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viernes, 3 de febrero de 2017

EL VIAJE DE ALFONSO XIII AL HAZA DEL LINO EN 1917

GERMÁN ACOSTA ESTÉVEZ


Creo que llego tarde. Este sencillo artículo quería haberlo compartido con vosotros el pasado viernes día 27, pero ya se sabe que, a veces, uno no es dueño ni de su propio tiempo. Algunos cuestionarán el oportunismo: no soy el primero ni el último que escribirá sobre la visita real a nuestra tierra el día 31 de enero de 1917. Por tanto, como pienso que las redes sociales pueden cumplir la doble función del docere et delectare, aun en detrimento de engordar mi maltrecho curriculum, me voy a permitir el capricho de legárselo, porque se lo merecen, a todos los socios y amigos de la Asociación Cultural La Casa de La Alpujarra. Y lo haré (a mi manera, claro está) dejando constancia no sólo del viaje de Alfonso XIII y los días previos al mismo, sino también de anteriores visitas giradas a Granada por el monarca, tan aireadas, por otro lado, en aquella época, por la prensa local.
La escopeta nacional
Conocido es desde tiempos inveterados el gusto de la mayoría de los componentes de la Casa de Borbón por la práctica cinegética, normalmente caza menor, si bien alguno de sus miembros más actuales se ha dado el pequeño capricho de ejercitar tal arte allende nuestras fronteras a guisa de safari. Don Alfonso XIII, amante empedernido de tan ancestral deporte, solía girar de vez en cuando visitas a las Andalucías para matar el gusanillo y desentumecer sus dedos ejercitando el gatillo: Doñana y Granada fueron destinos que el monarca apodado “el Africano” visitó con cierta frecuencia.
De la mano del conde Agrela y del duque de San Pedro del Galatino acudirá el soberano varios años a los ojeos organizados ex profeso para su persona en las extensas fincas que ambos poseían en Tajarja, Trasmulas y Láchar, donde la patirroja era abundante, y las liebres y algunas anátidas también tenían cierta presencia.

Solía hospedarse D. Alfonso en el palacio que el duque poseía en el último de los tres lugares citados con anterioridad. Y es que Don Julio Quesada-Cañaveral Piédrola Osorio Spínola y Blake, conde de Benalúa y Las Villas, señor de Láchar y (desde el 5 de febrero de 1906) duque de San Pedro, había sido compañero de estudios de Alfonso XII, e incluso acompañó a Francia a éste y a su madre, Isabel II, tras su caída en 1868 luego de la Revolución Gloriosa. Con este último título, otorgado por vez primera por Felipe IV en 1621 a Ambrosio de Spínola, D. Julio entraba a formar parte del selecto club de los Grandes de España, buscando en estas cacerías no sólo la protección real, sino las influencias (tan en boga en aquellos tiempos) de tan notables personalidades para sus negocios e intereses: entre las industrias de este noble personaje se encontraban una fábrica de azúcar procedente de la molturación de remolacha, una fábrica de harina capaz de procesar unas veinticuatro toneladas diarias de grano, y para dar salida a dicha producción, puso en marcha un ferrocarril secundario que discurría entre Láchar e Íllora; también fue uno de los grandes impulsores de la construcción del Embalse de los Bermejales y un canal de riego que emanaría de éste, claro está, en beneficio de sus propios predios.
Por esas fincas transitarían también personalidades como el hijo de la reina Victoria de Inglaterra, los duques de Alba y Medinaceli, el marqués de Viana o artistas de la talla de Joaquín Sorolla o el célebre escritor Arthur Conan Doyle, creador del famoso detective Sherlock Holmes y de su inseparable “partenaire”, el doctor Watson, que debe tanto a nuestro Sancho del Quijote.
El rey llega por vez primera a estos parajes de la vega granadina el día 5 de noviembre de 1906 en torno a las 19´30 de la tarde en un vagón ensamblado en Bruselas, de color blanco y bastante cómodo por su estabilidad. En su interior, reformado con maderas de castaño y de roble procedentes del municipio alpujarreño de Bérchules, unos sencillos asientos con capacidad para ocho personas y una lámpara de marina en el techo por todo oropel. Como era de esperar, el pueblo se echa a las calles, profusamente iluminadas y engalanadas para recibir a tan distinguido huésped, celebrándose bailes populares por tal motivo, repartiendo el rey algunos donativos entre los pueblos por los que había estado cazando; el monarca se llevaba, amén de la satisfacción de haber abatido un gran número de perdices en pocas jornadas, un mantón de Manila para la reina y, sobre todo, la querencia o el “arregostaero” que, como las liebres, siempre le hacen volver a su cubil.  Sea como fuere, el año siguiente no volvería Alfonso XIII por aquellos lares, pese a que estaba anunciada su visita. Sin embargo, en 1908 el rey cursaría dos visitas a Láchar para resarcirse de su falta del año anterior: en febrero, acompañado de varios miembros destacados de la nobleza, hasta contabilizar hasta unos 80 invitados, que tomaron por completo las estancias del castillo del duque de San Pedro, si bien el rey tuvo que abandonar precipitadamente y de madrugada su estancia ante la alarma causada por el regicidio de Carlos II de Portugal; retornaría el monarca a estos pagos a finales de noviembre para practicar su afición favorita y girar de paso visita a Granada y a la Fábrica de Pólvoras del Fargue donde dejaría mil pesetas para socorro de los pobres. Y aquí lo tendremos de nuevo para comienzos del año 1909, oyendo misa en Santa María de la Alhambra y cazando en Láchar hasta el día de Reyes. Su ausencia se hace notar en 1910 y, sobre todo en 1911, cuando son suspendidos los ojeos previstos para finales de diciembre por el temor suscitado tras los altercados de Melilla. Entramos en 1912, año en que don Alfonso gozó de lo lindo del esparcimiento campestre y de las ráfagas de plomo sobre las patirrojas: de las 3.909 perdices abatidas, 135 liebres y otras 24 de diversas especies, el rey tumba 634 de las primeras, razón por la cual se hace con el trofeo que el duque había instituido en su honor ese mismo año para premiar al tirador más certero: cierto es que su Majestad tenía una acreditada puntería, pero algo influiría el que siempre le guardasen el puesto de honor por aquello del protocolo, pero no lo es menos que también era el mejor ubicado. En su partida el día 14, llevó consigo un trecho un conejo adornado con lazos y moñas que una mujer osó arrojar dentro del carruaje real, hecho que Don Alfonso se tomó de buen grado. Tampoco se atrevió su Excelencia a “darse un garbeo” por tierras granadinas el año de comienzo de la Primera Gran Guerra. 


 Es 1915 y, a finales de enero, repite tan ilustre personaje la visita a nuestros confines. Procedente de Doñana y vía Sevilla, llega el monarca a tierras de La Alhambra y, con posterioridad, se suma al cortejo el entonces Presidente del Gobierno, Eduardo Dato. Los primeros días los dedica D. Alfonso a visitar la ciudad de los cármenes, mientras los últimos ocupa su tiempo en disparar a toda pluma que se moviere en el horizonte, obteniendo notables resultados. El día 3 de febrero por la tarde partía hacia Madrid tras haber despachado con algunas autoridades e imponer algunas condecoraciones. 1916 no iba a ser una excepción: el rey llega a Láchar en la mañana del 25 de enero y el día 28 se presentan también allí el conde de Romanones y nuestro paisano Natalio Rivas. Además de rendir visita a la capital, D. Alfonso ocupa el resto de sus días en los ojeos, abatiendo más de 700 piezas él solo; Después de la cena, las noches las pasarían tan ilustres visitantes comentando los lances de la jornada, debatiendo sobre los problemas del campo y la modernización de la agricultura en torno de una mesa y animadas partidas de bridge y de tresillo. El 29 de dicho mes se produce el regreso a Madrid en automóvil.
 Y así llegamos hasta 1917, año en que, convencido por D. Natalio, aquel prohombre alpujarreño (que tantos hilos movía con los jamones y que fuera capaz de prometer con todo el desparpajo o naturalidad del mundo un puerto de mar a los vecinos de Pitres), ahora convertido en Subsecretario de Instrucción Pública, Alfonso XIII busca un hueco en su apretada agenda cinegética para girar una visita a las feraces tierras alpujarreñas. Dadas las circunstancias climatológicas, para ver la situación de las comunicaciones  y los lugares por donde habría de pasar el rey, el mismo duque de San Pedro y el arquitecto Modesto Cendoya realizan un viaje previo de inspección y encuentran unos cuarenta y cuatro centímetros de nieve en las proximidades del Haza del Lino; entre tanto, ante la efervescencia del momento, comienza a montarse en Granada un importante dispositivo de seguridad compuesto por fuerzas de la Guardia Civil, policía del Cuerpo de Seguridad de la Corona, así como se vigilan y se revisan palmo a palmo las líneas férreas.
Al mediodía del 27 de enero llegaba el monarca a la Estación de Íllora con cierto retraso, a causa de un lingote de plomo que habían atravesado en la vía y que hizo temer a la comitiva por un posible sabotaje o atentado. El tiempo tampoco pintaba bien. Recibido por el duque de San Pedro, Natalio Rivas, el alcalde de Granada, Presidente de Diputación y el Gobernador Militar, con los que departe brevemente, llegan a la azucarera de Láchar hacia las 13 horas, dirigiéndose de inmediato la delegación al palacete ducal entre los vítores del público, para entrar en seguida en sus aposentos y cambiar el atuendo de cara al sencillo almuerzo que les aguardaba, el cual se componía de:


-Entremeses variados
-Huevos escalfados duquesa
-Pollos salteados cultivadora
-Turnedós con salsa bearnesa
-Patatas al vapor
-Tartas de manzana
                                               -Pastelería

Pese al mal tiempo reinante y para ir calentando motores de cara a los lances de los días venideros, realizaron tan insignes personalidades cuatro ojeos en la jornada de tarde, a sabiendas también de la merma en el número de perdices, debido a la enfermedad que atacaba a las mismas ese año. A la vuelta y tras el pertinente aseo, las autoridades se disponen a paladear una frugal cena que constaba de:
-Consomé Palace
- Fritura a la cordina
-Lubinas cocidas en salsa crevette
-Solomillo de veau Richelieu
-Capones de Bayona en su jugo
-Ensalada
-Troncos de apio a la colvert
-Biscuit Vainille
-Pastelería
Después de charlar amigablemente y jugar al bridge durante un rato, los invitados marcharon a sus habitaciones a buscar un sueño reparador, para afrontar con frescura la dura jornada que les esperaba al día siguiente.
Amaneció el día 28 frío y amenazando lluvia. Se oye misa y Sorolla realiza el boceto previo de un cuadro que con posterioridad regalará a D. Alfonso. Sin tiempo que perder, parten hacia Tajarja, donde tendrán lugar los ojeos: el conde Agrela, Manuel Rodríguez Acosta, Cristino Marcos, el marqués de San Miguel, el duque de Bivona, Joaquín Santos Suárez, Manuel Camino, el conde de Maceda, José Prado de Palacio, Juan Abril y Ramírez de Arellano y el propio monarca, a quien se le reserva el puesto de honor, como era costumbre. Con posterioridad se unen a la cacería el duque de Gor y el conde de Gabia. Después de la batida mañanera y a fin de reponer energías, se sirve un almuerzo campestre traído en capachas de esparto, como tanto gustaba a su Majestad:
-Tortilla a la parmentier
-Marmitas surtidas
-Chuletas de ternera a la fayot
-Patatas salteadas
-Jamón de Olida con huevos hilados
-Ensalada Bohemia
-Babós a la americana
La tarde continuó con frío y sonido constante de disparos que dieron como resultado más de 900 piezas abatidas, regresando al anochecer al palacio para degustar con fruición una cena digna de tales comensales:
-Consomé a la taza
-Crema de guisantes a la madrileña
-Profiteroles a la cazadora
-Salmón a la genovesa
-Pulardas a la mariscala
-Rosbif a la inglesa
-Judías verdes Friguy
-Mousse mandarín
-Pastelería y postres variados
Tras comentar los lances más sonados del día, se fueron todos a la cama hacia las once de la noche.
Natalio Rivas llega a Órgiva el 29 de enero para hacerse cargo de los detalles de la visita real a aquellas tierras de La Alpujarra, mientras los ingenieros Antonio Rico y Julio Moreno supervisan de nuevo el firme de la carretera Tablate-Albuñol, no en muy buen estado tras el temporal de nieve y granizo de los pasados días, pero cuyo espesor ha disminuido sensiblemente. Mientras tanto, a pesar de la lluvia y el frío, los cazadores acuden de nuevo a las llanuras de la vega para ver cómo las perdices se dejan venir, como por hechizo diabólico, a los cañones de sus escopetas. Terminan los ojeos matutinos y, empapados hasta el tuétano (aunque sarna con gusto no pica), acuden tan dignos comensales al ágape preparado para la ocasión, esperando templar el espíritu y las entrañas, y reponer las calorías gastadas:
-Entremeses surtidos
-Pequeñas marmitas guarnecidas
-Huevos revueltos con espárragos
-Pollos a la valenciana
-Veau bresada a la reina
-Ensalada de legumbres
-Tartaleta puentes nuevos
-Postres

Y sin tiempo que perder, de nuevo a los puestos, ya que la tarde parecía dar una tregua. Comienza de nuevo el tiroteo. Regresan los cazadores a palacio para tomar el té, ausentándose el rey un tiempo para despachar la correspondencia oficial o telefonear a la reina Victoria Eugenia, con lo cual se ha hecho hora para ejercitar sus egregios molares y despacharse con:
-Consomé a la taza
-Puré de cangrejo
-Filetes de lenguado a la dieppoise
-Sillas de ternera Briard
-Pavipollos asados en su jugo
-Ensalada
-Alcachofas a la colvert
-Walensky a la vainilla
-Pastelería
Acabada la cena se le insinuó al rey la posibilidad de posponer el viaje al Haza del lino, pero este declinó tal sugerencia, aun a sabiendas de los informes negativos que habían ido suministrando los ingenieros que inspeccionaron el terreno. Se dio por zanjado el asunto y a las 23`30 se retiraron todos a sus habitaciones.
Con el despertar del día 30, el tiempo volvió a ponerse bravo y amenazaba con aguar la cacería. Pese a todo, nuestros personajes se desplazan a los terrenos del duque en Tajarja y consiguen echar la mañana, rematándola con un menú de lo más variado, como era habitual:
-Entremeses
-Pequeñas marmitas surtidas
-Huevos fritos a la americana
-Ragout de cordero
-Fiambres variados al apio
-Ensalada
-Madalenas a la bordalesa
-Postres
Pero la tarde se puso aviesa y se tuvieron que suspender los ojeos, por lo que dio tiempo de tomar el té a las seis. Y entre col y col…, una lechuga: la cena se serviría a las nueve y se compondría de:
-Consomé a la taza
-Crema a la reina
-Fritura a la española
-Langosta con salsa tártara
-Pollos asados en su jugo
-Ensalada
-Guisantes a la inglesa
-Helado Praliné
-Pastelería
Mientras esto tenía lugar en la casa del duque, el Gobernador Civil, Pedro Vitoria, recibe un telegrama con las instrucciones que han de seguirse para el buen discurrir del viaje del rey por tierras alpujarreñas, previsto para el día siguiente y se hace instalar en Dúrcal una central telefónica para uso exclusivo de D. Alfonso. Entre tanto, los alcaldes de La Alpujarra Alta van llegando a Órgiva al amparo del ala protectora de D. Natalio.


Caminito del rey: de la vega al valle
Por fin llegó el día señalado. El día 31 de enero, por primera vez, un representante de la Monarquía hispánica se dignaba a visitar los antiguos dominios de Aben Humeya, si bien es cierto que la emperatriz Eugenia de Montijo pasó en aquellas tierras algunas temporadas. Un viaje casi relámpago, “por caminos de palomas”, que diría en su momento Pedro Antonio de Alarcón, pero satisfactorio a tenor de las declaraciones posteriores del propio monarca.
A las ocho de la mañana se levantó D. Alfonso, para dirigirse al comedor una hora más tarde, donde ya le aguardaban el resto de personalidades que le acompañarían por su breve periplo alpujarreño. A las 9´45 partía la comitiva del castillo o palacio del duque de San Pedro en tres vehículos enviados por la Dirección General de Seguridad a Granada, escoltando al del monarca. El soberano es recibido entre vítores y aplausos a su paso por una Santa Fe engalanada profusamente y con un adoquinado nuevo en la calle Real que fue muy del agrado del rey. Allí, éste se detiene un instante para saludar a Benito Alguacil, alcalde de tan simbólica localidad. El cortejo real entra en Granada sobre las 10´30, donde se une el Gobernador Civil, y atraviesa la Gran Vía, Reyes Católicos, Puerta Real y Acera del Darro, todas estas calles abarrotadas de gente que aguantaba estoicamente la lluvia, ante un más que notable dispositivo policial. Camino de Armilla y Padul, el rey sigue cumplimentando a las respectivas autoridades locales que salen a su encuentro arropadas por su vecinos. Poco después, el automóvil en el que viajaban el Gobernador Civil y el Teniente Coronel de la Guardia Civil, el señor Domenech sufre una avería a causa del barro y tienen que continuar el camino en otro de la DGS.
El cortejo hace su entrada en Dúrcal poco antes de las doce del mediodía, deteniéndose en la puerta del antiguo palacio del marqués de Márgena, mansión en la que ya se albergara Alfonso XII cuando visitó estos pueblos tras el devastador terremoto ocurrido el día de Navidad de 1884. A pie de calle fueron recibidos tan ilustres viajeros por D. Francisco Echevarría, antaño Diputado Provincial, y su hijo Celestino quienes agasajan a los invitados con:
-Huevos a la andaluza en salsa
-Filetes de merluza a la asturiana
-Pois a la inglesa
-Pollos bresados a la francesa
-Pastelería y postres
(Todo ello regado con excelentes caldos: Burdeos, Châteaubriand Meroc, Riscal, así como Champagne Poinnery, además de una amplia gama de licores).
Durante el almuerzo se habló básicamente de cuestiones agrícolas, en especial de olivos, naranjos y del algodón, manifestando D. Alfonso de lo conveniente que sería para Granada recuperar la tradición y el antiguo esplendor de la cría del gusano de seda.
Hacia las una y media de la tarde se da por terminado el ágape y se reanuda la marcha que discurre por Talará y Béznar, donde el rey sigue recibiendo muestras de afecto entre limoneros y olivos; Atraviesan el puente de Tablate- enclave estratégico para el sometimiento definitivo de los moriscos alpujarreños- mirando de soslayo la recoleta ermita ante la que se persigna algún que otro acompañante y pasan en seguida por una imponente trinchera, ampliada unas décadas más tarde por sangre y cuerda de presos. Los automóviles giran hacia la izquierda para tomar el camino revirado que conduce hacia Lanjarón donde les espera una salva de disparos de su cañona, su castillo y su “rehundío” y, entre sus memorias, el intento fallido que desde allí fragua el conde de Montijo para liberar a la capital granadina del dominio napoleónico, allá a comienzos del siglo XIX. La calle principal se encuentra salpicada con varios arcos del triunfo elaborados con cañas y ramas de los que cuelgan pancartas con dedicatorias al rey; llueven las flores desde el Hotel San Roque, una señora entrega un memorial adornado también con flores. Encuentran cerrado los transeúntes su balneario de aguas de reconocida fama, pero D. Natalio, siempre atento a los detalles, haría llegar días después a la Corte algunas botellas de tan preciado elixir; también aquí haría el monarca una serie de pequeñas paradas. A la salida del pueblo, la marcha se ralentiza para que el soberano pueda admirar la belleza de aquel valle desde el Visillo.
A las puertas del cielo
A poco de abandonar Lanjarón, otra pequeña ermita; luego, una venta llamada del Carrizal con mejores galas y sin sangre aún en su memoria; seguidamente, la aldea de Las Barreras, aquella que por el Río Sucio susurraba aquella canción con aires de jota:


Ya viene la Pascua, niña.
Ya viene por Alhendín,
Y llegando a Las Barreras,
Ya la tenemos aquí.


Apenas en un suspiro y tras unas pocas curvas, la expedición contempla con admiración las agujas de las torres grisáceas del templo de Órgiva que se desperezan al cielo entre el caserío y, en el horizonte, la tierra que nada más contemplarla, hace que se salten las costuras del alma. Órgiva, que con el fresco relente del Río Chico, por septiembre, rocía los olivares de su vega con perfume de feria. Desde el puente que atraviesa dicho cauce, un enorme gentío que aplaude al paso del rey de las Españas: niños, mayores, mujeres, toscos labriegos y recios mineros, mineros que con pico y marro arrancaban la galena a las entrañas de la tierra, que mostraban su rabia cantando a su Maruxiña y que todas las primaveras pagaban a su Cristo de la Expiración con pólvora, para que temblaran los cielos a la hora de su salida.


La entrada del pueblo está adornada de manera singular. Son las tres de la tarde y la comitiva entra en la susodicha villa alpujarreña entre una multitud que se estima entre siete y ocho mil personas, Se inicia el repique de campanas y se suceden los disparos de cohetes y palmas reales, en tanto que las distintas bandas de música, venidas de aquellos pueblos para tan señalada efemérides, interpretan la Marcha Real.  Allí, a pie de calle, los insignes visitantes son recibidos por D. Natalio Rivas, Diputado a Cortes por aquel distrito y Subsecretario de Instrucción Pública, como ya se adelantó más arriba. A su lado, los alcaldes alpujarreños de aquella circunscripción y otros lugares cercanos como Motril, Gualchos o Lújar, así como también familiares del que fuera diputado, García Moreno. Precisamente, en la casa de esta familia, paran un rato los visitantes donde son obsequiados con suculentos majares entre los que no podían faltar- según nuestro socio y amigo Juan González Blasco- el jamón de Trevélez, el vinillo del terreno y los dulces tradicionales. El rey expresaría su gratitud al político albuñolense por el recibimiento que se le había dispensado, quien le contestó, con estudiada modestia, que el mismo obedecía a las simpatías que despertaba su Majestad. Poco después se retoma el viaje regio arropado por una multitud que ocupa ambos lados de la calzada hasta el Río Guadalfeo.
Un paseo por las nubes
Cruzado el gran río de La Alpujarra, los coches comienzan a enfilar las primeras estribaciones del Puerto de Camacho, con un firme en regular estado que, al llegar al Cortijo de la Cañada se torna más dificultoso por la presencia de nieve. Poco más adelante avistarán los brazos desnudos de álamos y sauces negros del Barranco del Ayón, por donde, años más tarde, bajaría desde la sierra tanta sangre inocente. E inmediatamente el Cortijo de Camacho, gloria adquirida por un acomodado linaje perteneciente a la Hermandad de la Mesta venido desde Busquístar y Trevélez a finales del siglo XVIII; ¡Cuántos problemas e impedimentos  pusieron algunos de sus moradores unos años atrás para que se construyese este tramo de carretera por donde ahora circulaba el rey de España! Vendrá luego el Cortijo Don Arturo, justo antes de coronar el gran estrecho conocido como Corte de Juanillón (en realidad se trata de la desvirtuación popular de Juan y Yo, los dos sujetos que abrieron a pico y pala aquel paso de montaña). Ante los ojos de tanta nobleza aparecía ahora el recostado Fregenite y la escondida Olías, protegida por los tres dientes que albergaron su castillejo, con leyendas de tesoros escondidos en las cuevas que salpican la mole imponente de la Sierra de Lújar.
Unos cientos de metros más adelante, la gente se concentra en gran número en la Venta de las Tontas y recibe con una estruendosa ovación a D. Alfonso, quien no tiene más remedio que bajar del automóvil y saludar a vecinos y autoridades de las localidades de Alcázar, Rubite, Bargís, Olías y Fregenite. De nuevo en ruta con la carretera más maltratada y un mayor cantero de nieve; el aire recio y la niebla tan asiduos en estos lugares, sobre todo tras la tempestad, apenas si dejan divisar el núcleo de Rubite,apenas una luz de gas que, amante,
besa los labios del mar de La Contraviesa. Aguardaba D. Natalio sorprender a D. Alfonso en este punto del camino,pues en los collados de la divisoria de este pueblo con la aldea de Bargís se erigía un pequeño mirador desde donde se contempla el esplendor del Mediterráneo y también de la vertiente sur de Sierra Nevada. No hubo manera: la niebla que se cernía tan sólo dejaba ver los  cantuesos, aulagas, bolinas, retamas y lastones de los cercanos ribazos, agitados con virulencia por el viento.


Coronan poco después el cerro de Portuguillos y ante ellos se abre un pequeño mar de alcornoques que exhiben pudorosos su tronco desnudo; más allá, un castaño centenario que vigila el camino,  las hazas en las que antaño se plantaba el lino y el Cortijo de las Casillas, donde el guerrillero antifranquista Paco el “Polopero” sufriera dolorosa emboscada.
Y, por fin, llega la comitiva a su destino donde se encuentra otra gran concentración de público venida de pueblos como Torvizcón, Sorvilán, Alfornón, Albondón, Albuñol, La Rábita, algunos municipios del Partido de Ugíjar, y Polopos (como es natural), a cuyo término municipal pertenece el paraje del Haza del Lino. D. Alfonso y sus acompañantes son recibidos por los alcaldes de los pueblos mencionados anteriormente y por el diputado Antonio Moreno Pérez ante el entusiasmo del vulgo.

Una hora permanecieron allí, intentando infructuosamente  alcanzar los miradores que les permitiesen admirar la belleza de este rincón alpujarreño: adiós a ver el mar, las costas africanas, el Cerrajón de Murtas o las planicies costeras desde los altos de Alfornón. A pesar de todo, el rey diría a D. Natalio con cortesía:” Felicito a usted efusivamente por representar a la Región más pintoresca de España”, y confesó también el deseo de volver con un tiempo más apropiado.
El retorno del rey
Visto lo visto, se emprende camino de regreso a las cinco de la tarde. Veinticinco minutos después llegaban a las inmediaciones de una finca próxima al Guadalfeo, donde se había concentrado un nutrido grupo de lugareños y donde se servirá una pequeña merienda traída desde el hotel Alhambra Palace de Granada.
Más gente encontrarán el monarca y sus acompañantes en la vuelta hacia Granada donde llega hacia las siete y cuarenta y cinco (con otros dos coches menos del cortejo que habían quedado en el camino por avería), pero sin detenerse en la capital. Llegará el rey a Trasmulas, a las posesiones del conde Agrela, donde era su intención permanecer cazando hasta su marcha para la capital del Reino. Esa misma noche mantiene una larga conferencia con Madrid, de donde le llegan ciertas noticias alarmantes, posiblemente sobre ciertas conspiraciones para que España abandonase su postura neutral en la II Guerra Mundial y, por otro lado, la inquietud que se estaba instaurando en ciertos sectores del Gobierno a causa de las Juntas de Defensa. Ante tal circunstancia, se redobla la vigilancia y se ordena que el tren real esté presto para partir en cualquier momento. Esto no impide que el soberano y sus adláteres pasen la mañana del día 1 de febrero cazando. Por la tarde, salen de la estación de Láchar hacia la de Íllora, cuyo último tramo tienen que hacer a pie, pues el tren no remontaba la cuesta debido al exceso de equipaje y de pasajeros. Nunca más volvería por estas tierras.
En últimos días de febrero, en los mentideros de Granada, corre el rumor de la construcción de una residencia real en el Haza del Lino, noticia recogida por la prensa local y que valora positivamente, como acicate del desarrollo turístico para el resto de la provincia y, al mismo tiempo, para la creación de vías de comunicación hacia La Alpujarra que permitiesen el conocimiento de esta comarca, ignorada o desconocida por la mayoría de los propios granadinos. Palabras, sólo palabras.
Todo pasa y todo queda
¿Qué quedó de aquella visita para aquellos municipios alpujarreños? -Poca cosa, la verdad.
Para Órgiva, ese segundo gentilicio popular y, a veces, vulgarizado de “hueveros”, hecho este nada inusual, el de poseer dos denominaciones de origen en los pueblos de La Alpujarra. Parece ser, según refiere nuestro amigo Juan en la entrevista que le hizo Rafael Vílchez el otro día, que su augusta Majestad se quedó sorprendido con el adorno de huevos pintados de colores en la calle de entrada a la villa con motivo de su visita, declarando con complicidad que cada cual presumía de lo que tenía.
Para Rubite quedó la agilización de trámites para la construcción de un camino vecinal que uniese el municipio con el punto kilométrico 36 de la carretera Tablate-Albuñol: el Ayuntamiento recibe una subvención de 60.205´66 pesetas, con un anticipo de 21.153´34, sobre una inversión total de algo más de catorce mil duros; También fue decisión de Sáez Carrillo, regidor perpetuo del lugar y afecto a D. Natalio, bautizar ese año la entrada principal del pueblo con el nombre de Avenida Alfonso XIII;  el mirador desde donde el monarca no pudo contemplar el mar, fue denominado por el vulgo como la Erilla del Rey.
Pasó el tiempo y la residencia real quedó en agua de borrajas. Tampoco volvió el rey a estos lares como declarara en su momento. Sabemos que el sistema hacía aguas por todas partes, que los gobiernos duraban un suspiro, que la inseguridad aumentaba  o que el Rif era un hervidero, pero también que Romanones, enemigo acérrimo del duque de San Pedro, hizo todo lo posible para que D. Alfonso no viniese más de caza por tierras granadinas. A D. Natalio, tan sutil y hábil en el agasajo con los jamones alpujarreños, tal vez se le escapó el ponerle los dientes largos a su Majestad en el Haza del Lino, porque con el frío que hacía, no hubieran venido mal unos vasillos de Vino Costa que maridarían perfectamente con el siguiente menú,  de seguro, capaz de enamorar a los más finos paladares:
-Puchero de hinojos
-Papas a lo pobre
-Tortilla de collejas
-Minchos
-Sardinas en escabeche
-Gachas
-Jarugas tiernas con cebolleta y morcilla
-Yemas, turrón, soplillos, roscos, pestiños y buñuelos
Y si con esto no fuese suficiente, pues no habrían de faltar unas migas de pan con sus correspondientes tropezones o una sartén de choto al ajillo que, en buena compaña  y alrededor de una chimenea, ya los hubiera agradecido el año pasado el Gobernador de la ínsula Barataria de Yátor.

1 comentario:

  1. Don Pe, menudo ritmo ha cogido usted desde Órgiva hasta el Haza del Lino. Me ha hecho usted que viaje por aquellos lares a una velocidad desenfrenada. Menos mal que estaba abierta la Venta de las Tontas para tomar un pequeño refrigerio. Y ya en el Haza Lino (tal como se dice por la zona), unos vinitos del cerro la chalupa con una buena tapa de lomo adobado. Un placer resulta leer y viajar con usted. Saludos cordiales!!!

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