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miércoles, 9 de marzo de 2016

Un soldado llamado Miguel de Cervantes



Los reyes inauguraron el pasado día 4 en la Biblioteca Nacional la exposición “Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016) ››, con la que se abren los actos conmemorativos del 400 aniversario de su muerte. La exposición se estructura en tres ejes: ‹‹Un hombre llamado Miguel de Cervantes, Una imagen llamada Miguel de Cervantes y Un mito llamado Miguel de Cervantes”.

Desde mi punto de vista se han olvidado de una faceta importantisima que yo , siguiendo la anterior línea habría titulado: “Un soldado llamado Miguel de Cervantes”, y a guisa de explicación habría puesto, “Un soldado de Infantería, la mejor del mundo”.

Nuestros soldados eran grandes de España fuera el que fuera su origen. Entonces formaban en los Tercios de Flandes, nobles, segundones de casas nobles, caballeros, arrapiezos o rufianes. Todos soldados. Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Pedro Calderón de la Barca, Francisco de Aldana. La nobleza era ser soldado por la fe católica y la lealtad al rey. No fue soldado Shakespeare, ni Corneille o Goethe como muy bien nos recuerdan Fernando Martínez Laínez y José María Sánchez de Toca en su magnífico libro Tercios de España. La Infantería legendaria.

“Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”.
Mucho han cambiado las cosas. Ahora, los soldados son declarados “non gratos” o, cuando menos, cuesta reconocer el oficio de Cervantes, soldado, gloria de las letras, una vida de armas y letras. Ahora se trata del homenaje a un hombre, el más insigne escritor español, don Miguel de Cervantes, un soldado de Lepanto.

Lepanto: ¡Victoria! Resonaba sobre el ancho mar. Don Juan de Austria, el vencedor. Allí estaba el poeta -siempre hay un soldado poeta- , que reclama su puesto a la hora del combate. No es una broma o un juego, es la vida con muchas probabilidades de perderla, casi todas. Aquel soldado herido escribió la mejor crónica de la batalla: “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”. Profeta. “Si me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella acción prodigiosa, que sano ahora de mis heridas sin haberme hallado en ella… que las heridas que el soldado muestra en el rostro y en el pecho estrellas son que guían a los demás al cielo de la gloria”. Don Juan clava a su “Cristo de las Batallas” en lo alto del estanterol. El soldado fija en él la mirada antes de mirar su espada. Empieza la batalla ¡se crea un mito! Es la vida diaria, la de un soldado en campaña.

A la guerra me lleva
mi necesidad;
si tuviera dineros,
no fuera, en verdad.

Miguel de Cervantes, combatiendo en Lepanto desde la arrumbada, camino de la proa de la galera enemiga, recibe tres disparos de arcabuz, dos en el pecho y uno en la mano izquierda. Se convierte en soldado aventajado.

Novarino, Túnez, La Goleta, Corfú. De guarnición en Sicilia, Cerdeña y Nápoles regresa a España. Quiere la patente de capitán y levantar una compañía. Meritos tiene y su espíritu brilla entre sus heridas. Una tormenta dispersa las naves y Cervantes es hecho prisionero y conducido a Argel. Adalid de los miles de cristianos allí presos, logra escapar y en Orán de nuevo es hecho prisionero. Vuelta a escapar, organiza una sublevación de cautivos y las traiciones le llevan de nuevo preso hasta que fue rescatado por dos trinitarios. A su llegada a España en 1580 al soldado Cervantes se le asigna la que sería su última misión: agente secreto a Orán. Contaba treinta tres años.

Fue la vida de Cervantes la de un soldado. La misma vida que ahora, siempre agitada y olvidada por todos. Después de darla, si esta te queda, se convierte en la búsqueda de empleo para sobrevivir. Nada ha cambiado después de 400 años.
Este es el soldado Miguel de Cervantes, condición que ahora ocultan cuando es la base de sus páginas de gloria, de su literatura de valores castrenses por encima de todo, de amor a unos principios, a una religión y a una patria. Por mucho que indaguemos, leamos y discutamos, no me queda la menor duda de que don Miguel de Cervantes era, y esa es su grandeza, uno de los miles de españoles que a lo largo de la historia muestran su talla en el difícil arte de la vida. Cervantes lo dejó escrito y fue, como la mayoría de ellos, un humilde soldado de los que a menudo combaten con y por la vida, aunque encuentren la muerte por el camino.

Hace tiempo me hice eco de este perfil que un legionario tiene en las redes sociales: “Director, escritor, cantante, poeta, pintor, actor, compositor, escultor y ni aún así triunfo… Así que legionario”. Lo mismo me confesó un paisano al final de sus días, estaba un tanto deprimido, ya no era el director de la banda de musica del pueblo, la salud no le iba bien, con la familia tampoco; le pregunté como estaba y me contestó: “ de lo único que me siento orgulloso es de haber sido legionario”. Me impactó. Es la vida. Todos somos en ella soldados y poetas.

Cervantes sigue entre nosotros, solo hay que abrir los ojos y mirar hacia el lugar adecuado.

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