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viernes, 3 de marzo de 2017

Crónica apócrifa de Pedro I el Cruel

FRANCISCO GIL CRAVIOTTO, Socio de Honor de la Casa de la Alpujarra
DE LA ACADEMIA DE BUENAS LETRAS DE GRANADA
La Opinión, jueves 23 febrero 2017



Carlos Asenjo Sedano, además de un reconocido y muy apreciado historiador, también es un ameno novelista. La última de sus novelas, recientemente publicada por la editorial Chiado de Madrid, es ‘Crónica Apócrifa del Rey Cruel’. En esta obra el autor sabe muy bien hermanar las dos grandes virtudes que debe tener toda novela histórica: el rigor de la investigación y la amenidad del relato. El resultado es una novela que, a pesar de llevarnos a una época muy lejana, logra enganchar al lector y, desde las primeras páginas, se lee con gran agrado y un marcado interés.

La novela se inicia con la muerte del rey Alfonso XI, frente a los muros de Gibraltar, entonces en manos del rey moro de Granada, víctima de la peste. Su entierro y funeral los aprovecha el historiador para, haciendo cuenta atrás, contarnos los amores de Alfonso con Leonor de Guzmán, una mujer muy bella y muy puta, se nos dice en el libro, que dio a Alfonso nada menos que ocho hijos bastardos. La esposa del rey, doña María de Portugal, sólo le dio uno, el príncipe Pedro, porque, después de la noche de bodas, el rey jamás volvió a visitar la cama de la reina ni la invitó a la suya. Esta soledad de la reina fue alimentando un odio que, en cuanto Alfonso murió, dio sus frutos: la reina envió un sicario con la misión de asesinar a la bella concubina. Nada menos que cien puñaladas recibió aquel cuerpo de mujer que tanto placer le había dado al rey Alfonso.

No será éste el único asesinato del libro. En cuanto el príncipe Pedro fue proclamado rey, la ola de muertes violentas fue creciendo más y más. Con el tiempo, llegó a tal grado su furor asesino, que abades y obispos empezaron a pensar en la posibilidad de que el rey estuviera endemoniado. Los grandes remedios de la Iglesia para atajar esta sed de sangre del rey –agua bendita, novenas y misas–, no produjeron el menor efecto.

Aquel rey cruel y asesino también era un saco de lujuria. Tenía una barragana fija –doña María de Padilla, aún más bella que la concubina de su padre–, y otras esporádicas que sólo duraban una noche. Doña María empezó a darle hijos bastardos y, para evitar que, en caso de muerte de aquella fiera coronada, el reino fuese a parar a un bastardo, obispos y cardenales acordaron que Pedro I contrajese matrimonio. El rey de Francia le dio al de Castilla la princesa doña Blanca, bella, rubia y de ojos azules, a la que don Pedro, siempre obsesionado con el cuerpo de la Padilla, no le prestó la menor atención. Doña Blanca premió el desprecio del rey añadiéndole a su corona una soberana cornamenta. Desde ese momento la obsesión del rey de Castilla fue la caza y captura del hombre que lo había hecho cornudo, algo bastante difícil porque éste aparecía y desaparecía como el río Guadiana.

Todo esto lo cuenta Asenjo Sedano con un lenguaje ágil y realista, ligeramente arcaizante, que a veces, sobre todo en la descripción de paisajes, roza la prosa poética. Los retratos de los personajes, especialmente las mujeres, son uno de los grandes aciertos del libro, así como el repetido símil del color rojo para indicar la obsesión asesina del rey cruel. En suma, una gran novela, que cumple a maravilla los deseos de los ilustrados del siglo XVIII, enseñar deleitando, porque este libro, al tiempo que entretiene, nos muestra una de las páginas más lamentables y sobrecogedoras de la historia de Castilla.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Franco y el Santo Grial, por Francisco Gil Craviotto

La prestigiosa revista “Historia y Arqueología” ha publicado un extenso artículo titulado “El Caudillo bebió del Santo Grial para hacerse inmortal”. Ilustran el artículo varias fotos del dictador; en la más significativa aparece de rodillas ante un cardenal que le da a beber, en el santo Grial el vino consagrado que si, aceptamos la fe de la Iglesia, se ha convertido en la sangre de Cristo. La suma de estas dos peregrinas circunstancias -santo Grial y vino convertido en sangre de Cristo-, serían las que, según la leyenda, produciría la inmortalidad. Para estar más seguro de esta inmortalidad, según el mencionado artículo, la noche antes de tal evento durmió Franco con el brazo incorrupto de santa Teresa a la vera de la cama y, al comenzar el acto litúrgico, besó el lignus crucis (fragmento
de la cruz en que murió Cristo) de la catedral de León. Después de esta larga y un tanto medieval ceremonia, Franco se sintió inmortal y apto para seguir eliminando a todo enemigo o amigo sospechoso que se cruzara en su camino. Detalle curioso: el artículo no nos dice si la esposa del dictador, Carmen Polo, más conocida por La Collares, bebió también en el santo Grial el licor inmortal.

Ahora, observando las distintas fotos que ilustran el reportaje, se diría que el caballero, arrodillado ante el imponente cardenal de León, jamás había roto un plato; también llama la atención la particularidad de que en todas las fotos sólo se vean sotanas y uniformes militares. A fin de cuentas es algo normal: fueron los que, tras el golpe de Estado que degeneró en guerra civil, ganaron la guerra.
Los otros dos vencedores -Hitler y Mussolini- en esa fecha ya habían perdido su propia guerra y, sin creerse ni una tilde de la inmortalidad de nuestro dictador, se hallaban en el otro mundo esperando la llegada del pedáneo Francisco Franco.

Que tal leyenda era un descarado timo debió comprenderlo en los días que precedieron su fallecimiento, cuando toda una cohorte de médicos se esforzaba en alargarle hasta lo imposible la vida, mientras su familia, por lo que pudiera suceder, se afanaba en llevar a buen recaudo todo cuanto él y la Collares, a la calla callando, habían logrado robar durante su larga y sangrienta dictadura de casi cuarenta años. Fue una prolongada y cruel agonía de más de un mes. Yo viví el culebrón en París y recuerdo que las noticias de la tele francesa siempre comenzaban con la misma cantinela: “Le Codillo, très malade”. Me hacía gracia que la rutilante palabra española Caudillo, al pasarla al francés, se convirtiera en Codillo, que tanto recordaba el exquisito codillo de cerdo. También recuerdo
que en la colonia española, integrada por los refugiados de la guerra civil y los emigrantes que la penuria de la dictadura había producido, la frase que más se oía era ésta: “¿Tienes ya la botella de champagne?” Como la agonía fue tan larga todo el mundo tuvo tiempo suficiente para comprar su botella de champagne y guardarla en la nevera. Al fin el veinte de noviembre, sin que sirviera para nada el vino consagrado del santo Grial, el lignus crucis, ni el brazo incorrupto de santa Teresa, el hombre que más españoles había matado, -muchos más que todos los generales de Napoleón y el almirante Nelson juntos-, dejaba este mundo. En la colonia española, ampliada por una multitud de amigos franceses, fue un incesante descorchar de botellas. No se me va de la memoria la visión de dos españoles que, cogidos del brazo, iban por las inmediaciones del metro Saint Fargeau cantando “Asturias, patria querida.”

--¿Son asturianos?-Les pregunté.
--No, somos andaluces.
--Entonces, ¿por qué cantan lo de Asturias?
--Porque es lo que cantan los borrachos.

Se perdieron, haciendo eses, por la avenida Gambeta. Algún tiempo después leí en la prensa que en noviembre del 75 se había vendido en Francia un veinte por ciento más de champagne que en ese mismo mes del año anterior. El periodista lo relacionaba con la muerte del Caudillo y, con cierto humor, terminaba su información diciendo que aquella había sido la última hazaña del caudillo Franco.


De todo esto hace ahora cuarenta años. No está mal recordarlo. La revista “Historia y Arqueología” hace muy bien en sacar a la luz esta olvidada historia del santo Grial que, además de evidenciar que todos somos mortales y que contra la muerte no hay truco que valga, de soslayo, también pone al descubierto la calidad
cultural del dictador de España.

martes, 18 de febrero de 2014

¡MOROS EN LA COSTA!



Del dicho.
Quién no ha oído o dicho alguna vez: “Cuidado; que hay moros en la costa”. Una frase que expresa desconfianza por si nos oyen. Una actitud de elemental prudencia nos lleva a pronunciarla en muchas ocasiones de nuestra vida. Si estamos con un amigo en la calle parados, en franca conversación sobre los innumerables asuntos que solamente a nosotros nos atañen o que pueden ofender a terceros; miramos de reojo, y si vemos que se aproxima alguien del que estamos hablando, no precisamente bien, entonces advertimos. “Cuidado, que hay moros en la costa”. En un local público, donde según costumbre muy española hablamos a voces, no está de más que miremos a nuestro alrededor y aconsejemos: “Cuidado, que hay moros en la costa”. No es prudente hablar con descuido sin antes cerciorarnos de que no nos oyen ni nos pueden oír nuestros adversarios en ideas o los de la competencia. También cuando queremos dar una sorpresa agradable o gastar una broma y no queremos que se entere el destinatario. En todos los casos la popular frase viene a cuento.
Es evidente que trasciende su literalidad. No hablamos para nada de moros ni de ninguna costa. Este es precisamente el valor de los dichos; que han quedado gramaticalizados y ya no designan el suceso que le dio vida. Ahora sirven para describir situaciones u orientar conductas.
En la segunda parte de este artículo intentaremos buscar el origen y las circunstancias que lo hicieron posible.



Al hecho.
La relación entre ambas orillas del Mediterráneo, la africana y la europea, ha sido intensa durante la vieja historia de los pueblos asentados en sus playas y territorios cercanos. Moros o bereberes (de Berbería) formaron el grueso del ejército que pasó el Estrecho de Gibraltar al mando de árabes (de Arabia).
Con la cultura islámica enseñoreándose de ambas orillas en los siglos medievales, continuó el intercambio económico y cultural. Pero fue tras la conquista de Granada por los Reyes Católicos cuando surgió el popular dicho. Trasladada la “frontera interior” con el mundo musulmán a la costa, había que defenderse del enemigo que venía del mar. El problema se agudizó desde el momento en que Boabdil embarcó con su séquito en el puerto de Adra, aquel otoño de 1493; se hizo dramático durante el periodo morisco, prácticamente todo el XVI, y se prolongaron las incursiones de piratas en el XVII y aun el XVIII.
Durante más de un siglo la costa quedó poblada de baluartes defensivos: erigiendo castillos y restaurando torres vigías, las almenaras, desde donde se avisaban entre sí y con el interior por medio de humo o fuego. El grito de ¡Moros en la costa! saltaba de torre en torre y corría como la pólvora por barrancos y lomas hasta llegar a los más lejanos rincones de la comarca. Aún hoy se pueden contemplar los restos de aquella lucha secular: la costa alpujarreña fue una de las más castigadas. Desde el cabo Sacratif hasta Punta Entinas, considerados comúnmente como los límites costeros de la comarca, pueden rastrearse recintos fortificados o alcazabas: Castell de Ferro, Castillo de Baños, La Rábita, Adra, Guardias (Guardas) Viejas… y atalayas: La Mamola (o de Cautor), Melicena, Punta Negra (o del Puntalón), La Rábita, Huarea, Guainos…
La bibliografía es cuantiosa, pormenorizada. Citemos un caso entre cientos. En 1565, a las puertas de la rebelión morisca, Órgiva sufrió una incursión de piratas: saquearon el pueblo, se llevaron cautivos a 20 cristianos viejos, y 54 moriscos, paisanos del lugar, aprovecharon la ocasión para marchar con sus pertenencias allende el mar. Está documentado que, en muchos casos, los cristianos nuevos, o sea los moriscos, hacían de quinta columna pasando información al enemigo. De ahí el recelo entre habitantes de un mismo pueblo y el temor al moro, tomada esta palabra en sentido amplio. Y no sólo en la costa, sino también en el interior: Albuñol, Dalías, Lucainena… pasaron por idéntico o peor trance. “¡Cuidado! Que hay moros en la costa” fue el grito angustiado que se oyó, o susurró, en cualquier lugar. Hasta las paredes podían escuchar. Para nuestros antepasados alpujarreños, los de usted y los míos, la frase tuvo un sentido rigurosamente literal, con todo el dramatismo de aquellos tiempos inseguros.
Adra, por su puerto y situación estratégica, fue la población más castigada. En 1620 sufrió un saqueo devastador de los turcos. No quedó una casa libre, ni en el mismo recinto amurallado. De ahí que algún soldado con destino en el castillo prefiriera tener a su familia en la vecina Berja, lugar algo más seguro aunque no del todo.

Es posible que más de uno me censure el uso de la palabra “moro”. Aceptado la reconvención, permítaseme recordar al menos que “moro” designaba en su origen al habitante de la Mauretania Tingitana y la Mauretania Caesariense (norte de los actuales Marruecos y Argelia respectivamente), provincias del Imperio Romano, igual que “bético” al natural de la Bética, otra provincia romana; unas en África y otra en Hispania; a ambas orillas del Mare Nostrum Occidental. “Moro” procede de “mauro” (plural mauri), habitante de las Mauritanias andes dichas (paso de “au” a “o” en los idiomas romances; como “tauro”-“toro”). En terminología algo más culta, se habla de maurofilia y maurofobia, o de maurófilos y maurófobos. Y en esas andamos.
Así pues, había moros con anterioridad a las culturas cristiana y musulmana. Difícil lo van a tener los que quieran suprimir la popular (“polémica” dirían algunos) palabra que cuenta con unos dos mil años de vida, la cual anda a sus anchas por la literatura, la historia, el habla popular…
Procuraré eludirla, queridos paisanos. Aunque, qué quieren que les diga, me resulta un tanto violento pedir en el bar “un pincho magrebí”. Por supuesto, halal y que no sea de animal inmundo.
-Pues pida uno de tortilla española.
-Es que… a lo mejor… eso de “tortilla española” tampoco está bien dicho. ¿Usted no cree más adecuado “tortilla estatal”? Yo lo decía mayormente por no molestar. Y si es por escrito también me asaltan las dudas: ¿pincho o pintxo?, ¿española o espagnola?
-Mejor que se quede en casa, y allí, en la intimidad del hogar, se prepare lo que le apetezca. Eso sí: sea discreto, cierre las ventanas y hable quedo. Nunca se sabe. ¡Cuidado! Que puede haber moros en la costa.

                                                                                                 Francisco Alcázar


Nota: A este artículo, si es acogido aceptablemente por los amables lectores de la Casa de la Alpujarra, podría seguirle alguno más de parecidas características. Dichos que tuvieron su origen en nuestra tierra. O de fuera, pero tan bien aclimatados al terruño que merecen nuestra atención. El saber popular plasmado en sentencias es un camino, entre otros, de acercarnos a la realidad de un pueblo, en este caso de nuestra comarca.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La Alhambra de Salomón

La Alhambra de Salomón, de Jose Luis Serrano, autor de otros libros como Validez y vigencia o Dolomitas y Brenta, es una novela de narrativa histórica que cuenta la historia de la construcción de La Alhambra de Granada; una historia de amor y luchas familiares en una época de esplendor.
La gran novela sobre la construcción del monumento histórico más visitado de España. La Alhambra de Salomón es una novela con rigurosidad histórica, ritmo ágil, lectura amena y un protagonista con una fascinante historia de crecimiento personal. Está ambientada en el siglo XI en el Al Ándalus, una época de esplendor y cultura. Dirigida a los lectores de novelas históricas del estilo de La catedral del mar y El médico. Corre el año 1002. Tras la muerte del padre, la familia Nagrela llega a Córdoba, capital de Al Ándalus. Allí establecen su negocio de plantas medicinales y remedios de espagírica Samuel Nagrela, el segundo varón de la familia, cultiva el comercio y, al mismo tiempo, estudia la ciencia de los griegos, la jurisprudencia judía, el derecho musulmán, el Corán, la Biblia, el Talmud, la lengua aramea, la medicina hipocrática y un oficio que habría de cambiarle la vida: el de calígrafo de la lengua árabe. En el 1013 el ya rabino Samuel inicia su viaje de exilio, tras la guerra civil. Está convencido de que lo guía la Divina Providencia y de que algún día será príncipe de todos los judíos andalusíes. En ese viaje iniciático conocerá a Ilbia, una joven noble recluida en el castillo de Salobreña, con asombrosos conocimientos matemáticos y arquitectónicos, y que habría de convertirse en la mujer de su vida y en la artífice de su sueño: años más tarde, cuando ya es un hombre rico y poderoso, Samuel construirá el nuevo Templo de Salomón.

Sinopsis tomada de casadelibro.com

miércoles, 16 de octubre de 2013

¡VIVA LA ´GRASIA` DE LA ALPUJARRA, CON PASAPORTE DE EMIGRACIÓN!

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Extracto de la carta que con fecha de 28 de julio de 1905 dirige Natalio Rivas, Diputado a Cortes por el Distrito de Órgiva, al Conde de Romanones, por entonces Ministro de Fomento, exponiéndole pormenorizadamente y con datos oficiales la lamentable situación en la que vive la comarca, a fin de que tome medidas para aliviarla.



viernes, 11 de octubre de 2013

CÁDIAR: UNA NUEVA FERIA PARA LA ALPUJARRA.

Germán Acosta Estévez


A Loli Rojas Cruz, Mariana Fernández Tarifa y Mª Rosario Almendros Juárez.


No soplan buenos vientos para la Alpujarra a finales del siglo XIX. A la invasión de la filoxera, que deja arruinada la principal fuente de riqueza de la comarca, hay que sumarle una serie de calamidades como los temporales de lluvia y nieve que se alternan con años de acusada sequía y agudizan la falta de trabajo, enfermedades como el cólera, o los daños causados por el terremoto de 1884, por no hablar de la falta de sensibilidad del Gobierno y las actuaciones arbitrarias de los caciques locales ante la magnitud del problema. Todo lo expuesto sume a la población alpujarreña en un estado de pesimismo creciente y se plantea la emigración allende los mares como su única salida. Como muestra, el extracto de los versos del polifacético Juan Romero de la Torre, maestro de Cádiar en 1897:

“…¡Cuántas grandes cortijadas
testigo de lo que fueron,
porque sus viñas perdieron
hallase en ruinas y cerradas!

Cádiar, Murtas y Turón
pueblos de grande riqueza
están que causan tristeza,
lástima, pena, aflicción.

Lo mismo se halla Albondón
Gualchos, Polopos, Rubite,
Torvizcón y Fregenite,
Sorvlián y Alfornón…”

Por estas fechas existen en la Alpujarra tres ferias de ganado: en Ugíjar y Órgiva desde comienzos del siglo XVII y en Albuñol desde ya bien entrada la segunda mitad del XIX. Cádiar, con su reciente título de Villa, obtenido en 1882, busca en la celebración de una feria un evento acorde a su nuevo rango, principalmente fomentada por las autoridades locales y, sobre todo, por los mayores contribuyentes, poseedores de gran parte de los comercios de la localidad y cuyos ingresos se habían resentido de forma notable por los acontecimientos antes descritos. Se trataba, pues, de reconducir la situación y detener la sangría migratoria que se estaba produciendo para generar así una dinámica de estabilidad en el municipio.
Dada la escasez de documentación existente en los trámites para la celebración de la Feria, creemos que fueron llevados a cabo de forma personal por el alcalde y algún que otro miembro destacado de la comunidad; el mismo sigilo y rapidez se produce en la autorización, difusión y celebración de la primera Feria de Ganado de Cádiar. Con un escueto comunicado en la prensa y con tan sólo unos días de anticipo, El Defensor de Granada en su edición del 28 de septiembre de 1897 recoge lo siguiente:
“Las gestiones practicadas por el Ayuntamiento de Cádiar con el fin de conseguir autorización para celebrar todos los años Feria Real de ganados han dado resultado satisfactorio y en virtud de aquella, á contar de este año, se verificará en los días 4,5 y 6 de octubre la referida feria, que será sin duda una de las más importantes y concurridas de la Alpujarra por la posición central que ocupa Cádiar en la región y el desarrollo que adquieren día en día las transacciones comerciales y el tráfico entre los pueblos limítrofes y cercanos…” 

 
No cabe duda que los primeros años de Feria suscitaron la ilusión del vecindario y las autoridades tenían depositadas grandes expectativas en ella, tanto por la posición estratégica que ocupa Cádiar en la Alpujarra, como por las condiciones del lugar para organizar tal evento,“…su espaciosa riada junto á la villa en la que hay aguas y pastos abundantes para los ganados, sus económicos y cómodos hospedajes, la seguridad personal para los feriantes y la proximidad de pueblos de relativa importancia”, así como la fecha idónea para su desarrollo. Precisamente este último aspecto va a propiciar la queja de Órgiva y de Ugíjar en 1899 ante el Gobernador Civil, al que solicitan el traslado de fechas de la Feria de Cádiar, bien al mes de septiembre, o bien más allá del 15 de octubre, porque se sentían agraviados y perjudicados. En el pueblo, como era de esperar, no sentó muy bien esta iniciativa que se atribuía a los caciques de las otras villas citadas, al tiempo que se proclamaba que Cádiar no tenían la culpa de su ubicación en la comarca, y que ”no impone derechos que mermen la utilidad ó beneficio de aquellos que cambien, venden ó compran…” Por eso se rogó al Gobernador que no cediera a las presiones y que diese a estos municipios una lección ejemplar, como parece que sucedió, tal y como se deduce del siguiente comunicado: “y parece que providencialmente ha venido la mencionada sentencia á cortar los vuelos de los consentidos y orgullosos adversarios de esta renombrada feria”. Por ello, tras el análisis de las pertinentes informaciones requeridas por el Gobernador, fue Órgiva la que se vio obligada por ley a celebrar su feria desde el 29 de septiembre al 1 de octubre a partir de 1899. Pero, mientras esta última villa tomó diversas iniciativas para potenciar sus festejos, Ugíjar permaneció impasible y finalmente tuvo que retrasar también su Feria unos días.
De exitosos cabe calificar estos primeros años de andadura de la Feria, pues la gran afluencia de público de otras localidades propició en la mayoría de las ocasiones que se realizasen numerosas transacciones de ganado, especialmente el vacuno que obtenía buena cotización, fomentando de paso el desarrollo del comercio local y comarcal: “Es constante la entrada de viajeros de todos tipos que vienen á realizar sus compraventas, y de Jubiles ,Bérchules, Mecina Bombarón, y Trevélez llegan multitud de ganaderos y pastores con sus reses de todas clases, entre los que sobresale el ganado vacuno, distinguiéndose los hermosos becerros cebados de Trevélez(…)Calles llenas de viandantes que se detenían el los mil puestecillos y tenderetes instalados en las aceras; los comercios, abarrotados de mercancías se han visto muy favorecidos por el público”. Aumentaron los ingresos del ayuntamiento hasta el punto de construir este un teatro en 1902, y le dio estabilidad al proyecto: “…la feria de Cádiar en tres años ha resultado una verdadera viña para la antigua corte de Aben Abó.” Aunque también hubo años como 1913 en el que se generó poco negocio, pues la climatología adversa acabó con la cosecha antes de tiempo y no se disponía de demasiado dinero para gastar, por lo que las operaciones comerciales fueron escasas.
La Feria de ganado, como ya se dijo, estaba instalada junto al río. Allí se solían disponer los ventorros o bodegones, especie de casetas rudimentarias donde se refugiaban los asistentes en las horas centrales del día para refrescarse y también donde se cerraban la mayoría de los tratos frente a un chato de vino o un jarro de aguardiente de la Contraviesa. A veces se desplazaban hasta allí las autoridades para inaugurar la Feria, tras lo que se ofrecía un lunch o almuerzo y la Banda de Música local amenizaba el acto con un concierto. El ganado, por su parte, permanecía estabulado mediante una cerca provisional colocada a tal efecto durante los días establecidos para la compraventa (entre tres y cuatro, si bien los festejos tenían una duración más amplia), y bajo vigilancia.
No faltaron inconvenientes para el desarrollo de la fiesta, pues en 1928 la lluvia persistente durante los dos primeros días hizo plantearse la suspensión a las autoridades, si bien luego levantó el tiempo y hubo que montar las instalaciones a toda prisa. Tampoco las continuas prohibiciones y controles por parte de los Gobernadores Civiles de manifestaciones religiosas durante el bienio progresista de la Segunda República afectaron al discurrir de la procesión del Cristo de la Salud. Menos suerte, como sabemos, hubo en 1936 con el estallido de la Guerra Civil al producirse la quema del templo y la destrucción de imágenes entre el 16 y el 20 de agosto de ese año.
Por lo general, el trascurso de la Feria no deparaba incidentes dignos de mención, pero la de 1900 fue una salvedad, pues se produjeron dos peleas con resultados no deseables: “…se encontraban la madrugada del referido día bebiendo aguardiente y comiendo buñuelos,…discutían asuntos de escaso interés, pero trastornados los sentidos por el alcohol, se insultaron y entablaron riña…R.P. y su hijo acometieron con faca á F.R, dándole puñaladas que le ocasionaron la muerte en el acto”. La Guardia civil detuvo finalmente a los agresores, vecinos ambos de Cádiar, al igual que la víctima, en Narila. Y es que, como decían los antiguos: “al vino y al aguardiente de la tierra hay que darles mucha conversación y tratarlos con respeto, pues entran sin que se dé uno cuenta y luego te revuelcan”. Como broche de Feria del mencionado año tuvo lugar otro altercado. “En Cádiar, el último día de feria se suscitó una riña entre Francisco Castillo y José García Millán, vecinos de Bérchules: estos dos tenían antiguos resentimientos…El resultado de la reyerta fue el salir el García con una herida en el labio inferior á consecuencia de un mordisco…”
De los datos que disponemos, se deduce que los programas de fiestas estaban elaborados para dar satisfacción a un público de todas las edades y capas sociales: veladas musicales, conciertos, corridas de cintas, cucañas, vistas cinematográficas, circo ecuestre, funciones cómico-dramáticas, diversos tipos de fuegos artificiales, carreras de sacos, de burros, funciones religiosas, reparto de pan a los pobres, corridas de toros, iluminaciones o elevación de globos y fantoches, estos últimos muy presentes en todas las fiestas de la provincia de Granada hasta mediados de los 70. En 1929 aparecen algunas novedades como concurso de ganados, distintos sistemas de columpios y, coincidiendo con la verbena, Kermés, una fiesta popular al aire libre con bailes, rifas, concursos, etc, con fines benéficos. De esta amplia lista, por su singularidad, merece la pena que nos detengamos primero en las iluminaciones, que en los primeros años de feria, siempre estaban hechas “a la veneciana”, es decir, con farolillos de papel de distintos colores con un quinqué de petróleo o aceite en su interior y se disponía en la portada del templo, procurando que fuese lo más artístico posible y que permitiese disfrutar de los actos celebrados allí. Ni que decir tiene el impacto provocado y las posibilidades que abrió para este apartado la llegada de la luz eléctrica a Cádiar el 5 de julio de 1909: “Con gran contento del vecindario de Cádiar, se ha inaugurado el alumbrado eléctrico en este pueblo, cuyo fluido es facilitado por la fábrica de luz eléctrica, establecido en el término de Nechite,…” Esto permitió la extensión del adorno lumínico a los puntos centrales de la localidad, “Y como nota de distinción y buen gusto, la hermosa iluminación eléctrica de la calle Real, y más aún de las plazas de la Iglesia y la Constitución…" para más tarde instalarse en otras calles y plazas de la población.
También son dignas de reseñar las funciones teatrales así como los bailes. En las primeras, solían representarse piezas menores, sobre todo del llamado “género chico”, una obra lírica, costumbrista y muy del agrado de las gentes humildes. En principio, las veladas de teatro tenían lugar en la plaza de la Iglesia, pero a partir de 1902 se desarrollan en un local más apropiado: “…con una compañía del género chico, dirigida por los aventajados hermanos Martínez, en la que figura la primera tiple, señorita Valiente y el maestro concertador D. Juan Redondo; dicha compañía ha sido la designada para estrenar el nuevo teatro que acaba de edificarse, debutando la compañía con una obra de D. Juan Romero de la Torre”. Es evidente que el baile es una marca distintiva de cualquier fiesta y este estaba protagonizado por la banda de música de Cádiar, al frente de la cual, en esta etapa, estaba el maestro D. Justo Castro Pinteño y en los años 20, D. Francisco Sánchez Ruiz. Frente a estos bailes públicos y abiertos a todos los vecinos, marcando las diferencias de clase, se celebraban otros privados o de sociedad, normalmente en casa del algún miembro destacado del municipio: “Por la noche del día 7 se celebró un baile (en) casa del rico propietario D. Eduardo Manzano, al que asistió lo más escogido de Cádiar. Todos los concurrentes fueron obsequiados con pastas y licores en abundancia, retirándose a altas horas de la madrugada…”. Con la inauguración del “Centro Agrícola Católico” en plena Feria de 1925, este notable grupo local desplazará a sus salones sus reuniones y fiestas privadas.
Otra de las apuestas más fuerte de la corporación municipal para hacer más atractiva la Feria fue la celebración de espectáculos taurinos. Ya en 1898 tiene lugar la primera corrida, aunque para que esta se celebrase el alcalde tuvo que solucionar antes otro entuerto, ya que al solicitar autorización al Gobernador Civil para celebrar dos corridas de novillos, “Le ha contestado el Sr. Díaz Valdés que no autorizará tal clase de espectáculos, siempre que los municipios que lo soliciten adeuden cantidades á los maestros de escuela, como ocurre con el de Cádiar”. Precisamente se acusó al enseñante citado arriba de haber denunciado el impago a los maestros ante el Gobernador Civil, lo que propició que se le acosase verbalmente, llegando incluso dos individuos a acorralarle, a fin de darle un escarmiento: ante tales hechos, Juan Romero de la Torre se vio obligado a emitir un comunicado en el diario La Publicidad para defenderse de las acusaciones y negar cualquier intervención suya en el referido contencioso. Aunque la mayoría de los años se contaba con cuadrillas de segunda fila, en estos primeros se contrató varias veces a Lagartijillo Chico, un jovencísimo y voluntarioso novillero granadino con cierta proyección en esas fechas, lo que derivó en una gran afluencia de personas venidas de muchos rincones de la Alpujarra, con el consiguiente beneficio económico que ello comportaba. Lo realmente extraño es que desde 1908 hasta 1936 no aparezca anunciado ningún evento taurino en los programas de fiestas conservados que hemos podido consultar.
El último día de Feria estaba marcado por la fiesta religiosa y procesión del Sto. Cristo de la Salud cuyo inicio era en torno a la seis de la tarde, aunque algún año como en 1928 su salida se produjo al anochecer. De su discurrir ya nos lo reflejó perfectamente Francisco García Valdearenas a través de la revista de la Asociación Cultural “La Casa de Cádiar” en 2008. Ahora bien, podemos agregar algunas pinceladas sueltas: la jornada empezaba en ocasiones bien temprano con el toque de diana a las tres de la madrugada, a las cinco se cantaba el Rosario de la Aurora, para entorno a las diez, celebrar misa en la iglesia o, en alguna ocasión, en la ermita de San Blas.
En definitiva, Cádiar se abre al siglo XX con una nueva Feria para la Alpujarra que por su singularidad ha pasado a ser patrimonio cultural y orgullo de todos los cadiarenses.


FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
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