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martes, 4 de agosto de 2015

Por la libertad del pueblo




Por Francisco Gil Craviotto

Publicado en Wdi-as. primera semana agosto 2015



Fernando Alcalde Rodríguez y Juan José Ayala Carbonero son dos historiadores granadinos que, desde hace ya algunos años, vienen investigando la gran tragedia de la guerra civil española, así como la cruel represión que le siguió. Fruto de esas investigaciones es el libro “Por la libertad del Pueblo. Itinerarios por los restos del frente sur de la provincia de Granada”, recientemente editado bajo los auspicios de la Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica que promueve la Junta de Andalucía. Imaginamos que a este libro deben seguir otros, ya que en la portada, con grandes letras blancas sobre fondo rojo, es posible leer: Volumen 1: “de Castell de Ferro a Lújar”. Ya en el interior del libro se confirma este deseo de continuar la investigación sobre la guerra civil y la feroz represión de la posguerra en otros puntos de la geografía granadina.
 La zona elegida tiene una importancia esencial en el panorama de la guerra civil en la provincia de Granada. Tras la caída de Málaga y Motril en febrero de 1937, ambas ciudades tomadas por el ejército italiano, la República logró contener el avance de los fascistas en Castell de Ferro y preservar así la caída de Almería hasta el final de la guerra. El “no pasarán de Madrid” también se cumplió, aunque más modestamente, en Castell de Ferro.
 Antes de entrar en materia los dos investigadores han dedicado un capítulo introductor para poner al lector al corriente de la situación en que se encontraba la zona en los años treinta, cuando llega la República. Fernando Alcalde y Juan José Ayala la califican de pésima. Motril y los pueblos de su entorno malviven entre la abulia y la desesperación: paro endémico debido al monocultivo de la caña de azúcar, salarios insuficientes, caciquismo, emigración... La llegada de la República en 1931 no mejoró sustancialmente la situación, ya que los puestos clave de la vida social y económica de la zona continuaron en manos de las mismas personas de la época monárquica; por otra parte, las  tímidas mejoras sociales que se iniciaron en los dos primeros años del nuevo régimen, en cuanto llegó el bienio negro, fueron paralizadas o suprimidas.
Hasta julio de 1936 la situación de Motril y su comarca no fue mejor ni peor que la de los veranos anteriores, pero el 18 de julio tiene lugar el golpe de Estado de los militares enemigos de la República que, fracasado en unas zonas de España y triunfante en otras, degeneró en guerra civil. El 20 de julio Granada capital pasa a manos de los rebeldes y el 22 los fascistas de Motril, ayudados por la Guardia Civil, logran hacerse con el control de la ciudad. Las fuerzas pro republicanas, a las que se han unido voluntarios de los pueblos vecinos, contraatacan y reconquistan el poder el día 25. Desde esta fecha hasta el 10 de febrero del año siguiente en que Málaga y Motril caen en manos de los italianos, toda la zona queda en poder de la República. Fueron seis meses caóticos, de bombardeos casi diarios,- los temidos Junkers alemanes que llegaban de Armilla-, en los que faltó de todo y, como no había cartillas de racionamiento, en las colas de las pocas tiendas que se atrevían a abrir, prevaleció la ley del más fuerte. El saldo final fue noventa muertos que, al final de la guerra, la propaganda fascista convirtió en noventa mártires.
 A finales de enero de 1937 los rebeldes, apoyados por nueve batallones italianos al mando del general Mario Roatta, penetran por Antequera y Loja en Málaga, que cae el 7 de febrero. Miles de personas, huyen por la carretera de la costa en dirección a Almería. Son sobre todo mujeres, niños y ancianos -los hombres en edad militar están en el frente-, que, ante el temor de la represión fascista, abandonan su hogar y emprenden la desbandada. Ese es precisamente el nombre con el que hoy se conoce aquel sangriento éxodo de Málaga a Almería. La mayoría morirá por el camino ametrallados por la aviación alemana -siempre los tristemente famosos Junkers de la Legión Cóndor-, y los barcos italianos apostados en el mar. Franco ha invitado a las potencias fascistas de Europa, - Italia y Alemania-, a matar españoles y, lo que al principio era guerra civil, se ha convertido en guerra de invasión. Después de Málaga cae Motril, atacado a la vez por varios frentes, pero la República logra frenar el avance fascista en los cerros de Castell de Ferro. Almería se salva y queda del lado de la legalidad republicana. Así continuará la situación durante los casi dos años que aún quedan de guerra.
A partir de este momento nuestros dos historiadores dedican su atención al estudio de este retazo de la provincia de Granada todavía en manos de la República: línea del frente, trincheras, parapetos, puestos de mando, armas, abastecimientos, etc., etc., Hay abundantes fotos, -unas de la época y otras actuales-, y mapas explicativos de todos los pormenores bélicos de la zona. La parte final del libro está dedicada a la represión que siguió a la guerra. Terrible, bárbara, despiadada, como lo fue en toda España. Juicios sumarísimos, fusilamientos, ejecuciones a garrote vil, latrocinios, venganzas, etc. Como en todas partes. Los fascistas de Granada no fueron mejores ni peores que sus colegas de las otras provincias.
Una vez más se plantea el problema de la oportunidad de sacar a relucir este pasado. Los nietos y amigos de los verdugos de ayer insisten una y otra vez en la necesidad del olvido. Recordar
estas atrocidades, cometidas por sus queridos ancestros - dicen- es abrir viejas heridas ya cicatrizadas. Los demás pensamos que cada pueblo tiene derecho a conocer su pasado, por muy negro y lamentable que sea. Precisamente, conociéndolo es la mejor manera de que jamás vuelva a repetirse.


lunes, 29 de junio de 2015

ESTAMPA DE ESTÍO

Por Francisco Gil Craviotto.


En mi época de encierro (entiéndase en mis años de internado en un colegio de frailes) los meses de verano eran los únicos de libertad de mi vida de entonces. Aquella soñada libertad casi coincidía con el inicio del verano y se alargaba un poquitín más allá del comienzo del otoño: 22 de junio en el primer caso y 2 de octubre en el segundo que, si caía en domingo, pasaba al 3 del mismo mes. Eran tres meses, bien despachados, en los que uno podía comer toda la cantidad de comida que le pidiera el estómago, levantarse y acostarse a la hora que mejor le pareciera, ir por aquí o por allá, sin más límite que el cansancio de las piernas, hablar sin necesidad de levantar la mano para pedir permiso y, por si todo esto fuera poco, no había clase, -nada de matemáticas, con aquellos problemas tan enrevesados, ni física y química, ni latín, ni historia, ni religión-, ni obligación de ir a misa más que los domingos y días festivos. Una delicia de vida. Mi pueblo volvía a ser el paraíso que siempre fue para mí. Un paraíso abrasado de sol, desarbolado y falto de agua, pero libre, inmensamente libre y feliz. Se acabaron, además de las misas, los rosarios, viacrucis, oraciones de la mañana, del medio día y de la noche. También las confesiones de los sábados, el “Cara al Sol”, dos veces todos los días, los temidos ejercicios espirituales -toda una semana sin poder hablar, algo verdaderamente “contra natura“-, los desfiles cantando “Montañas nevadas, banderas al viento” y todas las zarandajas de frailes y fascistas, suponiendo que unos y otros no fueran los mismos. Reemplazando todo esa parafernalia de curas y frailes tenía los paseos por los alrededores del pueblo, la búsqueda y hallazgo de nidos en compañía de mi amigo Sebastián, la cría y adiestramiento de pájaros -tórtolas, mirlos, gorriones-, las inolvidables cenas bajo el emparrado del huerto, viendo cómo la luna, roja y redonda, aparecía tras la Sierra de Gádor; las largas veladas de la noche, oyendo un coro lejano que repetía las mismas canciones de siempre:
Yo tiré un limón por alto
y en tu puerta se paró.
Hasta los limones saben
que nos queremos los dos.
…Que vengo del moro,
que del moro vengo…
Eran noches cálidas y apacibles, con el cielo tachonado de estrellas y el aire tibio, cargado de aromas silvestres, que bajaban de los cerros que rodean al pueblo, y perfumes de jazmines y nardos que venían de los huertos próximos. Las gentes sacaban sillas a la calle y, en tanto que los adultos hablaban de sus cosas -las cosechas, el estraperlo, las cartillas de racionamiento, la última moza que se había ido con el novio-, los niños disfrutábamos de los cuentos de las abuelas. Mi abuela -la única que conocí- no era muy dada a los cuentos, pero esta deficiencia la cubría con creces mi tía Olalla que, como suele decirse, sabía más cuentos que Calleja. Era, además de excelente cuenta-cuentos, la única persona a la que hasta ahora le he oído una definición aceptable de lo que fue la Cruzada de Franco.
-Hijo, mío, -me decía-, Cruzada viene de cruz y quiere decir que todos tenemos que llevar esa cruz.
-¿Qué cruz?
-La cruz de soportarlos.
Definición exacta que aún no ha perdido vigencia. Sin embargo, al oírla, mi padre se ponía frenético. No porque no diera por buena la definición de mi tía, sino por temor a las consecuencias que pudiera traer.
-Esta mujer nos va a meter en un lío.- decía.
Mi madre trataba de calmarlo.
-Pero, ¿no ves que aquí no la oye nadie?
Así era: allí no la oía nadie, pues los niños y nadie eran la misma cosa. Mi tía -justo es reconocerlo-, fue la primera persona que, a pesar de mis pocos años, me ayudó a poner en entredicho todas las alabanzas y ditirambos que a favor del Régimen oía en la escuela y después volvería a oír a mis frailes del internado. Todavía me parece estar viéndola cuando, después de llegar con mi cartera a la bandolera, me preguntaba:
-¿Qué has hecho hoy en la escuela, hijo?
-El maestro nos ha hablado del Caudillo.
-¿Qué ha dicho el maestro?
-Que es un hombre muy valiente.
-Sí, repetía, es un hombre muy valiente.
Se quedaba un instante callada, parecía que estaba de acuerdo con la enseñanza del maestro o acaso que se había quedado dormida, pero al final, sin poder contenerse, se erguía en su asiento y, muy adusta, añadía:
-Claro que con dos pistolas al cinto y la guardia mora detrás, yo también sería muy valiente.
Había bastado esta sola frase de mi tía para que, al instante, en mi mente todos los ditirambos del maestro se vinieran abajo. Ella fue mi primera conciencia crítica. Pero todo esto había sido unos años antes. En la época en que yo volvía del colegio mi tía estaba tan vieja que ya ni contaba cuentos. Uno de aquellos veranos se nos fue para siempre.

 El verano era también el desfile de frutas y sabores. Mi llegada al pueblo casi coincidía con las primeras brevas y cerezas. Poco después llegaban los albaricoques, las sandías, las peras, las ciruelas, los higos, los chumbos, los melocotones… El vareo y monda de la almendra era la señal inequívoca de que las vacaciones estaban llegando a su fin. Pero había otro signo todavía más perentorio y urgente: los membrillos. Los primeros membrillos siempre coincidían con el viaje de regreso al colegio. Otra vez las clases, otra vez las misas y rosarios, otra vez el “Cara al Sol”, brazo en alto, antes de entrar en clase. Aquellas vacaciones que parecían interminables, se habían ido como un soplo. Ahora, en la última curva del camino, contemplado todo desde la lejanía de los años, me parece que ha sido toda mi vida la que se ha ido como un soplo.  

Publicado en el "Faro de Ceuta" el domingo día 28 de junio de 2015

Francisco en un banco de ciudad





martes, 23 de junio de 2015

Azorín

de FRANCISCO GIL CRAVIOTTO


José Martínez Ruiz, (Monovar, Alicante, 8, junio, 1873; Madrid, 2 de marzo, 1967), más conocido por el seudónimo de Azorín, el escritor de estilo más pulcro de toda la Generación del 98, tiene muchos aspectos negativos en su vida. El más lamentable de todos indudablemente fue su servil coqueteo con la dictadura franquista. Llegó a tales extremos que incluso, nos cuenta Francisco Umbral, se presentó en el periódico “Arriba” haciendo, brazo en alto, el saludo fascista. Los jóvenes falangistas que escribían en el periódico, entre risitas y parabienes, tuvieron que decirle al maestro que no hacía falta que se rebajase hasta ese extremo. Tal adhesión inquebrantable –como se decía entonces-, tuvo sus recompensas y Azorín, después de los santones oficiales -Pemán, Giménez Caballero, Agustín de Foxá...-, fue el escritor más premiado y mimado por el régimen.

Sin embargo, a pesar de todo, me gusta leer o releer de vez en cuando los libros de Azorín. La razón es obvia: su estilo, la calidad y elegancia de su prosa, su impecable uso de la lengua. Es, sin la menor duda, el gran estilista de la Generación del 98.

De los varios libros que tengo de Azorín hoy he tomado el titulado “El paisaje de España visto por los españoles”. Se trata de un libro de 197 páginas, editado en Madrid el año 1923 por Rafael Caro Raggio. El ejemplar que yo poseo, comprado hace ya muchos años en una librería de viejo, corresponde a la primera edición de la obra, la ya mencionada de 1923. Una pequeña joya. Consta de catorce capítulos, cada uno dedicado a una región o ciudad, y un apéndice, homenaje a tres grandes escritores: Giner, Galdós y Baroja. Desde el punto de vista literario quizás el capítulo más logrado sea el de Castilla. Todo un alarde de maestría.

Castilla... ¡qué profunda, sincera emoción experimentamos al escribir esta palabra! (...) A Castilla, nuestra Castilla, la ha hecho la literatura.

Sin embargo hoy vamos a dedicar nuestra atención a otra región: Andalucía. No la trata el maestro de una manera global, como hace con otras regiones de España, la ya mencionada Castilla, Aragón o Cataluña, por ejemplo, sino que ha centrado su atención en tres ciudades: Córdoba, Sevilla y Granada. Justo las tres que más suenan cuando se habla fuera de España de Andalucía.

La primera de las ciudades andaluzas que Azorín trae a la palestra es Córdoba. Lo hace a través de la pluma de don Juan Valera, (1824-1905), escritor al que no siempre Azorín ha tratado muy bien. Lo reconoce.

Tenemos que hacer un acto de contrición. Durante mucho tiempo hemos insistido en la ligereza, la socarronería y la frivolidad con que don Juan Valera ha solido tratar las novedades de la estética y la filosofía.

Firmada la paz, –paz “postmortem”, no lo olvidemos-, vienen los piropos al maestro de la generación anterior. Para el Valera muerto la generosidad de Azorín desborda todo límite: Córdoba es el peregrino ingenio de Valera. ¡Qué elegancia, qué pureza, qué caudosilidad en el maravilloso estilo de este supremo artista! Sin afectación, naturalmente, con llaneza, Valera es el más español prosista de todos los tiempos.

¿No se habrá pasado un poco, don José, como se pasó años atrás a la hora de criticar a Valera? Me parece que sí. Después viene una cita de varias páginas –exactamente cuatro-, en las que Valera nos habla de la mujer cordobesa. Casi todo cuanto dice de las féminas cordobesas valdría para la mujer de cualquiera de las otras siete provincias andaluces. Interrumpe Azorín la cita para dar de nuevo la palabra a Valera, que ahora nos habla de los patios cordobeses. Esta vez la cita es más breve: sólo dopáginas. Una última cita, en la que Valera nos habla de las comidas y dulces cordobeses, y al final Azorín toma la palabra:

¿Qué preferimos: Sevilla o Córdoba? Las dos ciudades, las dos campiñas. En Córdoba quisiéramos, para morar, la casa blanca con el patizuelo blanco y un ciprés en medio. El zócalo de la pared del patio sería de intenso azul. Desde la azotea veríamos la lejana serranía hosca.

La siguiente ciudad es Sevilla. El escritor al que ahora invita Azorín a mostrarnos el paisaje de Sevilla es Fernando Fortún, (Madrid, 1890-1914), escritor muy poco conocido debido a que murió muy joven. El fragmento que recoge Azorín está tomado del libro “Reliquias”, publicado en edición no venal en 1914 como homenaje póstumo al poeta. Posiblemente Fernando Fortún habría sido un gran escritor si hubiese vivido más años, pero el fragmento elegido por Azorín no sobrepasa el tópico de la Sevilla costumbrista. Para compensarnos de las torpezas de este poeta incipiente, muerto cuando más prometía, Azorín también menciona, aunque sin aportar la cita, a otros autores que escribieron páginas memorables de Sevilla: Herrera, Cervantes, Vélez de Guevara, Estébanez Calderón, el Duque de Rivas, Bécquer, Heredia... Para que nada falte también él dedica unas páginas de encomio y admiración a la hermosa ciudad andaluza.

Quisiéramos vivir en una vieja casa de la la ciudad incomparable: una casa con un sobrado
lleno de trastos viejos –que nos entretendríamos en revolver-, con estancias pavimentadas de azulejos brillantes –sonoras y claras estancias-, con pasillitos al cabo de los cuales hay una puertecilla de cuarterones, con un patio en el que se yerguen cipreses y reptan por los muros jazmines. En la callejuela, solitaria, sólo se oyen de raro en raro los pasos de un transeúnte o
el grito largo de un vendedor.

Granada es la última de las tres ciudades andaluzas que evoca Azorín en su libro. Lo hace desde la lejanía de veinte años atrás y en su rememoración se mezcla la añoranza y el paso del tiempo:

Granada estaba como apartada de todo el mundo, como en un rincón, como en un remanso
del tiempo pretérito.(...) La vida moderna habrá puesto ya muchas cosas nuevas sobre las viejas. Hace veinte años en la ciudad había una profunda paz. Se gozaba del silencio. En el silencio, desde Puerta Real, contemplábamos allá en lo alto de la montaña la blanca nieve. En el silencio visitábamos el Generalife y oímos susurrar el agua entre los mirtos. En el silencio, abarcábamos, desde la Torre de la Vela, el vasto y soberbio panorama de la vega. En el silencio, asomados a una galería del camarín de Lindaraja, veíamos, en lo hondo, las frondas tupidas que bordean el Darro.

Unas líneas después Azorín da la palabra a Emilio Castelar (Cádiz, 1832; Madrid, 1999) y ya es Castelar el que nos habla de Granada hasta casi el final del capítulo. Cierro el libro al tiempo que una desagradable sensación de injusticia me invade el corazón. Azorín ha sido injusto con Andalucía: de las ocho provincias que integran la región se ha dejado nada menos que cinco en el tintero. ¿Cómo puede ser que no dedique ni una línea a Jaén, de cuyo paisaje Antonio Machado ya había escrito poemas inolvidables? ¿Y qué decir del paisaje de Huelva, sobre todo Moguer, tan líricamente evocado por Juan Ramón? ¿Y la Almería de Villaespesa? Pero aún hay más: en las tres ciudades seleccionadas tampoco ha elegido a los mejores autores. De Sevilla ha dejado Gustavo Adolfo Bécquer páginas de más calidad que las que Azorín nos ofrece de Fernando Fortún y algo parecido ocurre en Granada con Castelar y Federico García Lorca. Sí, en 1923 ya había publicado Federico páginas admirables sobre Granada. Necesariamente tenemos que cerrar el libro con un suspenso para Azorín. Su visión de Andalucía deja mucho que desear.



Publicado en el “Faro de Ceuta” el domingo dia 21 de junio de 2015





domingo, 24 de mayo de 2015

Enix, el pueblo de Gómez Arcos

Placa en la calle de Enix

Textos de Francisco Gil Craviotto
Fotos de Juan antonio Aguilera


Enix, el pueblecito de la Alpujarra almeriense donde el 15 de enero de 1933 vino al mundo el escritor Agustín Gómez Arcos, sólo dista de la capital de su provincia veinte y cinco kilómetros; pero, cuando se va de Granada a Enix, no es necesario entrar en Almería. Basta, al llegar a Aguadulce, con desviarse por una carretera secundaria que, abriéndose paso por las estribaciones de la abrupta Sierra de Gádor, sube hasta el pueblo. A la izquierda del viajero queda Félix y, un poco más allá, hacia el Oeste, Vícar, que es el más populoso de los tres pueblos: 25.000 habitantes. Huelga añadir que Enix es el más pequeño de los tres -sólo 400 habitantes-, pero sin embargo es el único que tiene el honor de haber dado al mundo un escritor de fama internacional: Agustín Gómez Arcos. Los tres cierran el triángulo que pone fin a la Alpujarra almeriense. Tierra hostil de lomas y roquedas, donde crece el esparto y anidan las rapaces. Allá, hasta donde ha llegado la mano del hombre, verdean los pinos, almendros y olivos; en el resto de las lomas y alcores prosperan las retamas y el tomillo o gime el viento sobre las atochas y la roca viva, paraíso del alacrán y el lagarto. La carretera sube y sube hasta alcanzar los 750 metros sobre el nivel del mar, que todavía es posible ver, allá al fondo, cuando no hay brumas ni calinas. A la entrada del pueblo llama la atención un monumental cartelón en cerámica almeriense con el escudo de la aldea y debajo, en grandes letras, este lema: “Enix, tierra de hombres libres”. Hermoso adagio que deberían hacer suyo todos los pueblos de la Tierra.
Aparcamos en un anchurón que deja la calle y salimos del coche. Somos tres los viajeros: Juan Antonio Aguilera, profesor de biología de la Facultad de Ciencias en la Universidad de Granada; Marisa Viana, su compañera, profesora de lengua francesa, y un servidor. A los tres nos anima la misma razón viajera: conocer la casa y el pueblo de Agustín Gómez Arcos. En seguida iniciamos nuestras pesquisas:
--¿La casa dónde nació Agustín Gómez Arcos, por favor? –preguntamos al primer tran-
seúnte que vemos.
--Suban un poco hasta llegar, a la izquierda, a la Plaza del pueblo. Allí tomen la calle que está frente a la iglesia. -En seguida llegamos a la plaza. La típica plaza de pueblo, rectangular, con el Ayuntamiento a un lado, la iglesia al otro y varias calles que suben o bajan ladera arriba o ladera abajo. Enix es un pueblo serrano y no tiene una sola calle sin cuestas. Es este desnivel uno de los encantos del pueblo, pues nos permite disfrutar de hermosas panorámicas, pero también uno de sus riesgos mayores: en invierno, después de una noche de escarcha o una nevada, debe ser toda una aventura subir o bajar por cualquiera de estas cuestas. En la plaza preguntamos de nuevo por la calle, aunque ya la tenemos localizada. La razón de la pregunta es sobre todo buscar un pretexto para iniciar charla sobre Agustín Gómez Arcos. En seguida vemos que la gente del pueblo se siente orgullosa de tener un escritor tan importante, pero nadie lo ha leído. Es algo parecido a lo que ocurre en Fuente Vaqueros o Valderrubio con García Lorca: todo el mundo lo admira y muy pocos de estos dos pueblos lo han leído. En el caso de Gómez Arcos, el hecho de que su obra esté en francés, aunque ya existen traducciones muy valiosas, ha contribuido aún más a su desconocimiento. De todas las personas a las que les hemos ido haciendo preguntas el más locuaz es don Juan Quero Zamora. Precisamente él vive un poco más arriba de la casa donde nació Agustín Gómez Arcos y se dispone a acompañarnos. La calle, que lleva el nombre del afamado escritor, -así lo confirma una hermosa placa de cerámica almeriense-, sube en cuesta entre casas encaladas, impecablemente blancas. Por el camino el señor Quero nos va contando.
--Claro que lo conocí. Lo mismo a él que a los otros hermanos. Agustín salía con las cabras y siempre llevaba un libro consigo. Mientras pastaban las cabras él no paraba de leer.
--¿Eran amigos?
--No. Nos separaba la edad. Yo tengo ahora 92 años y él, si viviera, sólo tendría 82.
--Sí, diez años de diferencia.
--Pero es que además, cuando llegó a adulto y hubiéramos podido ser amigos, se marchó a Barcelona y no le vimos nunca más por aquí. Yo también me marché...
--¿A dónde se marchó usted? ¿A Barcelona también?
--No. Yo me fui a Alemania. Estuve en un pueblo cerca de Colonia.
Hemos llegado a la casa de Agustín. Don Juan Quero nos lo dice, pero también hay una placa de cerámica que lo indica. Dice así: EN ESTA CASA NACIÓ EL ESCRITOR AGUSTÍN GÓMEZ ARCOS (1933-1998) UN HOMBRE LIBRE. Es una casa pequeña, de un solo piso, toda blanca como el resto de la calle, que tiene su entrada por un patio enlosado. Pedimos permiso para hacer fotos y la dueña actual, que no es familia del escritor, nos lo concede sin el menor problema.
--Allí –nos dice, señalando a la izquierda- estaba el horno, porque la madre, como ustedes sabrán, hacía pan para la calle.
--Sí, claro que lo sabemos.
Hacemos fotos hasta la saciedad y, después de dar las gracias a la señora, seguimos calle arriba.
--La casa –nos dice Quero mientras subimos la calle- ha tenido muchas obras y ya no se parece mucho a como era antes.
--Es normal. Cada propietario pone su casa a su gusto.
Hemos llegado al final de la calle. Otra placa de cerámica, idéntica a la que había al principio, lo indica. Después hay otra calle, perpendicular a la que nosotros traíamos y más arriba, encaramada en unas rocas, está la casa de la cultura, hoy cerrada, y, poco más allá, a la derecha, se halla la mejor casa del pueblo. Seguro que el lector ya lo ha adivinado: es la casa de don Juan Quero. Se alza sobre un roquedal, allanado con máquinas y barrenos, y desde sus altas terrazas se puede contemplar el mar y una buena parte del Oeste de Almería: otro mar de plástico que se pierde en el infinito.
--Aquí no había nada, absolutamente nada –nos dice don Juan- Todo lo que ahora hay he sido yo quien lo ha construido.
--¿Cuando volvió de Alemania?
--Sí, cuando volví de Alemania. Pero el primer proyecto de casa era mucho más modesto que la casa actual.
Don Juan entra un instante en el edificio y vuelve con una foto.
--Así era la casa primera que hice. Después le añadí un piso más y las terrazas.
--Ha quedado muy bien.-le decimos.
--Creo que sí. También tengo un cortijo y un piso en Almería. ¿Ven aquella casa blanca que se divisa allí, a la izquierda? Es mi cortijo. ¿Y ven esa casa que hay ahí debajo? Era un huerto de mi propiedad, pero lo vendí para que hicieran la escuela, hoy cerrada.
--¿Cerrada?
--Sí, cerrada porque no hay niños. La abren dos veces por semana que viene una peluquera a peinar a las mujeres del pueblo. No necesitamos más para comprender que se trata del hombre más rico del pueblo. Emigró para hacer las Américas y, sin necesidad de cruzar el charco, las hizo en Alemania. Sus últimas palabras también nos confirman algo que ya habíamos observado: Enix es una aldea sin niños. ¿Qué va a ocurrir el día que desaparezcan las generacio nes presentes? Es la gran interrogante de casi todos los pueblos de la Alpujarra. Enix, desde aquí, todo blanco, con sus casitas en forma de cubos -antes de que los pintores de París inventaran el cubismo ya existía en Almería-, y su aire de aldea moruna, se hace querer por el visitante y, sólo pensar que un día pueda desaparecer para siempre, como ya ha ocurrido con otros pueblos de España, nos produce una inmensa tristeza.
El dios Cronos no para y, sin darnos cuenta, ha llegado la hora del almuerzo. Nuestro amigo Quero Zamora nos recomienda el restaurante Almería y, por si no diéramos con él, se decide a acompañarnos. Nos llevamos una gran sorpresa: todas las mesas del restaurante están reservadas. No comprendemos cómo puede ser que haya tal agobio de clientela cuando apenas si hemos visto gente en las calles. La única explicación es que parte de los bañistas de Aguadulce y Roquetas de Mar suben hasta aquí a almorzar. Al fin encontramos acomodo en una tasca que hay al otro lado de la iglesia, donde nos sirven un pisto con bacalao que tiene de todo menos bacalao.
Terminado el almuerzo aún nos queda el epílogo de la visita a Enix: ver la fuente y lavadero del pueblo. Se hallan un poco más abajo de las últimas casas en un paraje verdaderamente hermoso. El agua nace al pie de unas enormes rocas y va a una fuente de tres caños en cuyo frontispicio hay un cuadro de la joven pintora Mariquina Ramos, (Almería, 1982) titulado “La pizarra de Nix”, que fue inaugurado -según indagaciones de mi amigo Juan Antonio Aguilera-, el 13 de mayo del 2013. En este cuadro, a pesar de los estragos de la intemperie -enormes fríos en invierno y enormes calores en verano-, todavía es posible ver una cama y, en el cabecero de la cama, una camisa blanca puesta a secar. A la izquierda del cuadro, aunque con dificultad, logramos leer el siguiente poema de Agustín Gómez Arcos, relativo a la única camisa que él tenía cuando niño:

Una camisa blanca,
que mi madre tendía,
al viento se movía
como un barco de vela
y el viento se reía:
mañana será fiesta.
Una camisa blanca
que mi madre tendía
en esa cama sucia
donde duermo mis penas.

Agustín Gómez Arcos.

El cuadro, que podríamos incluir dentro de la renovada escuela indaliana que, hace más de medio siglo, inició en Almería el pintor Jesús Perceval, engarza perfectamente con el paisaje hasta el extremo de que, algunas de las rocas reales continúan en el cuadro, sin que, a primera vista, el espectador sepa dónde termina la naturaleza y empieza la obra de arte. En ese aspecto, acaso no sería exagerado calificar este óleo de “tableau trompe l ́oeil” y produce pena ver los estragos que la humedad, que sube de la fuente, unida a la intemperie, han producido en esta obra de arte. Si esto ha ocurrido en dos años, es fácil imaginar lo que quedará del cuadro cuando pasen veinte o cincuenta.

 Poco más abajo, al otro lado del camino, está el antiguo lavadero, hoy pura antigualla museística. Las modernas lavadoras del mercado han ganado la batalla a todos los lavaderos del mundo. Ni merece la pena bajar. Ha llegado el final de nuestro viaje literario. Ya sólo nos queda decir adiós al pueblo y volver a casa.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Estampa de primavera

Había geranios florecidos...
Francisco Gil Craviotto



     Recuerdo que, mientras estábamos en la capilla, en los soporíferos rosarios y novenarios de todas las tardes o en el víacrucis de los viernes, se oía a intervalos el griterío de los vencejos que sobrevolaban el patio del colegio cazando insectos.




      Cuando yo era niño vivía en un pueblo de la Alpujarra y la primavera, año tras año, era un auténtico derroche de flores y perfumes.
      Comenzaba siempre con la floración de los almendros, seguían los habares, naranjos, cinamomos, jazmines, cerezos, azucenas… Y terminaba con las últimas flores de las celindas. Toda una delicia para la vista y el olfato. A medida que avanzaban los días las tardes se iban haciendo más largas y soleadas y, hacia finales de marzo, comenzaban a llegar los primeros vencejos y golondrinas. Era agradable la vida, y aquellas tardes soleadas invitaban al paseo y la excursión por los campos verdeantes, sembrados de trigos y cebadas, aquí y allá salpicados de enrojecidas amapolas y amarillentos jaramagos.
      Cuando a poco de cumplir los once años, entré en el internado de Almería una de las carencias que, después de la ausencia de libertad, más lamenté fue comprobar que en el colegio, para desgracia nuestra, no había primavera. ¿Cómo iba a entrar allí la primavera si el patio central estaba todo cubierto de cemento y el otro patio, el de los recreos, estaba más pateado y trillado que una parva? ¿Qué podía crecer y florecer allí dentro? Nada, absolutamente nada. Con todo, recuerdo que, mientras estábamos en la capilla, en los soporíferos rosarios y novenarios de todas las tardes o en el víacrucis de los viernes, se oía a intervalos el griterío de los vencejos que sobrevolaban el patio del colegio cazando insectos. Era, junto el aumento de las horas de sol y moscas, el único atisbo de que había llegado la primavera. Oyéndolos yo los envidiaba. Hubiera querido ser pájaro, uno de esos vencejos o golondrinas que pasaban volando y piando, para ser libre y no tener que rezar el rosario, ni tener que confesar, ni cantar todos los días “El Cara al Sol” brazo en alto. Pero sólo era un niño, un niño interno en un colegio de frailes, al que tan sólo le quedaba la libertad de la imaginación, lo único que no habían podido robarme los frailes y, por más que lo deseara, jamás podría convertirme en vencejo ni golondrina.
      Unos años antes y otros después, pero siempre a finales de marzo o abril, llegaban las vacaciones de Semana Santa. Un pequeño alivio para descansar y reponer fuerzas. Cuando volvía a mi pueblo la primavera estaba en todo su apogeo. El campo verde, con los trigos que aún no habían comenzado a espigar, los almendros, ya sin flores, pero verdes y cargados de allozas. Había geranios florecidos en casi todas las ventanas y balcones y el aire estaba cargado del aroma de las plantas silvestres que florecían en los cerros y lomas que rodean el pueblo. Era una delicia ver a las chicas que, al atardecer, salían a pasear por la Calle Real o la Plaza o ir al campo a buscar hinojos, espárragos silvestres y collejas; pero esa delicia siempre se me iba de las manos en seguida. La semana santa era la semana más corta de todas las semanas del año. Al menos eso me parecía a mí. Había que volver al internado, otra vez las misas, los rosarios, las clases. Otra vez la ausencia de todo cuerpo femenino. Otra vez los senos, cosenos, hipotenusas y la madre que los parió. Lo peor era que, como yo empezaba ya a entrar en la adolescencia y sentía la llamada de la naturaleza, cada vez que oía al fraile la palabra seno, olvidándome de las matemáticas, mi imaginación echaba volar y se paraba en los otros senos, los auténticos, los de Lolita, María, Carmen…
      La verdad es que el matemático que tuvo la peregrina idea de colocarle a tal operación el muy sugeridor nombre de “seno” acertó por completo: es, en medio del enorme erial de números, ángulos, líneas y quebrados de los tratados matemáticos, la única palabra dulce y agradable. En la escuela de mi pueblo, aún incluimos los chicos otra todavía más erótica y sugerente: en cuanto el maestro nos pasaba a la enciclopedia, lo primero que todo el mundo hacía era ir a la parte de geometría, buscar la palabra “cono” y colocar sobre la castísima n, la pecadora tilde que la convertía en ñ. ¡Esa eñe que distingue nuestra lengua de todas las demás lenguas del mundo, también distinguía la figura geométrica de la otra palabra que nosotros queríamos evocar. Yo entonces era muy creyente –idiotamente creyente- y nunca me atreví a colocar la tilde sobre la n, no por falta de ganas, sino porque siempre me decía lo mismo: “¿Y si la dichosa tilde me cuesta pasarme toda la eternidad en el infierno?”. Mi enciclopedia debió morir virgen como una monja de clausura. Pero eso era en la escuela de mi pueblo, en el colegio no había nadie que se le ocurriese tal temeridad. No quiero pensar la que se hubiera armado si en alguno de los registros que hacían los frailes, siempre buscando fotos de artistas de cine o cartas de amor, alguno hubiese dado en el libro de geometría con tal provocación.
      Por suerte para nosotros el último trimestre era el más corto de todos. Prácticamente solo comprendía mayo y veinte y dos días de junio, el último ni siquiera completo. Sin embargo, aunque todo el mundo se marchaba el veintidós de junio a sus casas, a nuestros padres los frailes siempre les cobraban hasta el treinta. Hubo más de un osado que, entre bromas y veras, preguntó a los frailes cómo podía ser que un colegio tan cristiano robase a nuestros padres nada menos que ocho días de internado, que, sumados a las vacaciones de Navidad y Semana Santa, que también las cobraban como si estuviéramos dentro del colegio, sumaban más o menos el importe de un mes. La respuesta de los frailes siempre era la misma: se trataba de cantidades muy pequeñas para nosotros, pero, sumadas unas con otras, muy importantes para el colegio, que le permitían comprar material, hacer obras y ayudar a las misiones. Éramos niños y nos bastaban esta sarta de mentiras y verdades a medias para dar por buena la respuesta. Pero los frailes eran muy cucos y a continuación de la explicación, siempre añadían: “Claro que, si hay alguno que no quiere regalar al colegio la semana que queda de junio, no tiene más que quedarse aquí hasta el día treinta”. Sabían muy bien que nadie iba a aceptar semejante opción.
      Cuando llegábamos a casa ya era verano. Otra vez el terruño, otra vez la libertad, otra vez la dicha de estar en el mundo.

Oía el griterío de los vencejos







Este artículo se publicó en el "Faro de Ceuta" el pasado día 15 de marzo.


jueves, 12 de marzo de 2015

Julio Alfredo Egea



Francisco Gil Craviotto 


     Julio Alfredo Egea (Chirivel, Almería, 4 de agosto 1926) se halla tan vinculado a Granada, que más de un crítico lo ha incluido entre los poetas de nuestra ciudad. Este agradable equívoco quizás proceda de la circunstancia de que fue en Granada donde estudió, tanto el bachillerato como después Derecho, y de que también fue aquí donde aparecieron sus primeras publicaciones.

      La primera de todas, un homenaje a García Lorca en la revista Sendas, todo un alarde de valentía en una época en la que sólo pronunciar el nombre de Federico podía traer graves consecuencias. Algunos años después, exactamente el año 1956, publicó su primer libro, Ancla enamorada, en la imprenta Román Camacho de Granada. En 1960, justo cuatro años después, publica en la Colección Veleta al Sur, recién creada por los poetas José García Ladrón de Guevara y Rafael Guillén, su segundo poemario, La Calle, uno de sus libros más hermosos e inolvidables. De esa época, o acaso un poco después, proceden estos versos de Rafael Guillén en los que lo retrata así:

Tiene lluviosos los ojos de contemplar los campos; caídos ojos turbios de cazador de sueños.
Cuando otea los valles donde el poema crece, cruzan por su mirada bandadas de perdices.

Termina el poema con estos conmovedores versos:

Es bueno y es mi amigo. Como el agua en los surcos, como el sol que traspasa los granos aventados.
Yo sé que donde ponga sus pies y su palabra
Irá dejando a España como recién parida.

      Todo esto, (más otros pormenores, como su libro sobre las plazas y placetas de Granada, "Plazas para el recuerdo", 1984, en el que no voy a entrar), hace que Julio Alfredo Egea, sin dejar de ser almeriense, también sea granadino y que sus libros y éxitos literarios, que son muchos, desde siempre los consideremos como nuestros.

      Pero Julio Alfredo Egea también se halla muy vinculado a Ceuta. Allí recibió uno de sus premios más apreciados y allí ofreció a los ceutíes uno de sus recitales más inolvidables. Por eso me ha parecido de interés traer a las páginas de El FARO este inmenso poeta almeriense.

     El último acontecimiento editorial que le afecta ha sido la publicación de sus Obras Completas por el Instituto de Estudios Almerienses, una institución que, desde hace años, viene desarrollando una gran labor en pro de la cultura de la ciudad y provincia. Cuatro tomos, indispensables en toda biblioteca que quiera estar al día en poesía española, especialmente andaluza, del siglo XX y XXI. Los dos primeros están dedicados a la poesía y los dos últimos a la prosa. Ante la imposibilidad de poder hablar aquí de los cuatro tomos, me voy a limitar a comentar el último de ellos, el IV, que es también el más breve: sólo 440 páginas, frente a los otros que andan por las setecientas, incluso el tomo segundo llega a las mil doscientas cincuenta páginas.

Julio Alfredo con Elena Martín Vivaldi,
Ladrón de Guevara y otros
      Este tomo IV se abre con el libro "Mi tierra, mi gente" que nuestro autor, después de recorrer la capital y toda la provincia de Almería, publicó en 1992. Una auténtica hazaña y, para nosotros, una delicia. Una delicia lo mismo para el lector que ya conoce la ciudad y los pueblos que el poeta nos va describiendo, como para el que los descubre por primera vez. Julio Alfredo sabe unir en un híbrido maravilloso, periodismo viajero y prosa poética. El resultado es una filigrana llena de arte y hermosura en la que tampoco faltan, aquí, allá y acullá, los dardos contra las atrocidades que el hombre, metido a aprendiz de brujo, tan a menudo comete contra la naturaleza y el paisaje. Valga de ejemplo su comentario sobre esos pésimos políticos que nos desgobiernan y a veces, cuando se sienten desastrosamente ecologistas y, para corregir a la madre natura, no se les ocurre nada mejor que introducir el jabalí, animal salvaje que lo mismo destroza los campos de cultivo de los campesinos que los nidos de las perdices.
     
     Llama poderosamente la atención el amor con que el poeta viajero nos describe los pueblos pequeños, esos pueblos cuyos nombres ni siquiera habíamos oído y que sin embargo son auténticas joyas ocultas en la inmensidad de la naturaleza, que él nos va descubriendo página a página. Líjar, Albanchez, Cóbdar, Monteagud, Somontín, Benizalón, Bacares, Antas, Rágol, Almócita... ¿Le suenan al lector de algo? ¿Los ha visto alguna vez en un mapa? Seguro que no. Sin embargo todos ellos tienen un paisaje y unas gentes que, al encontrarlos en el libro de Julio Alfredo, inmediatamente suscitan el deseo del viaje. Si tuviéramos que sacar una moraleja de este primer libro del tomo IV, necesariamente tendría que ser ésta: ¿Por qué viajar lejos cuando tenemos cerca de casa tanta maravilla que desconocemos?

      Otra virtud de este libro es la enorme cultura que el poeta viajero va derrochando en sus estampas pueblerinas. Se hace evidente sobre todo en las citas –cada una en su lugar y momento oportuno- y la rememoración de anécdotas, esas anécdotas que, como diría Unamuno, tejen la intrahistoria de nuestros pueblos. Todo ello contado siempre con una deliciosa amenidad no exenta de sencillez. Valga de ejemplo de ese buen hablar y escribir este fragmento, que es a la vez anécdota y cita –cita de una carta de Juana de Ibarbourou-, sobre el origen del nombre de su pueblo, Chirivel:

Nombre misterioso el de mi pueblo... ¿Qué significa? Dijeron amigos erudito-imaginativos: "bello encinar", "valle de la seda". Un obispo, que vino a confirmar, arrimando el ascua a su sardina, dijo que significaba "beso de Dios" Y Juana de Ibarbourou, la poetisa americana, para no darle más vueltas al asunto, aseguró que Chirivel era, indudablemente, el nombre de un pájaro exótico, soñado, inexistente.

      Otro nombre que también ha llamado la atención de los poetas es Cantoria. De él dijo Gerardo Diego que era el nombre de pueblo más musical y cantarín que conocía.

      Las estampas viajeras ocupan aproximadamente la mitad del mencionado tomo IV de las Obras Completas de nuestro escritor. La otra mitad, titulada "El Alma, por el camino de los encuentros", la integran retratos de escritores que Julio Alfredo ha conocido, conferencias, pregones, lecturas, discursos y otras hierbas menores que completan el libro. De todas estas páginas me quedo con la dedicada a Celia Viñas. No resisto la tentación de la cita:

El regalo espiritual mayor que puede recibir una ciudad lo recibió Almería con la llegada de Celia, la llegada seguida con la integración total en la ciudad, y de la sembradura permanente de su ser prodigioso y de su estilo de vida en alumnos y vecinos; en cierto modo Almería fue de "otra manera" a partir de Celia y el tiempo ha demostrado la perennidad de su huella. (....) Celia, síntesis de ternura y fortaleza, hecha para el Sur, con la gracia y la espontaneidad de un amanecer marino, repartiendo por el manadero de sus versos guiños de sol y golpes de mar...

      Este libro, que tiene mucho de joya para todo amante de la lectura, ha dejado sin embargo en tierra al alumno dilecto de Celia y mejor novelista que hasta ahora ha dado Almería: Agustín Gómez Arcos, nacido en Enix el 15 de enero de 1933 y fallecido en París el 20 de marzo de 1998. Ni una palabra sobre él y su inmensa obra (dos veces premio Lope de Vega en España y dos veces finalista del Goncourt de Francia) en toda esta segunda parte del libro. En la primera parte sí aparece, aunque muy de pasada, cuando el poeta viajero visita Enix:

Esta villa dio un literato, Agustín Gómez Arcos, que alejado por vientos de exilio, desarrolló su labor en Francia, consiguiendo en escenarios parisinos éxitos teatrales.
Tres líneas, nada más, para el mejor novelista de Almería. Una vez más se cumple el refrán: "quien fue a Sevilla perdió su silla"

      No quiero terminar este comentario sin aludir, aunque sea muy de pasada, a un aspecto de la obra de Julio Alfredo Egea poco estudiado por la crítica: la vinculación de nuestro autor con las bellas artes, pintura, escultura, música, fotografía y cine. No incluyo la arquitectura porque, como todos sabemos, ha dejado de ser arte para quedarse en simple técnica; a veces, cuando al arquitecto se le llena la casa de goteras, ni eso. En este aspecto le recomiendo al lector muy especialmente las páginas que Julio Alfredo dedica a Jesús Perceval, el pintor que sacó la pintura almeriense del ostracismo y, en cierta manera, la hizo universal.


Este artículo se ha publicado en el "Faro de Ceuta", el pasado día 8 de marzo

miércoles, 11 de marzo de 2015

El pillatrapos


Paco Alcázar



Es posible que la mayoría de los que lean este artículo no sepan de qué va, aunque sean alpujarreños como yo. Habría que descartar a los jóvenes y buscar entre los mayores algún despistado, algún raro cazador de palabras en desuso o apegado al terruño. “¡Qué barbaridad! Hay gente pa tó” como dicen que dijo el Guerra, (el torero, no el político), cuando, en una conversación informal, le preguntó al filósofo Ortega y Gasset a qué se dedicaba y éste le contesto: Soy catedrático de Metafísica. ¡Toma ya! (Corren numerosas versiones que cambian protagonistas y hechos. Vaya usted a saber).

Pillatrapos, querido paisano, es la palabra que usamos algunos para designar el popular utensilio casero con el que sujetamos, o sea, pillamos, la ropa colgada de una cuerda o alambre. Lo que todo el mundo entiende, incluida la Real Academia de la Lengua, por pinza de la ropa. Pinza es el genérico de un variado grupo de objetos que tienen en común servir para sujetar un objeto a la manera de como lo hacemos con los dedos índice y pulgar, con los que guarda cierto parecido. Y nada más. En el quirófano se usan las pinzas y en el aseo personal cuando nos depilamos, son pinzas pero no pillatrapos.

Creo que debería haber un nombre para cada tipo de pinzas. Una palabra a ser posible de fácil comprensión, directa, expresiva, que vaya al grano de lo que quiere decir y no se ande por las ramas. Pillatrapos, o pillatrapo, que en esto no están todos acordes, cumple con solvencia las anteriores notas, todas pertinentes. Aunque sirva para “pillar” otras cosas, lo usamos normalmente para los trapos. No los coge, los ase, los agarra, sino los pilla en una acción simple y directa, antes de darse cuenta, el trapo queda preso, pillado. Hay en el verbo pillar un plus de sorpresa e inmediatez, de algo inevitable. “Te pillé” decimos de alguien cuando lo cogemos “in franganti” sin escapatoria posible. Así queda el trapo: ya sea una pretenciosa camisa, un sutil camisón, una deslumbrante sábana, unos baqueteados calzoncillos (creo que ahora los llaman slip), la sufrida jarapa o un insignificante calcetín… todos atrapados, o sea, pillados.

Otra cualidad del utilísimo artilugio es su facilidad de manejo. Nos lo venden en la tienda sin engorrosas instrucciones de uso, tampoco trae anejas contraindicaciones y advertencias. Dos piezas de madera con alguna ranura para encajar un pequeño muelle: eso es todo. Un mecanismo tan sencillo que no suele averiarse. Rara vez, muy rara vez, y porque lo hemos forzado, pueden desencajarse sus dos piezas. Con un poco de maña, en unos segundos las hemos vuelto a ensamblar poniendo el muelle en su sitio. No tiene fecha de caducidad. Nunca supe de un muelle que perdiera su fuerza, ni siquiera de que oxidara en condiciones adversas, aguantando a la intemperie las inclemencias del tiempo en todas las estaciones.

Hay objetos que fueron diseñados para durar años, lustros, décadas… y el pillatrapos es, sin duda, uno de ellos. No conozco a su inventor y bien que lo siento. En toda mi vida, ya bastante crecida, he visto muchas innovaciones de consideración. Pues bien, es prácticamente imposible mejorarlo. Últimamente los supermercados y tiendas de todo a cien ofrecen algunos que sustituyen la madera dignamente sobria y lisa por débiles piezas de plástico multicolor. Los pillatrapos modernos, al cabo de un par de años si no antes, se decoloran o se parten a la menor presión. Una pena. Estos pillatrapos de pega son la vergüenza de la familia, el descrédito de unos leales servidores. Hasta el muelle parece que se oxida con más facilidad. Son de quita y pon, de sociedad de consumo. También salen otros al mercado, todo ellos de hojalatería, con lacitos y mariposas pintadas, mas propios para sujetar el pelo que para colgar la ropa. A estos últimos se les podría aplicar el nombre neutral de pinzas, incluso de pinzas de la ropa, pero pillatrapos no. Un respeto al pillatrapos de madera, el de toda la vida.

Naturalmente, como el avisado lector habrá considerado ya, el pillatrapo sirve también para otros menesteres. Por ejemplo, en la cocina lo vemos cerrando los envases de comida no perecedera: macarrones, arroz, lentejas… Una pinza higiénica y fiable. También en trabajos manuales hay quienes, utilizando como materia prima sus piezas de madera, consiguen útiles y bellos objetos. Todo depende de que el artesano le eche imaginación al trabajo. Llegado el caso, podemos disponer al momento de una cuña excelente para nivelar las patas de una mesa o ajustar el astil del mancaje. (Este párrafo resultaría excesivamente largo. Invito al lector a que lo complete de su propia cosecha).

Quisiera ahora centrarme en la palabra en sí, pues el objeto, llamémosle de una u otra manera, es de sobra conocido así como su versatilidad. Me interesa más la voz pillatrapos; me parece más práctica y bonita que pinzas de la ropa. Una palabra en vez de cuatro. No abundan las palabras compuestas en nuestra lengua que gusta más de la derivación, propia de las lenguas romances o derivadas del latín, pero tampoco escasean. Sin salirnos del ámbito doméstico al que pertenece la palabra en cuestión, tenemos abrelatas, sacacorchos, sacapuntas, (sacamantecas se mueve en otro campo semántico), guardapolvos, cascanueces, portalámparas, posavasos, quitamanchas, friegasuelos, lavavajillas, salvamanteles, cuentagotas…Todas con idéntica estructura: verbo (3ª persona del presente de indicativo) más sustantivo (generalmente en plural, aunque a veces se usa el singular: cubrecama).

¿Por qué no usar la palabra pillatrapos entre sus compañeras de fatiga que, al contrario que ella, gozan de perfecta salud y aceptación? Retomo lo que apunté al principio: pillatrapos es una palabra poco o nada conocida según mi limitada experiencia; tampoco en el ámbito alpujarreño. Sólo sé que en mi pueblo, Cádiar, antes la usábamos con toda naturalidad. Jugábamos con los pillatrapos cuando la infancia suplía, a veces con ventaja y a fuerza de imaginación, los innúmeros artilugios de ahora. Los recuerdo guardados en una bolsa de trapo o, mejor aún, colgados del tendedero como si de pequeños insectívoros se tratara; una representación en miniatura de aquellos cables del tendido eléctrico, ornados con ruidosos vencejos, golondrinas e, incluso, gorriones.

Sobre su supervivencia (de la palabra, no del objeto) albergo serias dudas. Lo más probable es que desaparezca en un par generaciones. Tal vez no le quede ni el consuelo de dormitar en algún repertorio de voces en desuso, que algún paciente lexicólogo haya tenido a bien incorporar. La RAE ha acogido, generosa ella, la voz culamen en la 23ª edición; pillatrapos, no; pillatrapos es voz de paletos. La RAE es así, muy moderna e universal.

-Pero, hombre de Dios. ¡Cómo se le ocurre perder el tiempo, y hacérnoslo perder a los demás, hablando de pillatrapos, o pinzas de la ropa, o como se diga, que me ya está liando a mí también, cuando hay asuntos que nos preocupan a todos? Por ejemplo: la crisis económica, la destrucción de la naturaleza… ¿Cómo se atreve a hablar de los pillatrapos habiendo tanta injusticia en el mundo?

-Usted dispense. Será porque estoy jubilado y chocheo. Me siento incapaz de disertar sobre esos grandes problemas sociales. Otros lo harán mejor que un pobre servidor. ¡Digo! La crisis de esto o de lo otro, la ecología… Casi prefiero la filosofía de don José. Aunque me quede en ayunas.

-Bueno, bueno... Nunca pensé que pudiera haber una “metafísica del pillatrapos”.

-No se extrañe, buena mujer. Una vez leí este titular de prensa: “Hay que impulsar la cultura del transporte y renovar la filosofía de la carga y descarga”. Y le aseguro que no lo firmaba José Ortega y Gasset.

-En fin, los hay que no tienen arreglo.

lunes, 2 de marzo de 2015

Henri Bosco







Francisco Gil Craviotto


Henri Bosco, el escritor francés, está emparentado con el fundador de los salesianos, San Juan Bosco. Nuestro escritor, hijo del tenor Bosco, nace en Avignon en 1888. Tras una juventud marcada por la I Guerra Mundial, se dedicó a la enseñanza, comenzando sus publicaciones en los años veinte. Falleció en 1976. Tenía 88 años.

De la numerosa producción de Henri Bosco -más de treinta títulos, he tomado el libro “L ́enfant et la rivière”. (El niño y el río). Una mezcla de recuerdos de infancia, canto a la naturaleza y continuado lirismo. Una auténtica joya para los gustadores de este tipo de literatura. Los vagabundeos de un niño por las inmediaciones de un río nos van abriendo la puerta de un escondido paraíso. Con inteligencia el autor calla el nombre del río, con lo cual este canto se convierte en el homenaje y canto a todos los ríos. Desde el comienzo la llamada de la naturaleza, a través de la insinuante vereda, seduce y atrapa al lector. Traduzco:
“Los pequeños caminos me atraían especialmente. “¡Ven! ¿Me dejas que te lleve algunos pasos más allá? La primera curva no queda muy lejos. Te puedes parar junto aquellos majuelos”. Estas llamadas me hacían perder la cabeza. Una vez lanzado por estos senderos que serpenteaban entre setos cargados de pájaros y
bayas azules, ¿podía yo pararme? “

El camino lleva al río y el río, con todo su acompañamiento –árboles, pájaros, insectos flores y, al anochecer, estrellas--, desde el comienzo, se convierte en la encarnación de todo lo bello y cargado de misterio. Un instante de escalofrío recorre el libro:
“Sentí miedo. El lugar estaba solitario y salvaje. Se oía el rugir de las aguas. ¿Quién andaba en la ensenada oculta, en esta playa secreta? En frente, la isla continuaba silenciosa. Su aspecto parecía amenazante. Yo me sentía solo, débil, expuesto. Pero no podía marcharme. Una fuerza misteriosa me retenía en esta soledad...”

¿Habrá necesidad de algo más para atrapar al lector? Gracias a una barca abandonada el protagonista logra llegar hasta la isla. Pero, ay, la falta de pericia del niño hace que ésta termine destrozada. ¿Tendrá que quedarse para siempre en la isla?
“Salté a tierra y lloré. Fue entonces cuando comprendí mi situación: doscientos metros de agua profunda me separaban de mi ribera, la ribera de las tierras habitadas,”

Pasan las horas y llega la noche. Una noche inmensa que se refleja misteriosa en la profundidad de las aguas. El niño encuentra a otro niño y ambos, comienzan a vivir la aventura más importante de sus vidas. Tras la noche, luce la aurora de
un nuevo día. Ninguno de los dos sabe las sorpresas que el amanecer les va a traer.
“Cuando abrí los ojos la aurora se insinuaba. Primero vi el cielo. Un cielo gris y malva y sólo sobre el filo de una nube muy alta, aparecía un poco rosa. El viento tejía, más arriba aún, otras nubes...

Una hermosa descripción del río en el inicio de la mañana, cuando con las primeras luces del amanecer, se va despertando toda la naturaleza: flores, pájaros, ranas, insectos... Páginas cargadas de amor a la tierra y a todos sus pobladores. Hay momentos que el relato rezuma un panteísmo que recuerda a
nuestro Juan Ramón Jiménez.

Me quedo con este delicioso nocturno.
“Multitud de ranas croaban salvajemente. No lejos de nosotros, cantaba una dulce tribu de sapos. Por todas partes, plantas y aguas, ríos y árboles, a la caída de la noche, se animaban de una vida confusa y misteriosa. Un pato chapoteaba entre los juncos; una lechuza maullaba en un álamo negro; un tejón excavaba en
un matorral..."

Un mundo maravilloso vedado al hombre del asfalto. Honor y gloria al escritor que ha sabido cantarlo como nadie. Lamentable que no esté traducido al español.


Este artículo se ha publicado en el "Faro de Ceuta", el pasado día 22 de febrero.