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martes, 3 de mayo de 2016

El Quijote y los niños de mi generación por Francisco Gil Craviotto




Los niños de mi generación –hablo de los niños de los años cuarenta- aprendimos a leer en el Quijote. Lo cual es tanto como decir que los niños de mi generación crecimos odiando el Quijote. Yo no sé en las otras escuelas, pero en la de mi pueblo, a este último grado de sabiduría lectora, se llegaba después de haber pasado tres cartillas elementales y un edificante libro de lecturas escolares. Sólo entonces enviaba el maestro un papelito a los padres diciendo que el niño ya estaba en condiciones de poder pasar a la Enciclopedia Dalmau, para las lecciones de memoria, y al Quijote elemental, para las lecturas.

La Enciclopedia Dalmau respondía al sueño de Diderot y sus amigos –incluir en un solo libro todo el saber de la humanidad-, pero reducido a nivel infantil y presidido por los criterios de los que detentaban el poder en la España de la época. Esto explica que cada dos por tres apareciese un poema a los gerifaltes del fascismo español: a Franco, a José Antonio Primo, a Mola, a Queipo de Llano... Nosotros no teníamos obligación de aprendernos de memoria más que el primero de los poemas que he enumerado: el poema a Franco, ditirámbicamente titulado: “A Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España”. Lo firmaba un tal M. Machado (años después supe que la M. era la abreviación de Manuel) y había que aprenderlo tan impecablemente bien que todavía puedo recitarlo sin titubear:

Caudillo de la nueva reconquista.
Señor de España, que a su fe renace.
Sabe vencer y sonreír y hace
campo de paz la tierra que conquista.


Era norma entre los chicos de la escuela –casi una tradición que iba pasando de unos a otros, en cuanto recibíamos la enciclopedia, (había que pedirla a Granada y tardaba casi un mes en llegar), ir a las páginas de geometría y buscar la palabra “cono”, para inmediatamente, sobre la pulcra y castísima n, estampar la tilde de la pecadora ñ. Con la transformación resultaba graciosísima la definición que seguía: “Cuerpo geométrico formado por una superficie curva y otra plana y circular...” Yo no hice nunca tal transformación, no por falta de ganas, sino por temor al infierno. Ir al infierno por una tilde me parecía demasiado castigo para tan poco placer. Huelga añadir que entonces yo era muy creyente.

Complemento de la enciclopedia era el Quijote. Se trataba de una edición infantil que sólo se diferenciaba de la de los adultos en que había sido suprimida  de ella toda alusión al sexo, por muy insignificante que fuese, así como todo atisbo de sátira o ironía contra la Iglesia. Episodios como el de Maritornes y el arriero o el de las dos buenas mozas que ayudaron en la venta a don Quijote a ser armado caballero andante, naturalmente, no figuraban en nuestro libro; mucho menos expresiones como “con la iglesia hemos dado, amigo Sancho” o el grito de “yo os conozco, fementida canalla”, que lanza don Quijote, en el capítulo VII de la primera parte, a los frailes de San Benito.

La lectura se efectuaba siempre por la mañana. Antes de que el maestro nos llamara a leer al lado de su mesa, a todos los otros les había dado trabajo: cuentas, palotes, página de caligrafía, etc. etc., pues en la escuela de mi pueblo convivían todas las edades y niveles; todas las edades y niveles que van, o pueden ir, de los seis a los doce o trece años. Los cuatro o cinco que habíamos llegado a esa cumbre de poder leer el Quijote formábamos círculo alrededor de la mesa del maestro. Esto venía de perlas a todo el resto de la escuela que nos aprovechaba como telón o parapeto para, mientras nosotros leíamos, hacer ellos de las suyas: pintar obscenidades en las pizarras de mano que cada uno tenía, cazar moscas (a las que, luego de sacarles las tripas, se les ponía un papelito en el culo y salían volando tan campantes), hacer apuestas o jugar a lo que se les ocurriese. Todo esto, unido al rumor de los que estudiaban la tabla, (dos por dos, cuatro; dos por tres seis...) formaba un guirigay que, a pesar de la poca distancia que nos separaba del maestro, nos obligaba a leer a gritos. No era raro que el maestro interrumpiese nuestra lectura para gritar desde su mesa: “Fulanito y Perenganito, de rodillas, en el pasillo”; otras veces se levantaba y comenzaba a repartir sopapos entre los más díscolos.

Nosotros leíamos lo que veíamos escrito, sin más obligación que la de pararnos en los puntos, hacer la entonación interrogativa o exclamativa cuando venía al caso y procurar que lo que pronunciábamos coincidiese con lo que estaba escrito en el libro. Pensar que aquello tuviese un sentido, que hubiese en aquellas páginas una historia, llena de humor y dolor y contada con un estilo impecable y una amarga ironía, era algo que a ninguno de nosotros jamás se nos pasó por la cabeza. Como por otra parte, la mayor parte de las palabras que leíamos no sabíamos lo que significaban, nuestro trabajo quedaba reducido a un ejercicio de simple mecánica de lengua y garganta que lo mismo lo habría realizado –acaso mejor- cualquier loro o cotorra que hubiese aprendido a leer. Si después de la lectura de aquel primer capítulo, tantas veces repetido, a alguien se le hubiera ocurrido decirme que “duelos y quebrantos” y “salpicón” eran dos platos de cocina, tan asequibles y hacederos como pudieran serlo nuestras migas y cocido, me hubiese quedado de piedra. Más aún cuando se trataba de expresiones que ninguno de nosotros jamás había oído antes, como aquel famoso grito que don Quijote lanza a los molinos de viento: “¡Non fuyades, cobardes y viles criaturas!”

Esta fatalidad de leer por obligación y sin comprender lo que leíamos, creaba en nosotros una antipatía hacia el libro y su autor que, al menos en mí, llegó hasta casi la edad adulta. Cuando el maestro nos dijo que Cervantes había sido herido en la batalla de Lepanto y quedó para siempre inútil del brazo izquierdo, nuestro pensamiento inmediato fue lamentar que la bala no le hubiese dado en la mano derecha. Tal era la antipatía que nos producía aquel libro de obligada e ininteligible lectura.

Fue rozando ya la edad adulta, estudiante a la sazón de los últimos cursos de bachillerato, cuando al fin me reconcilié con el Quijote y luego con el resto de la obra cervantina. Pasé, tras un bandazo de 360 grados, del más iracundo odio, a la admiración más enfatizada y sincera. Ahora me parece que no hay un solo libro mío en el que el atento lector no perciba la huella de la rumia nutricia de la obra de Cervantes. Lo cual no quiere decir que imite servilmente el estilo del indiscutible maestro o que escriba como si viviese a comienzos del siglo XVII. El alimento cervantino va, naturalmente, por dentro.


Este ha sido mi caso, pero ¿y los otros niños de mi generación que tuvieron que tragarse el Quijote como si fuera un purgante? ¿No habrán quedado para siempre vacunados contra el libro más hermoso y genial de nuestra literatura?


Este año 2016, con motivo del 400 aniversario de la muerte de Cervantes, su obra maestra vuelve a estar de moda. Lo cual es tanto como decir que Cervantes y el Quijote corren el peligro –sobre todo en los niños-, de producir el empacho. Si los maestros de ahora no saben dosificar y explicar de una manera sencilla y atrayente el contenido de la obra, es posible que, una vez más, se repita la historia y toda una generación de españolitos quede para siempre vacunada contra el libro más hermoso y genial de nuestra literatura. Sirvan, pues, las líneas que siguen de previsora advertencia en estas fechas de abril que preceden a la fiesta del libro.

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