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miércoles, 23 de marzo de 2016

Los españoles según Botkin


Hace dos días cayó en mis manos “Cartas sobre España” de Vasili Petróvich Botkin y, hoy, hasta se me han pegado las lentejas porque se me ha perdido el “santo” entre sus líneas. Botkin, viajó a España a mediados del XIX, tras visitar diversos países europeos; se detuvo en Granada y habló de nosotros en un libro recientemente traducido al español. En él deja reflejado el carácter de los españoles, un análisis actual y certero.

Dice en uno de sus parrafos: “la propia España ignora su destino, ignora a dónde conduce su camino, va sin objetivo determinado, sin ningún plan y en una completa ignorancia del día de mañana y queda todo sometido a esa despreocupación española que lo deja al destino de la casualidad... Así, en España se hacen y rehacen las costituciones y nadie cree en ellas, se redactan leyes y nadie se somete a ellas; se promulgan medidas y nadie les hace caso”.

Encima de mi mesa tengo “El Mundo” del día 20 de enero donde dice: Rajoy y Sánchez se reúnen; el segundo está convencido de que “con la ley solo no basta”, se refiere al problema de Cataluña. Lamentablemente es de lo mismo que habla Botkin; ninguna de sus páginas me ha resultado extraña, ni siquiera ajena.

 Será Andalucía, sobre todo en Granada donde se sienta feliz. En su libro alaba sobremanera a la mujer, el carácter anarquista del alma española; habla de las dificultades para hallar un concepto definido de unidad nacional, de “las dos Españas”, de las tertulias; se enamora de la pintura de Murillo, de los toros, del bandolerismo. Bostkin se adentra en el alma española y concluye: “España,¡qué refugio para la gente a quién le aburre Europa!”. Destaca la amabilidad, la valentía, el patriotismo, “el apego a la memoria de los héroes”; “ningún país es tan crítico y al mismo tiempo orgulloso de su nacionalidad”.

Así habla de su estancia en Granada: "cuando se ponía el sol, solía apoyarme contra la baranda del balcón y contemplaba el encantador panorama que se abría ante mis ojos, un panorama iluminado por el cálido sol del Sur. La cumbre nívea de Sierra Nevada brilla en el cielo azul como un hierro candente; un vapor rosado y ondulante se cierne, abajo, sobre la ciudad y el verde valle como un velo transparente.
A lo lejos, en la neblina azul clara se vislumbra la cordillera montañosa. El pico angular de Sierra Nevada, tras el cual desaparece el sol, como cubierto de oro brillante, deja a su alrededor sombras violáceas… Cielo y Tierra arden y se derriten en un inexplicable brillo radiante". "La Alhambra era la ciudadela de Granada. Construida sobre una alta colina, domina la ciudad. Aquí, rodeada por una alta muralla, están los restos del palacio de los soberanos moros.
La colina sobre la cual se erige la Alhambra, por una parte, precisamente hacia la ciudad, configura un pronunciado declive, y, por el otro lado, el orientado hacia Sierra Nevada, forma un barranco abrupto que la separa de la otra colina un poco más elevada, adyacente a Sierra Nevada, sobre la que fue construido el palacio de verano de los soberanos moros, el Generalife y sus jardines, que se consideraban entre los moros lo más majestuosos del mundo".

lunes, 21 de diciembre de 2015

UN CUENTO DE NAVIDAD



GERMÁN ACOSTA ESTÉVEZ

 

Calles de Granada, envueltas de misterio y empedradas con leyendas que se lleva el aire hasta los bosques de La Alhambra; calles de curiosos nombres con las que fueron bautizadas por el ideario, la creatividad, la ironía y también, por qué no decirlo, por la “malafollá” del vulgo granadino; calles que, al nombrarlas, despertaban la risa hilarante de algunos estudiantes que celebraban el final de los exámenes cuatrimestrales de un febrero loco al calor de los efluvios de unos porrones de vino peleón y de una copa de champán de baja intensidad.
Calles con nombres de realengo moruno, de personajes señalados, de lugares cercanos, de profesiones perdidas, de las palabras y suspiros del agua, recogidas con gran pasión en la obra de Julio Belza: la calle Guatimocín en el Barrio de San Luis rememora la figura de aquel caudillo azteca al que Hernán Cortés mandó ahorcar por sublevarse; la calle Matamoros que escuchara los sones y las notas acompasadas del piano de Manuel de Falla; el Callejón de las Monjas, antaño nombrada por calle Ladrón del Agua, donde existía un cauchil o registro de agua que los vecinos manipulaban por las noches para llenar sus estanques o recipientes para el uso doméstico.
Pero, sin duda, llaman la atención de manera especial aquellas que tienen su razón de ser en lo  pintoresco y en lo legendario: próxima a Torres Bermejas se localiza la calle Niño del Rollo, llamada de tal guisa “por tratarse de un pilar de cantería, con un remate redondo” del que pendían unos garfios en los que se colgaban unas jaulas que contenían los miembros cercenados de los ladrones, como público escarmiento, y que daba la impresión de “un niño en pañales con los brazos en cruz”, al mirarlo desde una cierta distancia. La calle Poco Trigo, que comunica la avenida de Murcia con la calle Cristo de la Yedra, debe su nombre por haber sido habitada en la antigüedad por algunos hidalgos venidos a menos y bautizados por el común granadino como “señores de poco trigo”.
Aunque, puestos a elegir, me quedaría con la historia que hay detrás de la calle Niños Luchando, un relato que transcribo a mi manera, encontrado por casualidad en las páginas de un amarillento diario olvidado de 1905, y que parece más propio de un guion norteamericano para una de tantas películas dulzonas que llenan nuestros televisores por estas fechas, ensalzando el ideario del espíritu navideño.

Eran las nueve de la noche del 24 de diciembre de 1540 y los primeros copos de nieve empezaban a caer sobre Granada. En el interior de una humilde casa situada en un callejón que nace de la placeta de la Encarnación y desemboca en la calle Tendillas de Santa Paula, por un lado, y en la calle Arandas, por el otro extremo, dos niños hermosos, que frisaban una edad de entre seis y ocho años, ataviados con pobres y escasas vestiduras, lloraban con desconsuelo y en sus rostros angelicales se podía apreciar las huellas de las cornadas que da el hambre.
En el extremo opuesto de la  pequeña estancia, una bella mujer, su madre, los miraba con una expresión de pena estremecedora. Vestida con limpios andrajos, intentaba ahogar los suspiros y disimular las lágrimas que velaban sus ojos, dirigiendo anhelantes miradas de soslayo a su marido, un hombre también joven, de tez pálida y mirada perdida, de porte distinguido, aunque envuelto en una raída capa y calzado con unas modestas alpargatillas, signos de un pasado más próspero que se había basado en el comercio de la seda con los moriscos de la ciudad, ahora asfixiados hasta la extenuación y con, ello, su mala ventura.
El mobiliario de la estancia estaba compuesto por un baúl forrado de baqueta y con unas puntillas doradas hechas de ganchillo, una mesita de pino, dos sillas con asiento de anea, dos jergones plegados y superpuestos en un rincón de la habitación y un cuadro de Nuestra señora de los Dolores; para alumbrar tenuemente la estancia, un cabo de vela introducido a presión en el cuello de una botella. Ni un mísero tronco de leña para poder combatir el frío que se estaba cerniendo sobre la casa del sombrío callejón. La nevada continuaba arreciando.
Las campanas de la vecina iglesia de los Santos Justo y Pastor repicaron alegremente, y entonces uno de los niños, ahogando momentáneamente el llanto, dijo con voz entrecortada – Papica, un poquillo de pan.
-Espera un momento, no desesperes, que pronto lo tendrás- repuso el padre con semblante de circunstancias y comenzando a dar vueltas sin norte de forma nerviosa por el cuarto.
- No desesperes, Pedro- dijo la mujer.
Pedro, que era un descendiente de una estirpe de cristianos viejos y fuertes convicciones religiosas al igual que su mujer, replicó – María, Dios aprieta pero, no ahoga; pero en esta noche en que la cristiandad conmemora el hecho más maravilloso de la historia, mis hijos tienen hambre, me piden pan y no tengo medios para procurárselo-.
-Ten fe, el Señor muchas veces permite el mal, para luego sacar el bien de él, -respondió la mujer.
- Ya ves que la esperanza de que don Luis nos socorra también se desvanece. De nada ha servido la carta que el otro día le dejé en su casa. Y, como último recurso he tenido que empeñar tu abrigo, mis calzas y mi jubón,- sentenció amargamente Pedro.
-Todavía puede venir, es un hombre de buen corazón, tu amigo desde la infancia y ha hecho mucho por nosotros,- replicó María, con dureza.
En efecto, Luis Mohanchas había llegado a Granada con apenas cinco años procedente de una alquería alpujarreña. Este morisco convertido, había aprovechado su nueva condición para surtir de vino y pasas de la comarca alpujarreña a las nuevas élites granadinas  y terminó por asentarse en el Barrio del Albaycín, ocupando una suntuosa vivienda cercana a la plaza de San Miguel Bajo.
Abajo en la placeta, las clarisas franciscanas de clausura del convento de la Encarnación habían cerrado las puertas de su morada, tras atender las peticiones de última hora de mantecados y yemas a través del torno; mientras, ya se oía en la calle un alegre son de panderos, castañuelas y zambombas, y una joven moza entonó este villancico:
                                               Esta noche es Noche-Buena
                                               Y no es hora de dormir,
                                              Que está la Virgen de parto
                                              Y a las doce ha de parir.

El resto de los presentes replicaron a coro:
                                              Ha de parir un niñito
                                              Blanco, rubio y colorado,
                                             Que lo quieren los pastores
                                             Para guardar el ganado.

A los pequeños se les pasó por un momento esa sensación de angustia mientras escuchaban atentamente aquella copla, preguntando de forma atropellada a su madre el porqué de aquellos cánticos en la calle en plena nevada. Y entonces, de repente, llamaron a la puerta. Pedro salió a abrir con precipitación y poco después, casi sin aliento dijo:
-María, niños, vamos a cenar. Don Luis nos ha mandado con uno de sus criados una enorme cesta repleta de provisiones-.
Mientras María rezaba de rodillas frente al cuadro de la Virgen que había colgado en la pared, Pedro dispuso sobre la mesa varios paquetes con comestibles y turrones que los rapaces devoraron con especial fruición, y a los que la madre pidió que diesen gracias al Señor y a don Luis por permitirles disfrutar de aquellos manjares.
Pero en mitad de aquella copiosa e inesperada cena, los chicos comenzaron a discutir por el trozo de turrón que a uno de ellos le había tocado en suerte, pues parecía más grande que el de su hermano. Se entabló entre ambos una lucha a porfía y, antes de que los padres pudieran intervenir, fueron a darse un fuerte golpe contra la pared.
En aquel instante sonó un ruido metálico. Pedro y María se miraron extrañados, en tanto que los asustados y pequeños combatientes se quedaron como paralizados. Pedro golpeó la pared, notando un sonido hueco, por lo que se valió de la mano del almirez para dar unos cuantos golpes en el testero y, como consecuencia, cayeron algunos cascotes y yesones y una orza que, al romperse, esparció por la estancia numerosas monedas de un color dorado e intenso.
Durante un buen rato quedaron paralizados y absortos, contemplando aquella riqueza y sin poder articular palabra. Una vez recuperados de la impresión, procedieron a separar los escombros de las monedas cuadradas de oro con inscripciones árabes; junto a estás descubrieron también un pergamino cuya escritura parecía también arábiga.
Ayudado por el cura de la parroquia, las reticencias de Pedro a quedarse con el tesoro encontrado fueron desapareciendo, sobre todo, cuando la traducción del pergamino desvelaba que: era la voluntad del que había escondido aquel dinero, que lo disfrutara en pleno dominio quien lo hallase, sin distinción de que fuese moro o cristiano. Su única obligación sería la de dar limosna a todos los pobres que llegasen a su casa el primer día de cada luna.
Pedro acabó comprando aquella casa y, para hacer honor a aquel extraordinario suceso, dispuso que en la fachada de la misma se colocase una escultura que representase a dos niños luchando, la que dio a la calle el nombre que aún conserva.

P.D. Tal vez, mañana, el sonido metálico de los bombos y la disputa pacífica de las voces de los niños de San Ildefonso, nos traigan una buena cantidad de monedas y nos hagan algo más felices, como a Pedro y a su familia.

                                                                                                                                          Felices Fiestas

sábado, 24 de octubre de 2015

Puentedura por Francisco Gil Craviotto



Hay preguntas que merecen pasar a la Historia y la del concejal de IU, Francisco Puentedura, al alcalde de Granada, don José Torres Hurtado, es una de ellas. Pero, antes de traer a la palestra la pregunta del concejal, me parece indispensable poner al lector al corriente del tema. Se trata de un viejo rito o ceremonia que, desde tiempos inmemoriales, -trescientos treinta y cinco años, precisa el periódico Ideal del pasado día 3 de octubre-, se viene repitiendo en Granada: todos los años, con la excepción del paréntesis de la República, el alcalde, rodeado de la corporación municipal, renueva el voto de la ciudad al Cristo de San Agustín y, posteriormente, ya en diciembre, a la Virgen de las Angustias para que entre ambos libren a Granada de terremotos e incendios. La última rememoración de tal voto tuvo lugar el pasado 14 de septiembre y la prensa del día siguiente dio cumplida información de acto. Ha sido precisamente a raíz de esta solemne ceremonia cuando ha surgido la pregunta del concejal Puentedura. Dice así:

«¿Qué datos técnicos tiene el Ayuntamiento de Granada de reducción de movimientos sísmicos e incendios en la ciudad desde que, todos los años, la corporación municipal renueva su voto con el Cristo de San Agustín para que nos proteja de los incendios y con la Virgen de las Angustias para que nos proteja de los terremotos?».

Imagino que, mientras yo escribo este artículo, los servicios técnicos del Ayuntamiento de Granada estarán redactando un descomunal y sesudo informe en el que nos darán cuenta de todos los terremotos e incendios que, gracias a las mencionadas imágenes, han pasado de largo por nuestra querida ciudad sin herirla ni mancillarla. Puentedura se va a quedar de piedra cuando le entreguen
y lea el informe de los técnicos municipales que ahora estarán preparando. Seguro que se va a encontrar frases como ésta o incluso más contundentes que ésta: “En la fecha tal, del año tal, Granada habría sufrido un descomunal terremoto de equis grados en la escala Richter, de no haber sido por la oportuna y rápida intervención del Cristo de San Agustín y de la Virgen de las Angustias, que tuvieron el acierto de enviar el terremoto a una zona deshabitada o habitada por no creyentes”. Tres líneas más abajo encontrará todos los pormenores de un terrible incendio que iba a tener lugar en Granada y, gracias a la intervención divina, se fue con la música a otra parte. Así páginas y páginas hasta el final del informe.

Pero no queda ahí la intervención del Cristo de San Agustín y de la Virgen de las Angustias. Puedo dar fe de otro caso de auxilio de la Virgen de las Angustias tan sorprendente como todos los anteriores, acaso más. Hace cuestión de quince o veinte días asistí en la Escuela Superior de Arquitectura de nuestra ciudad a un acto pseudocultural que organizaba la asociación “Granada siempre”, en el que hubo entrega de premios, pregones -dos pregones-, canciones y reunión de la élite más distinguida y fervorosa de Granada. La verdad es que, ante tan devota y selecta gente, yo me sentía algo peor que gallo en corral ajeno; pero, cuando quise darme cuenta de la situación, vi que, para escapar, habría tenido que levantar a media fila de butacas. Decidí echarle valor al toro y aguantar discursos, sermones, arengas, ditirambos y lo que me echaran sobre las espaldas. Fue así como me tragué los dos sermones o pregones de dos eminentes lumbreras de las letras granadinas, cuyos nombres lamento haber olvidado. Creo que fue en el segundo pregón-sermón cuando oí la frase que jamás podré olvidar y que reproduzco a continuación: “Si el Granada aún continúa en primera se lo debe a la Virgen de las Angustias, que a finales de la pasada temporada, tuvo que echarle una mano para que no pasara a segunda”
. Así de claro y contundente, amigo lector. No vi a mi alrededor ninguna risa ni sonrisa y tuve que hacer grandes esfuerzos para ahogar mi movimiento de labios que, a pesar de la solemnidad del acto, querían irónicamente sonreír. Fue de esta original manera cómo supe que la Virgen de las Angustias, además de librarnos de incendios y terremotos, también protege al Granada C. F. y, gracias
a su enorme poder, evita que descienda a segunda. Un detalle que toda la afición granadina debería agradecer. A mí el fútbol ni fu ni fa -ni siquiera he ido a un solo partido y opino que el honor de cualquier ciudad no está en las botas de sus futboleros-, así que dejo la meditación sobre el tema a los expertos en la materia.

La memoria me llevó a otro acto parecido ocurrido muchos años atrás, tantos que yo era niño. En este caso la protagonista era la Virgen de Fátima que, en un largo periplo por la Alpujarra, visitaba aquel verano mi pueblo. Todos los vecinos de la aldea fuimos hasta el límite del término municipal y allí esperamos que llegara la Virgen procedente del pueblo vecino, que había visitado el día antes. En cuanto apareció -venía en un camión cubierto de hiedras y flores- el cacique de mi pueblo subió a una terrera y desde allí nos endilgó un florido discurso sobre la envidia que los extranjeros sienten hacia España. Era un tema que ya lo había sacado a relucir en otras ocasiones, -“Nos envidian porque ellos, ¡pobrecillos!, no tienen ni Cruzada, ni Caudillo, ni Falange”-, pero esta vez esgrimió a los cuatro vientos un argumento nuevo y convincente: “¡Ni Virgen de Fátima!”. Un nutrido aplauso puso final a sus palabras, pero a mi vera oí a un cortijero que le decía a otro: “Se le ha olvidado mentar las cartillas de racionamiento y el estraperlo”. Las últimas palabras del cortijero casi nadie las oyó porque, justo en ese preciso momento, el coro de beatas había comenzado a
cantar:

“El trece de mayo en Cuova de Iría, radiante aparece la Virgen María ”

Todo esto, que he intentado resumir en las breves líneas de un artículo, forma parte de un conglomerado de anhelos, milagros y prodigios que va del altar al campo de fútbol, pasando por las barretas del Corpus y las tortas de la Virgen. El concejal Puentedura de IU no sabe o no quiere ver la transcendencia que alienta y engalana todos estos actos que son savia y tradición de un pasado glorioso, al que sólo le faltan las hogueras inquisitoriales en las que morían entre alaridos de dolor los no creyentes. ¡Ay, como deben echarlas de menos más de uno! Suerte que tenemos un alcalde y una corporación municipal, incluida la oposición, que sabe ver la transcendencia de estos actos que, aunque no nos libran del alcalde Torres Hurtado, nos evitan incendios y terremotos y que el Granada descienda a segunda. Puentedura es la excepción. Pero, ¿qué importancia puede tener uno solo frente a todo el resto de la corporación municipal, incluida la oposición? Tampoco tiene la menor importancia que sea el único que tiene razón.


Francisco   Gil    Craviotto 
Publicado en Wadi-as  24 DE Oct. DE 2015