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viernes, 25 de octubre de 2013

Otoño

 
   Acabo de llegar al pueblo. Desde la ventana que mira a Albáyar he sentido el frescor del río bajo esos cielos plomizos de panza de burra que barcina lentamente hacia poniente; el frescor me dice que ya no es tiempo de parva sino de higos, de vino y de feria que está a punto de comenzar. Estamos ya en otoño y los recuerdos del verano han ido cediendo ante la evidencia de la vuelta al trabajo, del comienzo del nuevo curso escolar y de la feria que se avecina; no es que el verano no fuera real, pero cosa buena, poco dura: “pasada la novena, nos olvidamos del santo”.
    El otoño como marco, ambiente y colorido, nos renueva la esperanza y nos invitan a soñar; a soñar despiertos y también dormidos, pues la cama es mar de pensamientos; de ahí que necesitemos nuestras horas de descanso para, después, poder estar vigilantes. La esperanza requiere una espera atenta, y no como la del sordo de la Venta Mora, "que oía los cuartos y no las horas". La esperanza nos lleva a la creatividad, no al aburrimiento; es tiempo para proyectar, no sólo el próximo curso sino la propia vida, ya que "donde no hay gobierno, siempre es invierno".
    Estamos en otoño y por eso busco la cestilla de mimbre para ir a por unos higos de calabacilla. Esa cestilla tejida hace muchos años por aquellos gitanos que, alejados de toda indignación, con sus perros y sus flautas, acampaban en las alamedas del río. Encuentro la cesta encima del fregadero; es un humilde pero collejo canasto de mimbre, canasto cortijero, de cuando en el campo no había ni plásticos ni tractores, y los asientos para el almuerzo y la siesta eran la sombra de un olivo y las jarapas de Tímar, y el tapón de la balsa era un tocón de sarga; cuando también se usaba la artesa de nogal que ahora veo olvidada al fondo de la cámara, y a su lado está la cuartilla, el medio celemín y la cantarera, sin su cántaro de barro colorao; y más cerca, junto a la ventana, el pipote parvero, de barro blanco, y sobre él, entangarillao con tachuelas y alcayatas, cuelga la espetera y las andarillas de mover el cedazo.
    La cesta, propio del otoño y sorpresa para mí, está llena de higos en la parte de abajo; y unos cuantos racimos de uvas, arriba. Vienen encima dando frescor y verdor, las cuento, una, dos, hasta siete hojas de higuera, separando unos frutos de otros, y otras tantas hojas de parra, arriba del todo, como un manto discreto que oculta el manjar que atesora. Las uvas y los higos de calabacilla que veo tienen un color violáceo oscuro y amarillento pálido, y me parece que el cesto recoge en sus frutos todos los colores del atardecer otoñal. ¿De quién habrá sido el detalle?
    Cojo un racimo y lo dejo, cojo un higo y lo dejo también, abro la gaveta de la mesa y, de un pellizco, le arranco un cuscurro a la hogaza, busco unas almendras y, lentamente, sin pausa me doy un atracón, el mismo que pensaba darme en la propia higuera, que ya se sabe: "otoño entrante, barriga tirante". No, en realidad, el atracón ha sido más largo que el que me hubiera dado en la higuera, pues he abierto boca con los higos, las almendras y el pan -bueno lo de abrir boca es un decir-, para continuar, propio de mi, con el pan y las uvas, después me he acercado a la alacena y he decidido concluir con unas uvas con queso en aceite que, afirmando el dicho, "me han sabido a beso". Cuando estoy recogiendo veo una pocilla de aceite con sus mijillas de queso en el plato de porcelana, y, sin darme cuenta, otro pellizco al pan, y el barquito navegando una y otra vez por el culo del plato. Recuerdo que en Hoyo de Manzanares, en mis guerras particulares, a la faena mojar en aceite le llamabamos "la mejora". Tras la faena me toco la tripa que se me ha hinchado y recuerdo un dicho de mi abuela que me sirve de escusa: "nadie rebañando engorda".
    Vuelvo a mirar por la ventana y las nubes grises de antes se están tornando casi negras. Es el otoño que suele ser inestable, amenazándonos continuamente con la temible "gota fría", es otoño, "el otoño que se lleva los puentes o seca las fuentes"; de ahí el aviso: "guárdate de la lluvia y del viento, y del fraile fuera del convento"; o, lo que es lo mismo: "al loco y al fraile, aire". Por eso se suele decir que "al fraile y al cochino, no le enseñes el camino". Pero volvamos a lo nuestro que me enredo en el refranero.
   En estos días otoñales de octubre y noviembre, hasta el paisaje, con el comienzo de la caída de la hojas, parece invitarnos a pensar más en los que nos faltan que en la vida que tenemos por delante: "en el día de difuntos, memoria y frio van juntos"; y, aunque no esté mal acordarse de los que ya nos han dejado, "a los sesenta, prepara la cuenta". El otoño también tiene otra lectura, y es la de desprendemos de lo superficial, que ya no nos sirve "¿qué mayor desconsuelo, que mucho peine y poco pelo?", para centrarnos en lo esencial y soñar otras mil primaveras en las que florezca nuestra vida.
    El otoño sigue y, sin apenas percibirlo, llegará "noviembre, ¡qué buen mes!, que empieza con todos los santos y termina con San Andrés", y al final ya se sabe, "en San Andrés se le da pita al tonel". Y ya, metidos en diciembre, pero aún otoño, nos llega el Adviento, "cada cosa a su tiempo, y los nabos en Adviento". Llega el Adviento con el tonel manando para festejar, ya desde la preparación, el nacimiento de Jesús. Pero además de nabos, el Adviento nos da esperanza y la posibilidad de fraguar sueños que salven nuestra realidad. Por regla general solemos esperar cosas que sirvan solamente para "vestir" nuestra identidad personal: "cuando en diciembre veas nevar, ensancha el granero y el pajar" o algún bien material, "¿Por qué canta el sacristán? Porque le dan"; pero el otoño, el Adviento, nos invitan a esperar desde dentro, desde nosotros mismos, para así salir renovados por ese don que se nos da como vida.
    Al final no cojo la cesta, eso será mañana, pero si tomo el camino del río, aprovechando este tiempo que nos da el comienzo del otoño, cuando todavía los días, a veces, nos recuerdan el verano. El tiempo es agradable y me siento bien pero no sé por qué, si por los excesos del verano o el reciente atracón, la tripa me suena como un tambor; aprieto el paso buscando aligerarme un poco. Me asomo al Rincón y veo el sol entre nubes grises, que se está poniendo sobre Gurriales, con una tenue aureola anaranjada que se refleja difusamente en una poza del barranco. Metido en mis cosas, mirando la acequia del molinillo y más arriba veo el campo baldío, infestado de hierbas chuchurrias por los calores del verano; avistando los pinos y más abajo, observo el río con su cauce encogido, pero, impropio del comienzo del otoño, cantarín aún.

   Bajo esta luz del atardecer todo parece una ensoñación. Recuerdo episodios pasados como si los estuviera viviendo ahora mismo, a gentes que ya no veré más, pero que estarán siempre presentes; es como si, en mi ensueño, toda mi vida pasada hubiera surgido de esos reflejos dorados y grises para alegrarme la feria que ahora comienza.

domingo, 20 de octubre de 2013

Ilusión o realidad

     Siempre me ha parecido la vida algo efímero. Hasta las cosas mas imborrables tienen una duración, como aquellas que no dejan huella o ni siquiera suceden. Si estamos prevenidos las anotamos, grabamos o filmamos y nos llenamos de recuerdos e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por lo registrado, que sólo es una versión de la realidad, y como poco siempre habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras; y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo que estaremos dejando pasar sin actuar porque estamos mirando a otro ya pasado, intentando alargarlo o que regrese lo que ya pasó. Así lo que vemos y oímos acaba por solaparse a lo que vimos y oímos en un amalgama o confusión de momentos vividos que, después, nuestra mente amasará a su antojo. Es sólo cuestión de tiempo.
      Yo a veces tengo la sensación de que nada de lo que sucede sucede, porque nada sucede sin la interrupción de otros sucesos, nada perdura sin interferencias, nada persevera en el recuerdo incesantemente, y hasta lo más nimio, lo más monótono y rutinario de lo vivido se va con el tiempo, anulando y negando hasta que nada es nada y que nadie es nadie que antes fuera, y la blanda pelota de la vida rueda por la pendiente de la desmemoria que cree oír, ver y saber lo que no se dice, ni tiene lugar, y, mucho menos, se puede comprobar. Así lo que no se da es idéntico a lo que se da, lo que imaginamos idéntico a lo que vivimos, lo que dejamos pasar idéntico a lo que tomamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y en rechazar, en hacer que nuestra vida sea una vida diferente a las demás, en tener una historia que, contada, sea nuestra historia, distinta a otras historias tan parecidas. Tratando de ahuyentar nuestras dudas nos afanamos en discernir lo que está bien o cómo podemos conducirlo al bien, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas que nos hemos saltado por miedo a equivocarnos, de ocasiones aprovechadas.., pero perdidas o aprovechadas ¿para qué?, según lo miremos, pues la vida no tiene un sentido unívoco. Lo cierto es que nada se consolida. Todo, con el tiempo, se va perdiendo, hasta la vida misma. Tal vez nunca hubo nada, ni siquiera vida.
      Quizá mi mundo es solo una ilusión, un sueño. Yo sueño que estoy aquí, navegando por un mar de dudas, luchando entre la elección consciente y la caprichosa determinación de la vida. Sobretodo sueño que amo y me aman. Como sueño ya es bastante, como mundo en el que tal vez me halle hay que vivirlo.

miércoles, 16 de octubre de 2013

¡VIVA LA ´GRASIA` DE LA ALPUJARRA, CON PASAPORTE DE EMIGRACIÓN!

qd
Extracto de la carta que con fecha de 28 de julio de 1905 dirige Natalio Rivas, Diputado a Cortes por el Distrito de Órgiva, al Conde de Romanones, por entonces Ministro de Fomento, exponiéndole pormenorizadamente y con datos oficiales la lamentable situación en la que vive la comarca, a fin de que tome medidas para aliviarla.



martes, 15 de octubre de 2013

La vendimia

Quien fuera en invierno cura
y en el verano pastor
y en el tiempo de la uva
quien fuera vendimiador.

(popular alpujarreño)




"Gástate en juerga y en vino lo que hayas de dar a los sobrinos".
En palabras de Quevedo: "más vale morir en vino que vivir en agua, le dijo el mosquito a la rana".

´Monográfico sobre La Alpujarra

                       Aquí encontraréis historia, poesía, vivencias...,pero, sobre todo, pasión por La Alpujarra.

viernes, 11 de octubre de 2013

CÁDIAR: UNA NUEVA FERIA PARA LA ALPUJARRA.

Germán Acosta Estévez


A Loli Rojas Cruz, Mariana Fernández Tarifa y Mª Rosario Almendros Juárez.


No soplan buenos vientos para la Alpujarra a finales del siglo XIX. A la invasión de la filoxera, que deja arruinada la principal fuente de riqueza de la comarca, hay que sumarle una serie de calamidades como los temporales de lluvia y nieve que se alternan con años de acusada sequía y agudizan la falta de trabajo, enfermedades como el cólera, o los daños causados por el terremoto de 1884, por no hablar de la falta de sensibilidad del Gobierno y las actuaciones arbitrarias de los caciques locales ante la magnitud del problema. Todo lo expuesto sume a la población alpujarreña en un estado de pesimismo creciente y se plantea la emigración allende los mares como su única salida. Como muestra, el extracto de los versos del polifacético Juan Romero de la Torre, maestro de Cádiar en 1897:

“…¡Cuántas grandes cortijadas
testigo de lo que fueron,
porque sus viñas perdieron
hallase en ruinas y cerradas!

Cádiar, Murtas y Turón
pueblos de grande riqueza
están que causan tristeza,
lástima, pena, aflicción.

Lo mismo se halla Albondón
Gualchos, Polopos, Rubite,
Torvizcón y Fregenite,
Sorvlián y Alfornón…”

Por estas fechas existen en la Alpujarra tres ferias de ganado: en Ugíjar y Órgiva desde comienzos del siglo XVII y en Albuñol desde ya bien entrada la segunda mitad del XIX. Cádiar, con su reciente título de Villa, obtenido en 1882, busca en la celebración de una feria un evento acorde a su nuevo rango, principalmente fomentada por las autoridades locales y, sobre todo, por los mayores contribuyentes, poseedores de gran parte de los comercios de la localidad y cuyos ingresos se habían resentido de forma notable por los acontecimientos antes descritos. Se trataba, pues, de reconducir la situación y detener la sangría migratoria que se estaba produciendo para generar así una dinámica de estabilidad en el municipio.
Dada la escasez de documentación existente en los trámites para la celebración de la Feria, creemos que fueron llevados a cabo de forma personal por el alcalde y algún que otro miembro destacado de la comunidad; el mismo sigilo y rapidez se produce en la autorización, difusión y celebración de la primera Feria de Ganado de Cádiar. Con un escueto comunicado en la prensa y con tan sólo unos días de anticipo, El Defensor de Granada en su edición del 28 de septiembre de 1897 recoge lo siguiente:
“Las gestiones practicadas por el Ayuntamiento de Cádiar con el fin de conseguir autorización para celebrar todos los años Feria Real de ganados han dado resultado satisfactorio y en virtud de aquella, á contar de este año, se verificará en los días 4,5 y 6 de octubre la referida feria, que será sin duda una de las más importantes y concurridas de la Alpujarra por la posición central que ocupa Cádiar en la región y el desarrollo que adquieren día en día las transacciones comerciales y el tráfico entre los pueblos limítrofes y cercanos…” 

 
No cabe duda que los primeros años de Feria suscitaron la ilusión del vecindario y las autoridades tenían depositadas grandes expectativas en ella, tanto por la posición estratégica que ocupa Cádiar en la Alpujarra, como por las condiciones del lugar para organizar tal evento,“…su espaciosa riada junto á la villa en la que hay aguas y pastos abundantes para los ganados, sus económicos y cómodos hospedajes, la seguridad personal para los feriantes y la proximidad de pueblos de relativa importancia”, así como la fecha idónea para su desarrollo. Precisamente este último aspecto va a propiciar la queja de Órgiva y de Ugíjar en 1899 ante el Gobernador Civil, al que solicitan el traslado de fechas de la Feria de Cádiar, bien al mes de septiembre, o bien más allá del 15 de octubre, porque se sentían agraviados y perjudicados. En el pueblo, como era de esperar, no sentó muy bien esta iniciativa que se atribuía a los caciques de las otras villas citadas, al tiempo que se proclamaba que Cádiar no tenían la culpa de su ubicación en la comarca, y que ”no impone derechos que mermen la utilidad ó beneficio de aquellos que cambien, venden ó compran…” Por eso se rogó al Gobernador que no cediera a las presiones y que diese a estos municipios una lección ejemplar, como parece que sucedió, tal y como se deduce del siguiente comunicado: “y parece que providencialmente ha venido la mencionada sentencia á cortar los vuelos de los consentidos y orgullosos adversarios de esta renombrada feria”. Por ello, tras el análisis de las pertinentes informaciones requeridas por el Gobernador, fue Órgiva la que se vio obligada por ley a celebrar su feria desde el 29 de septiembre al 1 de octubre a partir de 1899. Pero, mientras esta última villa tomó diversas iniciativas para potenciar sus festejos, Ugíjar permaneció impasible y finalmente tuvo que retrasar también su Feria unos días.
De exitosos cabe calificar estos primeros años de andadura de la Feria, pues la gran afluencia de público de otras localidades propició en la mayoría de las ocasiones que se realizasen numerosas transacciones de ganado, especialmente el vacuno que obtenía buena cotización, fomentando de paso el desarrollo del comercio local y comarcal: “Es constante la entrada de viajeros de todos tipos que vienen á realizar sus compraventas, y de Jubiles ,Bérchules, Mecina Bombarón, y Trevélez llegan multitud de ganaderos y pastores con sus reses de todas clases, entre los que sobresale el ganado vacuno, distinguiéndose los hermosos becerros cebados de Trevélez(…)Calles llenas de viandantes que se detenían el los mil puestecillos y tenderetes instalados en las aceras; los comercios, abarrotados de mercancías se han visto muy favorecidos por el público”. Aumentaron los ingresos del ayuntamiento hasta el punto de construir este un teatro en 1902, y le dio estabilidad al proyecto: “…la feria de Cádiar en tres años ha resultado una verdadera viña para la antigua corte de Aben Abó.” Aunque también hubo años como 1913 en el que se generó poco negocio, pues la climatología adversa acabó con la cosecha antes de tiempo y no se disponía de demasiado dinero para gastar, por lo que las operaciones comerciales fueron escasas.
La Feria de ganado, como ya se dijo, estaba instalada junto al río. Allí se solían disponer los ventorros o bodegones, especie de casetas rudimentarias donde se refugiaban los asistentes en las horas centrales del día para refrescarse y también donde se cerraban la mayoría de los tratos frente a un chato de vino o un jarro de aguardiente de la Contraviesa. A veces se desplazaban hasta allí las autoridades para inaugurar la Feria, tras lo que se ofrecía un lunch o almuerzo y la Banda de Música local amenizaba el acto con un concierto. El ganado, por su parte, permanecía estabulado mediante una cerca provisional colocada a tal efecto durante los días establecidos para la compraventa (entre tres y cuatro, si bien los festejos tenían una duración más amplia), y bajo vigilancia.
No faltaron inconvenientes para el desarrollo de la fiesta, pues en 1928 la lluvia persistente durante los dos primeros días hizo plantearse la suspensión a las autoridades, si bien luego levantó el tiempo y hubo que montar las instalaciones a toda prisa. Tampoco las continuas prohibiciones y controles por parte de los Gobernadores Civiles de manifestaciones religiosas durante el bienio progresista de la Segunda República afectaron al discurrir de la procesión del Cristo de la Salud. Menos suerte, como sabemos, hubo en 1936 con el estallido de la Guerra Civil al producirse la quema del templo y la destrucción de imágenes entre el 16 y el 20 de agosto de ese año.
Por lo general, el trascurso de la Feria no deparaba incidentes dignos de mención, pero la de 1900 fue una salvedad, pues se produjeron dos peleas con resultados no deseables: “…se encontraban la madrugada del referido día bebiendo aguardiente y comiendo buñuelos,…discutían asuntos de escaso interés, pero trastornados los sentidos por el alcohol, se insultaron y entablaron riña…R.P. y su hijo acometieron con faca á F.R, dándole puñaladas que le ocasionaron la muerte en el acto”. La Guardia civil detuvo finalmente a los agresores, vecinos ambos de Cádiar, al igual que la víctima, en Narila. Y es que, como decían los antiguos: “al vino y al aguardiente de la tierra hay que darles mucha conversación y tratarlos con respeto, pues entran sin que se dé uno cuenta y luego te revuelcan”. Como broche de Feria del mencionado año tuvo lugar otro altercado. “En Cádiar, el último día de feria se suscitó una riña entre Francisco Castillo y José García Millán, vecinos de Bérchules: estos dos tenían antiguos resentimientos…El resultado de la reyerta fue el salir el García con una herida en el labio inferior á consecuencia de un mordisco…”
De los datos que disponemos, se deduce que los programas de fiestas estaban elaborados para dar satisfacción a un público de todas las edades y capas sociales: veladas musicales, conciertos, corridas de cintas, cucañas, vistas cinematográficas, circo ecuestre, funciones cómico-dramáticas, diversos tipos de fuegos artificiales, carreras de sacos, de burros, funciones religiosas, reparto de pan a los pobres, corridas de toros, iluminaciones o elevación de globos y fantoches, estos últimos muy presentes en todas las fiestas de la provincia de Granada hasta mediados de los 70. En 1929 aparecen algunas novedades como concurso de ganados, distintos sistemas de columpios y, coincidiendo con la verbena, Kermés, una fiesta popular al aire libre con bailes, rifas, concursos, etc, con fines benéficos. De esta amplia lista, por su singularidad, merece la pena que nos detengamos primero en las iluminaciones, que en los primeros años de feria, siempre estaban hechas “a la veneciana”, es decir, con farolillos de papel de distintos colores con un quinqué de petróleo o aceite en su interior y se disponía en la portada del templo, procurando que fuese lo más artístico posible y que permitiese disfrutar de los actos celebrados allí. Ni que decir tiene el impacto provocado y las posibilidades que abrió para este apartado la llegada de la luz eléctrica a Cádiar el 5 de julio de 1909: “Con gran contento del vecindario de Cádiar, se ha inaugurado el alumbrado eléctrico en este pueblo, cuyo fluido es facilitado por la fábrica de luz eléctrica, establecido en el término de Nechite,…” Esto permitió la extensión del adorno lumínico a los puntos centrales de la localidad, “Y como nota de distinción y buen gusto, la hermosa iluminación eléctrica de la calle Real, y más aún de las plazas de la Iglesia y la Constitución…" para más tarde instalarse en otras calles y plazas de la población.
También son dignas de reseñar las funciones teatrales así como los bailes. En las primeras, solían representarse piezas menores, sobre todo del llamado “género chico”, una obra lírica, costumbrista y muy del agrado de las gentes humildes. En principio, las veladas de teatro tenían lugar en la plaza de la Iglesia, pero a partir de 1902 se desarrollan en un local más apropiado: “…con una compañía del género chico, dirigida por los aventajados hermanos Martínez, en la que figura la primera tiple, señorita Valiente y el maestro concertador D. Juan Redondo; dicha compañía ha sido la designada para estrenar el nuevo teatro que acaba de edificarse, debutando la compañía con una obra de D. Juan Romero de la Torre”. Es evidente que el baile es una marca distintiva de cualquier fiesta y este estaba protagonizado por la banda de música de Cádiar, al frente de la cual, en esta etapa, estaba el maestro D. Justo Castro Pinteño y en los años 20, D. Francisco Sánchez Ruiz. Frente a estos bailes públicos y abiertos a todos los vecinos, marcando las diferencias de clase, se celebraban otros privados o de sociedad, normalmente en casa del algún miembro destacado del municipio: “Por la noche del día 7 se celebró un baile (en) casa del rico propietario D. Eduardo Manzano, al que asistió lo más escogido de Cádiar. Todos los concurrentes fueron obsequiados con pastas y licores en abundancia, retirándose a altas horas de la madrugada…”. Con la inauguración del “Centro Agrícola Católico” en plena Feria de 1925, este notable grupo local desplazará a sus salones sus reuniones y fiestas privadas.
Otra de las apuestas más fuerte de la corporación municipal para hacer más atractiva la Feria fue la celebración de espectáculos taurinos. Ya en 1898 tiene lugar la primera corrida, aunque para que esta se celebrase el alcalde tuvo que solucionar antes otro entuerto, ya que al solicitar autorización al Gobernador Civil para celebrar dos corridas de novillos, “Le ha contestado el Sr. Díaz Valdés que no autorizará tal clase de espectáculos, siempre que los municipios que lo soliciten adeuden cantidades á los maestros de escuela, como ocurre con el de Cádiar”. Precisamente se acusó al enseñante citado arriba de haber denunciado el impago a los maestros ante el Gobernador Civil, lo que propició que se le acosase verbalmente, llegando incluso dos individuos a acorralarle, a fin de darle un escarmiento: ante tales hechos, Juan Romero de la Torre se vio obligado a emitir un comunicado en el diario La Publicidad para defenderse de las acusaciones y negar cualquier intervención suya en el referido contencioso. Aunque la mayoría de los años se contaba con cuadrillas de segunda fila, en estos primeros se contrató varias veces a Lagartijillo Chico, un jovencísimo y voluntarioso novillero granadino con cierta proyección en esas fechas, lo que derivó en una gran afluencia de personas venidas de muchos rincones de la Alpujarra, con el consiguiente beneficio económico que ello comportaba. Lo realmente extraño es que desde 1908 hasta 1936 no aparezca anunciado ningún evento taurino en los programas de fiestas conservados que hemos podido consultar.
El último día de Feria estaba marcado por la fiesta religiosa y procesión del Sto. Cristo de la Salud cuyo inicio era en torno a la seis de la tarde, aunque algún año como en 1928 su salida se produjo al anochecer. De su discurrir ya nos lo reflejó perfectamente Francisco García Valdearenas a través de la revista de la Asociación Cultural “La Casa de Cádiar” en 2008. Ahora bien, podemos agregar algunas pinceladas sueltas: la jornada empezaba en ocasiones bien temprano con el toque de diana a las tres de la madrugada, a las cinco se cantaba el Rosario de la Aurora, para entorno a las diez, celebrar misa en la iglesia o, en alguna ocasión, en la ermita de San Blas.
En definitiva, Cádiar se abre al siglo XX con una nueva Feria para la Alpujarra que por su singularidad ha pasado a ser patrimonio cultural y orgullo de todos los cadiarenses.


FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
El Defensor de Granada. Varios. (1896-1936).Biblioteca Virtual de Andalucía. Granada.
La Alianza.23-5-1897.Hemeroteca Casa de los Tiros. Granada.
La publicidad. Varios. (1897-1936). Hemeroteca Casa de los Tiros. Granada.
Ideal. Varios. (1932-1936).Biblioteca de Andalucía. Granada.
Acosta Estévez, G: “La Alpujarra: catástrofes y calamidades para un triste fin de siglo”. Los valles prodigiosos, La Alpujarra. Entre Ríos nº 19-20. pp. 102-108. Asociación Minerva de Arte y Letras. Granada 2013.
García Valdearenas, F: “La Feria y el Cristo de la Salud”. La casa de Cádiar, Yátor y Narila, nº 32, pp. 6-7. Asociación Cultural “ La Casa de Cádiar”,2008.
González Blasco, J: Órgiva, Hitos de su Historia. Vol. II, pp. 1030-1040. Imprenta Hermanos Gallego. Órgiva 2002.
Ocaña, F: “Recuerdos de las Ferias de mi niñez y juventud”. La casa de Cádiar, Yátor y Narila, nº32, pp5-6. Asociación Cultural “ La Casa de Cádiar”, 2008.
Ruiz Fernández, J: “ La conversión de la Virgen del Rosario en “Virgen del Martirio”, Patrona de la Alpujarra”. I Jornadas de Religiosidad Popular. pp. 520-524. Instituto de Estudios Almerienses. Biblioteca Electrónica. Diputación Provincial de Almería, 2007.
Vargas Lorente, P: Un fin de siglo (1886-1900). Ayuntamiento de Albuñol 2003.

Nacionalismo alpujarreño

Haber nacido en La Alpujarra es lo mejor que nos ha podido pasar. Si hubiéramos nacido en el Ampurdán -por ejemplo-, estaríamos obligados a ejercer de nacionalistas, a amar “la señera” sobre todas las cosas; a hablar catalán por obligación, aunque parte de los interlocutores sean de Polopos y estemos conversado en el Cerrajón de Murtas. Ser madrileño o sevillano nos llevaría a ser centralistas, despreciando la periferia por no reconocer nuestra superioridad de vecino del foro. Ser vasco nos haría vivir con cierto miedo, negando lo que sentimos por temor a que lo oigan, escondiéndonos en el interior de nuestra casa para ver los partidos de la roja, teniendo que aprender un idioma que no hay dios que lo aprenda y que no sirve para nada, por artificial, ya que, de las ruinas de una lengua extinguida, lo ha inventado unos cuantos porque le es útil para sus reivindicaciones; como vascos estaríamos orgullosos de serlo de tantas generaciones. A nosotros nos mueve más ser andaluz de la alpujarra, porque su historia es puro mestizaje, diáspora, movimiento continuo; porque el compromiso con nuestra patria es mucho más sutil, tanto que si no hacemos nada por ella nadie nos lo reprocha, tanto que si no hacemos nada muchos piensan que es mejor. Aquí todo es posible, todo puede cambiar, porque no damos nada por definitivo pero, con frecuencia, damos por concluida una obra con solo levantar sus muros, o incluso, con solo soñarla. Nuestra sociedad parece no necesitar nada, solo los individuos sienten necesidades. Por lo dicho, si hay que ser del algún lugar, de dónde mejor que de nuestra Alpujarra. Aunque como Juan Panadero cantamos: “... que nadie se engañe. Aunque andaluz, yo soy copla, soy viento de cualquier parte.”