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martes, 29 de diciembre de 2015

Olor de Santidad


Hace unos días se presentó en Granada un libro colectivo titulado “Dolor tan fiero”, integrado por 27 relatos en homenaje a Teresa de Ávila, cuyo centenario –el sexto de su nacimiento, si no he contado mal-, se celebra en el presente año. El prólogo y la recopilación de los relatos son obra de la escritora Ana Morilla Palacios y la edición, muy cuidada, la ha realizado Port-Royal. El libro se aproxima a las doscientas páginas y el título, como ya habrá adivinado el lector, hace alusión al famoso poema de la santa que en la parte final dice así:

Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero
que muero porque no muero.


Uno de esos veinte y siete relatos, ya aludidos, es mi cuento titulado “Teresica”, que ocupa ocho páginas del libro; exactamente de la 81 a la 88. En él cuento la vida y andanzas de una tal Teresica, eximia beata de Alcor de los Caballeros, mi pueblo, que, en la época en que yo era niño, ella ya había pasado el medio siglo. Es, comentando el final de la protagonista, cuando digo textualmente que “murió en olor de santidad”. Alguien, muy ducho en temas de santos y olores, me
ha reprochado la expresión, añadiendo, de pasada, que debería haber escrito en loor de santidad. Sin el menor deseo de entrar en polémica, pero también sin rehuirla, si hubiera necesidad, me va a permitir el lector que aporte las razones por las que he preferido el sustantivo olor a loor y por qué insisto en mi elección.

La razón principal es histórica. Fue en los inicios de la Edad Media cuando la Iglesia comenzó a predicar el odio al agua y al jabón. El gran filósofo Bertrand Russell, (premio Nobel de Literatura de 1950), en su libro “Por qué no soy cristiano”, nos habla de la leyenda, muy extendida en aquella época, de un santo, cenobita del desierto, que malvivía en una cueva a cuya vera manaba una fuente. Él sólo utilizaba el agua para beber, pero un día, agobiado por el calor de las arenas caldeadas por el sol, se atrevió a lavarse y refrescar un poco sus abrasadas carnes. Al momento la fuente dejó de manar. Sólo después de un sincero arrepentimiento y grandes oraciones y sacrificios logró que la fuente volviera a manar. Esto, según la leyenda, le hizo comprender que había utilizado el agua para un fin que no era el que Dios había previsto cuando la creó. Desde entonces jamás se le ocurrió utilizar el agua para otra cosa que no fuese beber. La leyenda, como muy bien explica a continuación el filósofo, no puede ser más expresiva de la posición de la Iglesia respecto al agua. El  mismo escritor, en otro libro, su monumental “Historia de la Filosofía”, página 424, nos dice lo siguiente sobre el mismo tema:

La limpieza les daba horror. Los piojos fueron llamados “perlas de Dios” y eran signo de santidad. Los santos y las santas se jactaban de no haber usado nunca el agua, excepto cuando tenían que cruzar el río.

Todo esto –sigo parafraseando a Bertrand Russell-, explica que santos y santas, tanto en vida como a la hora de su fallecimiento, siempre estuviesen acompañados del inconfundible halo de “perfume” que es fácil adivinar y que, con el tiempo, empezaron a llamar “olor de santidad”. Como ocurría que, cuanto más santos eran, más perfume exhalaban, muy pronto cundió la expresión “vivió y murió en olor de santidad”. Parece evidente que, lo mismo que ahora, cuando oímos decir “olor a nardos” u “olor a jazmines”, todo el mundo comprende al instante en qué consiste dicho perfume, entonces el olor de santidad también tenía su estímulo de comprensión de olor enemistado con el agua y el jabón. Fue precisamente ese ancestral odio al agua el que hizo que, poco después de la conquista de Granada, Isabel la Católica diera orden de cerrar todos los baños públicos de la ciudad. Eran una incitación a la molicie y el pecado. Cuando en el siglo XVIII, debido sobre todo a la influencia francesa, vino de nuevo el gusto por el agua y el jabón, la Iglesia, aunque recibiera tal uso con muchas reticencias, cambió la expresión “olor de santidad” por “loor de santidad”. Es evidente que toda loa supone un elogio, una subida al pedestal de los honores y la gloria. La Iglesia tiene todo su derecho en encumbrar a sus santos, beatos y potestades, pero el escritor, por muy secundario y marginal que sea, también tiene derecho a emplear la expresión que considere más adecuada para verter al papel lo que su mente desea expresar. Es simplemente eso lo que he hecho al inclinarme por olor en lugar de loor. Ocurre además que mi expresión coincide con un pasado medieval de mugre y santos piojos que ahora, en nuestro siglo de playas repletas y con el hábito de al menos una ducha al día, más de uno se avergüenza en recodar.

Artículo publicado en el "Faro de Ceuta" el día 27 diciembre de 2015

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