. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo no tenía pañuelo. Llegué a ella en el preciso momento en que se levantaba para acercarse al confesionario.

--¡El pañuelo!

Me miró pasmada al tiempo que lo sacaba del bolsillo del abrigo y me lo ponía en la mano.

--No quiero pensar la que te habrían armado si lo llega a encontrar tu madre.

Suspiró asustada:

--Me matan.
--¡Oye! De lo nuestro al cabrón ese, ni una palabra.
--Descuida.

Salí de la iglesia pensando en que hasta el viernes siguiente, si todo iba bien, no volvería a visitar el paraíso. También con la zozobra de que un día volviese el general y nuestra felicidad se fuese al carajo. Justo en el momento en que yo salía, por la otra puerta de la cancela, me pareció ver una sombra o pájaro de mal agüero que entraba en la iglesia. Fuera había dejado de llover y una luna creciente y pálida se deslizaba entre dos masas de nubes.

Había sido una chiquita del embarcadero de Hardricourt la que me había traído todos estos recuerdos. La había columbrado en la lejanía y, fue verla y tener que acelerar el paso, no fuese a desaparecer antes de que yo llegara. De lejos se parecía enormemente a ella. Pero no, en modo alguno era ella; una mujer como ella es, por esencia, irrepetible.

Ahora pienso que, si una simple magdalena derramada en una taza de café, le permitió a Proust encontrar un tiempo aparentemente perdido, nada de particular tiene que esta náyade del Sena, de pantalón corto y blusa ceñida, con su sola presencia, me haya traído a la mente este mar de recuerdos. ¡Dichosa ella que ha tenido la suerte de nacer, crecer y vivir en un mundo libre y civilizado, sin trabas ni fanatismos, y es dueña absoluta de su vida y su cuerpo!

jueves, 4 de febrero de 2016

¿Quién le ha dicho a Carmena que Calvo Sotelo era franquista?


Una de las primeras medidas del Ayuntamiento Madrid ha sido la de cambiar el nombre franquista de treinta calles de la capital. No soy un erudito de la historia, simplemente he leído algunos libros que por aficción a nuestro pasado han caido en mis manos. He de añadir que antes de avivar el enfrentamiento de las dos españas estoy por eso tan ñoño de la reconciliación. Admito que se pueden realizar algunos cambios en aquellos personajes que por sus hechos se significaron de una forma especialmente violenta y sólo justificable desde la optica del odio y la guerra. Ahora, en febrero de 2016, lo que me ha sorprendido es ver que en el moderno y progresista Ayuntamiento de Madrid, consideran a José Calvo Sotelo un franquista.
Calvo Sotelo es claramente un político de derechas, pero lo era antes que franco fuese conocido y le asesinaron días antes de que Franco cruzara el estrecho, cuando éste era un militar preocupado por su carrera que nadaba entre dos aguas, tanto que, en esos días, concretamente el 23 de junio, unos veinte días antes del asesinato, escribe al Presidente del Gobierno con calculada ambigüedad, ofreciendose para calmar «el grave estado de inquietud» del ejército, que crecía día a día debido a malentendidos y desencuentros con el gobierno.
Calvo Sotelo murió asesinado el 13 de julio de 1936, antes del alzamiento, por lo tanto no pudo ser Franquista.

 Así relata el historiador Juan Eslava Galán, en “Una historia de España que no va a gustar a nadie”, lo sucedido alquel fatíco mes de junio del 36:

“En la calle de Augusto Figueroa, el teniente de la Guardia de Asalto José Castillo se despide de su mujer, Consuelo Morales, y sale de su domicilio para dirigirse al cuartel de Pontejos, junto a la Puerta del Sol, donde instruye a las jóvenes milicias socialistas. Cuando Castillo alcanza la esquina de la calle de Fuencarral alguien dice a su espalda: «¡Ese es...!» El pistolero falangista Alfonso Gómez Cobián dispara sobre el teniente su pistola ametralladora. Herido de muerte, Castillo se agarra al transeúnte Fernando Cruz y lo arrastra en su caída. Mientras Cruz busca a tientas las gafas que ha perdido escucha murmurar a Castillo: «¡Mi mujer! ¡Llevadme con mi mujer!» En un taxi trasladan a Castillo al equipo quirúrgico de la calle de la Ternera, donde certifican su muerte. Una de las balas se le ha alojado en el corazón.
La capilla ardiente del teniente se instala en la Dirección General de Seguridad. Al pie de féretro, la joven viuda llora desconsoladamente. No hacía ni dos meses que se habían casado.A escasos metros, en el cuarto de banderas del cuartel de Pontejos, algunos compañeros y correligionarios del finado se conjuran para asesinar a algún significado derechista esa misma noche. A las órdenes de Fernando Condes, capitán de la Guardia que viste de paisano, sacan del garaje la camioneta número 17. El guardia Orencio Bayo la conduce a través de las calles animadas de paseantes. La víctima designada es el líder monárquico Goicoechea, pero no lo encuentran en su casa. Entonces se dirigen al domicilio del líder derechista Gil-Robles. También está ausente.
Cuando transitan por la calle de Velázquez, uno de los guardias recuerda que allí cerca vive Calvo Sotelo. Aparcan la camioneta junto a la acera, en el número 89. En el portal, una pareja de policías monta guardia. En, el cuarto piso viven Calvo Sotelo, su mujer, Enriqueta Grondona, sus hijos, dos chicos y dos chicas de edades comprendidas entre los nueve y los catorce años, la institutriz francesa Renée Pelus, la cocinera, la doncella y un mandadero. Después de escuchar la retransmisión radiofónica de La Bohéme, Calvo Sotelo y su esposa se han retirado a su alcoba. El capitán Condes se identifica ante los guardias del portal.
—Sin novedad en el servicio, mi capitán —saluda el guardia más viejo. Condes y sus acompañantes, los guardias José del Rey, Victoriano Cuenca y otros dos de uniforme, suben al piso del político. Condes pulsa el timbre. La doncella abre la puerta.
—¿El diputado Calvo Sotelo?
—El señor está durmiendo.
—Pues despiértele. Venimos a hacer un registro de parte de la Dirección
General de Seguridad.
Las criadas lo despiertan. Calvo Sotelo se pone un batín negro sobre el pijama y sale al recibidor. El capitán Condes le muestra el carnet que lo acredita como capitán de la Guardia Civil.
—¿Un registro a estas horas? —se extraña el político—. En fin, permítanme que prevenga a mi mujer para que no se alarme. Calvo Sotelo se asoma al balcón del comedor y pregunta a los guardias de la calle si realmente es la policía la que está a su puerta. Los guardias se lo confirman. Ve, además, la camioneta de la Guardia de Asalto. Los guardias registran someramente el piso.
—Tiene que acompañarnos a la Dirección General de Seguridad —le advierte Condes.
—Eso ya no —se resiste Calvo Sotelo—. Ningún ciudadano puede ser detenido sin una orden de la autoridad competente; pero yo, además, gozo de inmunidad parlamentaria como diputado. Para detenerme es necesario que un juez pida un suplicatorio a las Cortes y que éstas lo concedan. Calvo Sotelo intenta utilizar el teléfono, pero un guardia arranca el cable de un tirón. Se terminaron las contemplaciones. Calvo Sotelo comprende. Se deja conducir al dormitorio y se pone ropa de calle. A todo trance quiere alejar a aquella gente de su familia.
Escoltado por los guardias, el diputado sale a la calle. Antes de subir a la camioneta dice adiós con la mano a su esposa, que presencia la escena desde un balcón. Después se sienta donde le indican, en el tercer banco del vehículo, entre dos guardias. Condes se acomoda junto al conductor y le ordena:
—¡A la Dirección General de Seguridad!
En el cruce de la calle de Ayala, el pistolero Victoriano Cuenca, que se ha situado detrás de Calvo Sotelo, empuña su pistola Astra del 9 largo y le descerraja un tiro en la nuca. Cae Calvo Sotelo hacia la derecha. El pistolero se inclina sobre él y le dispara una segunda bala.
—¿Eso ha sido un tiro? —inquiere el conductor.
Los otros guardan silencio.
—Ahora, al cementerio del Este —ordena Condes.
En el camposanto, los asesinos entregan el cadáver a dos vigilantes del cementerio.
—Lo hemos encontrado en la calle.
Mientras tanto, la familia del secuestrado está telefoneando a amigos y correligionarios para denunciar la detención del líder. En la Dirección General de Seguridad niegan haber enviado a un piquete de guardias para detenerlo. Pasan todavía unas horas antes de que se esclarezca lo ocurrido. Finalmente se divulga la noticia: han asesinado a Calvo Sotelo.
—Este atentado significa la guerra —comenta desolado Martínez Barrio.”

Paul Preston, en su libro “El holocausto español” comenta lo siguiente referido a este episodio:

“Tras el asesinato de Faraudo, la petición de las represalias se había acallado, pero cuando mataron a Castillo, varios guardias de asalto del cuartel de Pontejos, ubicado justo detrás de la Dirección General de Seguridad, se mostraron decididos a vengar a su compañero. Los acompañó quien fuera amigo íntimo tanto de Faraudo como de Castillo, el capitán Francisco Condés García, uno de los pocos socialistas que había en el cuerpo de la Guardia Civil. Calvo Sotelo fue detenido en su domicilio. A pesar de que la intención de Condés era llevar al líder monárquico a la Dirección General de Seguridad, poco después de que subiera a la camioneta, uno de los guardias de asalto le disparó. Llevaron su cuerpo al cementerio municipal, donde no sería descubierto hasta la mañana siguiente. La muerte causó gran consternación entre los dirigentes republicanos y socialistas, y las autoridades emprendieron inmediatamente una investigación a fondo. Para la derecha, sin embargo, fue la oportunidad de poner en marcha los preparativos para el tanto tiempo acariciado golpe de Estado.”

lunes, 1 de febrero de 2016

Exorcistas por Francisco Gil Craviotto



José Antonio Fortea, sacerdote exorcista, anunciaba el pasado día 16 de enero, en una interesante entrevista del periódico El País, que su profesión tiene los días contados. Lo decía, según precisa el periódico, con un gesto apesadumbrado.

Una profesión más que desaparece. No es la única que echa el cierre por falta de clientela. ¿Quién se acuerda ahora de la profesión de verdugo, zahorí, cañista, mecanógrafa, talabartero o reparador de paraguas? Pregunte usted a cualquier joven qué es un zahorí o un talabartero y verá cómo la respuesta siempre es la misma: no tengo la menor idea. La vida moderna ha colocado fuera de lugar estas profesiones y otras muchas.

Todo hace pensar que psiquiatras, psicólogos y otras profesiones vecinas van a tomar el relevo de los exorcistas, pero sin darle al tema el carácter sobrenatural que, desde la Edad Media, la Iglesia había sabido imprimirle. Y ahí es precisamente donde está el quid de la cuestión: lo que para la ciencia sólo son trastornos del sistema psíquico y nervioso de una persona, -esquizofrenia, epilepsias, etc.-, para la Iglesia puede ser una posesión diabólica. En este caso no vale ninguno de los remedios de la ciencia y la única solución para tal padecimiento es llamar cuanto antes al exorcista. Pero ahora, con el laicismo imperante de nuestra época, la gente prefiere ponerse en manos del psiquiatra y, los pocos que se deciden por el exorcista, si después de varias sesiones, el diablo se hace el remolón y no hay manera de echarlo fuera, la familia de la víctima incluso puede denunciar al exorcista por los daños producidos para nada en la psiquis del poseso. Y es que con los diablos ocurre igual que con los okupas: unos se van a la primera insinuación y otros se hacen los fuertes y ni con diez parejas de guardias civiles hay manera de echarlos fuera. Ya ocurrió en marzo del 2014 -ahora hace casi un año-, cuando un diablejo insolente se hizo el fuerte en el cuerpo de una niña de Valladolid y la familia denunció después al cura, don Jesús Hernández Sahagún, porque, después de más de diez sesiones de exorcismos, la niña estaba cada día peor y habían tenido que llevarla al psiquiatra. Suerte que jueces y fiscales, siempre comprensivos ante este tipo de asuntos, dieron carpetazo a la denuncia. Ahora se halla en el cajón de los premeditados olvidos. Son precisamente estas reticencias del público lo que, según el cura Fortea, va a dar al traste con la profesión. Pase usted toda la vida echando diablos fuera para que al final, porque uno se hizo el bravo, le pongan una denuncia.

Uno de los puntos que más me ha llamado la atención en esta entrevista es la respuesta que el cura Fortea da a la pregunta de cómo podemos estar seguros de que una persona tiene un diablo dentro del cuerpo. Son los indicios siguientes: hablar una lengua desconocida o entenderla si es otro el que la habla, echar espuma por la boca y tener unas fuerzas superiores a lo normal. Lo de la lengua me ha alarmado bastante, porque a veces, sin darme cuenta, se me escapa un latinajo o un galicismo. Hasta ahora no sabía que fuese tan peligroso. En lo sucesivo, en lugar de “curriculum vitae”, diré “datos biográficos” y, cuando vaya a un recital de poesía y alguien me pregunte qué me ha parecido, en lugar de salir con el “dejà vu”, simplemente diré, “los tópicos de siempre”. No me gustaría que cualquier día llamen a la puerta y me encuentre con un exorcista que viene a hacer su trabajo en mi persona. También, en cuanto lo vea, le voy a dar un aviso a mi amigo Manuel Arredondo, que es muy dado a las citas latinas, siempre en un latín impecable, no sea que el día menos pensado se encuentre con el exorcista en su puerta.

Hay sin embargo algo en esta entrevista de El País que me ha llamado extraordinariamente la atención, no por lo que dice, sino por lo que calla. Me refiero a la entrada del diablo en el cuerpo de la víctima. ¿Cómo y cuándo lo hace? Ni una palabra sobre el tema. Esto nos lleva a un enorme problema: es imposible tomar las debidas precauciones. Hace unos años leí en un periódico, no recuerdo cuál, que en Estados Unidos había surgido una medicina milagro que terminaba rápidamente con la obesidad. Pero, ay, todos los que la tomaron se encontraron después con la sorpresa de que tenían dentro una solitaria. La tenia era el milagro que les había hecho adelgazar. Algo así se me ocurre pensar que debe ser el sistema parasitario del diablo. Usted se come, por ejemplo, una parrillada de gambas y en una de ellas va el huevo de una diabla, pues imagino que los diablos, al igual que los gallos, no pueden poner huevos. En el estómago eclosiona el huevo y poco a poco el diablo se va haciendo adulto. Es algo parecido a una tenía, pero de efectos mucho más perversos y persistentes. Usted empieza a hablar varias lenguas de las que antes no tenía ni la menor idea y sus fuerzas muy pronto se hacen descomunales. Está claro que es un poseso. Sólo cabe una solución: llamar al exorcista. El problema se agudiza si usted es agnóstico, librepensador o ateo y no cree en ángeles ni diablos. En ese caso no le queda más que apencar con su suerte y pedirle a su diablejo que no se exceda pues, aunque usted no crea que existe, él va a seguir incordiándole. ¡Ah! No olvide darle las gracias por haberle enseñado una lengua extranjera. Cuanto más rara, mayor debe ser el agradecimiento. En cierta medida, al precio que hoy están las academias de idiomas, tener dentro un diablejo experto en lenguas, no deja de ser una bicoca.


Artículo publicado en "El Faro de Ceuta" ayer domingo