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lunes, 29 de junio de 2015

ESTAMPA DE ESTÍO

Por Francisco Gil Craviotto.


En mi época de encierro (entiéndase en mis años de internado en un colegio de frailes) los meses de verano eran los únicos de libertad de mi vida de entonces. Aquella soñada libertad casi coincidía con el inicio del verano y se alargaba un poquitín más allá del comienzo del otoño: 22 de junio en el primer caso y 2 de octubre en el segundo que, si caía en domingo, pasaba al 3 del mismo mes. Eran tres meses, bien despachados, en los que uno podía comer toda la cantidad de comida que le pidiera el estómago, levantarse y acostarse a la hora que mejor le pareciera, ir por aquí o por allá, sin más límite que el cansancio de las piernas, hablar sin necesidad de levantar la mano para pedir permiso y, por si todo esto fuera poco, no había clase, -nada de matemáticas, con aquellos problemas tan enrevesados, ni física y química, ni latín, ni historia, ni religión-, ni obligación de ir a misa más que los domingos y días festivos. Una delicia de vida. Mi pueblo volvía a ser el paraíso que siempre fue para mí. Un paraíso abrasado de sol, desarbolado y falto de agua, pero libre, inmensamente libre y feliz. Se acabaron, además de las misas, los rosarios, viacrucis, oraciones de la mañana, del medio día y de la noche. También las confesiones de los sábados, el “Cara al Sol”, dos veces todos los días, los temidos ejercicios espirituales -toda una semana sin poder hablar, algo verdaderamente “contra natura“-, los desfiles cantando “Montañas nevadas, banderas al viento” y todas las zarandajas de frailes y fascistas, suponiendo que unos y otros no fueran los mismos. Reemplazando todo esa parafernalia de curas y frailes tenía los paseos por los alrededores del pueblo, la búsqueda y hallazgo de nidos en compañía de mi amigo Sebastián, la cría y adiestramiento de pájaros -tórtolas, mirlos, gorriones-, las inolvidables cenas bajo el emparrado del huerto, viendo cómo la luna, roja y redonda, aparecía tras la Sierra de Gádor; las largas veladas de la noche, oyendo un coro lejano que repetía las mismas canciones de siempre:
Yo tiré un limón por alto
y en tu puerta se paró.
Hasta los limones saben
que nos queremos los dos.
…Que vengo del moro,
que del moro vengo…
Eran noches cálidas y apacibles, con el cielo tachonado de estrellas y el aire tibio, cargado de aromas silvestres, que bajaban de los cerros que rodean al pueblo, y perfumes de jazmines y nardos que venían de los huertos próximos. Las gentes sacaban sillas a la calle y, en tanto que los adultos hablaban de sus cosas -las cosechas, el estraperlo, las cartillas de racionamiento, la última moza que se había ido con el novio-, los niños disfrutábamos de los cuentos de las abuelas. Mi abuela -la única que conocí- no era muy dada a los cuentos, pero esta deficiencia la cubría con creces mi tía Olalla que, como suele decirse, sabía más cuentos que Calleja. Era, además de excelente cuenta-cuentos, la única persona a la que hasta ahora le he oído una definición aceptable de lo que fue la Cruzada de Franco.
-Hijo, mío, -me decía-, Cruzada viene de cruz y quiere decir que todos tenemos que llevar esa cruz.
-¿Qué cruz?
-La cruz de soportarlos.
Definición exacta que aún no ha perdido vigencia. Sin embargo, al oírla, mi padre se ponía frenético. No porque no diera por buena la definición de mi tía, sino por temor a las consecuencias que pudiera traer.
-Esta mujer nos va a meter en un lío.- decía.
Mi madre trataba de calmarlo.
-Pero, ¿no ves que aquí no la oye nadie?
Así era: allí no la oía nadie, pues los niños y nadie eran la misma cosa. Mi tía -justo es reconocerlo-, fue la primera persona que, a pesar de mis pocos años, me ayudó a poner en entredicho todas las alabanzas y ditirambos que a favor del Régimen oía en la escuela y después volvería a oír a mis frailes del internado. Todavía me parece estar viéndola cuando, después de llegar con mi cartera a la bandolera, me preguntaba:
-¿Qué has hecho hoy en la escuela, hijo?
-El maestro nos ha hablado del Caudillo.
-¿Qué ha dicho el maestro?
-Que es un hombre muy valiente.
-Sí, repetía, es un hombre muy valiente.
Se quedaba un instante callada, parecía que estaba de acuerdo con la enseñanza del maestro o acaso que se había quedado dormida, pero al final, sin poder contenerse, se erguía en su asiento y, muy adusta, añadía:
-Claro que con dos pistolas al cinto y la guardia mora detrás, yo también sería muy valiente.
Había bastado esta sola frase de mi tía para que, al instante, en mi mente todos los ditirambos del maestro se vinieran abajo. Ella fue mi primera conciencia crítica. Pero todo esto había sido unos años antes. En la época en que yo volvía del colegio mi tía estaba tan vieja que ya ni contaba cuentos. Uno de aquellos veranos se nos fue para siempre.

 El verano era también el desfile de frutas y sabores. Mi llegada al pueblo casi coincidía con las primeras brevas y cerezas. Poco después llegaban los albaricoques, las sandías, las peras, las ciruelas, los higos, los chumbos, los melocotones… El vareo y monda de la almendra era la señal inequívoca de que las vacaciones estaban llegando a su fin. Pero había otro signo todavía más perentorio y urgente: los membrillos. Los primeros membrillos siempre coincidían con el viaje de regreso al colegio. Otra vez las clases, otra vez las misas y rosarios, otra vez el “Cara al Sol”, brazo en alto, antes de entrar en clase. Aquellas vacaciones que parecían interminables, se habían ido como un soplo. Ahora, en la última curva del camino, contemplado todo desde la lejanía de los años, me parece que ha sido toda mi vida la que se ha ido como un soplo.  

Publicado en el "Faro de Ceuta" el domingo día 28 de junio de 2015

Francisco en un banco de ciudad





martes, 23 de junio de 2015

Azorín

de FRANCISCO GIL CRAVIOTTO


José Martínez Ruiz, (Monovar, Alicante, 8, junio, 1873; Madrid, 2 de marzo, 1967), más conocido por el seudónimo de Azorín, el escritor de estilo más pulcro de toda la Generación del 98, tiene muchos aspectos negativos en su vida. El más lamentable de todos indudablemente fue su servil coqueteo con la dictadura franquista. Llegó a tales extremos que incluso, nos cuenta Francisco Umbral, se presentó en el periódico “Arriba” haciendo, brazo en alto, el saludo fascista. Los jóvenes falangistas que escribían en el periódico, entre risitas y parabienes, tuvieron que decirle al maestro que no hacía falta que se rebajase hasta ese extremo. Tal adhesión inquebrantable –como se decía entonces-, tuvo sus recompensas y Azorín, después de los santones oficiales -Pemán, Giménez Caballero, Agustín de Foxá...-, fue el escritor más premiado y mimado por el régimen.

Sin embargo, a pesar de todo, me gusta leer o releer de vez en cuando los libros de Azorín. La razón es obvia: su estilo, la calidad y elegancia de su prosa, su impecable uso de la lengua. Es, sin la menor duda, el gran estilista de la Generación del 98.

De los varios libros que tengo de Azorín hoy he tomado el titulado “El paisaje de España visto por los españoles”. Se trata de un libro de 197 páginas, editado en Madrid el año 1923 por Rafael Caro Raggio. El ejemplar que yo poseo, comprado hace ya muchos años en una librería de viejo, corresponde a la primera edición de la obra, la ya mencionada de 1923. Una pequeña joya. Consta de catorce capítulos, cada uno dedicado a una región o ciudad, y un apéndice, homenaje a tres grandes escritores: Giner, Galdós y Baroja. Desde el punto de vista literario quizás el capítulo más logrado sea el de Castilla. Todo un alarde de maestría.

Castilla... ¡qué profunda, sincera emoción experimentamos al escribir esta palabra! (...) A Castilla, nuestra Castilla, la ha hecho la literatura.

Sin embargo hoy vamos a dedicar nuestra atención a otra región: Andalucía. No la trata el maestro de una manera global, como hace con otras regiones de España, la ya mencionada Castilla, Aragón o Cataluña, por ejemplo, sino que ha centrado su atención en tres ciudades: Córdoba, Sevilla y Granada. Justo las tres que más suenan cuando se habla fuera de España de Andalucía.

La primera de las ciudades andaluzas que Azorín trae a la palestra es Córdoba. Lo hace a través de la pluma de don Juan Valera, (1824-1905), escritor al que no siempre Azorín ha tratado muy bien. Lo reconoce.

Tenemos que hacer un acto de contrición. Durante mucho tiempo hemos insistido en la ligereza, la socarronería y la frivolidad con que don Juan Valera ha solido tratar las novedades de la estética y la filosofía.

Firmada la paz, –paz “postmortem”, no lo olvidemos-, vienen los piropos al maestro de la generación anterior. Para el Valera muerto la generosidad de Azorín desborda todo límite: Córdoba es el peregrino ingenio de Valera. ¡Qué elegancia, qué pureza, qué caudosilidad en el maravilloso estilo de este supremo artista! Sin afectación, naturalmente, con llaneza, Valera es el más español prosista de todos los tiempos.

¿No se habrá pasado un poco, don José, como se pasó años atrás a la hora de criticar a Valera? Me parece que sí. Después viene una cita de varias páginas –exactamente cuatro-, en las que Valera nos habla de la mujer cordobesa. Casi todo cuanto dice de las féminas cordobesas valdría para la mujer de cualquiera de las otras siete provincias andaluces. Interrumpe Azorín la cita para dar de nuevo la palabra a Valera, que ahora nos habla de los patios cordobeses. Esta vez la cita es más breve: sólo dopáginas. Una última cita, en la que Valera nos habla de las comidas y dulces cordobeses, y al final Azorín toma la palabra:

¿Qué preferimos: Sevilla o Córdoba? Las dos ciudades, las dos campiñas. En Córdoba quisiéramos, para morar, la casa blanca con el patizuelo blanco y un ciprés en medio. El zócalo de la pared del patio sería de intenso azul. Desde la azotea veríamos la lejana serranía hosca.

La siguiente ciudad es Sevilla. El escritor al que ahora invita Azorín a mostrarnos el paisaje de Sevilla es Fernando Fortún, (Madrid, 1890-1914), escritor muy poco conocido debido a que murió muy joven. El fragmento que recoge Azorín está tomado del libro “Reliquias”, publicado en edición no venal en 1914 como homenaje póstumo al poeta. Posiblemente Fernando Fortún habría sido un gran escritor si hubiese vivido más años, pero el fragmento elegido por Azorín no sobrepasa el tópico de la Sevilla costumbrista. Para compensarnos de las torpezas de este poeta incipiente, muerto cuando más prometía, Azorín también menciona, aunque sin aportar la cita, a otros autores que escribieron páginas memorables de Sevilla: Herrera, Cervantes, Vélez de Guevara, Estébanez Calderón, el Duque de Rivas, Bécquer, Heredia... Para que nada falte también él dedica unas páginas de encomio y admiración a la hermosa ciudad andaluza.

Quisiéramos vivir en una vieja casa de la la ciudad incomparable: una casa con un sobrado
lleno de trastos viejos –que nos entretendríamos en revolver-, con estancias pavimentadas de azulejos brillantes –sonoras y claras estancias-, con pasillitos al cabo de los cuales hay una puertecilla de cuarterones, con un patio en el que se yerguen cipreses y reptan por los muros jazmines. En la callejuela, solitaria, sólo se oyen de raro en raro los pasos de un transeúnte o
el grito largo de un vendedor.

Granada es la última de las tres ciudades andaluzas que evoca Azorín en su libro. Lo hace desde la lejanía de veinte años atrás y en su rememoración se mezcla la añoranza y el paso del tiempo:

Granada estaba como apartada de todo el mundo, como en un rincón, como en un remanso
del tiempo pretérito.(...) La vida moderna habrá puesto ya muchas cosas nuevas sobre las viejas. Hace veinte años en la ciudad había una profunda paz. Se gozaba del silencio. En el silencio, desde Puerta Real, contemplábamos allá en lo alto de la montaña la blanca nieve. En el silencio visitábamos el Generalife y oímos susurrar el agua entre los mirtos. En el silencio, abarcábamos, desde la Torre de la Vela, el vasto y soberbio panorama de la vega. En el silencio, asomados a una galería del camarín de Lindaraja, veíamos, en lo hondo, las frondas tupidas que bordean el Darro.

Unas líneas después Azorín da la palabra a Emilio Castelar (Cádiz, 1832; Madrid, 1999) y ya es Castelar el que nos habla de Granada hasta casi el final del capítulo. Cierro el libro al tiempo que una desagradable sensación de injusticia me invade el corazón. Azorín ha sido injusto con Andalucía: de las ocho provincias que integran la región se ha dejado nada menos que cinco en el tintero. ¿Cómo puede ser que no dedique ni una línea a Jaén, de cuyo paisaje Antonio Machado ya había escrito poemas inolvidables? ¿Y qué decir del paisaje de Huelva, sobre todo Moguer, tan líricamente evocado por Juan Ramón? ¿Y la Almería de Villaespesa? Pero aún hay más: en las tres ciudades seleccionadas tampoco ha elegido a los mejores autores. De Sevilla ha dejado Gustavo Adolfo Bécquer páginas de más calidad que las que Azorín nos ofrece de Fernando Fortún y algo parecido ocurre en Granada con Castelar y Federico García Lorca. Sí, en 1923 ya había publicado Federico páginas admirables sobre Granada. Necesariamente tenemos que cerrar el libro con un suspenso para Azorín. Su visión de Andalucía deja mucho que desear.



Publicado en el “Faro de Ceuta” el domingo dia 21 de junio de 2015





viernes, 12 de junio de 2015

Pérez Reverte


Por Francisco Gil Craviotto


He leído, si no todas, al menos una buena parte de las novelas de Arturo Pérez Reverte (Cartagena, Murcia, 25, XI, 1951) y, hasta ahora, siempre que terminaba uno de sus libros, me decía lo mismo: “Sí, pero...” Sus artículos, las pocas veces que me paraba a leerlos, tampoco me convencían. Tonillo de prepotencia y descalificaciones por doquier. Hoy, al terminar la lectura del último libro del escritor cartaginés, el titulado “Hombres buenos”, (Alfaguara, 2015), leído gracias a la insistencia de mi buen amigo Alberto Granados, tan sólo me he dicho: Sí. Un sí, rotundo y definitivo que lleva implícito mi total convencimiento de que se trata de una de las mejores novelas del momento actual.

El tema de la novela es muy simple: dos miembros de la Real Academia Española de la Lengua, el bibliotecario don Hermógenes Molina y el almirante don Pedro Zárate, viajan a París para conseguir de forma casi clandestina los veintiocho volúmenes de la famosa Enciclopedia de Diderot y D ́Alembert, publicada una década antes e incluida en el Índice de libros prohibidos de la
Iglesia y, en consecuencia, también prohibida en España. A pesar de todas estas prohibiciones la adquisición de la Enciclopedia ha sido votada en la Academia y lleva la autorización del rey Carlos III.

A esta primera trama de la novela, localizada en el siglo XVIII, hay que añadir otra paralela que transcurre en nuestra época: la investigación del propio escritor, su colosal trabajo en bibliotecas, librerías de nuevo y de viejo, sus charlas con especialistas del siglo de las luces y un largo etc., que a veces nada tiene que ver con el tema principal de la novela. Cabe preguntarse: ¿era necesaria esta pormenorizada explicación del trabajo investigador que el novelista va realizando? En modo alguno. Son datos que hubieran ido muy bien en un prólogo, introducción o incluso en una autobiografía del autor, pero aquí interrumpen el relato principal y en cierta manera desconciertan al lector. Es verdad que esta técnica de interrumpir el relato principal para darnos pormenores de cómo se va pergeñando la novela, ya ha sido utilizada por otros autores –recordemos a Cervantes cuando interrumpe la acción del Quijote para hablarnos de Cide Hamete Benengeli-, pero aquí la interrupción se repite con demasiada frecuencia y en capítulos excesivamente largos. Aunque el entramado entre ambas acciones, la del XVIII y la del XXI, está bien urdido, el lector siente a veces la sensación de que todas estas explicaciones y añadidos relativos al siglo XXI, no tienen más finalidad que alargar el número de páginas.

Por las razones ya expuestas nuestra atención se va a centrar, especialmente, en la acción principal que, como ya hemos dicho, comienza y termina en los finales del siglo XVIII, en los años
que preceden a la Revolución Francesa (1789) y tiene por escenario casi exclusivo dos ciudades, Madrid y París, separadas por un largo y accidentado viaje de los dos protagonistas de la obra.

Ya antes de iniciarse el viaje el autor nos alerta de los peligros que aguardan a los dos académicos. El principal de todos viene de dos miembros de la propia Academia, que no están dispuestos a que una obra que está en el Índice de libros prohibidos por la Iglesia, entre en España. Para conseguir sus propósitos contratan y pagan un sicario que debe impedir por todos los medios que tal obra llegue a España. Pero el sicario y los dos paladines que lo pagan sólo son la punta del iceberg de una sociedad clerical y anclada en el pasado, que jamás aceptará un libro que antepone la razón a la fe. Frente a ella el novelista nos muestra otra España, progresista y deseosa por saber, totalmente abierta a las ideas que llegan de Europa, que tiene en el almirante don Pedro Zárate uno de sus más preclaros representantes. Durante el viaje, a través de las conversaciones de los dos académicos, se distingue don Pedro por su amor a la ciencia, a los inventos del siglo y, en las cuestiones de religión, por su marcado agnosticismo. Ya en París, visitando los dos académicos librerías de nuevo y de viejo, la compra del libro de Holbach “Morale universelle”, autor y libro de un marcado ateísmo, no hará más que confirmar su posición. Don Hermógenes, el otro académico, viejo ratón de biblioteca, timorato y friolero, con una fe católica, arcaica y tridentina, a la que no se atreve a pedir explicaciones, siempre queda en segundo plano. Pero es en la embajada española, cuando visitan al conde de Aranda, a la sazón embajador en París, donde los dos académicos conocen al personaje más polémico e interesante de todo el libro: el abate Bringas, cura rabiosamente ateo que, aunque ha colgado la sotana, sigue llamándose abate. Desde ese día Bringas se convierte en el guía indispensable y un tanto gorrón de los dos académicos. Es culto, estrafalario y pobre y por sus venas la sangre que corre es dolorosamente jacobina. Bringas es también la voz que clama en la ciudad de la luz y la ilustración contra la injusticia y la hipocresía. Acompañados del abate visitan el París culto de las letras y las ciencias –en una cafetería conocerán a Condorcet y a D ́Alembert-, y también el París de la pobreza, la prostitución y la miseria, que un siglo después será el protagonista de las novelas de Zola. Los comentarios que aquí y allá va prodigando Bringas, aunque escandalizan al apocado don Hermógenes, aún no han perdido un ápice de su verdad y su fuerza demoledora. Valga de ejemplo éste sobre el rey Luís XVI: “Coleccionista de relojes y cuernos”, o este otro sobre Notre-Dame, la catedral de París: “Símbolo acertadísimo de cómo pueden malgastar los hombres su talento y su riqueza en ritos y supersticiones que no dan de comer sino a quienes no lo necesitan”.

De la mano de Bringas también visitan el París de los salones dieciochescos, en los que la
filosofía y la literatura son el pretexto para conseguir, al menos durante una noche, a la bella o al
petimetre de turno. El libro que mejor resume ese mundo de frivolidad y sexo, que muy pronto la guillotina va exterminar, es “Thérèse philosophe” de Jean Batiste Boyer de Argens, del que aparecen en la novela sustanciosos fragmentos. También será Bringas el que, cuando don Hermógenes cae enfermo, les busca médico: es Jean Paul Marat, el futuro revolucionario, que como
médico no pasa de vulgar matasanos. Y mientras los dos académicos, siempre acompañados del estrafalario abate, corretean por París, muy de cerca les sigue los pasos el sicario Raposo. Sólo espera el momento de llevar a cabo su plan...

“Hombres buenos” toca muchos géneros –novela histórica, galante, negra y de aventuras-, y
es extraordinariamente amena. Es evidente que se trata de una gran novela. Sin embargo le he encontrado dos o tres cositas que no me explico cómo se le han podido escapar a un autor tan expe-

rimentado. Una de ellas (página 574) es el diálogo que mantienen los dos académicos que han enviado a París al sicario. Hablan de dineros y el más descarado ledice al otro: “Ni media peseta”. Frase imposible en el siglo XVIII: la peseta nace en el XIX, exactamente el 19 de octubre de 1868. Páginas antes hay otro anacronismo parecido: nuestro autor nos informa que los dos académicos pasan delante de la Ópera. Ocurre que la Ópera de París, también conocida por Ópera Garnier, se construyó en tiempos de Napoleón III y se inauguró en la III República (1875). El precedente de la Opera fue la Academia Real de Música, fundada por Luís XIV, que durante el siglo XVIII cambió trece veces de sede. Sacar a relucir la Ópera cuando aún falta un siglo para su inauguración me parece prematuro. ¿Pecadillos de escritor que lleva muchas cosas a la vez o de “negro” novato que no conoce a fondo su especialidad? No tiene importancia. El interés de la novela continúa incólume.



Aparecido en el EL FARO DE CEUTA |  Domingo 7 de junio de 2015