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martes, 29 de diciembre de 2015

El embrujo de Shanghai

“Ahora esta ciudad y los días que nacen en ella tienen una luz transitoria y un aire encalmado: dirías que el huracán de la vida pasa lejos de aquí, lejos de tu cama, y que te ha olvidado. Pero no es verdad. Porque inevitablemente y quieras que no, y con más saña y de forma más duradera que la enfermedad que ahora te aqueja, el mundo te contagiará su fiebre y su quimera y tendrás que aprender a vivir con ellas”.
Juan Marsé. El embrujo de Shanghai.

Encuentro un libro olvidado, no sé por qué, durante mucho tiempo en mi biblioteca. Un libro que tenía muchas ganas de leer, al que se le han adelantado otros por una colocación descuidada; un libro con película que no quise ver hasta después de haber leído el libro. “El embrujo de Shanghai”, de Juan Marsé.
Y ahora está en mis manos y yo decidido. Veo, también olvidada, la silla de playa entre los rosales, que no entienden de fechas, repletos de yemas. Es Navidad, y tengo ganas de olvidarme un poco de lo que sucede, y tengo tiempo de leer todas las mañanas bajo la parra recién podada y este suave sol de diciembre que se cree de octubre.

Abro el libro por fin, y me encuentro, nada más levantar la tapa, con su frase introductoria, una cita de Luis García Montero:

La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. Yo siento con frecuencia la nostalgia del futuro, quiero decir, nostalgia de aquellos días de fiesta cuando todo merodeaba por delante y el futuro aún estaba en su sitio.”

 Entonces presiento que el libro será una maravilla. Y me acerco a los rosales con mi gorra parisina, atraído por Marsé y comienzo a leer embrujado ya por Shanghai, embrujado por el futuro que pudo ser. Aquel futuro que, entonces, estaba donde debía estar.

Olor de Santidad


Hace unos días se presentó en Granada un libro colectivo titulado “Dolor tan fiero”, integrado por 27 relatos en homenaje a Teresa de Ávila, cuyo centenario –el sexto de su nacimiento, si no he contado mal-, se celebra en el presente año. El prólogo y la recopilación de los relatos son obra de la escritora Ana Morilla Palacios y la edición, muy cuidada, la ha realizado Port-Royal. El libro se aproxima a las doscientas páginas y el título, como ya habrá adivinado el lector, hace alusión al famoso poema de la santa que en la parte final dice así:

Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero
que muero porque no muero.


Uno de esos veinte y siete relatos, ya aludidos, es mi cuento titulado “Teresica”, que ocupa ocho páginas del libro; exactamente de la 81 a la 88. En él cuento la vida y andanzas de una tal Teresica, eximia beata de Alcor de los Caballeros, mi pueblo, que, en la época en que yo era niño, ella ya había pasado el medio siglo. Es, comentando el final de la protagonista, cuando digo textualmente que “murió en olor de santidad”. Alguien, muy ducho en temas de santos y olores, me
ha reprochado la expresión, añadiendo, de pasada, que debería haber escrito en loor de santidad. Sin el menor deseo de entrar en polémica, pero también sin rehuirla, si hubiera necesidad, me va a permitir el lector que aporte las razones por las que he preferido el sustantivo olor a loor y por qué insisto en mi elección.

La razón principal es histórica. Fue en los inicios de la Edad Media cuando la Iglesia comenzó a predicar el odio al agua y al jabón. El gran filósofo Bertrand Russell, (premio Nobel de Literatura de 1950), en su libro “Por qué no soy cristiano”, nos habla de la leyenda, muy extendida en aquella época, de un santo, cenobita del desierto, que malvivía en una cueva a cuya vera manaba una fuente. Él sólo utilizaba el agua para beber, pero un día, agobiado por el calor de las arenas caldeadas por el sol, se atrevió a lavarse y refrescar un poco sus abrasadas carnes. Al momento la fuente dejó de manar. Sólo después de un sincero arrepentimiento y grandes oraciones y sacrificios logró que la fuente volviera a manar. Esto, según la leyenda, le hizo comprender que había utilizado el agua para un fin que no era el que Dios había previsto cuando la creó. Desde entonces jamás se le ocurrió utilizar el agua para otra cosa que no fuese beber. La leyenda, como muy bien explica a continuación el filósofo, no puede ser más expresiva de la posición de la Iglesia respecto al agua. El  mismo escritor, en otro libro, su monumental “Historia de la Filosofía”, página 424, nos dice lo siguiente sobre el mismo tema:

La limpieza les daba horror. Los piojos fueron llamados “perlas de Dios” y eran signo de santidad. Los santos y las santas se jactaban de no haber usado nunca el agua, excepto cuando tenían que cruzar el río.

Todo esto –sigo parafraseando a Bertrand Russell-, explica que santos y santas, tanto en vida como a la hora de su fallecimiento, siempre estuviesen acompañados del inconfundible halo de “perfume” que es fácil adivinar y que, con el tiempo, empezaron a llamar “olor de santidad”. Como ocurría que, cuanto más santos eran, más perfume exhalaban, muy pronto cundió la expresión “vivió y murió en olor de santidad”. Parece evidente que, lo mismo que ahora, cuando oímos decir “olor a nardos” u “olor a jazmines”, todo el mundo comprende al instante en qué consiste dicho perfume, entonces el olor de santidad también tenía su estímulo de comprensión de olor enemistado con el agua y el jabón. Fue precisamente ese ancestral odio al agua el que hizo que, poco después de la conquista de Granada, Isabel la Católica diera orden de cerrar todos los baños públicos de la ciudad. Eran una incitación a la molicie y el pecado. Cuando en el siglo XVIII, debido sobre todo a la influencia francesa, vino de nuevo el gusto por el agua y el jabón, la Iglesia, aunque recibiera tal uso con muchas reticencias, cambió la expresión “olor de santidad” por “loor de santidad”. Es evidente que toda loa supone un elogio, una subida al pedestal de los honores y la gloria. La Iglesia tiene todo su derecho en encumbrar a sus santos, beatos y potestades, pero el escritor, por muy secundario y marginal que sea, también tiene derecho a emplear la expresión que considere más adecuada para verter al papel lo que su mente desea expresar. Es simplemente eso lo que he hecho al inclinarme por olor en lugar de loor. Ocurre además que mi expresión coincide con un pasado medieval de mugre y santos piojos que ahora, en nuestro siglo de playas repletas y con el hábito de al menos una ducha al día, más de uno se avergüenza en recodar.

Artículo publicado en el "Faro de Ceuta" el día 27 diciembre de 2015

lunes, 21 de diciembre de 2015

UN CUENTO DE NAVIDAD



GERMÁN ACOSTA ESTÉVEZ

 

Calles de Granada, envueltas de misterio y empedradas con leyendas que se lleva el aire hasta los bosques de La Alhambra; calles de curiosos nombres con las que fueron bautizadas por el ideario, la creatividad, la ironía y también, por qué no decirlo, por la “malafollá” del vulgo granadino; calles que, al nombrarlas, despertaban la risa hilarante de algunos estudiantes que celebraban el final de los exámenes cuatrimestrales de un febrero loco al calor de los efluvios de unos porrones de vino peleón y de una copa de champán de baja intensidad.
Calles con nombres de realengo moruno, de personajes señalados, de lugares cercanos, de profesiones perdidas, de las palabras y suspiros del agua, recogidas con gran pasión en la obra de Julio Belza: la calle Guatimocín en el Barrio de San Luis rememora la figura de aquel caudillo azteca al que Hernán Cortés mandó ahorcar por sublevarse; la calle Matamoros que escuchara los sones y las notas acompasadas del piano de Manuel de Falla; el Callejón de las Monjas, antaño nombrada por calle Ladrón del Agua, donde existía un cauchil o registro de agua que los vecinos manipulaban por las noches para llenar sus estanques o recipientes para el uso doméstico.
Pero, sin duda, llaman la atención de manera especial aquellas que tienen su razón de ser en lo  pintoresco y en lo legendario: próxima a Torres Bermejas se localiza la calle Niño del Rollo, llamada de tal guisa “por tratarse de un pilar de cantería, con un remate redondo” del que pendían unos garfios en los que se colgaban unas jaulas que contenían los miembros cercenados de los ladrones, como público escarmiento, y que daba la impresión de “un niño en pañales con los brazos en cruz”, al mirarlo desde una cierta distancia. La calle Poco Trigo, que comunica la avenida de Murcia con la calle Cristo de la Yedra, debe su nombre por haber sido habitada en la antigüedad por algunos hidalgos venidos a menos y bautizados por el común granadino como “señores de poco trigo”.
Aunque, puestos a elegir, me quedaría con la historia que hay detrás de la calle Niños Luchando, un relato que transcribo a mi manera, encontrado por casualidad en las páginas de un amarillento diario olvidado de 1905, y que parece más propio de un guion norteamericano para una de tantas películas dulzonas que llenan nuestros televisores por estas fechas, ensalzando el ideario del espíritu navideño.

Eran las nueve de la noche del 24 de diciembre de 1540 y los primeros copos de nieve empezaban a caer sobre Granada. En el interior de una humilde casa situada en un callejón que nace de la placeta de la Encarnación y desemboca en la calle Tendillas de Santa Paula, por un lado, y en la calle Arandas, por el otro extremo, dos niños hermosos, que frisaban una edad de entre seis y ocho años, ataviados con pobres y escasas vestiduras, lloraban con desconsuelo y en sus rostros angelicales se podía apreciar las huellas de las cornadas que da el hambre.
En el extremo opuesto de la  pequeña estancia, una bella mujer, su madre, los miraba con una expresión de pena estremecedora. Vestida con limpios andrajos, intentaba ahogar los suspiros y disimular las lágrimas que velaban sus ojos, dirigiendo anhelantes miradas de soslayo a su marido, un hombre también joven, de tez pálida y mirada perdida, de porte distinguido, aunque envuelto en una raída capa y calzado con unas modestas alpargatillas, signos de un pasado más próspero que se había basado en el comercio de la seda con los moriscos de la ciudad, ahora asfixiados hasta la extenuación y con, ello, su mala ventura.
El mobiliario de la estancia estaba compuesto por un baúl forrado de baqueta y con unas puntillas doradas hechas de ganchillo, una mesita de pino, dos sillas con asiento de anea, dos jergones plegados y superpuestos en un rincón de la habitación y un cuadro de Nuestra señora de los Dolores; para alumbrar tenuemente la estancia, un cabo de vela introducido a presión en el cuello de una botella. Ni un mísero tronco de leña para poder combatir el frío que se estaba cerniendo sobre la casa del sombrío callejón. La nevada continuaba arreciando.
Las campanas de la vecina iglesia de los Santos Justo y Pastor repicaron alegremente, y entonces uno de los niños, ahogando momentáneamente el llanto, dijo con voz entrecortada – Papica, un poquillo de pan.
-Espera un momento, no desesperes, que pronto lo tendrás- repuso el padre con semblante de circunstancias y comenzando a dar vueltas sin norte de forma nerviosa por el cuarto.
- No desesperes, Pedro- dijo la mujer.
Pedro, que era un descendiente de una estirpe de cristianos viejos y fuertes convicciones religiosas al igual que su mujer, replicó – María, Dios aprieta pero, no ahoga; pero en esta noche en que la cristiandad conmemora el hecho más maravilloso de la historia, mis hijos tienen hambre, me piden pan y no tengo medios para procurárselo-.
-Ten fe, el Señor muchas veces permite el mal, para luego sacar el bien de él, -respondió la mujer.
- Ya ves que la esperanza de que don Luis nos socorra también se desvanece. De nada ha servido la carta que el otro día le dejé en su casa. Y, como último recurso he tenido que empeñar tu abrigo, mis calzas y mi jubón,- sentenció amargamente Pedro.
-Todavía puede venir, es un hombre de buen corazón, tu amigo desde la infancia y ha hecho mucho por nosotros,- replicó María, con dureza.
En efecto, Luis Mohanchas había llegado a Granada con apenas cinco años procedente de una alquería alpujarreña. Este morisco convertido, había aprovechado su nueva condición para surtir de vino y pasas de la comarca alpujarreña a las nuevas élites granadinas  y terminó por asentarse en el Barrio del Albaycín, ocupando una suntuosa vivienda cercana a la plaza de San Miguel Bajo.
Abajo en la placeta, las clarisas franciscanas de clausura del convento de la Encarnación habían cerrado las puertas de su morada, tras atender las peticiones de última hora de mantecados y yemas a través del torno; mientras, ya se oía en la calle un alegre son de panderos, castañuelas y zambombas, y una joven moza entonó este villancico:
                                               Esta noche es Noche-Buena
                                               Y no es hora de dormir,
                                              Que está la Virgen de parto
                                              Y a las doce ha de parir.

El resto de los presentes replicaron a coro:
                                              Ha de parir un niñito
                                              Blanco, rubio y colorado,
                                             Que lo quieren los pastores
                                             Para guardar el ganado.

A los pequeños se les pasó por un momento esa sensación de angustia mientras escuchaban atentamente aquella copla, preguntando de forma atropellada a su madre el porqué de aquellos cánticos en la calle en plena nevada. Y entonces, de repente, llamaron a la puerta. Pedro salió a abrir con precipitación y poco después, casi sin aliento dijo:
-María, niños, vamos a cenar. Don Luis nos ha mandado con uno de sus criados una enorme cesta repleta de provisiones-.
Mientras María rezaba de rodillas frente al cuadro de la Virgen que había colgado en la pared, Pedro dispuso sobre la mesa varios paquetes con comestibles y turrones que los rapaces devoraron con especial fruición, y a los que la madre pidió que diesen gracias al Señor y a don Luis por permitirles disfrutar de aquellos manjares.
Pero en mitad de aquella copiosa e inesperada cena, los chicos comenzaron a discutir por el trozo de turrón que a uno de ellos le había tocado en suerte, pues parecía más grande que el de su hermano. Se entabló entre ambos una lucha a porfía y, antes de que los padres pudieran intervenir, fueron a darse un fuerte golpe contra la pared.
En aquel instante sonó un ruido metálico. Pedro y María se miraron extrañados, en tanto que los asustados y pequeños combatientes se quedaron como paralizados. Pedro golpeó la pared, notando un sonido hueco, por lo que se valió de la mano del almirez para dar unos cuantos golpes en el testero y, como consecuencia, cayeron algunos cascotes y yesones y una orza que, al romperse, esparció por la estancia numerosas monedas de un color dorado e intenso.
Durante un buen rato quedaron paralizados y absortos, contemplando aquella riqueza y sin poder articular palabra. Una vez recuperados de la impresión, procedieron a separar los escombros de las monedas cuadradas de oro con inscripciones árabes; junto a estás descubrieron también un pergamino cuya escritura parecía también arábiga.
Ayudado por el cura de la parroquia, las reticencias de Pedro a quedarse con el tesoro encontrado fueron desapareciendo, sobre todo, cuando la traducción del pergamino desvelaba que: era la voluntad del que había escondido aquel dinero, que lo disfrutara en pleno dominio quien lo hallase, sin distinción de que fuese moro o cristiano. Su única obligación sería la de dar limosna a todos los pobres que llegasen a su casa el primer día de cada luna.
Pedro acabó comprando aquella casa y, para hacer honor a aquel extraordinario suceso, dispuso que en la fachada de la misma se colocase una escultura que representase a dos niños luchando, la que dio a la calle el nombre que aún conserva.

P.D. Tal vez, mañana, el sonido metálico de los bombos y la disputa pacífica de las voces de los niños de San Ildefonso, nos traigan una buena cantidad de monedas y nos hagan algo más felices, como a Pedro y a su familia.

                                                                                                                                          Felices Fiestas

martes, 15 de diciembre de 2015

Divino tesoro

En la puerta del Cunini, con mis compañeros
Un domingo del pasado noviembre, raro en mí, decidí madrugar y con la fresquita, dar un paseo por la ciudad. Por prescripción médica, primero, anduve un poco por las calles casi desiertas del centro, mirando los rostros abstraídos de quienes se cruzaban conmigo. Caminé deprisa y mirando el reloj según las indicaciones de mi cardiólogo -mínimo media hora todos los días-, y me senté a tomar un cafeconleche con churros frente al cunini, mientras, por debajo de la mesa, le hacía unos cortes de mangas al doctor recordando sus consejos sobre la vida sana.
De camino a la ciudad, en mi emisora de radio favorita, venía escuchado un informe sobre el futuro demográfico que nos aguarda en España, donde, según decía y parece cierto, tenemos la natalidad más baja del mundo. Comentaba el aguafiestas de la radio que la mitad de la población española tendrá más de sesenta años en la segunda mitad del siglo. No sé porqué, en ese momento, con el churro en la mano, no podía dejar de darle vueltas al tema, y de nuevo me sorprendí mirando las caras de los pocos transeúntes que pasaban por delante de mi mesa.
De inmediato tuve la impresión de que la profecía del agorero locutor se había cumplido, o quizás, pensé para mis adentros, que en lugar de en mi fordfocus había llegado a sanagustín en la máquina del tiempo, hallándome de pronto, bebiéndome mi cafeconleche y comiéndomeme unos churros, en el año 2070, pero eso sí, en una terraza con ambiente de principios de siglo, con una antigua música futurista (La neumática artista, Lenina Crowne cantaba aquella feliz y melódica canción titulada “no hay en el mundo ningún Frasco como mi querido Frasquito”), con sillas de enea entorno a las mesas, y gorriones hambrientos que revoloteaban a mi alrededor buscando alguna miga que llevarse al pico. La impresión del 2070 me la llevé por los rostros y la apariencia de aquellos que miraba, todos muy decorosos pero bien entrados en años. Como en todas partes a donde vayamos, vi a turistas británicos con su piel abarcocá, y entre ellos se distinguían los escoceses de rubios mostachos y pelos fritos, vestidos con los calzones cortos y sandalias con calcetines blancos, llevando en la mano guías turísticas arrugadas y cubriéndose con sombreros de tela blanca llena de candiles; también pasó un señor mayor bien vestido, con un impecable sombrero cordobés, sin ningún candil en su ala, paseando a un caniche con un lazo rosa bien planchado en el cuello; y después pasó una anciana cogida del brazo de una mujer joven, pero no tanto, entrada en carnes, más bien bajita y de piel tostada con un jersey de punto de múltiples colores. Antes de lo del churro, cuando el que paseaba era yo, había atravesado laspasiegas pasando por la puerta del sagrario donde había un grupo de gente entre los que no vi a nadie al que echarle menos de treinta años. Por todos lados gente mayor. ¡Madurez, divino tesoro!
Pero ahora por fin veo a un joven que, con cara de despiste, pasa por delante de mi mesa leyendo el ideal, ¡pero que digo, joven! si éste estuvo conmigo en Talarn. Será que le he visto su cara de antes, con mis ojos de antes. Esa facilidad mía para desmaterializarme y viajar por el tiempo sin ni siquiera sacar billete. Me ha mirado de soslayo, con el rabillo del ojo -como el que le pitó el penalti al Barcelona-, por encima de sus gafas y ha respondido con un leve gesto a mi tímido saludo. No me ha reconocido, o quizás no son horas para charlas inútiles ni mentiras piadosas, y ese joven que ya no cumplirá los sesenta, se pierde, indifente a mis cavilaciones, en dirección a Bib-rambla.
Ensimismado en mis propios pensamientos y tomando mecánicamente mi desayuno, barruntando en los días felices, salto de 2070, era del jubilado, a 1970, era de la juventud, y recuerdo aquel mensaje de una canción roquera, que a mis amigos y a mí, indómitos sin causa, jóvenes de secano, modernos de pueblo recóndito entre montañas, nos parecía atinado como tantas cosas que llegaban de fuera, que venía a decir algo así como que no nos fiáramos de nadie que fuese padre, que te diera consejos y vistiera corbata. Era entonces el comienzo de la creencia que la juventud, divino tesoro, más que una circunstancia pasajera de la vida, era una condición inherente para los que eramos jóvenes, que nos definía a los nuestros para siempre. Los demás podrían morirse, envejecer o crecer, pero los nuestros, los nuestros siempre seriamos así. Eramos jóvenes e intentábamos vestirnos de una manera determinada -ridícula cuando, ahora, miro las fotos de antaño-, y teníamos preferencias y opiniones que por fuerza debían de ser contrarias a los de los mayores, esa gente siniestra, enigmática e incombustible que sólo pensaban en trabajar sin apenas sacar rendimiento a su trabajo.
Cuando aún no he acabado con mi desayuno, me pregunto por el dudoso genio que inventó la consigna, quién sería, qué será del él: los genios del rock, que sería su origen más probable, ya se sabe, murieron jóvenes, como vivieron, o con los años se enriquecieron, se aburguesaron, incluso hasta se pusieron corbata, como es el caso de ese de la sgae que, hace poco, tanto salió en la prensa. Y lo que es notorio, aunque nos pese, es que nadie permanece joven para siempre, ni siquiera los nuestros, pero lo cierto es que aquello que se acabó convirtiendo en una especie de dogma oficial, está hoy día presente en el arte más ideológico de todos que sin duda es la publicidad. En las vallas, en la televisión, en el cine, en la prensa, en las redes sociales, la utopía de los pasados setenta se ha cumplido: no hay nadie que tenga más de treinta años, a no ser un padre muy guai o un político acartonao. Ambos, para su promoción personal, han de hacerse presentes también en los mensajes publicitarios, el político pareciendo simpático y enrrollao, y el padre mostrándose coleguita de su hijo, yendo de copas o jugando al fútbol con él, aunque al final no sólo no engañan a nadie, sino que además hacen el ridículo queriendo ocultar su lamentable condición de adultos.
Pero, como he apuntado, si los de nuestra generación hemos hecho realidad la utopía de la eterna juventud, por lo que estamos oyendo, y por lo que estamos viendo, nuestros hijos protagonizarán la conquista de la sociedad por los jubilados. Claro que, para poder jubilarse, o mucho tendrán que cambiar las cosas, o nuestros nietos tendrán que matarse a trabajar, echando horas como chinos, para poder sacar adelante el cotarro que se les avecina. Visto con los parámetros de hoy, a medio plazo, la actual hegemonía de la juventud dará entrada a un mundo espectral donde proliferará la vejez. Para el 2070 tendremos que convertir las aulas de la universidad en hogares de la tercera edad, y los campos de rugby y fútbol en pistas de petanca y minigolf, y el calimocho o el mojito de las noches de botellón darán paso a tímidas tardes aderezadas de partidas de dominó con la atrevida licencia de una cervezasin o un salobreña como excitante de uso tópico.