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miércoles, 11 de marzo de 2015

El pillatrapos


Paco Alcázar



Es posible que la mayoría de los que lean este artículo no sepan de qué va, aunque sean alpujarreños como yo. Habría que descartar a los jóvenes y buscar entre los mayores algún despistado, algún raro cazador de palabras en desuso o apegado al terruño. “¡Qué barbaridad! Hay gente pa tó” como dicen que dijo el Guerra, (el torero, no el político), cuando, en una conversación informal, le preguntó al filósofo Ortega y Gasset a qué se dedicaba y éste le contesto: Soy catedrático de Metafísica. ¡Toma ya! (Corren numerosas versiones que cambian protagonistas y hechos. Vaya usted a saber).

Pillatrapos, querido paisano, es la palabra que usamos algunos para designar el popular utensilio casero con el que sujetamos, o sea, pillamos, la ropa colgada de una cuerda o alambre. Lo que todo el mundo entiende, incluida la Real Academia de la Lengua, por pinza de la ropa. Pinza es el genérico de un variado grupo de objetos que tienen en común servir para sujetar un objeto a la manera de como lo hacemos con los dedos índice y pulgar, con los que guarda cierto parecido. Y nada más. En el quirófano se usan las pinzas y en el aseo personal cuando nos depilamos, son pinzas pero no pillatrapos.

Creo que debería haber un nombre para cada tipo de pinzas. Una palabra a ser posible de fácil comprensión, directa, expresiva, que vaya al grano de lo que quiere decir y no se ande por las ramas. Pillatrapos, o pillatrapo, que en esto no están todos acordes, cumple con solvencia las anteriores notas, todas pertinentes. Aunque sirva para “pillar” otras cosas, lo usamos normalmente para los trapos. No los coge, los ase, los agarra, sino los pilla en una acción simple y directa, antes de darse cuenta, el trapo queda preso, pillado. Hay en el verbo pillar un plus de sorpresa e inmediatez, de algo inevitable. “Te pillé” decimos de alguien cuando lo cogemos “in franganti” sin escapatoria posible. Así queda el trapo: ya sea una pretenciosa camisa, un sutil camisón, una deslumbrante sábana, unos baqueteados calzoncillos (creo que ahora los llaman slip), la sufrida jarapa o un insignificante calcetín… todos atrapados, o sea, pillados.

Otra cualidad del utilísimo artilugio es su facilidad de manejo. Nos lo venden en la tienda sin engorrosas instrucciones de uso, tampoco trae anejas contraindicaciones y advertencias. Dos piezas de madera con alguna ranura para encajar un pequeño muelle: eso es todo. Un mecanismo tan sencillo que no suele averiarse. Rara vez, muy rara vez, y porque lo hemos forzado, pueden desencajarse sus dos piezas. Con un poco de maña, en unos segundos las hemos vuelto a ensamblar poniendo el muelle en su sitio. No tiene fecha de caducidad. Nunca supe de un muelle que perdiera su fuerza, ni siquiera de que oxidara en condiciones adversas, aguantando a la intemperie las inclemencias del tiempo en todas las estaciones.

Hay objetos que fueron diseñados para durar años, lustros, décadas… y el pillatrapos es, sin duda, uno de ellos. No conozco a su inventor y bien que lo siento. En toda mi vida, ya bastante crecida, he visto muchas innovaciones de consideración. Pues bien, es prácticamente imposible mejorarlo. Últimamente los supermercados y tiendas de todo a cien ofrecen algunos que sustituyen la madera dignamente sobria y lisa por débiles piezas de plástico multicolor. Los pillatrapos modernos, al cabo de un par de años si no antes, se decoloran o se parten a la menor presión. Una pena. Estos pillatrapos de pega son la vergüenza de la familia, el descrédito de unos leales servidores. Hasta el muelle parece que se oxida con más facilidad. Son de quita y pon, de sociedad de consumo. También salen otros al mercado, todo ellos de hojalatería, con lacitos y mariposas pintadas, mas propios para sujetar el pelo que para colgar la ropa. A estos últimos se les podría aplicar el nombre neutral de pinzas, incluso de pinzas de la ropa, pero pillatrapos no. Un respeto al pillatrapos de madera, el de toda la vida.

Naturalmente, como el avisado lector habrá considerado ya, el pillatrapo sirve también para otros menesteres. Por ejemplo, en la cocina lo vemos cerrando los envases de comida no perecedera: macarrones, arroz, lentejas… Una pinza higiénica y fiable. También en trabajos manuales hay quienes, utilizando como materia prima sus piezas de madera, consiguen útiles y bellos objetos. Todo depende de que el artesano le eche imaginación al trabajo. Llegado el caso, podemos disponer al momento de una cuña excelente para nivelar las patas de una mesa o ajustar el astil del mancaje. (Este párrafo resultaría excesivamente largo. Invito al lector a que lo complete de su propia cosecha).

Quisiera ahora centrarme en la palabra en sí, pues el objeto, llamémosle de una u otra manera, es de sobra conocido así como su versatilidad. Me interesa más la voz pillatrapos; me parece más práctica y bonita que pinzas de la ropa. Una palabra en vez de cuatro. No abundan las palabras compuestas en nuestra lengua que gusta más de la derivación, propia de las lenguas romances o derivadas del latín, pero tampoco escasean. Sin salirnos del ámbito doméstico al que pertenece la palabra en cuestión, tenemos abrelatas, sacacorchos, sacapuntas, (sacamantecas se mueve en otro campo semántico), guardapolvos, cascanueces, portalámparas, posavasos, quitamanchas, friegasuelos, lavavajillas, salvamanteles, cuentagotas…Todas con idéntica estructura: verbo (3ª persona del presente de indicativo) más sustantivo (generalmente en plural, aunque a veces se usa el singular: cubrecama).

¿Por qué no usar la palabra pillatrapos entre sus compañeras de fatiga que, al contrario que ella, gozan de perfecta salud y aceptación? Retomo lo que apunté al principio: pillatrapos es una palabra poco o nada conocida según mi limitada experiencia; tampoco en el ámbito alpujarreño. Sólo sé que en mi pueblo, Cádiar, antes la usábamos con toda naturalidad. Jugábamos con los pillatrapos cuando la infancia suplía, a veces con ventaja y a fuerza de imaginación, los innúmeros artilugios de ahora. Los recuerdo guardados en una bolsa de trapo o, mejor aún, colgados del tendedero como si de pequeños insectívoros se tratara; una representación en miniatura de aquellos cables del tendido eléctrico, ornados con ruidosos vencejos, golondrinas e, incluso, gorriones.

Sobre su supervivencia (de la palabra, no del objeto) albergo serias dudas. Lo más probable es que desaparezca en un par generaciones. Tal vez no le quede ni el consuelo de dormitar en algún repertorio de voces en desuso, que algún paciente lexicólogo haya tenido a bien incorporar. La RAE ha acogido, generosa ella, la voz culamen en la 23ª edición; pillatrapos, no; pillatrapos es voz de paletos. La RAE es así, muy moderna e universal.

-Pero, hombre de Dios. ¡Cómo se le ocurre perder el tiempo, y hacérnoslo perder a los demás, hablando de pillatrapos, o pinzas de la ropa, o como se diga, que me ya está liando a mí también, cuando hay asuntos que nos preocupan a todos? Por ejemplo: la crisis económica, la destrucción de la naturaleza… ¿Cómo se atreve a hablar de los pillatrapos habiendo tanta injusticia en el mundo?

-Usted dispense. Será porque estoy jubilado y chocheo. Me siento incapaz de disertar sobre esos grandes problemas sociales. Otros lo harán mejor que un pobre servidor. ¡Digo! La crisis de esto o de lo otro, la ecología… Casi prefiero la filosofía de don José. Aunque me quede en ayunas.

-Bueno, bueno... Nunca pensé que pudiera haber una “metafísica del pillatrapos”.

-No se extrañe, buena mujer. Una vez leí este titular de prensa: “Hay que impulsar la cultura del transporte y renovar la filosofía de la carga y descarga”. Y le aseguro que no lo firmaba José Ortega y Gasset.

-En fin, los hay que no tienen arreglo.

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