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lunes, 14 de noviembre de 2016

Cesta de Navidad

Productos que forman parte de la Cesta de Navidad.






Un jamón

3 botellas de espumosos

6 botellas de vino

1 surtido grande de Casa Pasteles

Libro donado por Celestino López

4 tarros de miel de Granada de Lanjarón




1 décimo de nuestra lotería





Tocineta de Vallejo

2 polos de la Asociacióneyenda

2/4 de queso de Venta del Chaleco

Productos Bernardino de Torvizcón
Productos La Alacena de Bérchules y El Chorrillo de Trevélez
6 Cervezas artesana de Orgiva


Productos de Orgiva y Pitres

Libro donado por Germán Acosta


Libro donado por Paco García
Libro donado por Pepe Alvarez
Licor de almendra que podía hacerse en La Alpujarra. Producto Complementario.


Garrafa de 5 l de AOVE de Peligros que está muy bueno. Producto complementario.




La Cesta incluye la papeleta 001 del sorteo, con lo que se podría dar la paradoja de que la Cesta se tocase a sí misma. Lo que quiere decir que nos la comeriamos igualmente, pero entre más gente, lo cual es mucho más saludable.

martes, 6 de septiembre de 2016

El mendigo filósofo de Fracisco Gil Craviotto



A veces, cuando paso por el puente de Meulan o sus inmediaciones, me encuentro con un clochard, barbudo y desgarbado, que me aborda para pedirme un franco. No está siempre y, en ocasiones transcurren muchos días sin que aparezca. Una tarde, que se me
ocurrió preguntarle si había estado enfermo, porque llevaba varios día sin verlo, me dio esta respuesta.

-Nada de enfermedad. Es que a veces me canso de ver el río y me voy a otro pueblo. Pero siempre ocurre que, al cabo de algunos días, siento la llamada del agua y tengo que volver otra vez al lado del río. A fin de cuentas soy un hombre libre y lo mismo puedo estar en un pueblo que en otro. ¿No le parece?
-Por supuesto. –le dije.
Me iba ya cuando me hizo una señal que indicaba que quería decirme algo.
-¿Sabe por lo que yo no trabajo y vivo debajo de un puente?
-No, ¡como lo voy a saber!
-Pues muy sencillo: porque quiero ser libre. Y ser libre significa que, lo mismo puedo estar aquí, que en Hardricourt, en Mantes la Jolie o en París. Eso no sería posible si tuviese que ir a la fábrica, al taller o a la oficina. Pero hay además otra razón por la que yo no trabajo.
-¿Otra razón?
-Sí, otra razón. Es que en mí no manda nadie. Mi lema es: ni Dios, ni patrón. Libre como un pájaro.
-Está en su derecho.
-Sabe –continuó- que muchas veces yo me tumbo ahí sobre la hierba y me digo a mí mismo: ¿podría el Presidente de la República hacer lo que yo hago? ¿Podría tumbarse aquí, al lado del río, sobre la hierba? Me entran ganas de reír nada más pensarlo. ¿Y el Papa? , me pregunto. ¿Podría, después de decir su misa, tumbarse ahí, donde yo me tumbo cada vez que me da la gana?


Después de darle la razón –sí, él era más libre que el Presidente de la República y el Papa-, me marché para dejarlo dueño absoluto de su libertad. Al día siguiente volví a verlo en el mismo lugar.

-¿No se ha cansado todavía de mirar el agua?
-Pues, la verdad es que no. El agua me ayuda a pensar y ahora llevo varios días de grandes pensamientos.
-Entonces me voy para no interrumpirle.
-No se vaya que le voy a decir la gran conclusión a que he llegado.
-Le escucho.
-El hombre no tiene necesidad de que le enseñen las cosas más esenciales de la vida: sale del vientre de su madre sabiéndolas.
-¿Por ejemplo?
-Respirar, tragar, defecar, orinar, toser, fornicar... Pero lo más importante es lo que le voy a decir ahora: todo el mundo sabe morir.
¿Conoce usted a algún muerto que no haya sabido hacerlo?
-A ninguno.
-¿Lo ve? Yo tampoco conozco a ninguno. Hasta el más tonto sabe lo que hay que hacer para morir. Eso me consuela bastante porque, cuando me llegue la hora, estoy seguro que, sin necesidad de que nadie me ayude, yo también sabré hacerlo.


Hizo un breve paréntesis para espantarse una mosca que lo venía persiguiendo desde hacía unos minutos, y siguió con su perorata:

-Otra conclusión a la que he llegado es que todo el que manda es un hijo de puta y todo el que obedece al mandón un borrego sumiso. Como yo no quiero ser ni hijo de puta ni borrego sumiso pues sólo me queda apencar con mi soledad, pero siempre libre.

Me iba ya, pero me hizo una señal con la mano para retenerme. El buen hombre aún tenía algo más que decirme.

-¿Sabe dónde empecé yo a pensar? Cuando se lo diga no me va a creer.
-¿Dónde?
- ¡En la mili!
-¿En la mili?
-Sí, en el cuartel. Me condenaron a dos meses de calabozo y allí tuve sesenta días con sesenta noches para pensar.
-¿Sesenta días de calabozo?
-Sí, el sargento me mandó que trasladara cuestión de más de cien bombas de un almacén a otro y yo, temiendo que alguna me explotara, le respondí que no tocaba las bombas. Me condenaron a dos meses de calabozo. Fue precisamente allí donde descubrí que todo el que manda es un hijo de puta.
-¡Gran descubrimiento!
-Sí, gran descubrimiento. Cuando al fin salí del calabozo lo primero que hice fue escaparme del cuartel.
-¿No lo buscaron por prófugo?
-No sé si me buscaron porque yo me largué a Bélgica y no volví hasta cinco o seis años después, cuando ya nadie se acordaba de mí.
-¿Y qué hizo en Bélgica?
-Lo mismo que hago aquí: tumbarme sobre la hierba y pensar.


Me despido del filósofo de la hierba y sigo mi paseo. Al día siguiente ya no estaba.



Publicado en el Faro de Ceuta el domingo, 4 sep 2016

viernes, 26 de agosto de 2016

Dios habita en la izquierda



Yo siempre he oído que Díos está en todas partes. Sin embargo acabo de leer el comentario que uno de nuestros periodícos nacionales hace de un libro de V. S. Ramachandra en el que dice que Dios “vive” en el lobulo temporal izquierdo de nuestro cerebro, un poco por encima de la oreja izquierda. Por lo que entiendo de este artículo lo que quiere decir el autor en su obra (Phantoms in the brain. Ediciones William Morrow. Nueva York) es que en esa masa blanducha, grasienta y grisácea de nuestro cerebro, en ese grumo de materia semejante al queso de untar es donde reside la idea de Dios.
Así me explico yo los dos extremos, lo de los místicos y los indiferentes. Idea débil en estos, tal vez porque su cerebro dormita, y fuerte en los primeros dónde la divinidad palpita con virulenta actividad. Y entre ellos el resto de los mortales donde la medimos en una escala continua, en la que nuestra posición está en función de la actividad cerebral de nuestra parte izquierda, en relación a las manchas verdes que tiene nuestro queso cerebral.
Esto se afima sobre la base de unos estudios neurológicos que se vienen desarrollando desde hace años. Como ejemplo, cita como algo incuestionable que en determinados casos de epilepsia, los ataques se originan justo en ese lado del cerebro, y que pueden, en determinados casos, esperimentar visiones místicas durante sus crisis. Deslumbramientos divinos como muchos lo han considerado al hablar de los mismo. Sugiere, que esas sacudidas electrodivinas pueden cambiar el comportamiento del individuo de por vida, hasta el punto de que se habla de la “personalidad del lóbulo temporal” en esos enfermos, que consistiría, más o menos, en la falta del sentido de humor, exhacerbación de las emociones, tendencia a otorgarle un sentido cósmico a las cosas, incluso a las más menudas de las nimiedades, egolatría y obsesivo interés por los temas filosóficos, religiosos y morales.
Por supuesto este diagnóstico difiere mucho en diferentes pacientes, pero en sus grados más altos no cabe duda de que es el retrato de un fanático. Pensando en esto me imagíno a ciertos individuos que no quiero nombrar con sus cabezas iluminadas por el resplandor que produce, en las noches de verano, ese chisporroteo de las tormentas neuronales debido a la fermentación incesante de su lóbulo temporal.
Con el mismo argumento pienso en esa gente maravillosa que la iglesia se ha encargado de mostrarnos, como Santa Teresa o San Pablo, porque el cerebro es una máquina prodigiosa que lo mismo que es capaz de producir monstruos, realiza divinidades y ensueños. Todos hemos leído que estos dos santos, como tantos otros, vieron la luz divina que todo lo ilumina, Santa Teresa en su enfermedad, y San Pablo cuando se cayó del mulo, momento en el que seguramente se atizó un golpetazo en la sien izquierda que le llevó a su conversión tras esa repentina visión. En el santoral podemos encontrar numerosos ejemplos de Santos donde el punto de inflexión de sus vidas viene motivado por visiones repentinas más o menos comprensibles, pero entre ellos destacan claramente los místicos que serían los campeones de estas ensoñaciones que sólo con la fe se entienden.
En este estudio, una de la pruebas realizada es la presentación de diversas imágenes como fotos familiares, imágenes de objetos neutros como una silla, fotos eróticas, escenas de gran violencia, imágenes sagradas. Las peronas no afectadas “normales” se activaban emocionalmente con las fotos familiares y eróticas y se disparaban o alteraban con las imágenes de violencia. Los pacientes sólo monstraban emoción ante los símbolos sagrados. Así que me lleva a pensar que algunos “santones” pueden haber sido enfermos cerebrales capaces de ignorar el dolor del ser humano, pero que se ponen a levitar con la simple visión de una cruz.
Puede que el Mal sea ese dios enfermo y lesionado que llevamos en el interior de nuestro cráneo. Esa enorme mancha verde de queso con la que untamos nuestro pensamiento.

jueves, 18 de agosto de 2016

Federico García Lorca, 80 Aniversario de su muerte.


En 1977, en mi primer año de trabajo, hice el COU por la noche en el "Jorge Manrique" de Palencia; hoy, precisamente hoy que pensaba recordarlo de alguna manera, me he tropezado con un largo trabajo que hice sobre el poeta que me ha sorprendido al recordarlo.
Debajo pongo un comentario sobre la Casida de los ramos, parte del trabajo, que habla sobre la muerte, cuestión que preocupaba al poeta en los comienzos de ese triste verano del 36 y que, a pesar de mi juventud, también me preocupa. Añado una imagen sobre el nacionalismo sacada de la red, otra cuestión que me mueve, y no quisiera que así fuese.

En la "Casida de los ramos", escrita en los días de la persecución, muy pocos antes de su muerte, expresa la sensación de quien se haya en estado de declive psicofísico que preludia el fatal desenlace:

Por las arboledas del Tamarit
han venido los perros de plomo
a esperar que se caigan los ramos,
a esperar que se quiebren ellos solos.

El Tamarit tiene un manzano
con una manzana de sollozos.
un ruiseñor apaga los suspiros,
y un faisán los ahuyenta por el polvo.

Pero los ramos son alegres,
pero los ramos son como nosotros.
No piensan en la lluvia y se han dormido,
como si fueran árboles, de pronto.

Sentados con el agua en las rodillas
dos valles aguardaban al Otoño.
La penumbra con paso de elefante
empujaba las ramas y los troncos.

Por las arboledas del Tamarit
hay muchos niños de velado rostro
a esperar que se caigan mis ramos,
a esperar que se quiebren ellos solos.

En la huerta del Tamarit el poeta vive el final de un verano que comenzó brillante y que se torna muy negro, el otoño se adelanta. Las umbrías arboledas se encuentran expuestas al fuerte viento y a las lluvias torrenciales que traerán la llegada del otoño. Estos presagios se materializan en "unos perros de plomo" y después en un grupo muy numeroso de niños anónimos e impasibles ("niños de velado rostro"). Una manzana que pende del manzano -símbolo de la vida enamorada- contiene en su carne prieta todo un futuro de sollozos. Un ruiseñor -ave del amor- reúne para perpetuarlos los suspiros del enamorado, pero un faisán -representación del desdén vanidoso- los va relegando al olvido ("los ahuyenta por el polvo"). En todo el ambiente se respira un presagio de muerte. Incluso los valles ("con el agua en las rodillas") aguardan las inundaciones que producirán los aguaceros otoñales. Bastará un viento ligero para que "se caigan los ramos". No pensando en su fragilidad se han dormido "como si fueran árboles", esto es, como si fueran lo bastante fuertes como para no quebrarse a la menor embestida. El elefante -atinada concreción de lo gigantesco en cuanto antítesis de todo lo frágil y diminuto- es introducido para designar metafóricamente el avance arrollador de las sombras a la caída del sol. Ahora no es ya la indefensión de los ramos vegetales cuya caída está próxima lo que congrega y atrae las miradas de los seres hostiles (perros y niños) que andan al acecho. Esta debilidad que amenaza ruina es la del propio poeta. Imperceptiblemente se ha trasladado a su cuerpo y a su alma la amenaza que se cierne sobre la fragilidad del mundo que le rodea.

lunes, 25 de julio de 2016

El origen de la vida por Francisco Gil Craviotto

El libro que tengo en las manos y que me permito recomendar al lector, si aún existiese la Inquisición, le habría costado a su autor morir abrasado en la hoguera. Anote el lector su título porque merece la pena: “El origen de la vida en la Tierra”. Su autor es Juan Antonio Aguilera Mochón, profesor de Bioquímica y Biología molecular de la Universidad de Granada. La verdad es que, cuando uno ve estos nombres y adjetivos tan científicos, “Bioquímica” y “Biología molecular”, siente impulsos de salir corriendo. No se espante el lector: el libro está pensado para los que nada o casi nada sabemos del mundo de la ciencia. Prueba de ello es que lo venden en los quioscos en donde la clientela no es necesariamente erudita.

El libro parte de una pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿De dónde venimos? La pregunta tiene una respuesta enormemente complicada, tan complicada que ocupa las casi doscientas páginas de la obra que comentamos. Por fortuna, aunque aún quedan importantes incertidumbres, la ciencia se encuentra hoy en condiciones de poder responder a esta pregunta, cosa que no siempre ha ocurrido. Cuando la ciencia todavía andaba en pañales fueron las religiones las que respondieron a esta pregunta. Cada una lo hizo a su manera, sin más argumentación que la fe o el capricho del milagrero de turno. Frente a tan peregrina explicación la ciencia trata de responder con argumentos basados en la razón, avalados por experimentos de laboratorio y el testimonio milenario de los fósiles.

En la actualidad –nos dice Juan Antonio Aguilera al comienzo del libro- el interés por nuestros orígenes en sentido amplio se concentra en unos pocos “momentos” especialmente fascinantes: la aparición de la especie humana y de la vida, pero también la de la Tierra y del propio universo. Tras la gran cuestión de “¿por qué hay algo en lugar de nada?”, el comienzo de la vida tal vez constituya la dificultad más transcendente y enigmática de nuestra historia.

A esa gran cuestión, transcendente y enigmática, nos responde el presente libro; pero, antes de hablarnos del origen de la vida, nuestro autor nos explica cómo eran el planeta Tierra y el Universo de entonces. Es evidente que, para que llegase la vida y pudiese prosperar, tuvieron que darse unas condiciones de habitabilidad que la hiciesen posible. En esa descripción del mundo primitivo el libro nos ofrece páginas inolvidables, especialmente deslumbrantes para los profanos en temas científicos. ¿Sabía el lector, por ejemplo, que en aquel entonces la Luna aparecía mucho más grande que la vemos ahora?

La razón es obvia: la Luna y la Tierra estaban mucho más cerca que lo están ahora. ¿Sabía el lector que, consecuencia de esa cercanía, las mareas eran descomunales y la actividad de los volcanes no cesaba? En los tiempos más primitivos la vida era imposible porque no se daban las condiciones indispensables para ello, pero después el Universo se fue serenando y en la Tierra fueron apareciendo los líquidos y gases indispensables para la vida: agua, CO2, hidrógeno, amoníaco... Un científico norteamericano, Stanley Lloyd Miller, logró recrear en laboratorio en 1952 el ambiente de aquel mundo anterior a la vida y los resultados fueron asombrosamente positivos. Pero, además del aire que envolvía a nuestro planeta y el agua que regaba sus montes y llanuras, había también las inesperadas “visitas” de meteoros que venían de los espacios siderales y, con gran estrépito y destrucción, caían en la Tierra. Es posible que, viajando en alguno de esos meteoritos, llegase la vida de una humilde bacteria, pero también pudo surgir por generación espontánea en las aguas de una charca o el mar. Lo cierto es que sobre aquella convulsa y primitiva Tierra un día comenzó a palpitar la vida. Seres insignificantes y humildísimos, que fabricaban sus componentes a partir de moléculas inorgánicas, pero con un extraordinario don: eran capaces de evolucionar. Ahí estaba el secreto de su éxito posterior, pero hasta que en el siglo XIX llegó Charles Darwin nadie supo dar con él. Desde ese primer palpitar de vida hasta la llegada del “Luca” debieron pasar varios millones de años. (“Luca” viene de las iniciales en inglés de “último antepasado común universal”; significa que todos los seres vivos de la Tierra somos descendientes de ese mismo “Luca”.) Desde el “Luca” a la actualidad se calcula que han podido transcurrir 3.500 millones de años. Entonces todo iba mucho más despacio que ahora.

No sabemos mucho de nuestro lejanísimo tatarabuelo el “Luca”. Ni siquiera han logrado ponerse de acuerdo los científicos en su retrato. Unos científicos aseguran que tenía unos 600 genes y otros los reducen a bastantes menos o los aumentan a muchos más. Pero en un punto sí están todos de acuerdo: el “Luca” tenía la facultad de reproducirse y esa reproducción era evolutiva. Cuando Darwin expuso los pilares de su teoría produjo un escándalo universal y fue objeto de toda clase de chistes y sarcasmos. Ahora hasta los científicos más reacios y conservadores lo aceptan: todos procedemos de seres humildísimos que, a través del tiempo y la selección durante millones y millones de años, han ido evolucionando. El libro termina con una pequeña bibliografía, indispensable para todo el que quiera profundizar en el origen de la vida, y un índice temático, que nos permite encontrar con rapidez la página que nos interese.

Mi comentario sobre esta interesantísima obra quedaría incompleto si no incluyera dos notas negativas que me parece importante destacar. La primera concierne al nombre del autor, que no aparece en la portada ni en el lomo del libro. Hay que ir a la contraportada para encontrarlo. Después de toda una vida siempre rodeado de libros, creo que es la primera vez que contemplo tal novedad literaria. No le encuentro explicación. Acaso un capricho o antojo de la editorial. La segunda nota negativa concierne a las ilustraciones del libro: todas, absolutamente todas, vienen en blanco y negro. Un blanco y negro que, en la mayoría de los casos, deriva a un ajado gris, que aún se hace más insoportable cuando el fondo de la página también va teñido de gris. Si bien algunas de estas ilustraciones nada hubiesen ganado con el color, hay otras en las que parece evidente que el color les hubiese dado un mayor encanto y modernidad. La tacañería y voracidad comercial de la editorial RBA lo ha impedido. Una tacañería y voracidad que brillan desde la primera hasta la última página de este libro.

viernes, 15 de julio de 2016

II CERTAMEN DE GASTRONOMÍA ALPUJARREÑA

BALANCE ECONÓMICO


CERTAMEN CELEBRADO EN YÁTOR, EL DÍA 25 DE JUNIO DE 2016


BALANCE ECONÓMICO

II CERTAMEN DE GASTRONOMÍA ALPUJARREÑA
CELEBRADO EN YÁTOR, EL DÍA 25 DE JUNIO DE 2016



INGRESOS …........................…........................................ 1.872,89
Aportación del Exmo. Ayuntamiento de Cádiar … … … 300
Aportación de Academia Salvador … … … … … …   ...    50
Aportación de La Casa de La Alpujarra … … … …        167,09
Aportación Bodegas Cuatro Vientos por 5 est de vino  102,85
Compra a Bodegas Cuatro Vientos por 5 est de vino    102,85
Aportación APAG por doce tarros de miel … … … …      79,20  
Compra APAG por doce tarros de miel … … … … …       79,20
Aportación Venta del Chaleco por dos quesos … … …     60
Compra a Venta del Chaleco por dos quesos … … … ..  . 60
Aportación de un jamón de Jamones Múñoz … … … …    60
Compra de un jamón a Jamones Múñoz … … … …  ...      60
Aportación de un jamón de Jamones Juviles … … …   ...   60
Compra de un jamón a Jamones Juviles … … … … ...   ... 60
Aportación de un jamón de Jamones Vallejo … … … …   59
Compra de un jamón a Jamones Vallejo … … … …          59
Carlería del Certamen … … … … … … … …  ...   ...   ...  447,70
300 Botellines de 33 cl de agua de Lánjarón (0,22 €) … 66
6 Cajas de fresas de Frutos Rojos Alpujarra … … … … Sin valorar



GASTOS ….......................…................................................. 1.872,89
1. Pagado Bodegas Cuatro Vientos, según factura … … …     102,85
1. Compras según F-1, para el empedrao … … … … …  ...   ...  44,44
1. Papeleria, F-2 y F-3, fotocopias y papel para diplomas …    14,60
1. Pagado a APAG por doce tarros de miel … … … … ...   ...    79,20
1. Pagado a Venta del Chaleco por dos quesos … … … ...   ...   60
1. Pagado a José A. Gómez por un jamones (Múñoz) … …        60
1. Pagado a José A. Gómez por un jamones (Juviles) … …    .   60
2. Pagado a Jamones Vallejo por un jamón … … … … … ...   .  59
2. Imprenta, logo Cuatro Vientos … … … … … … …   ...   ...      8
2. Copia cartel para concejal de Yátor … … … … … …           29
Gastos en premios según relación adjunta … … … … …       434,08
Casa Alpujarra para post  eventos, según relación adjunta. 432,22
Cartelería del Certamen, pag directamente la Mancomunid 447,7
190 Botellines de agua consumidos por el publico en Yátor  41,8
6 Cajas de fresas de Frutos Rojos Alpujarra, consumidas en Yátor. Sin valorar







INVENTARIO DE DONACIONES Y COMPRAS ANTES DE PREMIOS … 908,10 EUROS

6 Jamones (2 de Vallejo, 2 de Múñoz, 2 de Juviles) 238 euros (4 a 60 y 2 a 59)
10 Estuches de vino de Bodegas Cuatro Vientos 205,70 euros (a 20,57 caja)
24 Tarros de miel de APAG 158,40 euros (a 6,6 tarro)
8 Trozos de queso de Venta del Chaleco 120 euros
4 Botes de Mermelado de Venta del Chaleco Sin valorar
300 Botellines de 33 cl de agua de Lánjarón 66 euros
6 Cajas de fresas Sin valorar


EXPLICACIÓN DE COMO DE HA REPARTIDO EL INVENTARIO DE … 908,10 EUROS

PREMIOS …. … … … … … … … 434,08
4 Jamones 239
4 Estuches de vino 82,28
8 Tarros de Miel 52,8
4 Trozos de queso 60
4 Tarros de mermelada Sin valorar

CONSUMIDO EN EL CERTAMEN POR EL PÚBLICO ASISTENTE
6 Cajas de fresas
190 Botellines de agua de Lanjarón ... … … 41,8

INVENTARIO TRAS LOS PREMIOS … … 432,22
La Junta Directiva, en próxima reunión decidirá qué hacer con estos productos.
2 Jamones 119 Los guarda Pepe Alvarez
6 Estuches de vino 123,42 ¨
16 Tarros de miel 105,6 ¨
4 Trozos de queso 60 ¨
110 Botellines de agua 24,2 Los guarda Andrés Linares


EL RESULTADO DEL CERTAMEN DE GASTRONOMÍA ES POSITIVO EN 265,13 EUROS
El Tesorero estará encantado de dar explicaciones a todos los socios al corriente de cuotas que lo deseen.

jueves, 14 de julio de 2016

Texto de la presentación del sainete



El Quijote es una constante lucha entre el deseo y la realidad. Fue concebida como una obra breve que, luego, fue evolucionando para convertirse en un libro infinito. Concebido como un libro de humor, así lo expresa Cervantes en el prólogo diciéndole al lector:

“Aquí te entrego dos fanegas de risa”

La escribió de corrido, para ser relatada, no leída, sin ninguna forma; han sido los editores los que ha corregido la ortografía y la gramática.
Lo verdaderamente importante de El Quijote es el fondo, el mensaje, el relato; sobre todo los diálogos entre Don Quijote y Sancho.
La mejor definición del Quijote, al menos la que a mí más me gusta, la leí, en la enciclopedia “Alvarez” de nuestros años de escuela, en unos versos que ignoro de quién son, y que dicen así:

Con extrema habilidad,
un soldado poco a poco,
queriendo pintar a un loco,
retrató a la humanidad.

Como he dicho, Cervantes lo escribió para sí, que es como surgen las grandes obras, cuando el autor se libera de ataduras y, sin traicionar su pensamiento, se deja llevar por el corazón. Más, en el caso del Quijote, donde el autor lo que quiso es disfrutar, enfrentando su deseo, con la cruda realidad de una España que, si bien era la mayor potencia del mundo, el pueblo no participaba de ese bienestar.

La diferencia entre la nobleza y el pueblo es enorme, una diferencia que donde primero se aprecia es en la mesa. Lo vemos, por un lado, con una comida sofisticada, lo mejor de Europa, tanto en las Bodas de Camacho, como en las comidas del duque; como lo vemos por otro lado en la comida del pueblo, en la que se hace referencia en la mayoría de los capítulos; más aún la improvisada, con lo se pillaba, de los pastores y los arrieros, como se ve el el cap. 11 (como curiosidad os diré que de los 126 cap, del Quijote, solo en cuatro no se habla de comida).

En casa de Alonso Quijano se comía bien. Cervantes nos lo hace saber en las primeras líneas del primer capítulo:

“ Una olla de algo más de vaca que carnero, salpicón la mas noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes y algún palomino de añadidura los domingos”.

Pero Alonso Quijano, metido en asuntos de caballería, pierde el juicio, y se convierte en Don Quijote de La Mancha; sale a los caminos a desfacer entuertos; como caballero, sólo busca el sustento del alma, y Sancho le sigue siempre pensando en el cuerpo.

Es así, cargado de fatigas, sin beneficios y con el estómago vacío, como Sancho sigue a su señor, soñando con los placeres que encontrará cuando sea gobernador.

Y llega el día que se cumple su sueño. Es nombrado gobernador de Barataria.
El sólo quiere comer, pero el poder también tiene sus quebraderos de cabeza.
Lo primero es la ceremonia, una larga ceremonia de toma de posesión; después tiene que demostrar al pueblo su buen juicio y le llevan al juzgado donde ha de resolver una larga serie de conflictos.

Tras todo esto, por fin, lo conducen al salón del gobernador donde hay una mesa repleta de ricos manjares. Todos son para él.

Este es el momento que pretendemos mostrarle a continuación.

Muchas gracias por vuestra atención. Lo hemos hecho con mucho cariño.

Qué se comía en los días del Quijote


La cocina popular del siglo XVII ha sido celosamente transmitida de madres a hijas, y es consecuencia de la influencia de culturas anteriores, como la romana y la árabe. Es una cocina sencilla, sobria y elaborada en la que encontramos grandes similitudes entre La Mancha y La Alpujarra. Como si de El Quijote de la Alpujarra se tratara, apuntaré algunas citas en las que a lo largo de la obra de Cervantes se refieren a la comida.

Encontramos primero la olla podrida, que admite mil ingredientes, siendo por lo tanto poderosas que no podridas. La olla que está presente, en las mesas de los nobles ricos, en los conventos y abadías, y más menguada en casa de los hidalgos empobrecidos, pero exquisito alimento que tiene tres vuelcos: la sopa, las legumbres y verduras y las carnes. En el sainete que representamos en Yátor, Sancho y el médico se refieren a ella con el siguiente diálogo:

- SANCHO: Aquel pedazo de plato que está allí adelante humeando, que me parece que es olla podrida, por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.
- EL MÉDICO: -¡Absit! ¡Aléjese tan mal pensamiento!: no hay cosa en el mundo peor que una olla podrida. Las ollas podridas para los canónigos, o para los retores de colegios, o para las bodas de labradores, y déjennos libres las mesas de los gobernadores, donde ha de asistir toda la habilidad y toda cordula; y la razón es porque siempre y a doquiera y de quienquiera es mejor prevenir que curar; mas lo que yo sé que ha de comer el señor gobernador ahora, para conservar su salud y corroborarla, son unos barquillos y unas sutiles tajadicas de carne de membrillo, que le asienten el estómago y le ayuden a la digestión.

Sancho es un gran aficionado a ella y nos muestra su admiración al respecto en exclamaciones como: "… -Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día". (2,49)

Esta olla podrida tenía más vaca que camero. La vaca además de ser más económica era de gran provecho para este plato, tanto por su sabrosa aportación para el caldo de la sopa, como por la posibilidad de combinar su carne con las sobras de garbanzos o legumbres, y de encebollarla aliñándola con aceite y vinagre y servirla en frío en la cena. Se podía servir como el "...salpicón las más noches". (1,1)

Esta olla podrida, nuestro puchero, sigue siendo plato principal de la cocina española, con algunas variantes es plato popular en casi toda España, en La Mancha, se sigue degustando con muchísima frecuencia, aunque con algunas modificaciones que han aligarado su peso y sustancia. En Madrid es el plato más representativo de la gastronomía popular, "el cocidito madrileño", plato obligado en todos los restaurantes.

Sobre los "Duelos y quebrantos", existen opiniones distintas. Para unos, se trata de huevos con torreznos, chorizo y jamón; así lo estiman Rodríguez Marí y Américo Castro. En el Diccionario de la Real Academia de 1803, citado por Rodríguez Marín, se lee que los "Duelos y quebrantos" son tortilla de huevos con sesos. Clemente Cortejen, sostiene que se trata de un guiso de carne.

Eusebio Goicoechea Arrondo, autor de la monumental obra "La Mancha, tierra de D. Quijote", cita que algunos pastores le habían asegurado que los amos solían darles las ovejas que sufrían algún accidente, las que caían de alguna peña quedando "quebrantadas", o bien las que dejaban malheridas las fieras salvajes. De este modo, al final de la semana se solía hacer una comilona con estos animales llamada "duelos y quebrantos": "Duelos" por la oveja herida, y "Quebrantados" por la oveja despeñada. Podría también aludir a esto Cervantes cuando dice que don Quijote tomaba los "duelos y quebrantos" precisamente los sábados. Estos sucesos finalizaba de manera parecida en nuestra Alpujarra.

Otro de los elementos fundamentales en la cocina manchega, como en la alpujarreña, eran los palominos. Muchas eran las casas manchegas que disponían, hasta hace poco, de palomares dedicados a la crianza de estas aves a las que se daba un destino gastronómico. Muestra de esta referencia la encontramos hoy, en la Casa Museo de Dulcinea en El Toboso, donde aun se conserva el viejo edificio del palomar, que puede albergar hasta tres mil ochocientas palomas, y da muestra ello de la opulencia de la casa solariega de labranza que fué cuando Cervantes conoció a sus moradores. Así, también forman parte de la dieta de Don Quijote: "algún palomino de añadidura los domingos"

Los platos llamados "de cuchara", o potajes, han sido fundamentales en nuestras dietas y aún lo son. Son platos ricos en calorías, que se toman en las épocas más frías del año, y así debía ser también en época de Cervantes. Sancho se relame de gusto cuando en el cp. 59-2: "O dos manos de ternera que parecen uñas de vaca, están cocidas con sus garbanzos cebollas y tocinos, y a la hora de ahora están diciendo cómeme, cómeme".

La base de estos platos son productos de la tierra: las legumbres y carnes de cerdo y caza. Estos potajes se elaboran poniendo en crudo a cocer y a fuego lento, las legumbres y las carnes, con ajos y laurel, a mitad de cocción de le añade un sofrito con aceite, pimentón, cebolla, sal y hoja de tomate seco.

Como la familia de Sancho, las gentes no carecían de los alimentos básicos, ya que disponían del terreno para el cultivo de las hortalizas, y de corrales para la cría de gallinas, conejos, huevos, el cerdo, y también la caza. La caza menor, proporcionaba una materia prima fundamental para la cocina de la época que aún hoy día es muy apreciada: la liebre, el conejo los pichones, y la perdiz. A ella, en particular, hace referencia Cervantes y lo oímos nosotros en nuestro sainete en boca de Sancho: "Desa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas y, a mi parecer, bien sazonadas...”.

Mención especial merecen en el ámbito de esta gastronomía rural las gachas, citadas en los cp. 17 y 18, 2. Es uno de los platos mas degustados, especialmente en las épocas mas frías del año, y son también un excelente reconstituyente. Se hacen con harina, aceite, ajos, pimentón y agua. Dependiendo de la estación del año, se guisan con setas, hígado de cerdo o alguna engañifa de la época. Se toman de forma particular: se pincha una sopa de pan en la navaja, al igual que se describe en el (50,1) "darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo", pues, hay que señalar, que el tenedor no se ha usado en las mesas de La Mancha hasta fechas recientes, aunque no fuera desconocido el la época quijotesca, pues dice Don Quijote de Sancho: "...en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor la uvas y aun los granos de granada" . (2,62)

La agricultura proporcionaban uno de los elementos más básicos de la cocina manchega: las habas, navos, cardos, zanahorias, cebollas y los ajos. Quién en su niñez no ha hecho frailecillos con las cortezas de las habas, costumbre que ya evoca, Cervantes en 32 - 1 : "partió cingo girante por la cintura, como si fueran hechos de habas, como los frailecillos que hacen los niños" A las habas se refiere Sancho en el Sainete cuando dice: “...oficio que no da de comer a su dueño, no vale dos habas”; o en uno de los muchos refranes "...en otras casas cuecen habas y en la mía a calderadas" .(2,13) 

Las habas, en La alpujarra lo sabemos bien, son las primeras hortalizas que se recogen en primavera, y son de gran provecho para la cocina. Después viene la temporada de las judías verdes, pimientos, tomates, berenjenas, calabacín, componentes de nuestros famosísimos y variados pistos y fritaillas, a los que también se hace referencia con intencionalidad critica cuando se lee: "miserable y bien nacido que va dando pistos a su honra comiendo mal y a puerta cerrada". (2,44)

 Divertidas son las referencias a los ajos, y diversas sus propiedades , al el sabor que aportan, sus sabidas cualidades curativas y su utilización en la elaboración de conservas.

He contado 65 referencias al pan en El Quijote. Ello deja muy clara su importancia para nuestra alimentación, pues es el elemento básico desde la mañana a la noche y en ocasiones es el elemento de supervivencia. Como acompañamiento básico o para elaborar sopas, o platos fundamentales en la cocina manchega como las "migas pastoriles o ruleras", los picatostes con vino y azúcar para la merienda, o tostadas con aceite en los desayunos.

Como a La Alpujarra,casi todo el pescado que llegaba a la Mancha en época de Cervantes era el arenque o el bacalao en salazón. D. Quijote que es hidalgo pobre come más pescado en salazón, como indica la referencia que hace con tanta añoranza de los arenques: "mas tomara yo un cuartal de pan o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques que cuantas yerbas describe Dioscórides". (1-18)

No puede faltar la leche y sus derivados. Recordaremos a Don Quijote para hablar de los quesos: "Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones lo que aquí me has puesto, traidor, bergante y malmirado". (2-17)  Precisamente por tener desde antiguo una tradición pastoril, en la Mancha, la leche, el suero, el requesón, la cuajada, el queso, son alimentos consumidos y utilizados para la elaboración de postres y dulcería. Actualmente el queso puro de oveja de La Mancha es reconocido mundialemente.

Uno de los platos más típicos de La Mancha: la caldereta de cordero. En una sartén con aceite frito se añade la carne bien sazonada con pimienta, laurel y cebolla picada. Después se rehoga con agua y con vino a partes iguales, se deja el guiso largo tiempo hervir, mientras en mortero se llega a batir almendras, ajos, tomate cortado; y todo lo dicho m u y bien machacado, se echa en la carne que está en la sartén y al decir de sabios en esta receta así queda hecha nuestra caldereta.

Como en La alpujarra, entre las fiestas gastronómicas mas arraigadas en La Mancha, hay que citar la matanza del cerdo, que es todo un ritual que se practica en Noviembre. Así en el cap. 62, 2 al decir: "...pero su San Martín se le llegará como a cada puerco". Era, para San Martín, once de noviembre, cuando en La Mancha se mataba el cerdo. Con este motivo, -cómo me suena todo esto-, se reunía familia y amigos en una fiesta que duraba dos días, para colaborar en las labores de despiece del cerdo, el salado de los jamones y las pancetas, la fabricación de longanizas, chorizos, morcillas, etc. Papel fundamental tenían los mayores de la familia, pues eran depositarios de las recetas y especias, base de la fabricación casera de chorizos y morcillas, las costillas adobadas, y el lomo en orza. En muchos casos estas recetas eran secretos familiares que daban a los productos obtenidos en cada matanza un sabor particular. De estos productos viviría la familia gran parte del año.

En cuanto al vino, bravo y mojón, como el nuestro, Cervantes lo menciona hasta 44 veces: "¿es este vino de Ciudad Real? -¡Bravo mojón! -respondió el del Bosque". (2-13) También el vino tiene parte de la composición del bálsamo para remedios populares curativos: "Levántate, Sancho, si puedes, y llama al alcaide de esta fortaleza y procura que se me de un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salutífero bálsamo". (1-17)

miércoles, 6 de julio de 2016

¿Dónde está la sepultura de Federico? Por Francisco Gil Craviotto

Escribir con calidad, sobre todo en poesía, es un don que Dios, la naturaleza, o quien quiera que sea, deja caer con cuentagotas y muy a su antojo y azar en algunos humanos. Ocurre igual con la capacidad para pintar, esculpir o crear música. García Lorca lo reconoció así cuando dijo de sí mismo: “Soy poeta por la gracia de Dios y de mi esfuerzo”. Es evidente que ambos elementos tienen que ir unidos y complementarse: primero, el don, la gracia; segundo, el esfuerzo y el trabajo. La suma de ambos nos da al poeta, al músico o el artista por excelencia.

Pero hay otra gota de genialidad, ésta mucho más escasa y todavía más divina y difícil de alcanzar, que, aunque muy raramente, a veces también se da en el poeta, al menos en ciertos poetas. Me refiero a la capacidad para predecir o intuir el futuro. No estará mal traer al lector algunos ejemplos. Cuando Antonio Machado escribió estos memorables versos:

            Españolito que vienes
            al mundo, te salve Dios:
            una de las dos Españas 

            ha de helarte el corazón. 

¿sabía que, sin ser profeta, estaba anunciando el trágico destino de casi un millón de españoles? Cuando en Salamanca, ante la flor y la nata del fascismo español, Miguel de Unamuno pronunció aquel histórico grito de “¡Venceréis, pero no convenceréis”, ¿era consciente de que acaba de lanzar una profecía que después se ha cumplido hasta en el último detalle? Cuando Federico García Lorca escribió aquel enigmático poema en el que pregunta: “Vecinitas, ¿dónde está mi sepultura?”, y es el sol y después la luna los que responden, ¿sabía verdaderamente lo que estaba escribiendo? ¿Era consciente de que un día del siglo siguiente al suyo, unos y otros -jueces, políticos, magistrados, críticos literarios, investigadores, etc.-, iban a lanzarse, con ligeras variantes, la misma pregunta que él hace en el poema a las vecinitas?

Se diría, en todos estos casos, que una intuición, imposible de comprender y analizar, llama al poeta y le sugiere al oído los versos que un día serán realidad e historia; que hay un mundo oculto y secretísimo al que nadie tiene acceso y tan sólo el vate logra arañar a sus puertas; que existen unos seres superiores que rozan el misterio de la vida y de la muerte, aunque sin poder intervenir en él.

En el caso de la sepultura de Federico García Lorca, de la que solo sabemos que se encuentra entre los pueblos de Alfacar y Viznar, sin que nadie pueda precisar el punto exacto, ya ha habido dos intentos de dar con ella sin conseguirlo jamás. El que ahora inician nuevos expertos es el tercero y posiblemente va a tener los mismos resultados que los otros tres. Él, como ya hemos dicho, lo había anunciado en estos extraños versos:

            Vecinitas, les dije,
            ¿dónde está mi sepultura?
            En mi cola, dijo el sol.
            En mi garganta, dijo la luna. 


Las respuestas del sol y de la luna no pueden ser más enigmáticas y evasivas; las respuestas de los abridores de la tumba, cuando al fin consigan abrirla, lo serán todavía más.

Mientras tanto, por los mentideros de la ciudad hace ya bastante tiempo que corren las más peregrinas historias sobre este particular. Unos dicen que, poco después del asesinato, los padres del poeta pagaron a los fascistas una considerable cantidad de dinero para que les entregaran el cuerpo y, cuando lo consiguieron, lo enterraron, con miedo y sigilo, en la Huerta de San Vicente, hoy integrada en el parquet García Lorca. Otros aseguran que la entrega de los restos fue mucho después, en tiempos del gobernador Fernández Victorio, y que la familia se los llevó a Málaga. Tampoco falta quien asegura que están en el cementerio de Granada con nombre falso, porque los asesinos no podían permitir que estuviesen con el suyo -hubieran provocado peregrinación de admiradores-, que sólo los padres y hermanos del poeta conocían; en consecuencia, ahora nadie los puede encontrar. En definitiva, la pregunta del poema aún no ha perdido un ápice de actualidad: vecinitas, ¿dónde esta su sepultura? Esta extraña pregunta inevitablemente nos lleva a otra: ¿sabía él, cuando estaba escribiendo aquellos enigmáticos versos, que era el colofón de su propia biografía lo que nos dejaba?

martes, 14 de junio de 2016

Los conciertos


Fernando de Villena

Francisco Gil Cravioto

Los Conciertos” es el título de la última novela de Fernando de Villena, prolifero escritor granadino que, entre poemarios y libros en prosa, ya tiene alrededor de cincuenta títulos publicados. El libro en cuestión es una novela de 240 páginas, editado por Nazarí, con una portada muy bella y llamativa, que reproduce un cuadro de Frans Snyders, Concierto de Aves, pintado entre 1629 y 1630.

Desde el comienzo del libro Fernando de Villena (Granada, 1956) nos sorprende con dos tramas paralelas –una en el Nuevo Mundo, en los comienzos del siglo XVII, la otra actual en la ciudad de Antequera-, que al final convergen en una sola que atrapa y seduce al lector.

Esta seducción del lector me parece que es la primera característica que debemos señalar en este libro. Nuestro autor lo consigue gracias a una acción “suspense”, propia de la novela negra, y a un estilo ameno e impecable, (con un lenguaje ligeramente arcaizante en la parte que transcurre en el siglo XVII), que en seguida ganan al lector, incluso al más apático. Hay momentos en que es imposible interrumpir la lectura porque nos embarga el deseo de saber lo que va a ocurrir después. A veces hasta nos viene la tentación de ir al final (algo que jamás se debe hacer en ningún libro) para saber cómo termina todo.

Enredada a esta característica hay que añadir otra que afecta especialmente a la parte que se desarrolla en el siglo XVII: el completísimo y minucioso conocimiento que Fernando de Villena derrocha en toda la novela del Siglo de Oro. Este conocimiento abarca no solo las letras y las artes de la época –algo normal en un escritor que lleva muchos años estudiando esa época-, sino también otras muchas actividades –música, cocina, trajes, costumbres, etc.-, y algo que desde el comienzo nos sorprende: brujería y hechizos. Algo que, sobre todo en el Nuevo Mundo, pervive y se confunde con las religiones primitivas –especialmente el animismo- y las brujerías de importación que, que al socaire de la Inquisición, llevaron los españoles. Es un tema que no deja de tener su importancia en el libro. Y hechizante es el efecto que el escritor ejerce sobre el lector al impedir que se pueda abandonar en cualquier momento la lectura.

Pero la novela, que es muchas cosas a la vez, es también una crítica mordaz y sin paliativos de la sociedad española del Barroco y sobre todo, y con mucho más énfasis, de la burguesía antequerana actual. El retrato que nuestro autor nos ofrece de los señoritos del lugar no puede ser más negativo. Todos ellos brillan por su altanería, ignorancia, chulería y depravación. Algunos de estos personajes nos recuerdan a los que en su día nos ofrecieron de la España profunda Pío Baroja, Antonio Machado –como el inolvidable don Guido-, o el cine de García Berlanga y Barden, lo que demuestra que el tiempo avanza, las generaciones se suceden, pero la imagen del señorito ignorante y holgazán, verdadero lastre de la sociedad española, continúa intacta. Se diría que es una maldición que ha caído sobre el país, porque el retrato que Fernando de Villena saca a la luz de la sociedad antequerana es evidente que vale para cualquier otra ciudad de España. Nuestro autor aprovecha la trama de su novela –unas muertes misteriosas que se suceden en Antequera y otros puntos y un maestro jubilado que tiene que investigar lo que la policía ha sido incapaz de investigar-, para hacer un análisis de nuestro tiempo y la sociedad actual. Sus conclusiones son deplorables, pero, hombre cabal y justo, como nuestro autor no puede permitir que triunfe la maldad y la injusticia, aunque en la vida real muchas veces sea así, en la novela el destino impone su justicia y al final ganan los buenos y pierden los malos. Huelga añadir que lo consigue sin forzar en ningún momento la verosimilitud de la trama.

Fernando de Villena nos demuestra con “Los Conciertos” que en literatura no hay géneros menores y que la llamada “novela negra”, hasta hace unos años tan denostada, en manos de un auténtico escritor, puede dar una gran obra. Responde al mismo credo literario que ya defendieron Manuel Vázquez Montalbán y Eduardo Mendoza. Hoy nos parece evidente que los tres tienen razón.

Este artículo ha sido publicado en el "Faro de Ceuta" el pasado día 12.

sábado, 4 de junio de 2016

La comida del Quijote

El banquete del gobernador

Como apunta Francisco Rico en “El Quijote del siglo XXI”, El Quijote es una lucha constante entre el deseo y la realidad. Cervantes lo pensó para divertirse y, para llegar a un público mayor, la escribió para ser relatada, de corrido, sin ortografía.

Es el gran libro de la ficción y la vida, siempre a caballo entre como son las cosas y cómo desea el autor que sean. Entre esta dualidad se tratan numerosos temas como el honor, el idealismo, la locura, el amor, la comida... La comida está muy presente en la obra.

Cervantes era un experto conocedor de como comían en su tiempo, era un gran observador y, como militar, un reconocido viajero, conociendo a la perfección la comida de ventas y posadas de los muchos caminos por los que andaba. Había viajado varias veces a Sevilla, comiendo en las ventas de los caminos, por lo que se aprecia, en El Quijote, un paralelismo y cierta influencia de la comida andaluza.

En el primer capítulo, en la tercera línea, Cervantes nos presenta al todavía Alonso Quijano describiendo su hábitos culinarios, una comida si no de noble, al menos de persona acomodada: "Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda".

Siguiendo al radiofónico Lorenzo Díaz, autor de “La Cocina del Quijote”, podemos hacer la primera clasificación de la gastronomía del Quijote.

La comida en la casa de Alonso Quijano:

1. La Olla. Este plato no se diferenciaba mucho de nuestro “puchero”, sus ingredientes eran: el tocino, las verduras como nabos y coles, legumbres como los garbanzos o las alubias, carne de cordero o res. La de Alonso Quijano solía llevar más vaca que carnero, dándonos a entender, por los ingredientes, que el nivel social y el poder económico del consumidor era bastante bueno; el carnero era más bien de los pastores y el pueblo.

2. Salpicón. Dice El Quijote que se comía por la noche y, según Lorenzo Díaz, se hacía con las sobras de la olla y mucha cebolla picada y hervida en vino blanco. Muy parecido a lo que hacíamos y aún hacemos aquí con las sobras del cocido, troceándolo y con unos ajillos picados y mucha cebolla freírlos primero y zancocharlos con vino de la Contraviesa después.
El salpicón era un plato que presidía las noches de los nobles y plebeyos de este tiempo, elaborado con la carne picada de vaca sobrante al mediodía y aderezada con pimienta, sal, vinagre y cebolla, todo ello mezclado.

3. Lentejas los viernes. Una vez a la semana como solemos hacer en La Alpujarra, como aquí eran y son parte de la alimentación básica en La Mancha. Como en nuestra tierra, y siempre según la opinión de Lorenzo Díaz, podían llevar algo de carne de cerdo, o simplemente cocinarlas “viudas”, sin carne, también solían llevar alguna verdura, col, achicoria u otra cogida en el campo. Lorenzo añade que todavía las papas no eran conocidas en España, al menos a nivel popular.

4. Duelos y quebrantos. He visto muchos autores y no se ponen de acuerdo en qué consistía este plato. Apuntaré algunas variantes y veréis como todas os suenan familiares:

-Huevos fritos con torreznos. Según una letrilla de Calderón, los quijotiles duelos y quebrantos son sencillamente huevos con torreznos.

-Guiso con nabos de asaduras y otras vísceras.

-Estofado con huesos rotos y alubias o garbanzos.

-Tortilla de huevos con sesos, riñones y asadura.

-Un plato hecho aprovechando los animales muertos o malheridos. 

Y, Américo Castro sostiene que este plato viene de la actitud de los judíos conversos que se veían obligados a comer carne de cerdo para ahuyentar las sospechas.

5. Los pichones los domingos. El palomino es la cría de la paloma, más comúnmente el de la brava, porque el de la casera, la de los palomares, se llama pichón.
Como aquí, excepcionalmente, los domingos o porque el niño está débil, para que se reponga. En nuestros pueblos en casi todas las casas había un palomar. Según Lorenzo Díaz, estos palomares eran privilegio de los hidalgos. La carne y su caldo se consideraban una delicadeza, muy apropiada para enfermos. Un plato también considerado de celebración que se preparaba según la tradición medieval, cortando el ave en cuartos, y marinándola en una mezcla de vino y leche condimentada con sal, pimienta, cebolla y ajo, para después freír y cocinar con una salsa hecha con almendras, pan remojado en vinagre, agua y especies como la pimienta, el pimentón, el tomillo o el laurel. ¿No os recuerda la salsa de almendras, la que hacía nuestra abuela?

Pedro Plasencia, estudioso de gastronomía, ha dicho que "No es el de Cervantes un novelón de esos en los que los personajes parecen no experimentar necesidad fisiológica alguna, fuera de la satisfacción de los instintos primarios. Este punto de vista del gastrónomo se corresponde con el del cura en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, en lo que se podría considerar como una crítica a la propuesta normativa de la novela realista a propósito del Tirant lo Blanc: "Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte..." (cap. 6, 1ªparte).

Cervantes, añade Lorenzo, con numerosas referencias gastronómicas en toda su obra, da palabra y hace cocinar a todas las clases sociales. Eso es insólito en la literatura no ya de su época, sino incluso en la de hoy. Además de los platos sencillos que hemos visto, o las abundancia de las bodas de Camacho, que veremos, también se habla del caviar, "un manjar negro... hecho de huevos de pescados, gran despertador de la colambre, es decir, del deseo de beber vino"(capítulo 54 de la 2ª parte). Esta referencia no es una invención literaria, pues hasta el siglo XIX se podían encontrar esturiones en el Guadalquivir sevillano y otros grandes ríos andaluces.

El Quijote nos muestra un panorama social amplio a partir de referencias culinarias. Así, de la modestia digna de la casa de Alonso Quijano, gobernada por el ama y la sobrina, y de las comidas improvisadas en ventas y caminos, don Quijote y Sancho descubrirán, sobre todo en la Segunda parte de la novela, que la cocina puede convertirse en gastronomía. En este sentido son importantes el famoso episodio ya mencionado de las bodas de Camacho, pero también las comidas en el palacio de los duques (y su irónica extensión a la ínsula Barataria) y en casa del anfitrión barcelonés de don Quijote, Antonio Moreno.

Así, podemos realizar una segunda clasificación, por clases sociales, de la gastronomía cervantina:

1. Comida del pueblo. Cuando habla de los pastores y los arrieros aparece el queso de La Mancha.

2. Comida de señores. Ejemplo mostrado sobretodo en la bodas de Camacho, donde se aprecia la variedad de la despensa de La Mancha y el gran conocimiento que de ella tenía Cervantes.

3. Comida de moriscos. Expertos en repostería, como nuestros pestiños o los dulces hechos con almendras e higos.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Aquel Corpus de los cincuenta por Francisco Gil Craviotto

Llega un año más el Corpus, la fiesta mayor de Granada. Mucho me gustaría, en un día tan señalado, poder regalar a mis lectores un magnífico y sazonado artículo. Un artículo lleno de ditirambos y citas que fuese la delicia de oficinistas, tecnócratas y amas de casa; pero bien comprendo que me va a ser completamente imposible. La razón es obvia: no puedo hablar del Corpus porque casi no lo he vivido, lo mismo que tampoco podría hablar del fútbol, por ejemplo, porque jamás he presenciado un solo partido (no cuento, evidentemente, los que vegeté a la trágala en mi desdichada época de internado), ni puedo hablar de boxeo o los toros por la misma razón. Mi infancia no transcurrió en Granada y el Corpus de aquellos lejanos años, que sin duda hubiese sido el que me habría dejado mayores recuerdos, ahora tan sólo es, sin la menor nostalgia, una indefinible ausencia. Cuando ya, a comienzos de la mocedad, todavía en la pupila el verdor de los trigales de mi pueblo, comenzó mi vida en Granada y, con el correr de los meses, aparecieron las fiestas, el Corpus me dio la sensación de una repetición del día de San Marcos de mi aldea, pero elevado a la enésima potencia. Más gente, más ruido, más calor y bullicio.

Si hago un poco de memoria, las imágenes que me vienen a la mente son las de unas calles cubiertas con tela de saco y alfombradas de juncia y mastranzo, abarrotadas de gente que espera o acaba de ver la procesión. Otra imagen que tampoco se me va de la cabeza es la de unas catetas, gordas y sudorosas, que caminan descalzas, con gesto dolorido y los zapatos en la mano. Seguramente iban en busca del coche “pirata” o del tranvía –entonces Granada estaba unida  a su periferia por una importante red de tranvías que la mediocridad de los políticos de entonces se cargó poco después-, que las llevaría a su pueblo. Las instantáneas que conservo del ferial –en aquella época, en el Parque del Violón, ahora convertido en aparcamiento subterráneeo-, tampoco son demasiado halagüeñas. Si voy seleccionando los recuerdos a través de los sentidos, el olfato me trae olor a frituras, tufillo de sudor y una insoportable mezcolanza de regüeldo y vomitera; el oído estridencias de altavoces, gritos y pregones de feriantes; la vista, luces que se encienden y se apagan, disonancias de colorines y caras desconocidas que pasan sin cesar, gente, tumulto; y, por último, el tacto, me trae codazos, empujones, sensación de incomodidad y estorbo.

Para mí sólo había dos aspectos aprovechables del Corpus: las “carocas” y la revista. Las primeras por lo que tenían de sátira social, aunque con la censura del régimen, nunca llegaban muy lejos; la segunda, porque era la única manera de ver mujeres semidesnudas y esto sólo ocurría una vez al año. Todo lo demás –ferial, toros, fútboles, etc. etc.-, me resbalaba o, para ser más exactos, me repugnaba. ¿Tendré que añadir que soy un bicho bastante raro? ¿Será necesario insistir en que me salgo de lo normal, en que –como ya me han dicho en más de una ocasión-, no sé disfrutar de lo bueno y, lo que es peor, tampoco sé hacer el paripé de que lo estoy pasando bomba? Me parece que no. Sigo con el hilo del relato. Yo ahora no sé si sólo resistí un Corpus o si mi heroísmo llegó a dos. Sin atreverme a poner la mano en el fuego, me inclino más por la primera hipótesis. Para el caso es igual. Lo cierto es que, para cuando llegó el tercer Corpus –tal vez ocurrió en el segundo-, ya tenía yo mi tabla de salvación. Mejor aún: mis tablas de salvación, pues siempre fueron varias. Se llamaban –y se siguen llamando- Alhambra, Generalife, Albaicín, Jesús del Valle, Cahorros, Fuente de la Bicha y más allá... Había descubierto que en esos días estos lugares quedan en el olvido total y, en consecuencia, se convierten en retazos de paraíso. ¡Qué paz, qué sosiego, qué limpidez de aguas y hermosura de alamedas! De la mayoría de ellas, dicho sea de paso, ya no queda ni la tierra donde se asentaban. Primero iba solo, sin más compañía que mis pensamientos, pero después encontré compañera. Desde entonces, a la belleza del paraje, en una época en la que incluso besarse estaba prohibido por decreto, se unía la delicia de tener al lado otro cuerpo y disfrutarlo en la soledad del campo.

Algún tiempo después comencé a escribir en el periódico “Patria”, pero esto no cambió en nada mi situación. Si yo tenía que cubrir alguna información, siempre me las arreglaba para que fuese marginal a la fiesta, exenta de alharacas y ruidos: comentario de un libro, visita a un pintor, músico o escultor, etc. Los demás, encantados de que dejase para ellos toros, fútboles, boxeos, tiro al pichón -¿me hubiesen publicado una sola línea de lo que yo opinaba, por ejemplo, del tiro al pichón?-, y otras “lindezas” parecidas. Recuerdo que a uno de mis compañeros, José Félix Quesada, se le había metido entre ceja y ceja que yo debía ir a los fútboles. ¡Pobre! Ya está muerto. ¡Cómo debí decepcionarle cada vez que me negué a tomar la entrada que me regalaba! Hasta que por fin comprendió que era una cuestión de principio: yo no podía perder dos horas de mi vida, que no sabía si sería larga o corta, viendo a unos tipos, vestidos con pantalón corto, corriendo detrás de una pelota. Mucho menos viendo como un ser humano –al menos por tal pasa-, vestido con traje de luces, se ensaña con un toro, que nada le ha hecho.

Unos años más y me marché a Francia. Desde allí, naturalmente, era imposible estar al tanto del Corpus. Ni siquiera es fiesta. Un día como otro cualquiera. Las pocas veces que mis vacaciones coincidieron con esas fechas, procuré pasarlas en la playa. No obstante, en uno de estos viajes, un día supe que el ferial lo habían llevado lejos, muy lejos –un gran alivio para los habitantes de la zona-, porque el bullicio, el ruido y las músicas locas, habían alcanzado tal intensidad, que no había vecino que las soportara. Ahora, un par de décadas después, ya están ideando los políticos un nuevo y quizás definitivo traslado.

Este año, con el Corpus a las puertas, aún no tengo decidido dónde pasaré ese día. De lo único que estoy seguro, segurísimo, es de que, si estoy en Granada, no voy a ir a ver la procesión, no visitaré el ferial, nadie me verá en los fútboles y mucho menos en los toros y que ese día no voy a estrenar ningunos zapatos. Sí, es verdad, soy un bicho raro, lo acepto. Pero, mientras no me demuestren lo contrario, creo que estoy en mi derecho.

domingo, 8 de mayo de 2016

El Papa enamorado por Francisco Gil Craviotto


La verdad es que no ganamos para sorpresas. La última nos viene del Palmar de  Troya, sede de la secta católica del mismo nombre: su máximo dirigente, el “papa” Gregorio XVIII, acaba de colgar tiara y sotana. Razón aportada por el desde ahora expapa: ha perdido la fe. Pero a esta razón, puramente religiosa, hay que añadir otra sentimental: el papa Gregorio ha encontrado su media naranja. La agraciada es una granadina, se llama Nieves Triviño y es natural de Monachil, pueblo de las estribaciones de Sierra Nevada, a muy pocos kilómetros de la capital, donde ejerce como “animadora sociocultural” del pueblo. La prensa ya ha adelantado que tendremos boda en agosto o septiembre. Toda una mina para las revistas del corazón. Seguro que más de una la calificará de la boda del siglo.

La secta del Palmar de Troya ya se hizo famosa hace algunos años por su peregrina decisión de elevar a los altares a las dos figuras cumbres del fascismo español, Francisco Franco y José Antonio Primo de Rivera. Ahora, cuando sus adeptos posiblemente esperaban la santificación de Pinochet y Videla, acaso también la de Hitler y Mussolini, se han encontrado de pronto con este inesperado jarro de agua fría: no es la incorporación de un nuevo santo a los sangrantes altares eclesiásticos lo que nos ofrece la secta, sino la irrevocable renuncia de su jefe indiscutible, el papa Gregorio XVIII, a supuesto supremo.

La decisión del expapa Gregorio, es tan insólita, que merece toda nuestra atención. No conocemos ningún caso parecido ni en la Iglesia de Roma ni en la novísima del Palmar de Troya. Amores papales claro que ha habido en la Iglesia de Roma, pero jamás produjeron el cese de ningún papa. El más prolífero en amoríos fue sin duda Alejandro VI, más conocido por el Papa Borgia, que durante toda su edificante y ejemplar vida fue repartiendo con la misma generosidad semen y santos venenos, pero jamás se le pasó por la cabeza renunciar a su cargo por ninguna mujer. En la literatura sí encontramos un caso parecido, aunque el protagonista no llega a la categoría de papa. Nos lo ofrece Merimée en una obrita, “El Teatro de Clara Gazul”, integrada por varios relatos cortos cuyas acciones transcurren en distintas ciudades de España. El primero de estos cuentos lo sitúa Merimée en Granada en los comienzos del siglo XVIII. Una gitana ha sido denunciada a la Inquisición por brujería y peligra ser quemada en solemne auto de fe. Pero ocurre que la gitana es de una belleza perturbadora y el inquisidor mayor de la ciudad cae locamente enamorado de ella. Una noche de insomnio y pecado el inquisidor cuelga la sotana, baja a las mazmorras inquisitoriales, libera a la gitana y ambos huyen a caballo desde Granada a Gibraltar, recién conquistada por los ingleses, donde la pareja encuentra refugio. El amor ha triunfado sobre el fanatismo –no podía ser de otra manera en un escritor romántico- y el inquisidor, gozoso y enamorado, ha sacrificado su puesto y dignidad social por una mujer. Pero, en el caso de Merimée, sólo se trata de un cuento. Un cuento que el autor ha enfocado como mejor le ha parecido, sin que nadie pueda asegurar cómo habría terminado esta historia si se hubiese dado en la realidad. En cambio, en el recién estrenado culebrón del papa Gregorio, se trata de personajes reales, tan reales que podemos visitarlos, hablar con ellos y verlos casi a diario en la tele, y el resultado es el mismo: el amor ha triunfado sobre el fanatismo. ¡Extraordinario y admirable triunfo de Cupido que, aunque lo pintan ciego, parece que a veces atina con sus flechas!

Pero hay otro aspecto en la declaración del expapa Gregorio que también merece meditación. Es el relativo a la fe. El papa dice que ha perdido la fe. Seguro que no es el primer caso de persona vinculada a una creencia religiosa que termina dándose cuenta que todo no es más que una sarta de mentiras, pero que, una vez en la cúspide, ese descubrimiento le aparte del sillón al que ha llegado, es rarísimo. En literatura conozco dos casos de curas que han perdido la fe, son decididamente ateos, pero siguen ejerciendo de curas hasta su muerte. El primer caso es “L ́Abbé Jules” de Octave Mirbeau y el segundo, “San Manuel Bueno y mártir” de Miguel de Unamuno. Dos novelas de extraordinaria calidad literaria. En ambos casos los curas han perdido la fe, pero siguen impertérritos en sus puestos hasta que la muerte se los lleva. El papa Gregorio es más consecuente con sus ideas y prefiere colgar sotana y tiara y apuntarse al paro. Seguro que ya hay más de uno deseoso de ocupar su puesto y, antes o después, los vecinos del Palmar de Troya, (también conocido por “el Vaticano español”), verán la fumata blanca, señal inequívoca de que la secta tiene un nuevo papa.

Mientras tanto el expapa Gregorio, ahora Ginés Jesús Hernández a secas, sin sotana ni tiara, pero con una hermosa mujer en la cama, habrá comenzado a disfrutar del amor y hasta es posible que, con un poco de suerte, haya encontrado un trabajo que le permita vivir feliz al lado de su compañera. Si hubo un rey de Francia que hizo famosa aquella memorable frase de “París bien vale una misa”, también, en contraposición, puede haber desde ahora otra mucho mejor: “Renuncio al papado por una mujer”. ¿Habrá mejor homenaje al amor?

martes, 3 de mayo de 2016

El Quijote y los niños de mi generación por Francisco Gil Craviotto




Los niños de mi generación –hablo de los niños de los años cuarenta- aprendimos a leer en el Quijote. Lo cual es tanto como decir que los niños de mi generación crecimos odiando el Quijote. Yo no sé en las otras escuelas, pero en la de mi pueblo, a este último grado de sabiduría lectora, se llegaba después de haber pasado tres cartillas elementales y un edificante libro de lecturas escolares. Sólo entonces enviaba el maestro un papelito a los padres diciendo que el niño ya estaba en condiciones de poder pasar a la Enciclopedia Dalmau, para las lecciones de memoria, y al Quijote elemental, para las lecturas.

La Enciclopedia Dalmau respondía al sueño de Diderot y sus amigos –incluir en un solo libro todo el saber de la humanidad-, pero reducido a nivel infantil y presidido por los criterios de los que detentaban el poder en la España de la época. Esto explica que cada dos por tres apareciese un poema a los gerifaltes del fascismo español: a Franco, a José Antonio Primo, a Mola, a Queipo de Llano... Nosotros no teníamos obligación de aprendernos de memoria más que el primero de los poemas que he enumerado: el poema a Franco, ditirámbicamente titulado: “A Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España”. Lo firmaba un tal M. Machado (años después supe que la M. era la abreviación de Manuel) y había que aprenderlo tan impecablemente bien que todavía puedo recitarlo sin titubear:

Caudillo de la nueva reconquista.
Señor de España, que a su fe renace.
Sabe vencer y sonreír y hace
campo de paz la tierra que conquista.


Era norma entre los chicos de la escuela –casi una tradición que iba pasando de unos a otros, en cuanto recibíamos la enciclopedia, (había que pedirla a Granada y tardaba casi un mes en llegar), ir a las páginas de geometría y buscar la palabra “cono”, para inmediatamente, sobre la pulcra y castísima n, estampar la tilde de la pecadora ñ. Con la transformación resultaba graciosísima la definición que seguía: “Cuerpo geométrico formado por una superficie curva y otra plana y circular...” Yo no hice nunca tal transformación, no por falta de ganas, sino por temor al infierno. Ir al infierno por una tilde me parecía demasiado castigo para tan poco placer. Huelga añadir que entonces yo era muy creyente.

Complemento de la enciclopedia era el Quijote. Se trataba de una edición infantil que sólo se diferenciaba de la de los adultos en que había sido suprimida  de ella toda alusión al sexo, por muy insignificante que fuese, así como todo atisbo de sátira o ironía contra la Iglesia. Episodios como el de Maritornes y el arriero o el de las dos buenas mozas que ayudaron en la venta a don Quijote a ser armado caballero andante, naturalmente, no figuraban en nuestro libro; mucho menos expresiones como “con la iglesia hemos dado, amigo Sancho” o el grito de “yo os conozco, fementida canalla”, que lanza don Quijote, en el capítulo VII de la primera parte, a los frailes de San Benito.

La lectura se efectuaba siempre por la mañana. Antes de que el maestro nos llamara a leer al lado de su mesa, a todos los otros les había dado trabajo: cuentas, palotes, página de caligrafía, etc. etc., pues en la escuela de mi pueblo convivían todas las edades y niveles; todas las edades y niveles que van, o pueden ir, de los seis a los doce o trece años. Los cuatro o cinco que habíamos llegado a esa cumbre de poder leer el Quijote formábamos círculo alrededor de la mesa del maestro. Esto venía de perlas a todo el resto de la escuela que nos aprovechaba como telón o parapeto para, mientras nosotros leíamos, hacer ellos de las suyas: pintar obscenidades en las pizarras de mano que cada uno tenía, cazar moscas (a las que, luego de sacarles las tripas, se les ponía un papelito en el culo y salían volando tan campantes), hacer apuestas o jugar a lo que se les ocurriese. Todo esto, unido al rumor de los que estudiaban la tabla, (dos por dos, cuatro; dos por tres seis...) formaba un guirigay que, a pesar de la poca distancia que nos separaba del maestro, nos obligaba a leer a gritos. No era raro que el maestro interrumpiese nuestra lectura para gritar desde su mesa: “Fulanito y Perenganito, de rodillas, en el pasillo”; otras veces se levantaba y comenzaba a repartir sopapos entre los más díscolos.

Nosotros leíamos lo que veíamos escrito, sin más obligación que la de pararnos en los puntos, hacer la entonación interrogativa o exclamativa cuando venía al caso y procurar que lo que pronunciábamos coincidiese con lo que estaba escrito en el libro. Pensar que aquello tuviese un sentido, que hubiese en aquellas páginas una historia, llena de humor y dolor y contada con un estilo impecable y una amarga ironía, era algo que a ninguno de nosotros jamás se nos pasó por la cabeza. Como por otra parte, la mayor parte de las palabras que leíamos no sabíamos lo que significaban, nuestro trabajo quedaba reducido a un ejercicio de simple mecánica de lengua y garganta que lo mismo lo habría realizado –acaso mejor- cualquier loro o cotorra que hubiese aprendido a leer. Si después de la lectura de aquel primer capítulo, tantas veces repetido, a alguien se le hubiera ocurrido decirme que “duelos y quebrantos” y “salpicón” eran dos platos de cocina, tan asequibles y hacederos como pudieran serlo nuestras migas y cocido, me hubiese quedado de piedra. Más aún cuando se trataba de expresiones que ninguno de nosotros jamás había oído antes, como aquel famoso grito que don Quijote lanza a los molinos de viento: “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas!”

Esta fatalidad de leer por obligación y sin comprender lo que leíamos, creaba en nosotros una antipatía hacia el libro y su autor que, al menos en mí, llegó hasta casi la edad adulta. Cuando el maestro nos dijo que Cervantes había sido herido en la batalla de Lepanto y quedó para siempre inútil del brazo izquierdo, nuestro pensamiento inmediato fue lamentar que la bala no le hubiese dado en la mano derecha. Tal era la antipatía que nos producía aquel libro de obligada e ininteligible lectura.

Fue rozando ya la edad adulta, estudiante a la sazón de los últimos cursos de bachillerato, cuando al fin me reconcilié con el Quijote y luego con el resto de la obra cervantina. Pasé, tras un bandazo de 360 grados, del más iracundo odio, a la admiración más enfatizada y sincera. Ahora me parece que no hay un solo libro mío en el que el atento lector no perciba la huella de la rumia nutricia de la obra de Cervantes. Lo cual no quiere decir que imite servilmente el estilo del indiscutible maestro o que escriba como si viviese a comienzos del siglo XVII. El alimento cervantino va, naturalmente, por dentro.


Este ha sido mi caso, pero ¿y los otros niños de mi generación que tuvieron que tragarse el Quijote como si fuera un purgante? ¿No habrán quedado para siempre vacunados contra el libro más hermoso y genial de nuestra literatura?


Este año 2016, con motivo del 400 aniversario de la muerte de Cervantes, su obra maestra vuelve a estar de moda. Lo cual es tanto como decir que Cervantes y el Quijote corren el peligro –sobre todo en los niños-, de producir el empacho. Si los maestros de ahora no saben dosificar y explicar de una manera sencilla y atrayente el contenido de la obra, es posible que, una vez más, se repita la historia y toda una generación de españolitos quede para siempre vacunada contra el libro más hermoso y genial de nuestra literatura. Sirvan, pues, las líneas que siguen de previsora advertencia en estas fechas de abril que preceden a la fiesta del libro.