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viernes, 3 de febrero de 2017

Los papeles de Juan Español de Francisco Gil Craviotto

En un lugar de Francia, de cuyo nombre no logro acordarme, vivió hace ya muchos años un viejo republicano español. La nostalgia, el dolor de la separación, se agudizó extraordinariamente en él un día en que se notó ya muy mayor. Pensaba a menudo en su madre, en su padre, en sus amigos, en las primeras muchachas que lo atrajeron con su misterio y su belleza, en sus Alpujarras, quizás la naturaleza más bella del mundo. Eran recuerdos que lo invitaban a la sonrisa o a la lágrima, que le dolían como puñales o lo conducían a un cálido refugio.

El viejo republicano español siente con fuerza la ineludible obligación de salvar sus recuerdos. Metido ya de lleno en su tarea rescatadora, comprueba que su memoria es frágil, insegura y engañosa; pero también se da cuenta de que cosas que creía olvidadas vuelven a su cerebro claras y distintas, en bloques de sensaciones de una frescura insospechada y sorprendente.

Se pregunta por el niño que lleva dentro, ese niño que parece asfixiado por las sucesivas capas que la vida le ha ido echando encima año tras año. ¿Por qué espacios correteó? ¿Cómo era la España en la que abrió los ojos? ¿Qué vio, qué entendió, qué preguntas se hacía? ¿Con quiénes tiene una deuda de imperecedera gratitud porque lo alimentaron, le manifestaron su amor, lo guiaron, jugaron con él, lo enseñaron a hablar y a escribir? De todo aquello, ¿qué fue lo que de modo decisivo conformó su conciencia?...

El viejo republicano es hombre culto, habla bien el francés y ha leído a románticos, realistas, naturalistas y simbolistas franceses, los libros de historia de la editorial Ruedo Ibérico y muchas novelas que recrean la posguerra en España. Cuando comenzó la guerra incivil, tenía tres años; seis cuando ésta acabó. Sabe de sobra quiénes eran los de un bando y quiénes los del otro, sabe qué pasó en su aldea, en su provincia y en toda España durante la maldita guerra y la también maldita posguerra. Muchos historiadores han contado lo que pasó. Muchos escritores han escrito, y siguen escribiendo, novelas excelentes recordándolo.

Y por eso se admira de que el niño que fue no supiera nada de rojos ni de azules, porque era inocente, bonachón y algo bobalicón: el muy cándido creería, sin duda, que vivía en el mejor de los mundos posibles. Iba abriendo sus ojos atónitos, se iba haciendo preguntas, oía narraciones en boca de sus parientes, empezaba a comprender algunas cosas, iba adquiriendo competencia lingüística, y a la vez pragmática: qué cosas se pueden decir y cuáles no, y delante de quién… Pero su primer deseo era irse con sus amigos a buscar nidos de pájaros…

El viejo republicano sabe lo dura que ha sido su vida en Francia. Y cuántas veces en medio de su lucha por la supervivencia diaria ha buscado refugio en esa aldea perdida en las Alpujarras, en esa cándida inocencia que un día lo poseyó, en esa santa ignorancia que le permitía amar el mundo, en el que no había maldad entre los hombres. Cuántas veces, al ver surgir su aldea de entre el humo dormido, ha sentido el dolor, el gozo o la gratitud. Y escribe no porque quiera salvar sus propios recuerdos en una tarea de signo narcisista, sino porque le urge salvar todo lo relativo a las vidas olvidadas de los habitantes de su aldea…

Un día, el escritor granadino Francisco Gil Craviotto (FGC) recibe, en un lugar de Francia donde vive, de mano de un amigo suyo, de ese republicano del que venimos hablando, dos carpetas: una con recuerdos de infancia; otra, con recuerdos de adolescencia.

A FGC le gusta lo que lee. Es una especie de novela de formación (Bildungsroman) que, estampa a estampa, va describiendo cómo una conciencia comienza a abrirse al mundo y sus conflictos. Está escrita en una prosa sencilla, graciosa y espontánea. Le agrada ver cómo su amigo ha asimilado lo más poético de los textos de Azorín, los cuentos de Gabriel Miró o el Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. También halla a veces el eco de personajes de Lorca: sus solteras doñas Rositas o sus heroicas Marianas Pinedas. Asimismo lo cautiva el fino humor, un humor andaluz que sabe mezclar sabiamente la ironía, la guasa y el oportuno sarcasmo. Además, el mundo de la aldea que recrea su amigo es muy parecido al que él mismo recreaba en su primer libro, Raíces y tierra…

Pero sobre todo le viene a la cabeza una novelita que lo cautivó al inicio de los 50: El camino de Miguel Delibes, donde se contaban las aventuras de Daniel, el Mochuelo, con sus amigos y se pintaba un valle cualquiera de España y la vida de sus habitantes. Como en El camino, en la primera carpeta de su amigo los recuerdos desagradables de la guerra llegan como en sordina, porque el niño no les deja ocupar el centro de su mundo: lo reclaman la naturaleza, los amigos, los primos, la madre, las titas, las flores y los pájaros de nombres hermosos y misteriosos, los perros, los gatos; una vida merecedora de un cántico y nunca de un denuesto ni de un clamor de odios y luchas fratricidas. Como Daniel, el Mochuelo, también su amigo republicano debió obedecer a su padre cuando éste decidió que debía abandonar su aldea y marchar a la ciudad para hacer el Bachillerato, a fin de que en el futuro nadie lo explotase ni lo mirase como a un siervo.

A FGC le gusta cómo su viejo amigo republicano ha llevado a cabo su proustiana aventura de buscar el tiempo perdido. Además de lograr dar con el tesoro que sólo en él mismo podía hallar y de profundizar en la mina en la que sólo él podía entrar, su amigo ha sabido mezclar con habilidad su voz de derrotado con las primeras perplejidades del niño: lo que éste no puede ver, comprender o sentir, lo ve, comprende y siente en su lugar su amigo, que no puede evitar, aquí y allá, lanzar pullas a los vencedores, denunciar sus abusos y crueldades o satirizarlos como hizo durante años por Francia el genial dibujante Vázquez de Sola.

FGC decidirá un día editar los recuerdos de infancia y mocedad heredados del amigo. ¿Qué título les dará? Se decanta por Los papeles de Juan Español, quizás como homenaje a su admirado Rafael Alberti, del que leyó con gusto sus Coplas de Juan Panadero. Decía el gaditano de su poeta en la calle, de su Juan sin miedo: “tendré que recurrir a él mientras el pueblo se llame Juan y reclame ese sentido justiciero, democrático, acusador que nunca deja de cantar en sus coplas”. También se llama Juan el Juan de Mairena de su admirado Antonio Machado.

Hay gente que piensa que durante la infancia no pasa nada de interés. Otros, por el contrario, buscan entre sus recuerdos de niño lo más valioso de sus vidas. Si como aseguraba Miguel de Unamuno, “La más noble aspiración de un espíritu es la de escudriñar en sí mismo su propia niñez”, tenemos que dar las gracias a FGC por haber rescatado para todos nosotros estos recuerdos que un día le confió su viejo amigo republicano, porque con ellos rescata la infancia de nuestros abuelos y nuestros padres y, en cierta manera, la de cada uno de nosotros.

Tras leer la primera entrega de Los papeles de Juan español, nos admira que se trate de un libro luminoso, que transmite bondad y ternura, a pesar de situarnos en la España de la inmediata posguerra, que nos hace sentirnos más sabios y más buenos.

Deseamos poder leer pronto, gracias a la granadina Editorial Nazarí, la carpeta donde el viejo republicano nos contará su adolescencia.

Francisco Gil Craviotto: Los papeles de Juan Español. I. La mano quemada. Editorial Nazarí, Granada, 2016.


ANTONIO JOSÉ LÓPEZ CRUCES

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